Fernando Martín Beato
DESDE
EL MUNDO
DE LAS SOMBRAS:
UN
POEMA

Un poema
es un velero
que navega
para adentro.
Que navega
en una rosa
insatisfecha
satisfecha
que se da a la mala vida
en una esquina
frente al puerto.
Sí, que un poema
es un velero
que navega
ante un espejo
que te mira
y que me mira.
Es el esqueje
que amanece
si tú quieres,
que amanece
del tormento
al
«alma mía».
Si tú quieres
un poema es una herida
en una esquirla,
consentida
y de alegría;
mas la alegría prodigiosa
es esa rosa
en su lucha y su lamento
de un momento.
Una herida sinuosa,
preferida, a dolorida
en la utopía,
y un crepúsculo en crescendo:
estallido de estallidos,
estallidos
que liberan
la ucronía
de la mentira,
y de la métrica
en un verso.
Y hasta a aquel navío
que es muy mío
y que navega
en la anarquía
de mi poema,
que, si es poesía,
te cincela
con su estela
que más siento.
Y como un beso
desde un cuento
a una paloma.
Y con un ole
a dos faroles
que les gusta una amapola
y que se imponen
a la noche de mis penas.
Que se imponen
y que me imponen
como espita
si es concreta
desde el Viento.
Que es concreta
ante el incienso
aún pervertido
y malherido;
como espiga
de lo inmenso
intangible y más perfecto
al Universo;
como un rictus muy propenso,
colorido en solitario
solidario,
que me grita
que me excita;
y que me angustia;
que te asusta
y que me gusta,
si tú quieres,
como un brindis de paredes
que se estrujan
invisibles sobre un Cielo
transparente de Boleros.
Más la alegría
prodigiosa
y más hermosa
es esa rosa
que por amor a un ser humano
cada noche se transforma
y se refleja en una esquina
frente al puerto.
Por amor a un ser humano,
se transforma y se sublima
fulgurante en mil luceros.
Por amor a un pordiosero
que la quiere, que la siente y que la mima;
quien la lleva entre sus manos,
y la acaricia muy apretada contra el pecho.
Y que imagina, y se imaginan:
aquella noche, aquella rosa...., y reflejada en esa esquina.
Y se imaginan
que él la lleva caminando
entre los astros
tan arriba.
Que él la lleva por encima
caminando entre espirales:
irradiantes,
siderales,
cual gencianas luminosas,
muy brillantes:
serenadas, maravillosas.
Empreñadas como diosas
Infalibles
del Silencio
y de lo Libre.
Empreñadas como diosas de lo Eterno,
que es salitre
de lo Humilde,
si tú quieres.
Y de eso excelso,
y tan pequeño
en el fondo del Espacio, que es un Mar.
Mas, mis mil luceros, un pordiosero y una rosa,
orgullosos, desde el mundo de sus sombras,
como siempre refulgentes, siempre vivos; como siempre, vencerán
«Desde el mundo de las Sombras».