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El infracuerpo
Tin Roig
El murmullo
de un árbol desenvuelve pentagramas enteros, clava las notas por entre
sus ramas, las ubica con silencio. Hoy es un día como cualquiera. En algún lugar
están quemando pasto, en otro gritan en familia. Bailan, se divierten. El
muchachito no baila con nadie, disfruta la danza de los otros desde su lugar,
allí sobre las lajas de la pileta. Las estrellas tampoco bailan, están
estáticas, pero brillan, y es bueno decir que brillan porque no hay nada que las
imite. La luna no brilla, miente. Y más en la Tierra, quién sabe por qué impulso
amoroso, la tía le hace mimos al sobrino; la perra se pone celosa y escabulle
cariños con su nariz. Los tres apilados, uno sobre el otro, permanecen quietos.
—¡Sabés, hoy junté cáscaras! —dice el muchachito.
—¿Cáscaras?
—¡Sí, las que dejan las chicharras cuando cambian
de cuerpo! Las encontré pegadas a las hojas del ciruelo, y viste que el ciruelo
tiene un hongo enorme desde hace rato y salen ciruelas igual de ricas. Yo creo
que por eso las chicharras no se van. Bueno, se van a veces, cuando dejan su
cáscara.
—¿Y qué hiciste después?
—Las tuve un rato solamente. Me las
quería guardar para mí, pero las chicharras te chistan si las molestas mucho.
—Sí, sí, te chistan, como tu mamá —la tía
desmolda la cara y apunta triste directo a las estrellas, que titilan como
guiñando un ojo desde arriba. El muchachito dice en voz alta lo que la tía dice
para sí misma:
«A lo mejor…, si yo dejara mi cáscara…, quién sabe, tal vez
ellas me darían un poco de las suyas…». La tía se sobresalta, ¡es que los
impulsos amorosos son de sangre!, luego contesta como siguiendo la corriente del
juego propuesto:
—Estarías a mano, y además tendrías un
poquito de su canto sonándote por las orejas.
—Podría entonces disfrazarme de chicharra, ser yo mismo
en ellas.
—¿Raro, no?
—Raro. ¡Aún así, siendo bicho, no
dejaría por nada las cucharadas enteras de dulce de leche y el tarrito con
caramelos de la abuela!
—Ni los huevos de Pascua, ni la
bolsa de agua caliente para cuando hace frío.
—Hoy hace frío… —contesta el
muchachito. La tía no responde, vuelve a mirar el cielo y el sobrino no traduce
sus pensamientos, los escucha:
«De noche pasa lo que siempre, no hay luz que nos
ilumine realmente, todo es tan oscuro para tomar las cosas en serio y hace tanta
falta tener hambre…».
—Tía, ¿viste que lindas que están las
estrellas esta noche?
—¡Sí, desde acá se ven muy
bien! ¿A vos cuál te gusta?
—Las mismas que a vos,
pero no tanto, porque a mi me vuelven loco las Gemelas que le siguen a las Tres
Marías.
—¿Por donde le
siguen?
—Si te fijás bien las vas
a encontrar enseguida; son esas dos, las que tienen también su tercer hermana,
pero que a veces puede desaparecer.
—Y a ella, ¿cuál
será la que le gusta? —la perrita suelta un suspiro medio enredado por los
mofletes.
—Siempre y cuando le tiren un
caramelo ella está contenta.
La tía vierte un beso en la frente
del sobrino, se para y desaparece con la perra, que mantiene la cola dura como
si algo extraño la inquietara.
El muchachito sigue hablando, sin
advertir siquiera las delgadas gotas que caen sobre su cuerpo. Desde su quietud
gestualiza, como si el cielo, cubierto con puntos, fuera un sin fin de miradas
expectantes al monólogo que sus ojos saben expresar:
«Tal vez…, si tuvieran las
estrellas mis pupilas, tal vez entonces podrían entender cuánto las extraño…».
Saca una bolsita con caramelos y, sin dudar ni un segundo, tira uno bien alto;
después se siente un ruido en la pileta:
«Es tan triste lo que me pasa…, y las
estrellas, tan buenas que son, me tiran tantos caramelos desde lo alto…». «Mi
papá dice siempre que lo que viene para nosotros tiene que volver alguna vez. Yo
por eso tiro caramelos, pero desde acá no puedo hacer nada». «Tal vez, no sé
cuándo, las Gemelas quieran darme su lugar, y entonces sí daré mis caramelos».
Las luces no tardan en disminuir su
frecuencia y en poco no más el telón se cierra: los ojos del muchachito se
duermen.
—¡Amor, qué te pasa, despertate por
favor! —la voz se siente borrosa. ¡Qué amor!, ¡Que se despierte quién! Suena
nublada, como la lluvia, que hace ya un rato violentó su llovizna. La tía se
carcome por dentro y alza entre sus brazos al sobrino. Los médicos aguardan un
poco más allá, bajo los techos de la casa. El más fuerte corre bajo el agua tan
rápido como puede y en minutos el muchachito queda entretelado con una toalla y
acostado sobre una camilla.
—¡Jugó con las chicharras,
y la lluvia, la lluvia…, la lluvia es mi culpa!
—¡Las chicharras son
peligrosas!, como las tijeras, si no las controlás adecuadamente pueden darte en
un ojo.
—¿Y la lluvia?, ¡qué
pasa con ella!
—Bueno, bueno,
también tiene sus cosas…
Sin perder más tiempo se suben todos a la
ambulancia. La tía aprieta temblorosa los botones de su celular y al llegar al
hospital se junta con su hermana y el marido. Van corriendo al ascensor,
segundos después están en el tercer piso.
—¡Cuidado con la anestesia! —grita papá
mientras el hijo se le derrama por entre los dedos.
—¡Sí, por favor!
El muchachito abre los ojos:
—Las estrellas, ¡dónde están!
—¿Las estrellas? —pregunta mamá.
El hijo no entiende pero quiere decir que sí. No puede, el doctor y los médicos
ya se lo están llevando y alcanza nada más a despedirse de sus papás, que lo
saludan por atrás de una ventana.
—Las estrellas, señor, las Gemelas, ¿me están
esperando? —el doctor escucha con miedo y el otro con impaciencia, entonces
alguien rompe el hielo:
—¡Gemelas, gemelas, de qué gemelas
hablás!
El doctor gira peligrosamente la camilla y
entonces contesta la pregunta:
—¡Muchacho, no sé de qué corno estás hablando!
Estamos acá para curarte y entendeme, somos nosotros los que te estamos
esperando…
—¡Pero las estrellas me guardan el lugar,
si no las encuentro rápido lo voy a perder!
—¡Muchachito!, creo que no entendés,
acá las únicas estrellas son estas bombitas de luz que se prenden y se apagan
cuando nosotros queremos. ¡No existe otra cosa! Estate tranquilo que primero hay
que ordenar la sala; no solemos hacer esto con ningún paciente pero tu caso, tan
especial desde lejos como de cerca, lo merece sin lugar a dudas.
El muchachito mira para arriba, las
estrellas son cegadoras, no las quiere. No las quiere porque queman, porque no
titilan, porque no reparten caramelos. Se acuerda, por tanto, de las que sí
saben hacerlo: son varias y en un principio se las besuqueaba siempre porque la
distancia era muy corta. Era como ir al supermercado para comer algo dulce, y
eran dulces, dulces hasta en la punta más pinchuda. Tras un recorrido
zigzagueante se las encontraba en un rincón o al final de su góndola favorita, y
entonces sí, te daban un caramelo y vos le dabas un beso. O al revés, pero
siempre se volvía. Como los ojos del muchachito, que vuelven al doctor, pero no
por un beso.
—¿On the rocks?
—pregunta quien antes rompió los hielos. On the rocks le contestan.
—Muy bien, está todo listo.
Dicho todo, la camilla vuelve a
moverse y entran a la sala de operaciones. Allí parece haber más bombitas de luz
que las del corredor: Una por persona, quizás. Pero lo más sorprendente no es
eso, sino más bien la espaciosa y alargada cama en la que mucha gente habrá
dormido. Una vez más el muchachito no entiende por qué, pero los médicos lo
entienden a la perfección, y se acomodan alrededor de la cama, sentados en
sillas angostas, como si nada raro estuviera por pasar. Entonces lo suben al
medio de la cama y es allí cuando se da cuenta que la cama no es por mucho lo
que se dice cama. Es una mesa y está puesta, con platos y todo. Los cubiertos
son solo cuchillos a la derecha y a la izquierda, y en los vasos, que tienen la
forma de un tubo de ensayo, se ven los hielos como huesos rotos de una misma
masa manteniendo el equilibrio de la situación. El señor de la bebida pregunta
lo mismo que hasta hace un rato y el doctor recién llegado dice que sí, que lo
quiere bien helado. Con un movimiento suave levanta una mano y el banquete
comienza. Sin más, las enfermeras pinchan desenfrenadas las jeringas en el
cuerpo del muchachito, que se duerme sin otra opción a su alcance. Por suerte
las bombitas de luz dejan de brillarle y el cielo se le vuelve negro, como el
cielo de verdad, lugar en donde las Gemelas esperan impacientes. No hay nadie
que se quede atrás, todos se sirven un poco. «Sabe tan tierno…». El cuerpo queda
dado vuelta, de la misma manera en la que los bolsillos se cosen. Los ligamentos
se cortan, con dificultad, pero pronto se cortan y un pulmón se transforma en
una coliflor y algo similar sucede con las demás partes. Pasa un largo rato y
hasta las lenguas chupan el metal de la mesa. El doctor advierte desde su
posición el último muñón. Lo quiere para sí mismo, pero tiene miedo, no porque
los otros vayan a clavarle un cuchillo por la espalda, sino porque la parte
aquella que sobra parece saltar, como si el espíritu mismo del muchacho se
hubiera escondido allí, como si el cuerpo maligno de las chicharras se preparara
para vengar una muerte. No duda y en segundos el corazón se parte en dos, igual
que una manzana madura. Como las gotas de la lluvia salen disparados cientos de
caramelos que pegan violentamente sobre las caras de los comensales. Se sientes
quejidos y un hombre vomita por el suelo. El doctor extiende su mano y se come
un caramelo. Los que están a su lado tardan un poquito pero acaban haciendo lo
mismo. Así se termina la góndola.
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AGUSTÍN ROIG PERSIG
es un escritor que vive en la Ciudad de Rosario, Provincia de Santa Fe,
Argentina.


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