Cruce de calle

23/11/2011 #

Cruce de calle

 

 

 

 

por

 Nadia Contreras

 

 

 

 

DESPUÉS DE LA LLUVIA, el sol dibuja los contornos de las casas, las torres de la iglesia, la avenida principal atiborrada ya de autos. Bajo las cobijas, Uriel se estira. Una y otra vez hasta que el sueño lo abandona por completo. Se asoma por la ventana. El jardín está limpio. María Luisa, su madre, se le ha adelantado y se ha ido. Clava sus ojos en las hojas de los árboles, los charcos como grandes espejos. El reloj avisa. El paisaje se desvanece y debe trabajar.

Su cabello es negro. En eso se parece a su padre. Lo vivaracho, lo sonriente, lo profundo de los ojos es por María Luisa. Don Emilio lo comenta siempre: «¡qué bárbaro, muchacho, parece que le arrancaste los ojos a tu madre, los tienes igualitos!». Don Emilio les tiene aprecio y no hace más de dos años que le ofreció trabajo a María Luisa. Mírenla en este justo momento, sacudir las camas, abrir las ventanas, recoger el polvo de los pasillos.

Al toque, María Luisa, abre el portón. Es Uriel. Se abrazan. En el abrazo ella le dice: «no te preocupes, hijo, saldremos adelante, ya verás. Ve, se te hace tarde». Se separan, se despiden. Uriel sigue de frente. Si uno de los dos volviera la mirada, el abrazo sería más estremecedor, más eterno. Un dolor extraño se hunde en el pecho de Uriel. Avanza. Las piedras bajo sus pies son también cuchillos.

La primera vez que lo ve borracho, recuerda, fue en su cumpleaños número seis. Él, su padre, cae de bruces junto con la piñata. Hulk también cae de bruces. Luego, serían muchas las caídas, infinitas. La tristeza carcome la casa, la habitación, los salones de la escuela, la mochila. La tristeza le agujeró el alma como la lluvia el techo de la casa. Quitan el sillón, quitan la mesa. Imposible. El padre se ha ido. María Luisa y Uriel están solos.

El mundo para Uriel no existe. Sólo él. Él que se dirige al trabajo. Bajo sus pies, las piedras, como el pasado, son el filo de grandes cuchillos Atrás quedaron las clases de carpintería, atrás las clases de geografía y los planetas, la vía láctea, la luna, las montañas, el cielo en aquella fantasía posible.

El sol justo en su lado izquierdo atiza el fuego entre las casas y los árboles. Siente calor, siente frío. Un perro se cruza. Se acerca, lo huele, roza sus piernas. Uriel siente miedo. Hace tres años ocurrió la mordida. Luego, el hospital, la cirugía, los compañeros de clase que lo visitan. Siente miedo. Algo de ese perro, le recuerda a Shiloh, una lectura que la maestra de español le encargó al iniciar el ciclo escolar. Lo acaricia, lo abraza.

El tiempo se va rápidamente. Respira. Siente el aire navegar dentro de su cuerpo. Su nariz hace ruido. Es el mismo ruido que hacen las cafeteras eléctricas, le dirá en aquella ocasión, María Luisa. Uriel no entiende. No conoce las cafeteras eléctricas. Un mes después la cafetera borboteaba igual que su nariz en la cocina de don Emilio.

El sonido atronador de una camioneta lo hace volver. Ha llegado al cruce más peligroso de la avenida. Sólo dos cuadras más y estará en la tienda de don Ramiro. Uriel observa, mueve la cabeza hacia ambos lados y prosigue. El perro también. Parece escuchar la voz de don Ramiro. Sin embargo, su mente vuela. Los charcos lo reflejan, los grandes ventanales de las casas. Él, Uriel, es un adolescente, es un guerrero. ¡Va, mentiras del abuelo! —se recrimina—. El abuelo también se ha ido. Fue la edad y el corazón. Mentiras fabulosas del abuelo. Si giras el calidoscopio, le dice, la vida se multiplica, se alarga, se achica. Verás la fantasía, sobretodo hijo, la fantasía. Navegan mares enfurecidos, esquivan balas, conducen tanques de guerra; son robots, enormes robots imbatibles.

El ladrido del perro lo distrae. ¡Va, en dónde andas, ya, despierta!, —grita para sí—. El perro lo sigue como sigue también sus pensamientos. Uriel lo acaricia. Le promete que llegando a la tienda le dará un trozo de jamón. Don Ramiro se lo negará, por supuesto, pero aún así se lo dará. Te pondré Shiloh, le dice, como el perro del libro que leí en la escuela.

La escuela está justamente a unas cuantas calles. Para llegar se desviaría unos cuantos metros. Todos los días quiere pasar por allí. Todos los días escuchar el silencio o el bullicio de sus compañeros. Su tristeza se vuelve rabia, grito. Es su último día de clase de aquel mes en que el frío retuerce los huesos. Entra y sale del salón de primero de secundaria. No se despide. No se despide de la maestra Lucy, ni de la cancha de fútbol, ni de sus amigos. No regresa. Finge menosprecio: las clases de matemáticas son aburridas, la voz de la directora es chillona, la maestra de español no sabe nada. Uriel promete cuidar a María Luisa. Uriel lo promete.

Hoy cumplo quince años, padre, y mi madre, la madre más hermosa de todas, me compró un libro, un cuaderno y unas plumas. Sería bueno que escribieras tus pensamientos, dijo, y nos abrazamos muy fuerte.

Hace dos años estuvieron aquí las maestras y Roberto, Toño, Lupita, Alejandro, Chuy, MIlka. Milka estuvo aquí. Hoy nadie ha venido. La vida no es como los coches que tienen faros luminosos. Aquí todo se apaga. Se apagó el agua, la luz, la comida, la felicidad. Se apagó tu nombre en mi boca.

¿Por qué te fuiste? ¿En dónde estás? No digo que sea tu culpa pero he dejado de creer en los cometas, en las historias que guardan los árboles. He dejado de creer en el corazón de dios. ¿Para qué, entonces, me traes al mundo? Este día, padre, quema como la silla, como la mesa sobre la que escribo esta carta. Hoy cumplo quince años y aún no vienes a felicitarme.

Uriel guarda la carta en el bolsillo derecho del pantalón. Mete la mano y ahí está. La escribió hace tres meses. ¿Por qué o para qué? No sabe. Es amuleto, es buena suerte. Uriel cruza la puerta de la tienda. Shiloh no. No puede. Don Ramiro le dará de palos si se atreve.

—Llegas tarde, muchacho —dice aquella voz ronca y cansada. Ahora «¿dónde te entretuviste?».

Uriel no contesta.

—¿Qué tu madre no te levanta temprano?

—Sí, señor, sí me levanta temprano. Son los pensamientos, señor. Los pensamientos.

—Qué pensamientos ni qué ocho cuartos —refunfuña don Ramiro, desde la barra de quesos.

—Y ese perro ¿es tuyo?

—Sí, señor, es mío —responde Uriel con voz decidida.

—Entonces dale algo de comer.

 

 


Nadia Contreras (Quesería, Colima, 1976). Poeta. Presencias (Mantis Editores, 2008)
es su último libro publicado. Radica en Torreón. Coahuila, México.

Página Web de la autora: La eterna enamorada del viento

Ilustración texto: Fotografía por Pedro M. Martínez ©

 

Revista Almiar – nº 61 | noviembre-diciembre 2011 – MARGEN CERO ™ – Aviso legal

 

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