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Los ojos de Gertrude
Antonio Taboada
Un rayo. Antes, Farnsteiner, jamás
habría revelado la existencia de semejante tatuaje. Antes tampoco lo habría
visto transpirar así, mientras se quita la casaca para dejar a la intemperie su
reciedumbre vikinga. Breve, como era en rigor de una melancolía que nadie se
explicaba, me ordena que ingrese en el establecimiento. Una llamada al mediodía
denunció la tercera víctima que cerraba la serie de asesinatos, celebrada
anualmente, en Mannheim. Algo hay de profano y divino en el todo. Ya en el
cuartel los colegas especulaban el modus operandi de alguna secta o, en
su defecto, algún fanático. Nuestro fantasma. Cuatro años de pogrom
sistemático le habían valido una antología selecta de epítetos como paliativo de
la mediocridad de nuestro departamento. El aspecto de la mercería es propicio
para gestar las formas más acabadas de la aprensión. La fatiga surca el rostro
de Farnsteiner que desenfunda su arma, hecho incongruente teniendo en cuenta la
sicología criminal. Incongruente también es, en mi opinión, el tiempo que le
hemos deparado a madame Gertrude. Superstición alguna es intolerable para
ciertas ortodoxias, para la ciencia y la religión. Confieso que la habilidad de
la síquica no excede en poco a mi prejuicio, y, sin embargo, poco crédito he
consentido a sus inferencias.
En la Monadología,
Leibniz supone que todos los elementos del universo están estrechamente
relacionados, desde la especie más rudimentaria hasta la divinidad. Esto
equivale a decir que la ejecución de una idea no concierne meramente al espacio,
sino que, de alguna manera, involucra también al tiempo; no sólo a la austeridad
física del cuerpo, sino a la incomprensible vastedad del cosmos. A menudo, una
catástrofe depende de un hecho arbitrario, cuyas consecuencias son infinitas;
acaso el asesinato de John F. Kennedy lo inspiró el canto de un pájaro. ¿Qué
oculta razón justificaría al genocida? De la meditación me extrae la elocuente
parabellum de Farnsteiner que me señala el recinto contiguo. Se pasa una
mano rechoncha sobre la frente. Los cuartos son estrechos, la ventilación
mezquina. Con la luz de una linterna devela un mohoso sótano cuyo fondo es
extirpado por la penumbra. Bajamos. Recuerdo aún el primer atentado, Heinz
abreviaba las horas con una candente polémica que versó, en primera instancia,
sobre el Götterdämmerung
[1].
De esa precaria alegría nos despertó el teléfono. La anónima voz de una mujer
nos informaba el hallazgo de un cuerpo en las inmediaciones de Augustaanlage.
Inmediatamente Farnsteiner emergió de algún recodo para darle curso a la
investigación. Era fama que su existencia se remitía a manifestaciones
periódicas, nada que no correspondiera al deber. La víctima había sido
estrangulada. Su nombre era Benjamin Albalak. Era judío. Era un ginecólogo que
ejercía piadosamente la medicina a unas calles del crimen. Era un espíritu
generoso que asistía desinteresadamente a parturientas sin recursos.
En un inicio pensamos que el
asunto no iba más allá del entrevero habitual de alguna pandilla. Nos
equivocamos rotundamente. En días subsiguientes mi correo en la computadora del
despacho fue saturado con la denuncia impersonal de dos homicidios más. Mis
temores no eran infundados, ésta vez también se trataba de judíos: Heinrich
Bejakar y Evelyn Camhi. Fácil fue prever el patrón que los asociaba. La sucesión
alfabética había sido, para el psicópata, durante más de un siglo una forma
simbólica de exterminio. Eso y la fecha de ejecución me reportaron una
suspicacia de mártir. Un año tuve que esperar para atreverme a formular la
terrible sospecha que inquietaba mi lógica. Cuando asesinaron, en una visita a
nuestra ciudad, al prestigiado rabino de la sinagoga de Othmarschen, Gunnar
Martin Dubrowski, el 8 de Agosto, confirmé la secreta ilación del móvil: la
equivalencia con el calendario lunar hebreo que computaba la fecha como 9 de Ab.
Fecha funesta para todo el que profesara la fe talmúdica, pues evocaba las
coincidencias más desagradables para la raza: así, la destrucción del fastuoso
santuario, que mandara erigir el sapientísimo Salomón, por los babilonios al
mando de Nabucodonosor; así, la ignominia que recayó sobre el pueblo cuando Tito
asoló el segundo santuario; así, el ultimátum que les diera España antes de
expulsarlos del país en 1492. Tres son las ceremonias que el consenso ha
determinado. Un muerto por cada una, así operó nuestro flagelo. La historia ha
demostrado que la forma más elevada del oprobio no consiste en ultrajar al
individuo, sino a la memoria de los ancestros. Acaso de este modo procedieron
los romanos cuando, acallada la rebelión de Simón Bar-Kojba, rebautizaron Judea
con el nombre de Palestina en honor a los filisteos, enemigos acérrimos de los
hebreos.
Dos días atrás encontramos el
cadáver de David Jacobi, un cuchillo le había perforado la garganta. Ya antes
hemos recurrido al talento de Gertrude por órdenes de Heinz, cuya inteligencia
se dejaba sobornar fácilmente por esas misceláneas (como le gustaba llamarlas).
En lo que a mí respecta mi único pretexto consiste en la inútil exposición de
las evidencias —quién decía que el terreno en que nos internábamos no era
precario—. «Necesita traerme, usted, alguna prenda o posesión del finado.
Después ya veremos». Así lo hice. Gertrude era baja, neurótica y sumamente
católica. El aroma lánguido del incienso saturaba la habitación. Cosa común era
entre adivinos atribuir propiedades esotéricas al incienso. No menos
estereotipado se me antojó el cráneo sobre la cómoda y las diversas imágenes
distribuidas a lo largo del salón. Cuando regresamos, Brandt y yo, ella tomó la
camisa de Jacobi y se puso a auscultarla. Después entró en trance. Brandt,
aburrido hasta la impaciencia, prendió un cigarrillo y se lo enchufó en la boca
para ocultar una burla que le agrietaba la cara. «Le veo, sí. Es un callejón
empedrado. Hace frío y está oscuro, sumamente oscuro. Tiene mucho miedo, mucho
miedo de las sombras». Nada dijimos que interrumpiera el exabrupto, nos
supeditamos a sentir una incómoda solidaridad; con paciencia esperamos a que
volviera en sí. «Señores, deben tener mucho cuidado con este hombre que buscan.
Puedo sentir que su alma es negra como una noche sin luna. ¿Se ríe, usted? Ya me
dará la razón... Así es, volverá a atacar». Fritz Brandt, devoto del método
policiaco, sin perder tiempo cuestionó directamente a la médium sobre las
características del asesino. «La tragedia ha sido acometida con un arma blanca».
Una vena gruesa y azul le surcó la sien. Poco nos llevó comprender lo ilógico de
la situación. «Verá usted, lamento muchísimo no haberlos podido aproximar. La
visión fue difusa, la noche ayudó. Esperemos tener mejor suerte la próxima vez».
Yo le alcancé un billete, Brandt se volvió sin despedirse. De regreso, Brandt
criticaba la ingenua propensión del capitán a convenir con cada patraña. Se
vanagloriaba de un carácter inherente teutón: la dialéctica. Recordó a Hegel,
cuyo fundamento sumió en el sepulcro la morfología filosófica; recordó a
Spengler, cuyo pesimismo lo equiparaba al inconsolable Tiresias. Le dije que
Alemania adeudaba al misticismo alguna secreta victoria, añadí que la astrología
y el tarot fueron predilección íntima de Hitler, que no podía omitir por simple
intransigencia lo evidente. En un tono de infinito desprecio, observó que el
fervor del poder es capaz de deteriorar la forma más elevada del pensamiento;
dijo que el mayor pecado del alemán siempre ha sido desear todo o nada. Antes,
prosiguió, ya se había atribuido a magia la gloria de Alejandro de Macedonia, o,
por citar un ejemplo local, el patrimonio de Karl der Grosse (el impostor
Carlomagno de Francia). Que defender el infundio es renegar de la causalidad.
Mucho distaba de estar en desacuerdo con él, pero es sabido que un credo sólo es
templado en la contradicción. El frío de la noche entumecía mis huesos, como
ahora. He reiterado a Farnsteiner mi intención de interrumpir las acciones y
salir por un café. No sé por qué se lo digo, sé muy bien lo que significa
trabajar con él. A Brandt le habían asignado otro caso. Pasándose un pañuelo
sobre la frente, sin contestarme, me pide que mueva un poco el estante de los
vinos. Un olor a miasma sube desde el mueble.
Cuando llegamos, Heinz,
dirigiéndose a Brandt, reclamó los resultados de nuestra investigación. Brandt
respondió que no teníamos nada. Yo me encargué de los detalles, estaba visto que
mi compañero no tenía la más mínima intención de rendir cuentas. Mientras tanto,
Oberländer fustigaba al Internet para dar con la sección K del directorio de
familias judías de Mannheim. Los pocos judíos que quedaban en Alemania vivían
temiendo el resurgimiento de la patriotería, temor que no estaba lejos de la
realidad. La obesidad y la alta presión impelían al capitán a movimientos
pausados (dos meses atrás, durante su traslado, ya había sufrido un infarto en
Westfalia); frunció el ceño y articuló, luego, una morosa imprecación.
Ayer fue el peor de los días.
Impotentes, esperábamos la llamada funesta que denunciara la segunda víctima.
Para entonces ya se habría consumado el acto. Eso, sumado a la revisión de una
cantidad exorbitante de antecedentes nos inundó de un sentimiento parecido al de
la agonía. Cuando el teléfono berreó ya nadie se sorprendió de que del otro lado
la voz fría de un equis señalara la ubicación del infeliz. Como cuando un
enfermo espera que se le dé el terrible diagnóstico y lo único que anhela es
saber, por muy malo que sea, su estado, y así enterado, una feliz resignación lo
embarga, del mismo modo el piso se sumió en un silencio unánime. Busqué con los
ojos a Brandt para arribar los dos a la nueva dirección. Él escribía no sé qué
reporte mientras apagaba su noveno cigarrillo. Me dijo que Farnsteiner lo había
destacado a otra misión, la del secuestro del chico Bergner que, también, había
quedado pendiente. Los diarios matutinos trizaban el prestigio de la policía.
La distancia, atribulada de
iglesias góticas y de abadías barrocas y de castillos inverosímiles, entretejía
alguna molesta corazonada. Al volante, Farnsteiner rumiaba alguna estrategia. Vi
el Rin; recordé que el tiempo es como el río. Estiércol de pájaro ungió la luna
del carro.
La cartera vieja de Margarite
Kreskis tal vez sería suficiente para estimular las habilidades de madame
Gertrude; eran las siete de la noche cuando toqué a su puerta. Un grueso puro
estorbaba su dicción. «Sabía muy bien que volvería, usted». Álgido temblor
recorrió mi espalda. Difícil sería hablar de las fluctuaciones de conciencia que
experimenté; básteme reconstruir, a efecto de un justo discernimiento, las
acciones que se remiten al crimen. Entramos al salón. Las últimas palabras de
Gertrude aún resuenan en mi cabeza. ¿Qué quiso decir con que la disposición
del cosmos no admite negligencias? Dos cosas hay que mortifican el ánimo: la
intriga y el silencio. Bien podría Farnsteiner reunir las dos condiciones. Ni
una ligera contracción de repudio le merece el que haya develado la fetidez de
la rata muerta. La humedad del sótano amplifica el frío. «Se escondía entre los
árboles. Ella no lo podía ver, no lo iba a ver». De vez en cuando intuía en
Heinz un rictus que delataba su fascinación por las misceláneas. Sobre todo
cuando relataba mis entrevistas con Gertrude. Pensé que nuestra torpeza y su
morbo, conjugados, daban excesiva justificación a los agravios, que la prensa,
largaba contra nosotros. «Ella grita, pero es inútil, no hay nadie alrededor.
Veo una glorieta, una canaleta que vierte agua turbia...». Cuando volví al
cuartel, los colegas se debatían, con un afán grotesco de burla, en una
discusión acerca de quién sería el siguiente. Yo reprendí el hecho. Alguien dijo
que la humanidad suele ser monstruosa cuando se desciende del Sinaí. Alguien más
dijo que era aceptable que, siendo el apellido de mi madre Leoy, anduviera
preocupado. Era tonto pensar en esa opción. Tanto detalle excluía la osadía como
posible virtud del criminal. «Ahora lo veo, lo veo claramente. Tiene como un
profundo resentimiento en los ojos». Me incomodaba no saber con precisión la
incidencia de su mirada; dejé escapar, luego, un exasperado bostezo. Estaba
aburrido de todo lo concerniente a materia sobrenatural. Le pido a Farnsteiner
que baje la pistola. No me oye, como siempre. «Hay algo en él, algo
sobrenatural». No pude evitar pensar en la relación que existe entre la ciencia
y lo esotérico, que casi es la misma que hay entre la razón y la percepción.
Siendo, acaso, las últimas, una instancia anterior. (Conocí a un yoghi en
Ludhiana que sostenía, mientras caminaba sobre brasas vivas, que todo hábito es
una distracción, que el fuego quema porque hemos resuelto creer que quema).
Siglos de conventículos científicos nos ha llevado a la irrevocable conclusión
de que nuestra percepción del mundo es imperfecta; esta desavenencia concede,
imperativa, cierto fuero a la divinidad. ¿Podrá el intelecto alcanzar la
trayectoria del espectro? He contemplado, en algún momento, la torpeza como
posibilidad; no hay mayor torpeza que tratar de interpretar la geometría de un
dios. «Hay un signo, no comprendo su significado, es un carácter antiguo,
escandinavo, creo, una runa, o quizás una S en el alfabeto tradicional, o
quizás...».
—¡Un
rayo!
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