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La mujer contradictoria
Carlos Manzano
No sé si alguno de ustedes se ha
encontrado alguna vez en su vida con una de esas mujeres que en un primer
momento sólo se atreverían a calificar de vulgar, tosca, carente de finura, una
de esas típicas feuchas que parecen no haber encontrado todavía su lugar en el
mundo, ni siquiera un minúsculo espacio social que las acoja, pero a la que sin
embargo poco tiempo después no dudarían en describir como terriblemente bella,
lacerantemente hermosa, brutalmente atractiva. Son, en efecto, mujeres
inclasificables a las cuales no resulta fácil adaptarse, que poseen la extraña
cualidad de ser una cosa y su contrario al mismo tiempo, que representan
condensada la imagen perfecta de la mujer y la hembra, la niña y el animal. ¿Se
hacen cargo de lo que quiero decirles?
Yo he convivido varios meses con una mujer que
respondía punto por punto a esa descripción, una chica de aspecto difícil,
rostro ampuloso y formas demasiado marcadas, casi diría que protuberantes, pero
que dependiendo del día, de la tonalidad de la luz o de la alineación de los
astros podían revelarse profundamente exóticas, e incluso llegar a ser
calificadas como osadas, rabiosamente salvajes: pómulos sobresalientes; labios
no tanto carnosos como generosamente dotados, amplios, absorbentes; ojos, más
que gatunos, tristemente vívidos, maravillosamente alicaídos…
No sé si resultará fácil comprender lo que voy a
decirles —las personas no estamos acostumbradas a convivir con lo dual, con lo
multiforme, con lo ambivalente: nos atraen más las certezas, aun cuando sean
irremisiblemente falsas—, sobre todo cuando esa extraña dualidad física tan
fascinante y odiosa se hacía extensible al conjunto de su personalidad.
Olga era por lo menos dos mujeres a la vez: convivían
en ella dos mundos casi opuestos, rivales más bien, como si siempre estuviese en
guerra contra ella misma. Y esa característica a veces me traía loco y otras me
desesperaba hasta la locura. La amaba casi tanto como la odiaba, y la necesitaba
de la misma manera que me repelía. Había noches en que hacer el amor con ella
nos conducía a un inmenso estallido de voluptuosidad y lujuria donde ambos
vibrábamos de placer hasta elevarnos en espíritu sobre nuestras propias carnes
de mortal; en otras, en cambio, se dejaba penetrar por mi falo con el mismo
desinterés y la misma falta de ardor con que se tomaba el café los lunes de
madrugada o recogía los platos después de comer.
A veces, cuando volvía de trabajar, se sentaba a mi
lado y me contaba hasta en sus más nimios detalles todo lo que le había deparado
el día. Otras tardes, en cambio, se ponía delante del televisor y, silenciosa y
abstraída, lo encendía con el mando a distancia sin que pareciera importarle lo
más mínimo el programa que echaran pero, eso sí, ignorándome por completo,
negando incluso cualquier indicio de mi presencia. En esos momentos, si me
hubieran dicho que yo era invisible, lo hubiese creído a pies juntillas.
A veces, el chiste más estúpido la hacía reír a
carcajadas, y otras, no había manera de modificar su rostro serio y circunspecto
cuando se empeñaba en cerrarse en banda a cualquier influjo exterior. No sólo
era imprevisible y contradictoria: sobre todo era inexplicable, impenetrable,
hermética. Indescifrable. ¡Cuánto sufrí por su culpa! ¡Cómo me devané los sesos
tratando de descubrir qué le hacía comportarse de una u otra forma, dónde estaba
el mecanismo que regulaba sus reacciones y sus estados de ánimo! Pero todo
esfuerzo resultó inútil. La racionalidad no entraba en su corpus existencial, no
tenía nada que ver con ella. Olga era así: sencillamente no estaba hecha a la
medida de lo humano. De ahí quizá su extraño atractivo. Y también su
insoportable carácter.
Como es fácil comprender, no aguantamos mucho
tiempo juntos. Un día, y tras encontrarme sus maletas a la puerta de casa, su
figura enérgica e incontestable se presentó ante mí por última vez.
—No te soporto más —me dijo—, estoy harta de tus
cambios de humor, de tus manías y de tus contradicciones. No se puede vivir con
alguien así, con un hombre que un día se comporta como el amante más maravilloso
del mundo y al día siguiente te ignora como si ni siquiera te conociera. Estoy
cansada de tus idas y venidas, de tus paranoias y de tu inconsciencia. Y sobre
todo de tu falta de sensibilidad: sobre todo de eso. No se puede vivir así,
Daniel, las personas tenemos sentimientos, no se nos puede tratar con semejante
desprecio. Te adoro cuando te muestras amable y cariñoso, cuando te interesas
por mí, cuando me dejas entrar en tu vida. Pero eres inaguantable cuando
permaneces horas callado, en completo silencio, negándote a contestar a una sola
de mis preguntas; cuando no me dejas ni que te toque y rehuyes la más tímida de
mis caricias; o cuando me esquivas con todo el descaro del mundo como si mi sola
presencia te resultara inaguantable, o peor aún, odiosa. No hay quien te
comprenda, Daniel, y sin comprensión no hay relación que valga. Así que me voy
para siempre. No quiero saber nada más de ti. He esperado demasiado tiempo a que
cambiaras, me empeñaba en darte una oportunidad tras otra, pero ahora sé que es
imposible. Tú eres así, y así te morirás. Y no hay nada que ni yo ni nadie
podamos hacer.
Lo terrible es que en ese instante no me ocurrió qué
contestarle. Creo que me pilló con pocas ganas de hablar.
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CARLOS MANZANO
nació en Zaragoza, en 1965. Es Licenciado en
Ciencias
Políticas y Sociología.
Es autor de la novela Fósforos en manos de
unos niños publicada por
Septem Ediciones (2005).
Ha sido finalista del I Premio Letras de Novela
Corta con la obra Las fuentes del Nilo (2003); ganador del I Concurso
Literario Villa de Benasque para autores aragoneses (2004) y finalista del X Concurso de
relatos cortos Juan Martín Sauras con la obra No declararé en tu
contra (2005).
PÁGINA WEB DEL AUTOR:
http://www.carlosmanzano.net/index.html

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