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El giraldillo
(amor a primera vista)
Juana Castillo Escobar
Según le
gustaba contar a mi madre, lo primero en lo que me fijé al regresar a
casa a los pocos días de nacer, fue en el giraldillo situado en lo alto de la
torre de la iglesia, un angelote alado y ventrudo que se movía al compás del
viento o se quedaba parado cuando era la brisa quien lo acariciaba. Insistía mi
madre que fue en la puerta de casa, con sólo siete días, cuando miré al cielo y
mis ojitos de bebé se quedaron prendidos de la veleta situada en lo alto del
campanario de la iglesia vecina, alcé mi índice hacia ella y le regalé mi
primera sonrisa.
Lo cierto es que adopté a la veleta como mi amigo en cuanto
tuve algún uso de razón. Era lo primero que veía al levantarme y lo último a la
hora de dormir. Aquel angelote que me miraba desde lo alto del campanario se
convirtió en mi ángel protector, mi amigo inseparable, mi confidente.
Un día, creo que fue después de cumplir los seis años,
lo bauticé. Desde ahora, le dije, te llamarás Miguel, como mi papá que se ha ido
al cielo contigo. Es lo que me dijo mami:
—¿Has visto cómo cambió la veleta? Era el aviso de que
los ángeles vendrían.
—¿Los ángeles se llevaron a papá?
—Sí, mi amor, ellos lo transportaron bien
arropado entre sus alas hasta el cielo —y yo la creí. No tenía por qué no
hacerlo. Desde entonces miraba con mayor insistencia a Miguel. A veces con
terror pues su giro hacia el oeste, de espaldas a mi ventana, significaba para
mí la llegada de los ángeles de la muerte, pero parecían tan buenos…
Hola, Miguel, ¿estás enfadado? Llevas dos
días que no me miras de frente, sino hacia el sur. Es igual, de todas formas te
contaré lo que venía a decirte antes de acostarme. ¿Sabes? Hoy he tenido un
pequeño contratiempo. El hijo de la Ildefonsa, Chema, ese que siempre anda tras
de mí, me ha pedido un beso. Yo le he dicho que nanay. El muy descarado, después
de pellizcarme la mejilla, se ha medio salido con la suya. Pero no se ha ido de
rositas, no. Yo le he propinado un buen manotazo en toda la cara. Ni te imaginas
lo que me ha dicho. Pues poco más o menos:
—Joer, niña, cómo te pones por una caricia de ná.
—Es que se empieza así…
—Hija, torta que pegas familia que vistes de luto. Como sigas
ansí te quedarás pá vestir santos.
Hoy me siento triste, Miguel, a pesar de ser el día de mi
cumple. Hago catorce. No lo hemos celebrado. Mamá ni si quiera se acordó de la
fecha. Tengo que disculparla, creo que no se encuentra bien. Dejaré la escuela
en cuanto se acabe este curso y la ayudaré en el bar. El muchacho que lo atendía
se ha ido a la capital y, desde que padre murió, ella se hizo cargo de todo: de
la cocina, la limpieza, servir las mesas, de mí… Me temo que esté enferma, pero
no lo exterioriza para no preocuparme. Lo guarda todo para ella. Yo…, menos mal
que te tengo a ti.
En los últimos años los chicos parece que huyen de
mi lado. Cuando era más pequeña me decían alguna palabra bonita, ahora apenas me
miran. No creo ser el coco. Tengo dieciocho años, ojos verdes, una melena negra
y ondulada y mi cara, bueno, es bastante pasable. ¿Qué les ocurre? Durante las
fiestas del pueblo mi madre me dio permiso, se quedó sola en el bar, para que yo
pudiera ir al baile. Tú lo viste desde la torre: no se me acercó ni un solo mozo
en toda la noche, parecía una apestada. ¿Qué pasará conmigo, Miguel? ¿Me quedaré
como me dijo el Chema para vestir santos?
¡Oh, Miguel, me diste la espalda durante mucho
tiempo! Llegaron los ángeles por la noche y se llevaron a mi madre que sonreía.
Aún no era tiempo. Nunca es el tiempo apropiado para que se lleven a quien
quieres. Me he quedado tan sola… ¿Por qué, Miguel, se ha tenido que marchar
ahora? Sólo tengo veinticuatro años...
Un buen día llegó el progreso. Se instaló en el
pueblo en forma de cantidades ingentes de antenas parabólicas por tejados y
balcones, de telefonía, pararrayos… Incluso el párroco consideró que el
giraldillo, mi veleta, estaba pasada de moda. Apoyándose en unos supuestos
estudios llevados a cabo por unos ingenieros o arquitectos, la mandó desmontar.
El pretexto: pesaba demasiado y el campanario no aguantaba bien aquella carga
que sostuvo durante siglos. Bajaron el giraldillo y lo dejaron arrumbado en el
solar, junto a uno de los muros de la nave central de la iglesia. Yo, cada vez
que pasaba para ir a casa o de camino al bar, lo veía tirado, cubriéndose por
momentos de hierbajos y herrumbre. Y lloraba al verle abatido y me pareció verle
llorar.
Ahora ya no puedo verte, ni hablar contigo a
solas. En el pueblo han dejado de llamarme «la solterona». Ahora soy «la loca».
Loca porque no paro de mirarte. Loca porque me quedo frente a ti horas y horas
hablándote. Loca porque eres mi amigo… ¡Te echo tanto de menos, Miguel! Cuando
me acuesto y cuando me levanto lo que veo recortándose contra el cielo, por
delante de las montañas, es ese horrible pararrayos último modelo. ¡Hasta la
luna te echa de menos!
Una mañana fui a hablar con el cura:
—Don Damián, ¿podría llevarme la veleta al jardín de mi casa?
Es una pena que esté ahí tirada y corroyéndose. Es tan bonita…
—Sin problemas, Ana.
Entonces pidió ayuda a unos cuantos críos y entre todos la
colocamos en un rincón del jardín, frente a un pequeño cenador de mármol. A don
Damián pareció no importarle deshacerse del giraldillo, sino todo lo contrario.
En cuanto a mí, me convertí en la mujer más feliz del mundo: era mío, Miguel era
mío. Ahora podría hablar con él a mis anchas, lejos de las miradas reprobatorias
de mis convecinos. Lo limpié hasta dejarlo pulido y terso como la piel de un
recién nacido. Desde su altura, más accesible para mí, me sonreía; creo que
estaba satisfecho de vivir a mi lado.
Hoy cumplo treinta años, Miguel, y aquí sigo:
sentada frente a ti, contándote mis cuitas y sin celebrar nada. Regento un bar
que me sobrepasa. Continúo sola… He puesto un anuncio: necesito un camarero,
alguien que me ayude. Me ajo lentamente como una flor sin riego… ¡Basta de
memeces! Se supone que hoy debo estar feliz. ¡Hummm, qué belleza, Miguel! Tú no
te das cuenta porque estás de espaldas, pero la luna, como en otras ocasiones,
está sobre nuestras cabezas. Hace precioso: su rayo cae primero sobre ti y luego
me llega en una inclinación perfecta. Estamos unidos para siempre. Su luz es
como el lazo blanco con el que el sacerdote une a los esposos… Como es mi
cumpleaños pediré un deseo: me gustaría, en algún momento, pero que no tarde
mucho, encontrar al hombre de mi vida: a poder ser moreno, de ojos oscuros y
boca jugosa; que venga del otro lado del mar y me enamore con su voz. Querría
tener con él un angelote tan hermoso como tú... No te rías, Miguel. De sobra sé
que es una quimera, pero tengo derecho a soñar. En este pueblo no encontraré
nada… Nunca te lo he dicho, pero en los últimos años he pensado, en más de una
ocasión, en vender el bar y la casa. Marcharme a vivir a la capital. Pero,
también pensé: qué será de mi giraldillo, aquí solo, yo no podría llevarte
conmigo. En un piso no hay lugar para una veleta tan hermosa. Y, si te quedabas
aquí, yo perdería a mi único amigo. Además, ¿de qué iba a vivir? No, si al final
acabaré llorando. Buenas noches, Miguel, que tengas dulces sueños.
Y, como siempre, desde que era mía, me despedí de
mi giraldillo con un beso. En esta ocasión bajo el rayo embrujado de la luna.
Algunas semanas después, cuando aún no estaba el bar abierto
al público, tocaron a la puerta de cristal.
—Está cerrado —grité desde dentro aferrada a la fregona.
—¿Podés servirme un poco de agua? Estoy seco.
Tiré el agua sucia al retrete. Me lavé las manos y salí
secándomelas en el delantal. Miré hacia la calle. Al otro lado de la puerta un
hombre de unos treinta y cinco años me sonreía con cara de cansancio. Insistió:
—¿Podés darme un poco de agua? Recién llegué a este pueblo. Estoy
exhausto.
Me quité el delantal y lo tiré sobre una mesa. Me atusé la
melena y la recogí de nuevo con la pinza. Me remojé los labios y abrí la puerta.
—Pase. Aún no es la hora pero lo atenderé.
El hombre se sentó en una de las banquetas altas, al otro
lado de la barra. Le serví un vaso de agua y después puse en marcha la cafetera.
La verdad es que tenía cara de cansancio.
—Me llamo Miguel —dijo—. ¡Qué gusto haberla encontrado!
Al escuchar su nombre di un respingo, no quería que él notara mi
azoramiento así que trasteé con las tazas durante unos segundos. Preparé
desayuno para dos: tostadas con mantequilla, mermelada de higo chumbo y de
ciruelas y café con leche. Él me miraba desde el otro lado de la barra como si
me conociera de toda la vida. Sonreía en todo momento y yo, suena bobo decirlo,
me dejé seducir al instante. De todas formas, aunque sólo me sirva para
justificarme, debo decir que Miguel era un hombre fuera de lo corriente, al
menos en el pueblo: primero de todo su forma de hablar, pausada y melosa de un
argentino porteño; su piel tostada; cara ovalada en la que los ojos, grandes y
negros, lanzaban llamaradas de calor y la boca, de labios rojos y bien
dibujados, adornados con una fina perilla, prometía momentos apasionados y
sensuales; pelo oscuro, ondulado y algo largo. Vestía de negro y la camisa se le
pegaba al torso que me recordó al de alguna estatua griega vista en algún libro.
¡Era lo más parecido a mi deseo!
Un aleteo recorrió mi cuerpo. «No es para ti», me dije, «es
ave de paso».
—Vi por el cartel que necesitás ayuda en el bar.
Moví la cabeza de forma mecánica. Tragué el sorbo de café que
acababa de dar con cuidado de no atragantarme. Él continuó:
—Yo ando ahora algo errático. Vos sabés. De la música no se vive…
Y señaló hacia el bulto que traía consigo y estaba en el taburete
de al lado.
—Toco el bandoneón. Canto. Los tangos son lo que mejor se me
da…
Le sonreí. «¡Tangos, con lo que me gustan!».
—Si me lo permitís puedo ayudar en el bar, como mesero. Incluso
cantaré por las noches…
No hizo falta nada más. Se quedó. Acordamos que sería por una
semana, de prueba, luego ya veríamos. Como no tenía un lugar en el que pernoctar
le habilité un cuarto semi vacío que utilizo como despacho. Hay un tresillo
enorme que es bastante cómodo.
Aquella noche regresé a casa feliz. Lo primero que hice fue
acercarme al rincón en el que estaba mi giraldillo y lo abracé: Miguel, ha
llegado alguien… ¡Estoy tan contenta! Tiene algo, no sé, me resulta familiar.
Bueno, quizá sea el nombre. ¡Qué cosas, mira que llamarse como tú! Es
guapísimo... Me siento como cuando tenía quince años… La luna salió de entre
una madeja de nubes en la que se hallaba escondida. Nos iluminó a la veleta y a
mí. Me fijé en que mi giraldillo estaba como apagado, era como si hubiese
perdido la carga de humanidad que yo le vi hasta ese mismo instante. No sé que
te ocurre. Parece que no me escuchas. Lo abracé de nuevo, le deseé buenas noches
y me fui a dormir con una sensación de plenitud que jamás antes sentí.
Miguel, el argentino, cuando llegué a la mañana siguiente ya tenía
aviado el bar y parecía más vivo que nunca.
—Ya tenés preparado el desayuno, Ana.
En esta ocasión yo estaba del lado de la barra que utilizan los
clientes y él me servía.
—¿Dormiste bien? —me preguntó con una sonrisa que hizo que se le
achinaran los ojos.
—Mejor que nunca —me oí responderle, después me puse roja como un
pimiento.
Empezaron a llegar los clientes y el bar, cosa que no sucedía en
años, se llenó.
Se llenó ese día, aquella noche y los días que siguieron. Miguel
era como un imán. Además, sabía cosas de mí que yo jamás le conté.
—No creás que sos una solterona —me dijo un día—. Es que aún no
llegó quien tenía que llegar. Pero los ángeles se encargaron de eso, el viento
viró para traerte a alguien apropiado para vos. A veces los deseos se cumplen.
Pasó un año y Miguel continuó a mi lado. Hubo noches en las que no volví a casa.
Me quedé a dormir en el viejo despacho, a compartir el viejo sofá con Miguel. La
gente del pueblo empezó a murmurar así que una mañana el argentino y yo nos
casamos.
—Che, pibe, te quedaste de fierro —le dijo a mi veleta cuando entró
por primera vez en el jardín.
Y era cierto, mi giraldillo estaba dormido del todo. Ya no
sentía su atracción, ni tampoco la necesidad de compartir con él mis buenos
momentos. Ahora se los contaba a Miguel que me escuchaba con una sonrisa
cómplice. Después los guardaba sellando mi boca con un beso profundo y
apasionado.
La veleta está no sólo en mi pensamiento, sino frente a mí
constantemente. Incluso me canta tangos…
Al final conseguí mi otro deseo. Miguel y yo tuvimos un niño. Hace
apenas quince días nuestro angelote cumplió seis meses. Además de sus primeros
dientes, ya le han empezado a despuntar las alas.
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JUANA CASTILLO ESCOBAR
nació en Madrid, en Chamberí, a finales de 1954. Desde el año 1997 asiste al
Taller Literario de Clara Obligado.
Ha publicado varios relatos: «Mágico Carnaval» en Cuentos para leer en el
Metro. Editorial Catriel. Año 1999. (Edicº de Clara Obligado); «La faja o A
cada cerdo le llega su San Martín» en Historias de amor y desamor.
Trivium, proyecto editorial, S. L. Año 2001. (Edicº de Clara Obligado) y «Al
final, Lucy» en Historias para viajes cortos. Editorial Dragontinas. Año
2003. (Edicº de Clara Obligado).
La revista MH (Mujer de Hoy - nº 84. Semana del 18 al 24 de Novbre. de 2000.
Pág. 62) editó su relato titulado «El torneo».
El 26 de Abril de 2003 obtuvo el Segundo Premio en el VII Certamen literario de
Narrativa entregado por el Centro Cultural Extremeño de Aluche al relato
«Galileo Láinez Macho o, algunas mujeres también son acosadoras».


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