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El culo de la bloguera
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Rafael Prieto Quirós
Los relámpagos de la noche mexicana llegan a penetrar los
cristales de su ventana.
Antes de ponerse a escribir, la bloguera acaricia el
tapizado de guepardo de la silla.
Es como si pasase la mano por el lomo peludo del mismo animal.
Después procede a sentarse con la gracia que le es propia,
depositando su Eros trasero con la elegancia de un culo regio.
Y busca el sitio exacto para que sus dos esferas carnales se
asienten en su justa posición; ni una más, ni una menos.
Cuando ya lo ha hecho, hace doble clic sobre el icono del editor
de textos —y éste se ha sincronizado con otro relámpago—, dispuesta a
enmarañarse en poemas voluptuosos que nada tienen que ver con su profesión —es
Analista de Cartera, y se encarga de analizar las cuentas de varias cadenas de
autoservicio— para así extraviar su erótico lenguaje por entre todos los
rincones de la casa y hacer que sus elegías sensuales escalen las paredes
desnudas con un inédito vigor, a modo de una hiedra trepadora del lenguaje.
Ha irrumpido un tercer trueno metálico y aterrador, y es entonces
cuando empieza a teclear, diluyéndose en las escondidas melodías de la carne,
que construye inmersa entre delirios palpitantes a la hora de escribir. Su letra
poética —que es dictada sensualmente por ese cuarto culo que hubiera gustado de
pintar Rubens—, es capaz de devorar el aliento arrebatadamente, cual Lilith de
la égloga, mientras ella vierte lava férvida sobre el cuerpo del lector, que
imagina tendido a sus pies sobre un imaginario monte de llamas ardiendo.
Llegada a este punto, interrumpe su escritura, llevando una de
las manos a tocarse una de las crecidas naranjas que oculta la falda plisada, la
prenda afortunada que goza del contacto de sus nalgas de sol, e intenta escuchar
lo que ellas le dictan. Porque ella compone sus trovas al compás de los dictados
de la carne, consciente de que el primer impulso es el acertado. Se toca un poco
el culo aquilatado de que es poseedora, y percibe los versos enardecidos que le
entregan después de unos instantes, para a continuación pasear alegremente sus
dedos por el teclado, como si estuviera tocando al piano la Pequeña Serenata
Nocturna de Mozart. En ese momento salen las palabras a borbotones, y es tal
el arrebato con el que se expresan sobre el papel virtual, que siente ganas de
besar, entre fruición y deseo, las palabras que surgen en la pantalla TFT, a
sabiendas de que son irreales.
Y otro trueno casi ha introducido su brazo metálico en el
interior de la habitación.
Y eso es lo que la motiva para escribir.
«Deslumbrante
cadencia, delirio palpitante»,
escribe intuitivamente sobre la libreta multicolor que yace sobre sus muslos de
pan poco horneados, para ponerse a merodear ahora por los recovecos de la
inventiva que le dictarán sus nalgas del clasicismo. Y es que, insisto, Rubens
estaría encantado de que hubieran posado para él.
Quien sabe si dará rienda suelta a sus fantasías más íntimas para
provocar el Eros de sus lectores, ávidos de las incontables quimeras que segrega
la carne; nadie puede imaginar lo que posteará, pero casi con seguridad
será algo pleno de frenesí sensorial que estremecerá a más de uno, o una, quien
sabe; o puede ser que lo que escriba, que tiene tanta consistencia como un pollo
recién asado, posteriormente no la guste y decida borrarlo para que todo quede
en agua de cerrajas.
Como la lluvia pertinaz que ahora cae, una vez que han cesado los
relámpagos.
Las noches de tormenta son el complemento idóneo para sus
escritos, que, como de costumbre, escandalizan la carne. Sería lo mismo que si
un lobo se pasease entre las ovejas; o que un boy desnudo y cachas irrumpiera de
una tarta gigante como una exhalación en una despedida de soltera; o que un vaso
de agua fuese alejado del sediento.
Y sigue escribiendo, mientras la falda acompasa el cadencioso
movimiento de sus nalgas a uno y otro lado, asegurándose de que está en la
posición correcta. Una vez reacomodadas, se toma un respiro cogiendo el zumo de
tomate —al que ha echado bien de tabasco— que acompaña sus amatorias
inspiraciones, y que tiene al lado de la pantalla plana donde se vierte a ella
misma. Lo degusta en su paladar erotómano, como si fuese la sangre fresca que
codicia un vampiro, y a continuación lo traga, dándole un nuevo brío al post que
está escribiendo.
«Ahora
ya te pertenezco y me llevas por fuegos eternos»,
escribe. Y sonríe al ver cómo le está quedando ese reclamo de versos apasionados
que colgará de su blog apenas lo haya terminado, esperando que más de un
comentario le infle el ego y así colme sus aspiraciones de escritora. Por eso
escribe.
Porque desea dar rienda suelta a su sexualidad interior, que es
con la que se retroalimenta una y otra vez. Es esa serpiente que desespera y
amanece, que se levanta fragorosa en su cuerpo y goza de la manzana escarlata
que ofrece diariamente a sus
lectores. Ésta, a veces suele estar envenenada, por lo que la desliza
sibilinamente a los ojos de sus acólitos, en espera de que ellos abracen los
abismos envueltos en fuego que entrega de manera subliminal.
Ahora vuelve a
palparse el culo con las dos manos, mientras mira fijamente a la pantalla, en
espera de que se le ocurra alguna metáfora que le haga proseguir en ese estado
de elevación en el que se sumerge cuando se pone a escribir. Y vuelve a beber
del zumo draculesco de tomate, intentando que ello le procure el suficiente
impulso para terminar el post. Ya lo tiene a la mitad, y mientras espera que se
le ocurra algo, vuelve a estrujarse las nalgas, como si fuera a palpar las de un
apuesto David de Miguel Ángel, y apenas lo ha hecho, se pone a escribir
una letanía de vocablos traseros que salen aturullados de su cabeza, envueltos
en la crisálida que luego germinará en poema. Escoge algunos, deshecha otros,
con la misma dedicación con que una campesina aparta las lentejas malas de las
buenas, y cuando ha terminado el proceso selectivo, los rescribe en la pantalla
del ordenador con cierto júbilo al ver que el poema va haciéndose a sí mismo y
desliándose del acervo original con el que fue parido. En su rostro se observa
la satisfacción, al ver que todo va saliendo gracias a las oportunas ocurrencias
que la carne le transmite, y lo lee una y otra vez.
Y vuelve a
leerlo, esta vez para cerciorarse de que cada palabra ha encontrado su lugar en
el poema, porque no hay nada que le dé más gozo que esculpir amorosamente esas
odas que compone para sus lectores.
Cuando ya ve que
todo está en su sitio, deja caer su espalda sobre el respaldo de la silla, ebria
de satisfacción.
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