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El chico de la tercera fila
Pedro Cardona
Tenía trece o catorce años. Estaba
sentado en la tercera fila y escuchaba con atención todas mis explicaciones,
aparentando estar muy interesado en el tema de mi conferencia. No sé cómo me
fijé en él. Quizás me llamó la atención su jersey rojo, quizás me hizo gracia su
seriedad adolescente. Tenía clavados sus grandes ojos oscuros en mí, casi sin
pestañear. Los brazos cruzados disciplinadamente sobre el pecho.
Conforme avanzaba en mi exposición, mis ojos se posaban en él con mayor
frecuencia y durante más tiempo. Casi al final, y durante un buen rato, tuve dos
sensaciones encadenadas: una, que él era el único fascinado con mis palabras; y
dos, que yo estaba hablando solamente para aquel mocoso, ignorando al resto de
la audiencia. Espero no haber cometido ningún error, porque, en todo ese tiempo,
estuve recitando mecánicamente mi ponencia. Igual que si fuese una letanía.
Al terminar, el presidente del ateneo me acompañó al amplio hall que estaba
lleno de gente formando pequeños grupos. Era lo usual. Me llevaban allí para
recibir las felicitaciones del público y saludar a los personajes más
sobresalientes de la sociedad provinciana. Algo me forzó a mirar a mi izquierda,
era como si me estuviesen llamando. Distinguí el jersey rojo del chico de la
tercera fila. Salía por la puerta principal. Se paró en el umbral, se giró y me
dirigió una mirada prolongada e intensa. El brillo de sus ojos restalló como un
látigo en mi cerebro. Estuve tentado de salir en su busca, pero no podía dejar a
mis interlocutores con la palabra en la boca. Además, sólo era un chiquillo,
posiblemente deslumbrado por mis conocimientos en la materia.
En el camino de regreso a Madrid puse una cinta de jazz. No tenía prisa y
conduje relajado, apreciando los infinitos colores del crepúsculo que iban
cambiando imperceptiblemente cada segundo. Benny Goodman recorría unos arpegios
con su clarinete, retorciéndolos y estirándolos en un alarde de virtuosismo,
mientras el contrabajo trataba inútilmente de encerrarlo en unos monótonos
compases. Recordé al chico. Su mirada no había sido descarada, pero sí intensa,
muy intensa. Tenía el pelo castaño, la piel muy blanca, sus labios parecían
sonreír permanentemente. Iba solo; me pareció raro que un chico tan joven
asistiese a una conferencia técnica; pero podría ser una pequeña lumbrera, de
esos niños prodigio que empiezan a dominar una materia desde edades
tempranísimas.
Un camión se cruzó conmigo dando un bocinazo que me hizo cortar mis pensamientos
de forma brusca. Comprobé la causa del potente aviso: llevaba la mitad del coche
ocupando el carril opuesto. Decidí concentrarme en la conducción.
Los párpados empezaron a pesarme y cada vez se hacia más difícil mantener la
atención en la carretera. Me paré en una gasolinera para tomar un café que me
despejase. No fue eficaz. Al volver a sentarme frente al volante, los párpados
se hicieron todavía más pesados que antes de parar. Llamé por teléfono a casa y
anuncié a mi esposa que no me esperase, que iba a echar una cabezada y llegaría
muy tarde.
En cuanto el sol se sintió con fuerzas para lanzar sus rayos, me envió uno que
dio directamente en su blanco y me despertó interrumpiendo mi sueño, de cuyo
contenido no conseguí acordarme mientras tomaba un reconfortante café. Mis
neuronas solamente procesaban que el protagonista de mi visión era el muchacho
de la tercera fila.
Pasaron tres meses sin que me acordase de él; pero nuevamente apareció en otra
de mis conferencias. También en la tercera fila. En esta ocasión en otra
provincia, bastante alejada de aquella en que apareció por primera vez. Reconocí
perfectamente su semblante, su tensa atención en mis palabras, su mirada
penetrante que llegó a perturbarme, de tal manera que estuve a punto de perder
el hilo del discurso en un momento de mi disertación.
Al final del acto se repitió la escena del hall; con otros personajes, aparte de
él y yo. Me dirigió la misma mirada desde el umbral. Otra vez el látigo de su
mirada restallando en mi cerebro. Me disculpé atropelladamente con mis
interlocutores y salí a la oscuridad de la tarde invernal buscando su figura
menuda. No conseguí verlo. La noche prematura se lo había tragado. Mi
respiración estaba alterada y el aire que entraba rítmicamente en mis pulmones
tenía un olor a camelias marchitas.
Hubo una tercera vez. También estaba en la tercera fila. Prestaba la misma
atención a mis palabras. Pero en aquella ocasión me sonrió francamente y me
pareció que hacía una levísima inclinación de cabeza poco antes del término del
acto, a modo de saludo. Un intensísimo zumbido hirió mis oídos y comenzó una
extraña secuencia de subidas y bajadas de volumen. Una repentina ansiedad me
indujo un sabor dulzón en la boca. Acorté el epílogo del discurso, saltándome
varios párrafos, obviando conclusiones. Él estaba en el hall, esperando mi
llegada. Al verme comenzó a salir, se paró en el umbral de la puerta y vi sus
ojos llenos de lágrimas. Salí corriendo, sin disculparme con las personas que me
acompañaban. Miré en todas las direcciones. De nuevo la calle estaba desierta.
Su cara permaneció en mi cabeza durante todo el camino de regreso como si
estuviese proyectada en una pantalla gigante tras mi retina. Empecé a descubrir
semejanzas en sus rasgos. La nariz... los ojos... la forma de la cara... su
sonrisa... se me hicieron extraordinariamente familiares. Repentinamente recordé
a Jaime, mi único hijo. Una cruel enfermedad se lo llevó violentamente a los
cuatro años. Ahora tendría su edad.
Desde aquel día, en cada uno de mis coloquios, en la tercera fila esta su
sonrisa. Se repiten todos y cada uno de los pasos. Pero nunca salgo a buscarlo,
sé que, en mi próxima conferencia, lo volveré a ver.
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PEDRO CARDONA COMELLAS,
autor gallego, nació en 1945.
PÁGINA WEB DEL AUTOR:
http://www.geocities.com/colas45/
Imagen: Carboncillo sobre papel del propio autor.

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