Manuscrito inacabado

27/09/2011 por

Manuscrito inacabado

 

 

por
Lorena Martín Morán

Manuscrito inacabado.
Encontrado en Auschwitz, por un grupo de soldados norteamericanos, 
a las cuarenta y ocho horas de su llegada
al campo de exterminio nazi.


 

QUE HA LLEGADO LA NOCHE, es un hecho evidente. Que tú no estás aquí, a mi lado, como siempre, también. Por mucho que me engañe, que quiera mentirme, pensando que en cualquier momento cruzarás esa puerta de nuevo, lo cierto es que sé que te has ido para siempre. Sé que de haber podido elegir habrías permanecido a mi lado hasta el final, con todas sus consecuencias, fueran buenas o fueran malas. Que habríamos afrontado, juntas, como siempre, todo aquello que estuviera por llegar. Pero no te ha sido posible, no te han dejado. Te haría culpable si pudiera, aunque fuera tan sólo para poder sacar fuera toda la aprensión, el dolor y la cólera que me invaden cuando pienso, y continuamente lo pienso, que ya no estás aquí, conmigo. ¿Pero cómo culparte por haberte ido, cuando sé muy bien que no querías hacerlo?

…lo único que me queda ahora, ahora que ya no estás, es salir adelante yo sola, sobrevivir sin nadie en este lugar de desolación y de muerte. Esto no entraba en nuestros planes, ¿verdad?  ¡Lo teníamos tan claro! Saldríamos de aquí, cogidas de la mano.

Pero lo peor es que no sé ni si tengo el coraje necesario para seguir subsistiendo. Francamente, lo dudo mucho. ¡Cómo lo cambia todo el hecho de no tenerte aquí conmigo! Ayer me sentía esperanzada, hoy, en cambio… Sé que no te resultaría agradable el oírlo, que a tí no te gustaría escucharlo si estuvieras aquí. Serías la primera en cerrarme la boca. «¿Qué tonterías son esas?», me dirías. Pero hoy, querida Martha, he elegido no mentirme. Ni a mí misma, ni a ti. Al menos, por esta única vez. Porque ya no tengo motivo alguno para hacerlo.

Hasta ahora, entiéndeme, podía apoyarme en ti, la una en la otra, en realidad. Pero ahora ya no estás. Y si no estás, yo te pregunto: ¿A quién me debo? ¿Por quién vivir, si estarán todos muertos? Eso, suponiendo que consiga salir de aquí, claro. La verdad es que ya no sé ni si tengo ganas de hacerlo. No, sin ti.

¿Sabes? No dejo de hacerme las mismas preguntas una y otra vez: ¿Quién pondrá fin a todo esto? ¿Cuándo se terminará la guerra? ¿Cuándo comprenderán que somos todos hermanos y que resulta inútil seguir luchando? ¿O cuándo nos perdonarán el hecho de que seamos distintos? Distintos a lo que ellos quisieran, claro. Porque les revienta saber que somos judíos. ¿Llegarán alguna vez esas tropas amigas de las que tanto se habla? ¿Esas que van a liberarnos y llevarnos de nuevo a casa? ¿O son sólo un desvarío para matar mejor el tiempo?

Si pudiera comentártelo, seguramente, encontrarías de nuevo el modo de serenarme, de convencerme otra vez, un día más, de que debo tener fe. Debes de seguir creyendo en el ser  humano, en las tropas aliadas, en el fin próximo de todo esto, en el reencuentro con papá y con nuestros hermanos… eso es lo que me dirías, lo sé.

Miro atrás, Martha, y te aseguro que no comprendo cómo pudiste mostrarte siempre tan alegre, desde el principio hasta el final, tan serena, tolerante y madura. Si sólo tenías veintiún años. ¿Cómo lo hiciste? Porque  tú no parecías sentir la rabia, el rencor, y el odio que yo llevo dentro. ¿Cómo pudiste vivir al margen de eso? ¿Perdonar todo lo que te habían  hecho? ¿Qué clase de fuerza moral, o divina, te impulsó a seguir viviendo sin resentimiento, hasta ese último instante?

¿Era una cuestión de carácter? ¿No querías demostrarme tu turbación? ¿Tu desasosiego? ¿Qué era? Dime. Te arrebataron a tu familia, a tu gente, tu vida, tus sueños… tenías todo el derecho a sentirte enojada.

Quisiera poder preguntártelo. Me daba no sé qué hacerlo y por eso no lo hice nunca. ¡Qué cosa más absurda! ¿Verdad? Si nos lo contábamos todo. Pero hoy te lo diría, así, a bocajarro: ¿De dónde te vino toda esa fe en la bondad natural del hombre? ¿Quién o qué la puso en ti? Pero… ya no estás. Es tarde. Tarde para hacerte cualquier clase de pregunta. Tarde para contemplarte de nuevo. Tarde, Martha, tarde.

 

Se te han llevado esta mañana. A la enfermería, eso han dicho. No han servido de nada, ni mis ruegos, ni tus lágrimas. Aquí no se andan con contemplaciones, lo sabes tan bien como yo. «No te rindas». Eso me has dicho. ¡Mi querida hermana! Y se te han llevado. No me han dejado acompañarte, porque no tengo ese derecho, porque «las cerdas como yo» no tenemos sentimientos… Bueno, ya conoces de qué va todo esto. Ni tiempo he tenido para lamentarme. No, hasta ahora, cuando todos duermen y yo puedo al fin permitirme ese lujo, echarte de menos.  El trabajo forzado, esas piedras que vengo picando, las letrinas, la cocina, no me dejan tiempo para nada. Ni siquiera para llorarte. A ti, mi única hermana. Pero quizás sea mejor así. ¿Verdad? Eso me dirías.

Tú ya lo sabías, ¿a que sí? Que ibas a morir. Lo he leído en tus ojos. Aunque hayas querido engañarte diciéndome que pronto te pondrías buena y aunque yo no haya tenido el valor de negártelo, diciéndote que sí con la cabeza, porque las lágrimas, Martha, me impedían hablar. Pero no podía ser de otra manera viniendo de ti. Optimista hasta el final…

¡Y tu última imagen diciéndome adiós! ¿Quién o qué podrá arrancarme de la memoria esa sonrisa llena de cariño, que conservaré en mi alma para siempre? En mi mente te veo y te veré siempre de nuevo en Austria, preparándote para asistir a aquella fiesta. Si supieras cómo te envidiaba, cómo suspiraba por tu aparente libertad de los diecisiete años; yo, que por aquel entonces tenía sólo trece. Te veía hermosa, lista, eficiente. La magnífica hermana, la hija perfecta, a quien siempre quise imitar en todo.

Últimamente, querida mía, tu rostro no se parecía en nada a tu rostro. Mucho menos tu figura, antes llenita, sonrosada, vivaz. Solías vestirte de color rosa… ¿lo recuerdas? ¿Puedes aún recordarlo? ¡Cómo ha cambiado nuestra vida desde entonces! Yo, tan sólo soñaba con crecer y convertirme en médico. Quería casarme y tener muchos hijos. Quería viajar… ir por el mundo entero. Me esforzaba por ser alguien mejor. Y tú… ¿tú qué habrías deseado? Si te hubieran dejado. 

¿Sabes una cosa? De entre todas las ofensas, de entre todos esos sueños que quedaron lejanos y que sé que no volverán nunca, nada puede haberme dolido tanto como el verme reducida a nada, al nivel de un despojo humano, o menos que eso, que no tiene, a sus ojos, ni el derecho incuestionable de seguir respirando.

Nos han robado nuestra dignidad, no sólo nuestras vidas. Han anulado todo aquello que distingue al ser humano de las bestias del campo. Y lo han hecho a propósito para humillarnos más. Para justificarse moralmente, supongo: «Sólo era un animal, una cerda judía, había que matarla».

Me pregunto si ellos, los varones, tendrán tal vez mejor suerte. Es seguro que no tienen que dar a luz en los barracones, a la intemperie, sin asistencia ni medicinas. Ver cómo esos niños les son arrebatados a sus madres nada más nacer. Eso, si es que nacen vivos, claro. Si sobreviven. Seguro que no sufren las vejaciones propias del género femenino. Aguantar que cualquiera, por el solo hecho de ser hombre, pueda hacer contigo lo que quiera, también pegarte hasta matarte a golpes.

Pero vete a saber lo que habrán de aguantar a cambio. ¿Qué estarán haciendo papá y los gemelos ahora mismo? Si es que aún están vivos. Martha, nunca pensé que te diría esto, pero me alegro de que mamá muriera aquel mes de enero, un año antes de la guerra, de todo esto. Porque ella, lo sé seguro, no habría podido soportarlo. Con su salud…

¿Puedo contarte algo? Aquí, en confidencia. Creí que ya no podían hacerme más daño. Ya no. Que no podían quitarme nada más. Pero se te han llevado. A ti, lo único que me quedaba, y sin lo que no estoy dispuesta, y lo tengo muy claro, a seguir viviendo. Sé que no te gustaría escuchar estas palabras. Pero de verdad, de verdad, Martha, que me he cansado de seguir luchando. No puedo más. Llevo soñando el fin de la guerra, varios años. Primero, a escondidas, en el almacén, con la tenue esperanza en el alma de poder salir adelante, escapando al exterminio.

Y luego, aquí. En Auschwitz. Semana tras semana, desde que nos prendieron, he sobrevivido al hambre, a la enfermedad, a verme despojada de todo, sin nada, sin esperanza, llena de miedos y de incertidumbre, sin saber siquiera si todos aquellos que quedaron atrás  —papá, la abuela, nuestros hermanos y primos—  siguen aún con vida.

Quizás,  la esperanza  de salir un día de este encierro involuntario, les mantenga aún en pie. Como te mantuvo a ti. ¡Qué esperanza la de volver a ser libres! ¿Verdad?

…pero la gente comienza a estar desesperada. Aquí nadie cree que esto vaya a terminarse nunca. Y empiezo a pensar que tienen razón. Cada día, con la salida del sol, le ruego a Dios que nos envíe una señal. La clara e inequívoca señal de su presencia, una esperanza, una luz. El nuevo color de un mundo nuevo.

No puedo evitar  preguntarme, (¿será porque ya dudo de todo?) si Dios existe. Nunca antes lo había cuestionado. ¿Por qué, quién iba a preguntarse sobre eso? ¿A dudarlo siquiera?  Pero si Dios existe, Martha, por qué permite esto. ¿Castigo divino, tal vez? ¿Era esto lo que, según Él, nos merecíamos?

A un Dios sin misericordia, Martha. ¡Qué difícil me resulta imaginármelo! Un Dios que consiente esta barbarie… Tal vez todo esto se reduzca a que estoy culpando a Dios por los crímenes de los hombres, atribuyéndole una autoría que no le corresponde. Tal vez, Él, no haya hecho nada malo. ¡Tal vez hayamos sido sólo nosotros!

No lo sé, ya no lo sé. Pero estoy tan enojada con Él, sí, con Dios. Porque parece que se haya olvidado de que existimos. Y eso… es que no puedo perdonárselo. Ni a Él ni a nadie. Porque yo, no soy ni he sido nunca como tú, tan desprendida, tan dispuesta a entender y eximir lo necesario. Y menos esto. El exterminio de un pueblo entero, ¡mi pueblo! ¡Si pudiera vengarme lo haría!

Cada noche oigo la radio desde el salón de los oficiales. Busco en ella unas palabras de esperanza. Pero nunca llegan.

Sin embargo, cada día vienen más, Martha, de todas partes. Algunas van directamente a la cámara de gas. Las menos, como yo y como tú, sobrevivimos, porque somos jóvenes, porque estamos sanas, porque podemos serles útiles, en un sentido o en otro. Aquí todo se reduce al beneficio. Si puedes servirles de algo o no. Si estás enferma, o lisiada, si eres muy mayor o demasiado joven, no tienes ni la más mínima esperanza de salir adelante. Pero eso ya lo sabes.

Ayer mismo, pude escuchar el grito unánime de terror de unas pobres ancianas, justo antes de morir. Es curioso pensar cómo, al principio, no podía soportarlo. Ahora, en cambio, ya me he acostumbrado. A todo: a los gritos, al dolor, al miedo, a los golpes de los guardias, al hambre, a la brutalidad y la desesperanza, a no esperar nada de nada. 

¿Será por eso, qué me estoy volviendo cómo ellos, insensible al dolor y el sufrimiento ajenos? Me da igual lo que le pase a la de al lado.

Ya no me importa si vivo o si muero. Se ha acrecentado en mí la creencia de que nada, ni nadie, va a librarnos jamás de este suplicio. He perdido la fe, Martha, y también la ilusión. No tengo ganas de nada. Ni quiero seguir viviendo. Dormir, es por ahora mi único consuelo. Porque al menos no pienso, ni me ente…

 

_______________
Lorena Martín Morán.
 Ha publicado un pequeño libro de cuentos titulado El Maravilloso Mundo de Creosbe, en 2009, con la Editorial Brief. Su profesión actual es la de Maestra de primaria, aunque ahora mismo alterna dicha profesión con estudios de segundo ciclo de psicopedagogía. 

Contacto con la autora: lorenamartinmoran16 [arrob@] gmail.com

 

 

 

 Ilustración relato: Fotografía de Pedro M. Martínez

 

 

 

 

Revista Almiar – nº 60 /septiembre-octubre 2011(©) MARGEN CERO ™ - Aviso legal


2140
¡Gracias!
An error occurred!

Posts relacionados

Etiquetas

Comparte en:

7 Comentarios

  1. Napoleon

    Con tu relato has sabido plasmar muy bien y nos has hecho revivir los sentimientos de angustia, miedo y dolor que experimentaron los prisioneros de aquellos campos de exterminio. Es un relato fantástico, enhorabuena y sigue escribiendo tan bien, ya espero el próximo!

  2. Nacho

    ¡Muy bien! ¡Adelante!

  3. BERNABÉ

     
    He leído todos tus relatos y son simplemente maravillosos, escribes como los ángeles, no dejes de deleitarnos con tus fantásticas historias.
    Este relato es magnífico, me ha hecho vivir cada momento, cada palabra como si estuviera en aquel maldito campo de exterminio.
    Has hecho que  mi  mente,  mi corazón y mi espíritu se trasladaran aquellos horribles años, donde cientos de miles personas murieron  por culpa del fanatismo, de la incomprensión y de la brutalidad de sus mentes asesinas.
    Por favor, sigue escribiendo, como solo tú sabes hacerlo.
    FELICIDADES  LORENA

  4. TGR.

    Tus relatos son siempre increíbles, me has hecho llorar. Me alegro de que te lo hayan publicado, te lo mereces porque eres una gran escritora. 

  5. Noemí.

    Me alegro mucho Lorena

  6. CRISMontG.

    Lorena, ya leí en su momento este relato, pero lo he vuelto a hacer, porque cada vez te transporta a ese tiempo y cómo se pudo vivir, no, mal dicho, sufrir sería la palabra más leve para expresar este horror. Me envuelve de tal manera lo que escribes que parece que soy yo misma la que está ahí, la que está relatando este exterminio, la que lo "vive" en primera persona.
    ¿Para cuándo un libro completo tuyo? Quiero enterarme de las primeras para hacerme con él rápido.
    Un beso grande para ti,

            CRIS           

  7. Lorena



    No quería dejar de deciros, a cada uno, unas pocas palabras de agradecimiento.¡Os las merecéis chicos! Ya lo creo. Así que ahí van...
     .Cristina, mil gracias, tus comentarios son siempre muy valiosos y no es que me gusten, ¡es que me enseñan! Espero poder complacerte pronto, con un libro mío.¡En eso ando precisamente! Un abrazo muy fuerte.
    . Bernabé, Napo, gracias de todo corazón por vuestras palabras, las agradezco mucho, ya lo sabéis. 

    . Nacho, ¡qué alegría verte por aquí! Ha sido toda una sorpresa.Muchas, muchísimas gracias por tus ánimos.

    . Noemí, ¡cuánto tiempo! gracias por leer mi relato muchacha, eres un sol.

    . TGR, gracias por tus palabras, me vienen de maravilla, para saber que el objetivo: despertar las emociones del lector, ha sido plenamente satisfecho. (Como ves, siempre aprendiendo...)
    Dicho esto,me despido (por ahora). Me alegro de que os haya gustado mi relato.
    Un saludo afectuoso para todos. Nos vemos.   
    Lorena.

Enviar un comentario