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CUENTO
Intriga
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OSCAR CAMARERO
JACK
Hacía ya dos meses que a Jack Vance le costaba conciliar el sueño. La
causa de este comportamiento tenía nombre de mujer: Laura Vending. Laura era
una mujer alta y esbelta, de piel pálida y mejillas sonrosadas, como siempre le
habían gustado a Jack. Su aire europeo le hacía verla como una diosa griega
sacada del Olimpo.
Jack
tan sólo se había atrevido a mirarla de soslayo y a desearla en la oscuridad de
su cuarto; su carácter tímido era el culpable de que no le hubiese declarado
su amor hacía tiempo. Como a todos los tímidos, el temor al rechazo y al ridículo
le provocaba una reserva total a mostrarse abiertamente a los demás, por miedo
a que alguien hiriera sus sentimientos. Era un cobarde y lo sabía, pero eso iba
a cambiar.
Eran
ya las ocho y cuarto de una fría noche de invierno, y la avenida Lexington se
aparecía sombría en la penumbra. Las farolas iluminaban a tramos el paseo
creando sombras estáticas y sombrías. A un lado, el parque Amadeus permanecía
cerrado y silencioso, y al otro, el lago parecía dormido.
Jack
estaba muy nervioso. Llevaba quince minutos siguiendo a Laura desde que ésta
saliera del trabajo y ahora estaba dispuesto a abordarla. Hizo acopio de valor y
empezó a recorrer la distancia que le separaba de ella a grandes pasos. El
corazón le latía aceleradamente a medida que se acercaba. ¡Por fin iba a
declararle su amor, por fin iba a saber si ella también le amaba, por fin iba a
acabar su tormento! Más y más pensamientos se agolpaban en su cerebro cuando a
escasos metros de ella Laura Vending se giró. Llevaba algo negro y pequeño
entre las manos, y las luces de la avenida no dejaban ver bien lo que era. De
repente, un estallido rompió el silencio de la noche, y un fogonazo iluminó la
escena. Aquello que sujetaba firmemente era una pistola. Al instante, Jack se
llevó las manos a la barriga y luego se las puso a la altura de los ojos para
comprobar que estaban llenas de sangre.
—¡Dios
mío, sangre!
—gritó aterrado.
Y golpeando el suelo con las rodillas cayó muerto.
LAURA
Laura Vending tenía treinta y siete años y hacía sólo uno que se había
mudado a Louisville. Su marido, Dennis, había aceptado el puesto de Director de
las oficinas que la Green Union tenía en esta ciudad. El traslado fué
beneficioso para ellos, ya que llevaba consigo un considerable aumento de
sueldo, pero aún así, Laura no quiso perder su independencia para convertirse
en ama de casa, así que empezó a buscar un empleo en su nueva ciudad.
Desde
hacía dos meses, sólo había encontrado trabajos temporales y siempre de
camarera o de dependienta. Pero un día, volviendo a casa desde el trabajo, leyó
un anuncio en la puerta del edificio de oficinas Empire dónde se solicitaba una
secretaria con conocimientos de informática.
Era
un buen trabajo, y además cerca de casa. Sólo tenía que cruzar el parque
Amadeus para llegar a ella, así que se presentó a las pruebas, y cuando a la
semana le dijeron que la habían escogido para el puesto, su futuro profesional
se le apareció más prometedor.
Fue
entonces cuando una ola de asesinatos sacudió a Louisville. Los atroces crímenes
siempre se cometían sobre mujeres jóvenes y se producían en las inmediaciones
del parque Amadeus. Aquellos asesinatos sanguinarios eran el tema de conversación
de toda la ciudad, y poco a poco Laura Vending acabó sintiendo pánico de
bordear el parque.
Dennis
observó el estado de nervios de su mujer y la aconsejó que se comprara un
arma, y eso fue lo primero que hizo al día siguiente cuando salió del trabajo.
El
dependiente de la armería le aconsejó un revolver del cuarenta y cinco,
argumentándole que si no tenía experiencia con armas, ésta era sencilla y
manejable, y lo suficientemente pequeña como para llevarla en el bolso.
Aceptando el consejo del armero la compró, y se sintió aliviada de llevarla
encima.
En
todo esto pensaba Laura Vending cuando un ruido de pisadas a su espalda la
devolvió al presente. ¡El asesino la estaba siguiendo! Estaba tan aterrada
que no se atrevió a girarse por temor a adelantar los acontecimientos,
caminando en tan angustiosa situación durante diez minutos. Después, la
situación se desbordó. Las pisadas que había oído a su espalda se hicieron más
largas y continuadas y Laura supo que el asesino había acelerado sus pasos. El
corazón se le puso a mil. Sus manos buscaron ansiosas dentro del bolso buscando
el revólver. Cuando al fin lo encontró ya tenía a su perseguidor a unos dos
metros de distancia, y girándose con rapidez, pudo ver a una silueta gigantesca
abalanzándose sobre ella.
El ruido del revolver la asustó cuando sus dedos apretaron fuertemente el gatillo, y su inexperiencia hizo que el retroceso del arma la golpeara en la cara haciéndola caer al suelo. Nada más caer oyó un grito, y entonces se dio cuenta de que el asesino no estaba muerto. Estaba como atontado, mirando perplejo sus manos llenas de sangre. La luz de una farola le iluminó la cara, y Laura reconoció en aquel hombre a un compañero de trabajo. Era un tal Jack Grant o algo así..¡Dios mío! —pensó— ¡he estado conviviendo con un asesino durante dos meses! Y mientras pensaba esto oyó las pisadas de un policía que se acercaba rápidamente.
LARRY
Larry Count recordó los
tiempos felices en Nebraska, cuando vivía con sus padres. Era en una pequeña
población de las montañas rocosas, un lugar maravilloso que se cubría de
nieve en invierno y de una exuberante vegetación en primavera. Combinaba la
soledad de los terrenos vastos con la alegría de la vida desbordante. Fueron
tiempos realmente felices en los que la vida era una mera sucesión de días.
Larry
trabajaba para el estado en una oficina de colocación de la ciudad, dando
impresos de solicitud de empleo a todo aquél que se acercaba a su mostrador.
Era un trabajo mecánico y monótono.
Pero
un dia sucedió algo que habría de cambiar toda su vida. Por la puerta de
entrada apareció, calada hasta los huesos, una chica de aspecto agradable. Se
acercó a su mostrador y solicitó un empleo de lo que fuera y Larry le mandó
rellenar uno de los impresos. Gracias a ese impreso, se enteró de que se
llamaba Sara.
Pasaba
el tiempo y Sara no encontraba trabajo, así que sus visitas a la oficina de
empleo se hicieron asiduas. Poco a poco, empezó una relación de amistad que
acabó en una relación amorosa.
Larry
no recordaba haberse sentido así en toda su vida. Los días eran aún más
hermosos, y las noches... las noches estaban plagadas por miles de estrellas.
Ella siempre le regalaba la mejor de sus sonrisas y él sólo podía mirarla y
sentirse el hombre más afortunado de la tierra. Seguro que nadie había sido
tan feliz como él.
Un
día lluvioso que había convertido en un lodazal el camino a casa de Sara, vio
una camioneta roja aparcada al final del camino. Aquella camioneta llevaba en
los laterales las palabras
«Doc Almacén de Alimentos» y a Larry se le vino
a la cabeza la imagen de Doc. Era un hombre de unos treinta y cinco años, muy
corpulento y de aspecto jovial, que siempre encandilaba a sus clientes con una
media sonrisa. Un latido de su corazón golpeó con fuerza dentro de su pecho
devolviendo a Larry a la cruda consciencia. Subió de un salto los escalones del
porche, entró en la casa, y el calor del hogar le hizo sentirse como si el
infierno ardiera dentro de él. Al final del pasillo estaba el dormitorio
principal, y de él provenían susurros y gemidos de placer. Larry sintió como
su corazón se partía en mil pedazos y cogió una escopeta que colgaba de la
pared, recordando con ironía el día en que, después de mucho insistir,
convenció a Sara para que tuviese un arma siempre cargada en casa para su
protección. Abrió el cañón para comprobar que, efectivamente, estaba
cargada, y se dirigió decidido al dormitorio. Abrió la puerta de una patada, y
antes de que pudiesen saber lo que pasaba, disparó los dos cartuchos sobre
ellos. Los disparos alcanzaron de lleno la espalda de Doc, que murió al
instante, y Sara estalló en gritos de terror. El peso del cadáver la
inmovilizaba, el miedo la impedía pensar, y los ojos llenos de lágrimas le
impidieron ver a Larry saltando sobre ella. El primer golpe que le dio le provocó
el mayor dolor que jamás había sentido, y el segundo, tan poderoso que partió
la culata de la escopeta, le abrió la cabeza y la mató.
Durante
las siguientes semanas se abrió una exhaustiva
investigación. Todas las sospechas se dirigían, como era de imaginar,
hacia Larry, pero no se pudieron hallar más que pruebas circunstanciales, así
que no se llegó a celebrar juicio. Pero a los ojos de sus vecinos Larry era un
asesino, y la convivencia fue haciéndose cada vez más difícil, así que un día
decidió marcharse. Louisville fue su destino. Era una ciudad lo bastante grande
como para pasar desapercibido, y pensó que allí podría rehacer su vida.
Tuvo
varios oficios durante los primeros tres meses, hasta que consiguió un contrato
bastante largo para hacer de vigilante en una fábrica de conservas. Pero este
contrato también se acabó, y Larry se encontró de nuevo en el paro. De todas
formas, descubrió que aquél trabajo se le daba muy bien, así que se apuntó
en la convocatoria para policía local de Louisville. Consiguió pasar todas las
pruebas, y Larry estaba más que satisfecho. Había rehecho su vida en otra
ciudad y los recuerdos ya parecían
formar parte del pasado. Hasta que un día, haciendo la ronda por el parque
Amadeus, unos susurros llamaron su atención. Se dirigió con sigilo al lugar de
dónde provenían, poniendo cuidado en no ser descubierto. Asomó la cabeza
entre unos setos, y entonces pudo verla: era Sara. Gemía y se retorcía de
placer debajo de Doc, arañando su espalda apasionadamente. Echó mano de su
arma pero se contuvo de disparar. Era demasiado arriesgado. Cuando acabaron, él
se marchó al coche mientras ella acababa de vestirse. Nunca acabó de hacerlo.
Después
de aquella noche Larry se encontró con Sara algunas veces más. Le buscaba
continuamente, atormentándole con su pasado, y Larry la maldecía por
torturarlo y por arruinar su nueva vida. Cada vez con más frecuencia la veía
pasear o correr por el parque, y aunque cada vez se aseguraba de acabar con ella, siempre volvía para reírse de él.
Fue por aquella época
cuando los periódicos empezaron a hablar del «carnicero de Louisville» y el
parque se llenó de policías. Cada vez resultaba más difícil deshacerse de
Sara, aunque también es cierto que cada vez aparecía menos por el parque. Hoy
no la había visto y deseaba realmente no verla, pues no deseaba sentir más
frustración ni más dolor. No sabía si lo podría resistir, pues...
¡BANG!
¡BANG!¡
BANG!
Los disparos interrumpieron sus pensamientos. Miró
hacia el lugar de dónde provenían y vio una figura de pie, iluminada por la
luz de una farola. Corrió hacía allí agarrando su revolver para que no le
golpeara la pierna, y cuando estuvo más cerca pudo ver que la figura era de
mujer. Se preguntó si sería Sara, pero no, no era ella. Era una mujer alta de
pelo rubio, de aire europeo. Estaba en medio de una crisis de nervios y no paraba de repetir en voz baja:
—Era el carnicero, trabajaba conmigo.
En aquel momento lo vio claro. Era su oportunidad. Todo el mundo acusaría a ese pobre hombre de los asesinatos. Y si estos paraban... Pensó que hacía días que Sara no le buscaba para atormentarle, que quizás se había cansado de él o que realmente había acabado con ella la última vez que se encontraron. Poco importaba. Sólo sabía que el destino le ofrecía una nueva oportunidad para rehacer su vida en otra ciudad, y no iba a permitir que nada ni nadie lo estropeara. Ni siquiera Sara. Y si a ella se le ocurría volver...

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