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Rennes, guía para no-viajeros
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Eduardo Martínez Carnicer
Los aerogeneradores, enhiestos, quijotescos, como
de perfil, nos escoltan el camino. Las huertas ponen color en el paisaje hacia
el norte. En el País Vasco el territorio se hace más abrupto y más verde. Al
pasar Irún, cambiamos de país, y agrada no tener que sacar pasaportes ni otros
documentos, ser europeos. Aparecen las señales de tráfico francesas, grandes,
didácticas.
Cambiamos el bús por el avión en la coqueta
Biarritz, dirección a Rennes, en la Bretaña, en el N.O. de Francia.
El avión es pequeño, como de juguete. La gente
teme más el despegue, el elevarse, abandonar tierra. Yo, el aterrizaje, el
choque brusco, esa caída sin retorno tras un efímero paseo por el paraíso, como
Ícaro al perder las alas, vulnerables. En este avión de juguete me pareció más
suave el aterrizaje. En cambio, a la vuelta, hubo más turbulencias y me recordó
mi estreno aéreo hace décadas en un Hércules, sentado sobre una hamaca, con el
petate al lado y las ventanillas semiabiertas.
En Rennes encuentro una ciudad agradable, con esas
envidiables casitas de las ciudades francesas. Con calles limpias, poco
ruidosas, mucho ciclista y peatones.
El tema del paro general por la precariedad en el
empleo está presente en el ambiente durante estos cuatro días de inicio de
abril. Su magnitud parece preocuparnos más a los
españoles,
más propensos al histerismo. Los galos parecen elegantes has-ta en las
mani-festaciones. Veo desfilar a jóvenes con ropa ancha, larga, oscura, con esa
dejadez que sólo se adquiere después de una sesión de espejo. Me comentan que en
Salamanca, ciudad universitaria, visten también «modernos», pero a mí estos me
parecen impregnados de ese aire existencialista, sartriano, de tiempos
pretéritos. Las tiendas, cosas de la globalización, son las mismas: Zara,
Galerie Lafayette (el Corte Inglés de aquí), y me dicen que la misma ropa.
Los franceses ya no se acuerdan del mayo del 68.
Sólo quieren cambiar un artículo de un contrato, o poco más. Y protestan con una
normalidad democrática, de más de 200 años. Se muestran felices, responsables,
siempre encantados de haberse conocido.
Me ha gustado Rennes, será que me han dado muy
bien de comer. Además del marisco, destaca la repostería, con la mantequilla
como producto estrella, que combinan a la perfección con el caramelo y el
chocolate. Las tiendas son pura delicatessen, con sus quesos, sus vinos.
El Atlántico queda próximo y aunque no vemos los
prometidos acantilados (será problema de traducción) sí aprovechamos la brisa
marina. Igual que los bretones asaltan terrazas y veladores como si fuera
agosto.
(De Asterix ni rastro, debe estar recluido en el
departamento de Normandía).
Y las francesas te miran
desde esos ojos azules, con la piel clarita, atractivamente despeinadas, y sólo
te sale: oui, oui… y el avión de regreso, con sus turbulencias, me reencuentra
con una España agitada por las corruptelas urbanísticas y en busca de la esencia
en servicios públicos de interés general. Bonjours, bonsoir.
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