BLOODY SUNDAY
por José Miguel
Jiménez
La tarde del 30 de enero de 1972
más de 15.000 personas se manifestaban en
la ciudad de Derry tras la convocatoria de la Asociación de Derechos
Civiles, en
una manifestación,
ilegal pero pacífica, en contra del interment.
La medida introducida por el Gobierno consistía en encarcelar sin juicio a los
sospechosos de pertenecer al IRA. Centenares de personas habían sido
internadas, la mayoría de ellos inocentes, gracias a la medida gubernamental y
al escaso entendimiento entre la policía norirlandesa y el ejército
británico.
La manifestación se inició pacíficamente, aunque la tensión se podía respirar en el aire. Enfrente, un regimiento de paracaidistas del ejército británico, que había sido enviado a Derry, se encargaba del control de los manifestantes. De repente, un pequeño grupo de manifestantes apartado del núcleo principal comenzó a lanzar piedras a una barricada tras la que se parapetaban algunos soldados. Estos respondieron lanzando gases, balas de gomas y agua a presión. En unos instantes las calles de Bogside se convirtieron en un verdadero caos, mientras la gente corría despavorida entre el ensordecedor ruido de disparos, la confusión se convirtió en terror y los cadáveres cubrían el suelo. Los gritos de las mujeres y los niños quedaban ahogados por el estruendo de las balas que retumbaban como cañones. En unos 20 minutos, trece cuerpos yacían sin vida y más de treinta heridos -uno de los cuales moriría meses más tarde- eran el resultado de la respuesta del ejército británico a las piedras lanzadas por parte de los manifestantes. Acababa de nacer la leyenda del Bloody Sunday.
Un
memorando interno
del Ejército británico ha arrojado nueva luz sobre el
Bloody Sunday, cuya segunda investigación se ha reanudado 25 años después de
la matanza. La primera investigación exoneró al Ejército, pero en el marco del
actual proceso de paz y como prueba de buena voluntad del Gobierno de Blair ante
la comunidad católica en enero de 1998, se ordenó realizar una nueva
investigación. El memorando revela que tres semanas antes de aquel Domingo, un
oficial británico aconsejó tirar a matar en los guetos católicos de la
provincia, como el Bogside de Derry, donde ni los gases lacrimógenos ni las
pelotas de goma eran ya suficientes para sofocar los disturbios. En palabras
del
mayor Robert Ford, el oficial al mando cotidiano de las tropas británicas en
Irlanda del Norte, a su superior en la provincia, el teniente general Harry
Tuzo, «La fuerza mínima necesaria para lograr la restauración de la ley y
el orden es disparar a cabecillas elegidos entre los jóvenes hooligans de
Derry, después de haber dado una clara advertencia.» En el mismo
documento, Ford explicaba que sus hombres utilizaban armas con munición de gran
calibre y alta velocidad, capaz de matar a una persona y atravesarla, matando a
otra. El mayor proponía modificar algunos de los fusiles para que funcionaran
con munición de menor calibre para evitar daños colaterales.
La primera investigación, encargada por el entonces primer ministro Edward Heath, a su canciller de Justicia, Lord Widgery, exculpó a los soldados por considerar que habían actuado en defensa propia, aunque nunca pudo demostrar que los manifestantes estuvieran armados. El informe Widgery elaborado en sólo 11 semanas fue objeto de una viva polémica. Al juez se le acusó de no haber tenido en cuenta más que una docena de testimonios sesgados y, en particular, una advertencia de su Gobierno recordándole que en el Ulster se estaba librando «una guerra tanto militar como propagandística».