Dios
mío, qué hago si hoy no me mira. No, él no me mira. Desde hace tres semanas
vengo todos los días, domingo incluido, y siempre a la misma hora me siento en
la misma mesa. He cambiado de perfume diecisiete veces en estas semanas, nada,
ese hombre no me huele, aunque se acerca a pocos centímetros. No existo para su
nariz, pero hoy me resisto al hecho consumado: porque no es un día cualquiera,
hoy tengo Mambo Sexy. Me dijeron en la tienda que garantiza el acercamiento
masculino, que todas las barricadas del macho sucumben ante el aroma de este
perfume con aceites esenciales elaborados con dos especies de plantas azucaradas
de la Amazonia, que en las noches de luna llena enloquecen a todos los insectos
de la selva, y en combinación con ciertas secreciones hormonales de orangután,
tortuga y elefante, todas hembras y en celo en su momento. Pero nada. Él no me
detecta.
Desesperada,
la segunda vez que se acercó, lo he tocado. Por primera vez. Directamente,
sobre la mesa, le he agarrado la mano como confundiéndola con mi bolso. La he
presionado mientras trato de meterme en su mirada. Una mínima sonrisa de cortesía
fue toda su respuesta anímica. Ni siquiera habló. Todos los tipos de la
confitería dejan caer sus ojos sobre mí, es mucho el peso de tantos ojos, no
soporto. Llevo casi una hora. Cada vez que he intentando llamar su atención,
sufro, él se mantiene mirando a todas partes, menos hacia mí. Me decido,
vuelvo a hacer señas. Tres señores, los más próximos a mi mesa, están a
punto de abalanzarse, lo percibo. Por qué esos hombres me olfatean y él no.
Estoy a punto de gritarle cuando al fin ha visto mi brazo agitándose con un pañuelo.
Para colmo, me he vuelto totalmente ridícula por este hombre. Mi pañuelo es
rojo fuego, como mis deseos por él. Todos me clavan la vista. Y viene, está
tan cerca, y tan alejado, suspiro y pido la cuenta. Hago un último intento: lo
miro con descaro, busco sus ojos, él ni siquiera lo nota, deja la factura y
retira con meticulosidad el servicio. Se va prestándoles más atención a la
taza y los platitos, con una mano acomoda la cucharita en la bandeja, retuerce más
la usada servilleta.
Con
rabia, pago y dejo abandonado el pañuelo sobre la silla cuando me levanto.
Todos me miran. Trato de que mi salida sea airosa, aleteo mi cabellera, agito la
falda de mi vestido, Mambo Sexy invade el salón, las mujeres me miran con odio,
envidiosas, mientras los hombres están listos a ser mi alfombra, sólo tengo
que darles una señal. Una señal que yo estuve esperando, de él, solamente de
él, y no llegó. Me voy. Para siempre. La derrota ha sido aplastante.
Apenas doy unos
pasos fuera de la confitería, siento una voz masculina, fuerte, diciendo «Hey, señora, espere», me volteo y casi me desmayo. Él se
acerca, como un príncipe, con ese porte que realza su uniforme de camarero,
azul marino, como si fuese un militar al que por una canallada, sí, de los
otros hombres, le han quitado los entorchados. Suspiro emocionada. Él es mi
general, me siento una tropa preparada para cualquier maniobra, fusilaré mi
desesperanza. Presiento que me devolverá el pañuelo, me hará una propuesta, y
le diré que sí. A riesgo de parecer loca, sin que los transeúntes me
importen, le doy gracias a gritos a Mambo Sexy. Un perfume con absoluta garantía...
Hasta que él me pide cuatro pesos con cincuenta centavos.
Al
dejar el dinero sobre la mesa, me equivoqué de billete. Él, con gesto de
fastidio, me enseña la factura.
(Para Celia Garriga)
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