|

Introducción a la jardinería
Alejandro Tobar Salazar
Primera parte:
Me harté de ver la televisión y
presionando el botón rojo del control remoto le di un cerrojazo, lo que me
produjo mayúscula satisfacción. «Hora de hacer algo productivo», me dije. Entré
en la despensa, que olía a chorizo y bolsas de plástico con grasa de alguna
botella de aceite vertido. Las moscas daban vueltas a los yogures de fresa con
tropezones que alguien —no delataré quién— había olvidado poner en la nevera.
«Señor, dame paciencia, ¡pero ya!». La azada estaba entre la fregona y una
escoba con un recogedor apoyado en su mástil. Guardé los yogures en el
frigorífico (primer acto de provecho), después agarré dicha azada y unos guantes
de jardinería guardados en uno de los cajones, justo debajo de las alubias y
habas envasadas al vacío.
Ya en el jardín, me remangué la camisa
y cavé un hoyo profundo en poco más de un cuarto de hora. Estaba a punto de
comenzar la parte entretenida del trabajo que Hortensia, mi pareja, me había
encomendado antes de irse a trabajar a la oficina, muy temprano, antes incluso
de que se formara el conocido embotellamiento de las ocho y cuarto en la
autovía. «¡Cuándo construirán la nueva entrada! Promesas y más promesas, pero
nada...». Hortensia (lo primero que de ella me dejó prendado fue el nombre), que
era más fuerte y decidida, ya se había encargado de la parte dura, complicada:
conseguir las semillas —supongo que en el mercado negro. Nunca quise saberlo.
Jamás lo pregunté, como tampoco los capos preguntan a sus secuaces las artimañas
con que la encomienda llega a buen puerto. El fin justifica los medios...—. Me
tocaba cumplir con mi obligación conyugal y no defraudar la confianza que de
forma ciega mi compañera había depositado en mí.
Antes de que las primeras gotas de sudor se desprendieran de la punta de mi
hocico y humedeciesen los terrones de tierra alrededor del bien trazado y
bastante regular hoyo, me puse manos a la obra: tome el cadáver recostado en la
esquina, junto a la fuente ornamental, sobre mis hombros, y lo llevé al hoyo. Lo
planté con cuidado y lo regué con esmero. Me preocupé de que ninguna piedra se
quedara entre los dedos de los pies, de donde habrían de nacer las raíces. El
pantalón del difunto había sido debidamente rasgado por Hortensia en la zona de
la bragueta, de donde habrían de salir los primeros tubérculos (y los más
sabrosos). Extendí los brazos del fallecido a ambos lados de la tierra y los
cubrí con una fina masilla de abono para criar malvas, que estaba de
oferta —apenas había costado unas pocas monedas. Regateamos como si el mercado
fuera una medina y conseguimos rebajar unos céntimos. Una auténtica ganga—.
Regué abundantemente desde la base de la coronilla, sobre el cráneo. Nada más
quedaba por hacer. Todo tal y como decían las páginas centrales del Manual de
cuidados del fallecido que por fascículos habíamos ido adquiriendo.
Volví a entrar en la casa. Era
mediodía y Hortensia estaba al llegar. Ambos teníamos la misma duda: ¿sería
necesario regar la tierra todos los días con tres litros de agua y una pastilla
efervescente especial para plantas exóticas o bastaba con seguir los pasos
seguidos en anteriores ocasiones con las hembras y rociar los dos litros de agua
gaseada una vez al día o, incluso, en los días de intensa lluvia, cada dos? En
las instrucciones no se explicaba nada de esto. Tampoco los vecinos se habían
atrevido nunca con los difuntos machos (debido al mayor riesgo que estos
presentan de contraer enfermedades en los tubérculos por causas que la ciencia
aún no sabe explicar). Sólo criaban hembras, por lo que tampoco pudieron
prestarnos su ayuda.
Hortensia llegó en su jeep (Qué bonito
auto; con las puertas decoradas: la del acompañante con una rosa blanca, pues el
todoterreno había pertenecido a la casa real de York, y la del conductor con una
flor de mundo u hortensia. Casualidades de la vida. Precioso, de veras). Traía
consigo unas tijeras de poda y unos guantes especiales para tocar el espinoso
rostro de la nueva planta del jardín, a quien los pelos de la barba —según
estudios especializados— no dejarían de salirle hasta pasado cuando menos un
lustro. Examinó la tierra (su humedad y grosor) y, con una pinza que sacó de un
bolsillito de su blusa, comenzó a arrancar los pelos de las fosas nasales para
dotar de una mejor ventilación a la planta, ya que en adelante no podría
transpirar de cintura para abajo. Nuestra parte del trabajo quedaba, por tanto,
concluida. Ahora tocaba esperar y ver si el cadáver era capaz de aclimatarse a
su nueva forma de vida o si una helada, una sequía o alguna bacteria u hongo
acabarían con su existencia y terminarían por pudrir sus raíces bien plantadas.

Segunda parte:
Han pasado algunos
meses y tanto Hortensia como yo le hemos tomado especial cariño al machito.
Tanto es así que le hemos colocado un pastor eléctrico alrededor para que
nuestro caniche Humberto no haga sobre él sus necesidades. Estamos pensando
incluso en construir un pequeño invernadero sobre su cabeza con objeto de evitar
el frío invierno que todos los informativos auguran en sus espacios
meteorológicos. Quizá nos estemos preocupando demasiado, pero hay que ver qué
color tan sano le ronda por las mejillas —que los días pares afeito yo y los
impares Hortensia—. Sería una pena perderlo por una simple helada… ¡incluso le
ha salido musgo en los pliegues del pescuezo!
_____________________
ALEJANDRO TOBAR SALAZAR
(Lugo - España, 1983), ganador del concurso de «Relatos de Verano 2005» de
la Voz de Galicia. Fue 2º Premio en el Contacontos 2003, organizado
por la Xunta de Galicia, por su guión Nin tanto nin tan pouco; ha
publicado, así mismo, en diversas revistas literarias y diarios como
Arteliteral o El Progreso de Lugo. Actualmente, reside en Madrid.
Es
colaborador habitual de la Revista Almiar / Margen Cero

La imagen fue publicada en el blog
Paris14.info, con fecha 19 de junio de 2005.

Danos tu opinión
|