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La noche viene, Margot espera
Sonia Figueras
La noche viene. Es 31. 31 de diciembre. ¿El año?
ya no sabe en qué año está. Es 2004. La noche viene y con ella, morena de ojos
negros, deberían comenzar los festejos y dejar que la invada el sueño con
suavidad y así poder olvidar lo inolvidable. Pero le duelen los espectros de la
noche, la tristeza instalada en carne joven, en esos ojos que siempre buscan
respuestas, en los pies gastados de haber caminado tanto. Desecha toda fiesta,
mas se le hace difícil conciliar el sueño donde habiten mariposas y luciérnagas.
Se levanta al oír en los suburbios y desde lejos, las sirenas, el tañer de las
campanas anunciando el 2005, la llegada de un nuevo año. Y Margot llora. Llora
por la soledad. Soledad de pena oscura, penetrante, adherida. Llora porque aún
quiere soñar maravillas, esperadas como dones, pretensiones de juveniles
ilusiones. Son solamente pretensiones. Esa noche, 31 de diciembre de 2004,
Vaugirard, su barrio en París, le trae suspenso, suspenso febril. Ella cree
todavía que un mañana llegará y retornarán las ganas de volver a empezar.
Empezar sería un buen comienzo, se dice. Volver a creer, creer increíble y
necesariamente; corporizar lo vivido, proyectar ingenuas ilusiones, historiar
historias repetidas, ya lloradas, ya reídas y así dejar de llorar…
Las sirenas y las campanas cesan. Ahora escucha acordeones y bandoneones alegres
que incitan a bailar y a ella le caen tristemente. Se apoya en la ventana y los
acordes de un tango, reconoce a Osvaldo Pugliese y los acordes la vuelven a su
Buenos Aires que no puede ni quiere olvidar. Roberto la trajo a París en una
desesperada huída, con el corazón partido. No. No puede olvidar Buenos Aires.
Esa Buenos Aires única. San Juan y Pasco, Rioja, Humberto I, el barrio de sus
padres; la escuela que albergó su infancia y su adolescencia en San Cristóbal,
en ese histórico Normal, y menos aún olvidar, con dolor intransferible en el
cuerpo, la casa de la calle Cevallos. ¡Menos ésa!
Su encuentro con Roberto, el deslumbramiento, la fascinación, le aprietan
todavía las entrañas con el recuerdo de esa sala donde hablaban todos juntos lo
que ella en un principio no entendía. Tiene en sus oídos el sonido de su voz
suave y penetrante, cálida, convincente. Esa tarde supo que ése era su lugar,
que ésa era su lucha y ése era su hombre. Ella y él, él y ella. Juntos, el mismo
pensamiento, iguales las ideas, los abrazos interminables y el mismo calor
fundido entre los dos. Lo amó con la locura con que aman los adolescentes y la
admiración del valor que emanaba ese visionario. Lo ama todavía. Lo ve en sus
sueños.
Por las tardes se encontraban en la sala. Ella siempre con sus trenzas salidas
debajo de la boina azul bien calada. Él la llamaba «mi francesita». Ella reía,
jugueteando con el pelo enrulado, el de él. Todo era como jamás lo había
imaginado. Conferencias, órdenes, contraórdenes, consignas, mensajes, trabajos.
De a poco, al lado de Roberto, enorgullecida por el lugar que ocupaba como novia
y compañera, fue entrando en la vorágine y su único proyecto era «cambiar el
destino de la Patria»... «hasta que cayó»... Cayó sola en un descuido en San
Juan y Deán Funes cuando iba a visitar a sus padres. No volvió a ver a Roberto
ni a sus compañeros.
Supo de torturas, violaciones, de música a todo volumen, de hipocresía y
ocultamientos. Aprender cómo se fingía para simular una «recuperación». De
tranzas y arreglos, como cuando la sacaban a pasear para «marcar» gente, que
ella nunca reconocía. Fue casi un año en que pasó de estar detenida-desaparecida
hasta llegar a la libertad vigilada y luego a ser liberada sin saber por qué.
Siempre supuso que tenía un perfil de «recuperada» que había hecho que la
soltaran obteniendo esa libertad ansiada, mas no sin miedos y desconfianzas. Por
temor a que la siguieran no volvió a su departamento ni a la casa de los viejos.
Deambuló buscando refugio, tocó puertas. Supo que muchos no estaban en ningún
lugar, hasta que dio con Nacho, un «cumpa» de ley, un sobreviviente más, que le
consiguió papeles, pasaporte y un nuevo nombre.
—Nena, te conseguimos pasaje a Francia. Con tu estilo y recordándote con tu
boina azul, Margot encaja perfecto. ¿Qué tal Margot Daviou, te suena bien? ¿Qué
fue de tu característica boina azul?
—Se la regalé a Chela el día que la pelaron.
Y hoy, 31 de diciembre, cierra los ojos y tantea el mueble donde están las
llaves de L`Antique, esa tienda de la Rue du Four en que deambula entre
porcelanas y cristales. Toca su cofre de papeles amarillos, de época arcana de
tinta esfumada; una foto con Nacho en la puerta de «Le Petit Diable», en
Toulouse, (¡en Francia!) el hermanito de Margot de Boedo y San Ignacio y un
pimpollo, regalo de él en un cumpleaños, muerto desde el tiempo y su tristeza.
¡Veinticinco años! Ya todo quedó atrás, en el mutismo silenciado en el cofre de
los «olvidos». Acaricia su boina azul, que Chela le mandó sorteando obstáculos,
ese cuello de encajes y de organza que Mimí, la dueña de la tienda le obsequió
con un pequeño prendedor, una miniatura de una margarita tallada en marfil y
unos guantes de fiesta. ¡Tan amable Mimí para sus cumpleaños! Todo, todo ya fue.
En el cofre de los recuerdos guarda también el valor, el honor y el olor de los
cuerpos encendidos de pasión y desenfreno que se desasen de los papeles
amarillos escritos con su sangre. Ella y Roberto, Roberto y ella.
Amanece. Ya es 1º de Año. El viento golpea las ventanas de su habitación.
Vaugirard bailotea igual que el centro de París. Parece desplomarse el mundo
entero, los árboles se mueven al compás, retozando burlones, enloquecidos, aquí
y allá; abajo, cada vez más abajo, hasta tocar casi el suelo. Comienza a gotear.
Primero gotas chicas, luego cada una más grande. Se ha instalado el aguacero.
Tormenta de viento igual al pampero y aguas con esas gotas como perlas
nacaradas. Junto a la ventana, manto de lágrimas los cristales, Margot mira
hacia afuera y todavía espera. Espera aguardando que lo traiga el pampero.
Espera. Apretando sus manos morenas, vigilando el reloj que las horas no da,
mientras las cenizas del fuego de su boca llenan todo un cenicero. No llega.
Interminable es la espera. Jamás llegará.
Margot pierde su acostumbrada templanza, su inagotable y férrea paciencia; ese
permanente control que adquirió hace veintiséis años, cuando sólo contaba
dieciocho. Cae la noche. Con ella, la locura la atrapa esta vez, con sollozos,
con gritos. —¿Dónde quedaste que ni mi pampero te ha traído? —gime. ¿Qué impidió
tu llegada, amor mío? Y como si un rayo la empujara acude a su cofre y a pesar
de la locura que la consume, con ademán delicado, como en éxtasis, toma las
llaves del auto, se encaja su boina azul sobre su pelo cortito, abrochándole el
pequeño prendedor, se coloca el cuello de encajes y organza en el vestido negro,
calza los guantes de fiesta de cabritilla con sus botones de perlas, ¡lástima no
tener el retrato de su madre! Ese cuadro de ella, tan bonita, con el pelo negro
violáceo y su tez traslúcida, tan nacarada. Y decidida pone el pie en el
acelerador sabiendo de antemano que el Sena la espera.
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SONIA GLORIA FIGUERAS
es una escritora argentina que vive en Buenos Aires.


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