Cinco poemas

14/12/2011 por

Cinco poemas
 
 
 
 
por
Javier Úbeda Ibáñez
 
 
 

 

 

 

A tientas

Me asomo a la ventana de madrugada,

a contemplar la vida, sólo a tientas,

para no despertarte.

 

El rocío espabila mis sentidos

y limpia mi vista

con sus diminutas

y mágicas gotas colocadas

por el nuevo día.

 

Escucho el canto de las aves

ante el amanecer.

¡Cuántos recuerdos me traen sus cantos!

Ese gorjeo alegre es vital en mi existencia.

 

Unas gaviotas se posan encima del agua.

De lejos parecen una ilusión óptica,

un festejo para la imaginación.

 

El paisaje del mar es infinito;

me pierdo en su horizonte anaranjado

que, lentamente, y a tientas,

da la bienvenida al sol

con sus imponentes olas. 

 

Miro el horizonte,

y te miro a ti.

 

Tú eres, amor, mi mejor panorámica:

El refugio de mis penas y de mis alegrías.

La calma de mis días y de mis noches.

 

No tengo ni tendré nunca ni mares, ni soles,

ni amaneceres, ni trinos de pájaros

suficientes para expresarte todo

lo que te quiero y te deseo.

 

A tientas, me acerco hasta ti,

a tientas, te beso suavemente

en los labios, y tú te despiertas.


De lunas y deseos

 

De las lunas de tus ojos emerge una fuente que gotea deseos

anaranjados que resbalan hasta tu boca

y salpican tu rostro,

              meciendo tus pecas,

                            removiéndote hasta dentro y por dentro…

La distancia no olvida nunca

cuando el amor es verdadero.

La distancia te amarra,

te agita  y  te araña con sus uñas.

Las

       distancias

                         no

                                 existen                

cuando el amor late lunas y deseos

y te siento

tan cerca

               que te puedo tocar.

Te toco.

En las lunas de mis ojos acaban de acampar unas gotas:

desveladas,

   hambrientas,

        sinuosas,

            provocativas,

                                  verdes y

                                              amarillas,

                                                            que esparciéndose                               

                                                             te buscan.

Una de ellas cruje,

le tiembla la vida.

Luego se abre,

                    me trae tu voz:

«Te sigo esperando», me dice

mientras me observa

y yo la acuno con mimos y ternuras,

                                 la acaricio con miradas, le doy mi vida.

«Y yo a ti, amor», le contesto en silencio.

 

 

Te quiero tanto, tanto
 

En la lejanía y en la cercanía,
desde cualquier lugar,
viajo por el océano selvático de tus ojos,
me detengo en las tiernas montañas de tus labios
y acaricio tu cuerpo de sabrosas amapolas.

Junto a tu piel florecida de antojos
y el tacto sedoso de tus manos
me silba el alma.

Te quiero tanto, tantísimo, que
me gustas despierta y dormida,
por la mañana, a media tarde y por la noche,
cuando en tu mirada se reflejan lunas o mieses.

He caminado a través de mil vidas hasta dar contigo.

Por fin,
te encontré.

Ahora,
quédate conmigo,
instálate en mis deseos.

 

 

Solo

 

Solo, navego en silencio

por las agitadas aguas

de mis pensamientos.

 

Me sumerjo en las profundidades

de mi memoria acuática,

de mis mareas más oscuras:

Mi fondo es negro azabache

y está rebosante de piedras y conchas

sumergidas en la arena.

 

Pero, como ola encrespada, me agito,

y voy desenterrando lo enterrado,

voy removiendo el limo

buscando llegar hasta la playa en medio

de rocas, salitre y espuma.

 

Y, al final, lo consigo,

emerjo pletórico y renovado

en un mar de olas radiantes

que me llevan hasta las costas,

donde me deshago en salobres estelas,

que se pierden en un mar de brillos.

 

                     Luz

Eres como una candela en la oscuridad,
una fuente en medio del desierto.
La luciérnaga de mis sentidos y
el aliento que germina en mis entrañas.

Tú, amigo mío, me eres tan necesario
como las sales al mar.

Incansable,
tendiéndome un camino,
una salida, una puerta, un bastón,
un sofá, un millón de promesas,
un silencio acogedor y un abrazo
que me resguarda del ruido
de la soledad y del vacío.

Tus palabras son caricias transitivas,
consejos de viento; amistad marinera,
que vuela y vuela, pegadita a mi vera.

 

 
 
 

_________________
Javier Úbeda Ibáñez
. Nació en Jatiel, provincia de Teruel, en 1952. Es autor del
 libro Senderos de palabras (I.S.B.N.: 978-84-15344-12-4). Ha publicado numerosos artículos de opinión tanto en prensa digital como escrita. También ha escrito, aparte de reseñas literarias, relatos breves y poemas, que han ido viendo la luz en revistas como Almiar; Ariadna-RC; Grupo Literaturas; Letralia; Letras  o Luke, entre otras  muchas.

Contacto con el autor: j_ubedai[arroba]hotmail.com

 

 

 Lee un relato de este autor: Dile al silencio
     lustración poemas: fotografía de Pedro M. Martínez

 

  

 

 

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