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José A. Fernández Sánchez

El silencio de la raíz
21. ¿De dónde nace este monstruoso desorden? ¿O
qué causa y razón puede haber para esto? Resplandezca sobre mí, Señor, vuestra
misericordia, comunicándome algún rayo de luz con que se disminuyan las
tinieblas oscurísimas de la ignorancia, que es una de las penas y miserias de
los hijos de Adán; a ver si pueden responderme a lo que he
preguntado.
(SAN AGUSTIN: Confesiones)
Lubina
«...Sí, llueve poco. Tan poco o casi nada, tanto que la tierra, además de estar
reseca y achicada como cuero viejo, se ha llenado de rajaduras... que se clavan
en los pies de uno al caminar, como si allí hasta a la tierra le hubieran
crecido
espinas. Como si así fuera».
(JUAN RULFO: El llano en llamas)
Todas las flechas apuntan al mismo círculo
y todos los círculos están en la misma diana
la misma que arrastramos cada uno
como una cruz gamada a cuestas
y que por obvia no vemos.
A veces olvidamos que la razón es un sinsentido
que las injusticias escapan a cualquier análisis
y que las sombras son oscuras
y con ángulos
y con picos.
Siempre tocamos la espuma con la mano
y le hacemos poemas
y nos ilusiona ver cómo crece y decrece
y mientras
la ola desaparece
y hemos perdido para siempre su historia
y no entendemos por qué nuestro horizonte no traspasa la primera nube.
Siempre hemos querido derribar nuestro reloj de arena
creyendo que el tiempo es rectilíneo
hacer cábalas sobre la existencia
justificar el fin sin contar con los medios
y hasta hemos fabricado una espiral
donde situar lo más etéreo
y mientras
se van perdiendo las olas
y se pierden sus historias envueltas en sal.
Convertidas en flechas que apuntan al mismo círculo
y todos los círculos están en la misma diana.

Palabras.
Tan negada la traición
por un río de aguas desbordado.
Se han abierto las iglesias
y las campanas tiemblan
clamando liturgia.
Palabras.
Silencios retenidos en la alfombra de alquitrán,
sorprendido sol en la llanura de cal.
Antepuesta negación.
Palabras.
Máscara.

Todas las llamas devoran
hombres. Y todos los hombres tienen las vísceras asustadizas.
Todos los dioses tienen los pies descalzos, planos, como una dimensión.
Solamente cuando son preguntados se les descubre el cuerpo de virus, mientras,
su trono se afianza de dádivas y de hiedras.
Amor de ardientes pupilas, esconde tu crin asequible. Este viento que sopla trae
polvo y cartílagos.
Nunca esperéis nada de un bebedor de vino. Tienen un aliento que cautiva y la
destreza del envolvimiento.
No esperéis nada de un libro sin autor conocido. Lo más que sería es literatura.
Y esos que prometen, sin cuerpo, ni firma, ni contrato, esos invisibles de
precaria existencia que dicen palabras en boca de otros, esos que se acomodan en
cualquier fluido, tienen elementos volubles y cautivadores que, como el humo, se
adaptan a cualquier botella.
No esperéis nada del que os prohíbe. Seguro que una manzana nunca os desmerece
pues, al fin y al cabo, tiene la corteza más asequible.
No esperéis tampoco caminos barridos de tierra y polvo, pues su luz sería
cegadora. Espacio candente que os desdibuja, vuestras sombras, allí, serían
puntiagudas.
¡Amor de árbol caído!, no sucumbas. Tu huella sigue despierta bajo el olivar y
el viento trae mensajes profanos que te interfieren.
¡Ay, amor inverosímil!, deja correr tus quietas aguas. Verás como tus prisas se
despiden, como tus fuentes te saludan.
Verás como nace un potro en la propia estrechez de un alambre.
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CONTACTO CON EL AUTOR

Estos poemas y texto han sido
seleccionados de la obra con el mismo título del encabezado.

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