Presentación

Formulario para escribir
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AUTORES PUBLICADOS

Carmen López León

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Pilar Bamba

Ángeles Charlyne

José Romero P.Seguín

Roque Grillo

Lourdes Macías Torrecillas

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Gerson E.

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Mistery

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Francisco J. Rubio Orecilla

José Manuel Godoy Macías
 

 

 

 

 

 

LA TIENDA DE
ANTIGÜEDADES



 

Presentación
 

Imaginaos dentro de una tienda de antigüedades, allí cada objeto tiene su historia, sin duda una apasionante historia. Puede haber ánforas griegas que conocieron los aceites y las esencias del Mediterráneo, cálices y breviarios que permanecieron en oscuros monasterios medievales, dagas y orfebrería de palacios renacentistas, dijes y miniaturas del siglo XVIII o quinqués y soperas que ocuparon muebles decimonónicos, sin olvidar que quizás el anticuario consiguió también interesantes piezas de las poderosas culturas precolombinas.

Escuchad pues esas historias y contádnoslas. La propuesta es, esta vez, de relato histórico, tratando de recrear con nuestras palabras y nuestro estilo el pasado que nos sugiere cada objeto.

¿Qué os parece? Esperamos, como siempre, la participación de nuestros amigos.


Carmen López
Agosto, 2006

 


 

Relatos
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UN MICROSCOPIO

(En el centenario de la concesión del Premio Nobel de Medicina
a D. Santiago Ramón y Cajal)

 

Fragmento manuscrito atribuido a D. Santiago Ramón y Cajal y hallado junto a un microscopio marca Zeiss 1/12 fabricado en 1883.

«Cuando llegué destinado como Catedrático de Anatomía a la Facultad de Medicina de Valencia en 1884, hallé una bonita ciudad alegre y luminosa, con todo el esplendor de su exuberante huerta y hermosos edificios monumentales en los barrios contiguos a la Universidad.

En los cafés se mantenían tertulias como las que había encontrado en otras capitales de provincias, y a las que pronto me aficioné, pues fui admitido de buen grado debido en parte al talante abierto de los valencianos, y en parte a mi cargo académico que inspiraba respeto y consideración.

Pero como en todas las demás ciudades que conocía en estas tertulias se pasaban las horas desgranando los males de nuestra Patria, más sin poner remedio valiente y decidido.

La incultura en los gobernantes y el apego a las más recalcitrantes tradiciones de los próceres frenaba el desarrollo de la ciencia, e incluso entre mis colegas más destacados, sólo hallé trabas a cualquier propuesta para mejorar las obsoletas instalaciones de mi Cátedra.

Por eso acepté encantado la oferta de aquel muchacho, Alfonso Martí, alumno del primer curso, cuando me rogó que viera de adquirir para el Laboratorio aquel microscopio, magnífico por cierto, que se veía obligado a vender tras la apoplejía sufrida por su padre, farmacéutico de Xátiva, con lo que paliaría de algún modo la difícil situación en que quedaba su familia.

Impresionado por la triste anécdota cumplimenté trámites, justifiqué la adquisición e incluso discutí airadamente con el Decano y por fin logré un precio satisfactorio para Alfonso, a la vez que dotaba a la Cátedra de un instrumento avanzado para nuestros trabajos. En un par de meses podríamos dejar cerrada la operación.

Observé al joven Martí en las clases, era un muchacho pelirrojo, bien parecido, simpático y jovial, que pronto dejó de asistir regularmente a las mismas y en el que no parecía apreciarse la esperada expresión de seriedad que su situación, como responsable de una familia sobre la que se ha abatido la desgracia, cabía esperar.

Cuando el decano me entregó el dinero y el recibo que debía firmar el vendedor se me ocurrió trasladarme hasta la vecina ciudad de Xátiva a recoger el precioso instrumento y ofrecer mis respetos a la esposa del Sr. Martí y a él mismo, si se hallaba en disposición de recibirme.

El tren recorrió un magnífico paisaje de naranjos preñados de frutos en aquel mes de noviembre al atravesar los campos de Algemesí, Alcira y Carcaixent y después se destacó la airosa muralla del castillo de Xátiva y a sus pies la torre de su Colegiata en la que las campanas tañían armoniosas a Misa Mayor en aquel domingo de tibio sol otoñal.

Bajé en la estación y caminé por una avenida de moreras hasta la Alameda de plátanos que perdían sus hojas doradas dejando una alfombra ocre bajo mis pies. Me informé por la botica del Sr. Martí y me encaminaron a la plaza de la Colegiata. Allí frente a las verjas de imponente factura que protegían la escalinata aparecía un restaurado edificio que había albergado a los boticarios setabenses de la familia Martí desde el siglo XVII, pero remozado, con un escaparate en el que las maderas nobles destacaban brillantes y cuidadas y los más recientes remedios se exponían con orgullo. Las puertas de cristal ostentaban una A y una M talladas en una hermosa caligrafía rodeada de adornos modernistas; detrás de las mismas, en el establecimiento, pude ver a unos cuatro muchachos que se afanaban despachando a una muy nutrida clientela bajo la sonrisa complacida, esbozada tras una poblada barba rojiza, de un hombre de unos cuarenta y poco años en la plenitud de su vigor físico y mental.

Esperé que menguara la clientela con el comienzo de la Misa y me presenté al boticario quien me acogió lleno de entusiasmo al saberme profesor de su hijo, que andaba por Valencia sin acercarse ya mucho por casa para sufrimiento de su pobre madre que le aguardaba cada domingo.

Aquella familia evidentemente nadaba en la abundancia, su casa situada en la planta noble de la Farmacia era la clásica vivienda burguesa, la esposa del anfitrión me dedicó un amable saludo tendiéndome su mano, era una mujer entrada en carnes y todavía hermosa, y acepté de buen grado su invitación a compartir la mesa.

Las dos muchachas de servicio eran amables y rebosaban salud igualmente que sus señores, un jovencito adolescente me fue presentado como el hijo segundo y una encantadora chiquilla de unos diez años era la menor de la casa.

A los postres rogué al Sr, Martí me mostrara el Laboratorio de su botica, pues quería comentar con él algunas de las conclusiones de mis últimos estudios.

Con gran satisfacción descendimos de nuevo a la planta baja, ahora cerrada al público y pude contemplar el espléndido equipamiento con el que contaba.

En estas el boticario me mostró un microscopio Zeiss que tenía apartado y me espetó:

—Por cierto, que ya sé lo escasa de material que anda la Facultad, así que le he sugerido a Alfonsito que se lleve éste a la pensión para que vaya practicando por su cuenta; ya que podemos...

—El caso es, Sr. Martí —le respondí—, que su hijo ha tenido la generosidad de donarlo a la Cátedra y es por ello por lo que es esta visita de agradecimiento.

El farmacéutico me miró con cierta sorpresa que más tarde trocó en sorna y complicidad. Yo no sé si llegó a vislumbrar el abultado fajo de billetes en el interior del sobre con membrete de la Universidad que asomaba del bolsillo de mi gabán, pero tuve que decirle que el Decano le enviaría el resguardo de la donación en otro momento.

Cargué el microscopio en su caja de madera con asa y un coche de punto nos condujo a los dos de vuelta a la estación.

A punto de arrancar el tren el Sr. Martí se me acercó al oído y me susurró:

—Procure que Alfonso vea lo feos que son los treponemas a través del objetivo, se lo ruego, me parece que conoce sólo el lado amable de esta enfermedad.

Le sonreí, pero, desafortunadamente, Alfonso Martí abandonó la Universidad antes de que pudiera cumplir la petición de su padre.

Conste pues que este Microscopio Zeiss 1/12 fue donado a esta Facultad de Medicina de Valencia por D. Alfonso Martí, Doctor en Farmacia y con botica en Xátiva, plaza de la Seu, número 4».
 

Carmen López León

 

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La máquina de coser estaba cubierta de una fina telaraña, con un trapo la sacudí cuanto pude y surgió ante mí aquélla que compartió las historias de los días de mi niñez.

No había para pagar el alquiler ni para comprar zapatos nuevos, apenas para cocer al fuego de leña de la cocina, un flaco puchero con un trozo de carne y unas verduras nadando a la deriva y mostrando sus vergüenzas escasas, en una olla grande que aportaría al almuerzo y a la cena.

El trabajo de mi padre, sin un oficio, venido del campo como tantos otros obreros improvisados, en una ciudad antropofágica, que no tenía contemplaciones ni sabía escuchar necesidades, no alcanzaba, con su magra remuneración, a soportar todas las necesidades de la familia.

Una tarde, iba yo con mi madre, joven y bella, caminando por la calle tomada de su mano, cuando escucho que un hombre también joven, la aborda con una conversación, que siendo yo, una niña de cinco años, no entendí en plenitud pero sí, lo suficiente como para darme cuenta del desagrado de mi madre y de su rechazo violento.

Ha pasado mucho tiempo desde que sucedió este episodio plasmado en mi mente infantil con la consistencia de lo perdurable, de lo grabado a fuego. Es que los niños tienen una mirada y una inteligencia que los adultos ignoran. Saben captar el instante aunque no lo comprendan.

Siendo yo una mujer, mi madre me confesó lo que había sucedido en esa oportunidad, ante mi insistencia para que me lo aclarara.«Fue una situación difícil» me dijo. «El hombre que se me acercó era el dueño de la casa. Podrás imaginarte cómo quería que le pagáramos el alquiler».

Así entendí porqué después de aquella tarde, yo veía a mi madre encorvada en su máquina de coser, todo el día; desde la madrugada escuchaba el traqueteo insistente que taladraba mis oídos y que reprochara más de una vez porque interrumpía mi descanso.

Las monedas juntadas día a día en una lata de galletitas, estaban destinadas a pagar el alquiler de la casa en la que vivíamos los tres, compartiendo esa pobreza digna que supo modelarnos para enfrentar la vida, como la ropa que surgía impecable desde la máquina de coser.
 

Bertha Carou

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LA RADIONOVELA
 

Me recuerdo haciendo los deberes de la escuela y escuchando la radio.

Sobre el mantel de la mesa, de hule de colores, apoyo mi cuaderno y el tintero.

Pluma y tintero y grandes manchones sobre las cuentas de multiplicar y dividir y los dedos muy azules.

Nada se salva de la tinta.

No puedo alejarme de la radio a esa hora de la tarde.

Golpean la puerta de casa las amigas pero no salgo, tengo la excusa perfecta: los deberes y me quedo callada oyendo la voz aterciopelada de Óscar Casco.

Me gusta escucharlo pero me hace llorar ese triste destino del joven que busca el amor, por las calles de Buenos Aires cuando la muchacha, Nené Cascallar, ha salido corriendo sofocada por la historia de su vida.

Y en esos días me pregunto si la vida siempre será tan difícil, si lloraré cuando el amor me abandone o podré mudarme de casa abandonando mis rincones secretos.

Siempre la historia finaliza con un beso apasionado, que me dice mi madre que se lo dan en las manos para que se escuche claro por la radio.

Y mi madre ríe cuando le pregunto si podré algún día dar un beso así a un hombre con una voz parecida.

—En las manos, mami, en las manos.
 

Adriana Serlik

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MI LÁMPARA ART DECÓ
 

Desde que la vi, sabía que era mi lámpara, la que había visto aquel día en mis sueños, en la habitación de terciopelo rojo, donde, sentada en mi chaise longue, fumaba y tomaba un cóctel, mientras esperaba a él.

La base de la lámpara era un cuerpo de mujer de bronce, un cuerpo estilizado y sensual y la tulipa con diferentes colores en los que predominaba el rojo. Al encenderla, su luz producía un ambiente todavía más decadente.

¿Cómo resistirme a comprarla?

Entré en la tienda y me dirigí directamente a ella, la miré, la toqué y la imaginé en mi habitación roja, era como si esa lámpara hubiera estado en un lugar anteriormente al que me quisiera llevar.

¿Y si en otra vida yo hubiera sido dueña de ella? ¿Y si realmente hubiera estado en aquella habitación, bajo aquella luz? Estaba ante un objeto que me había reencontrado a mí. No podía negarme a comprarla.

Llegué a mi casa, la coloqué en mi habitación, cerca de un cuadro en tonos rojos que pinté en un momento de tristeza y rencor. La encendí y, de repente, todo se transformó, todo cambió. Ante mis ojos apareció aquella habitación. Con la luz tenue de la lámpara, pude ver a la mujer que estaba sentada fumando y vestida de rojo: era la mujer del cuadro.
 

Pilar Bamba
 

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MENTIRAS EN LA RADIO
 

Hacía frío esa noche. El viento desde el jardín silbaba tristezas. En la galería de la casa la familia estaba reunida como de costumbre, dispuesta a escuchar el radioteatro.

La radio eléctrica se hallaba en la repisa alta, para que los chicos, no la tocáramos. ¡Toda una reliquia!

—Tenemos que cuidarla —decía papá—. El único contacto con el mundo debía sobrevivir.

Se incorporó de la silla, para subir el volumen. Giró la perilla de madera, sincronizó el dial para alcanzar mejor frecuencia, luego sacudió una pelusa adherida al frente de tela satinada y beige. La publicidad anunciaba la marca de un vino: La vieja Abadía….

«Abadíaaaa» —enfatizaba el locutor—. Su voz sonaba grave, estirando la sílaba como chicle en cada intervalo; la música de fondo, completaba misterios.

Miré para todos lados, creyendo que una bruja subida a su escoba saldría, para llevarme. Papá, ordenó que me quedara quieta; podría tumbar el calentador y quemarme.

Los jinetes montados, cruzaron el río. Caballos embravecidos golpearon las aguas, provocando un sonido intenso. Yo oía con atención el radioteatro, imaginando el paisaje, la desolación, el espanto. El oficial dio la orden para el ataque. Los gauchos desenfundaron cuchillos, sus filos se rozaron; su chirrido me congeló los dientes, fue casi como cuando papi afilaba el suyo para cortar el asado. Hubo gritos destemplados, desesperación. Le supliqué a «mi diosito» que Juan Moreira no se muriera; para mí tenía que morir el otro; ése sí que era malo, era del bando contrario, y cuando algo no le gustaba al teniente alcalde los mandaba al cepo. Yo sabía lo que era eso; lo había visto en un libro. Era como un castigo. Una vez, también a mí me castigaron, me acuerdo que dije una mala palabra, y mi madre no me dejó ir a la vereda con las otras nenas. Que tarde fea pasé, me dio envidia verlas pasear sus muñecas y yo adentro, mirando por la ventana una postal callejera.

La paisana en el rancho se frotaba las manos, preocupada por su hombre. El niño, desde su cuna, lloraba la ausencia. Era tal el ruido de las aguas y los corceles removiéndolas, que pensé que las estaban domando.

Al nono José, se le caían los párpados; mamá dijo eso. Miré al piso buscándolos, pero no se los pude juntar, porque no los encontré. «A veces los grandes dicen ¡cada cosa! —pensé—, seguro que para desconcentrarnos». Conmigo se equivocaron, no perdía detalle.

La china más hermosa del pago se miraba al espejo —según dijo el que relataba— mientras pensaba en Juan. El amor los había unido clandestinamente. Amarse, para los demás, era pecado, pero yo no lo recordaba entre los siete pecados. La hermana superiora no me había hablado de eso.

Me levanté del banquito, para correr al regazo de la nona María. Me le subí para montarla. Mi nona tenía el cabello largo y gris, que brillaba como nubes repletas de rocío. Desaté su melena, llevándola hacía adelante. La partí al medio, para formar dos trenzas y jugué un rato, para calmarme.

La sangre brotaba y yo veía, en mi cabeza, a Juan todo tajeado; otra vez me llegó la imagen de la carne sobre el asador.

En el momento menos oportuno, la novela nos dejó suspensos que debíamos descifrar al día siguiente. Todos se retiraron a descansar. Pedí permiso para quedarme un poco más, dije que debía acomodar mi portafolios y colocar en él mi libro de catecismo.

En realidad quería hacer tiempo para que los caballitos se dieran una vuelta por casa. El fondo era grande y bueno para pastar. Me hubiese gustado que Juan Moreira viniese montado en uno de ellos. Siempre lo soñé, aunque el tío Alberto se empeñaba en recalcar que en los radioteatros todo era una gran mentira, que había gente preparada para hacernos creer que el ruido proveniente de una bolsa de nylon era manantial de agua, entre otras cosas.

Yo no le creí. ¡Claro!, si sólo tenía siete años.

Hoy, después de tanto tiempo vuelvo a la vieja radio, la hallé en la habitación grande, junto a otras cosas en desuso. Pasaron otras más modernas que ella, hasta que el equipo aiwa y las noticias online desde la PC, la reemplazaron definitivamente y la pobrecita se quedó allí, a oscuras y sin habla, rememorando otras épocas.

Ansiosa —por saber si aún le quedaba algún quejido— la prendí. El dial se dejó correr, sin oponer resistencia, tal vez esperando la llegada de algo o alguien conocido. Todo fue en vano, ya no se escuchan aquellas voces… las de entonces, y a mi pesar no existen los radioteatros, nadie miente paisajes, ni me hacen creer con artilugios que una pava bulle sobre el fuego. Sólo malas noticias para desvelar sueños, siempre a la orden del día.

El mundo está muy convulsionado y mi radio —de antigua data— no está preparada para tantas verdades.
 

Ángeles Charlyne

 

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ESPEJISMO
 

«Yo que sentí el horror de los espejos...»
Los espejos (Jorge Luis Borges)

 

Vencido por la desolación de la ausencia, se planta ante deslustrado escaparate de la tienda de antigüedades en la que su madre vendió, a petición suya, los objetos que se salvaron de la debacle que convirtió en cenizas su mundo. Entre ellos, aquel antiguo espejo. En otro tiempo inseparable amuleto de su ser, netamente narcisista. Y al que llegada la hora del infortunio, y ya al borde de perder el conocimiento, acaso también la vida, le suplicó, sin éxito, piedad.

Ha comprendido que no cabe posibilidad de recomponer la armonía, y de su mano un algo de sosiego para su derrotado ánimo, sino es a través de la mutua complicidad.

Temeroso de despertar la codicia del desaliñado anticuario, evita hasta la más imprecisa de las descripciones: «Querría un espejo». Esa es su demanda.

El hombrecillo que lo atiende, eleva al techo los ojos. Hace memoria, o juega a hacerla. Y su memoria o artimaña del oficio, que más da, él lo sabe, lo ha de llevar a recordar el viejo espejo con moldura de bronce que entre otros insustanciales objetos, compró a una señora de apetecible tristeza. Y también, a pensar que aquel inquietante hombre que parece no tener noción de lo que busca, podía encontrar acomodo en cualquiera. Y por qué no aquél, que le fue imposible lustrar, y por la misma razón vender a ninguno de sus clientes.

El anticuario, se adentra en la trastienda, frotándose, con estudiada parsimonia, las manos. De donde sale minutos después con el espejo girando entre ellas, confundiendo en su azogado ojo todo cuanto en él se precipita. Esa sensación le llena de vértigo, el que produce el miedo a verse reflejado, y con el nace agrio en su boca el amargo sabor de la náusea.

Tiempo hace que no soporta los espejos en movimiento. Opina que deberían estar cegados en los estantes, para que dejasen de mirarnos en el trasiego de la venta.

Una vez pagado su importe, lo lleva a casa, y aún sin desenvolverlo, busca las herramientas con las que anclarlo a la pared. Para que cuando retire el fino envoltorio que lo ciega, no tenga éste la oportunidad de reflejar sino lo que él le muestre.

Le gustaría que los espejos fuesen como los perros, obedientes, pero la obediencia de los espejos atiende sólo a la realidad. No soportan por ello clemencia, ni se tiñen de misericordia.

Cuando rasga el papel que lo esconde, siente sobre sí el peso de su exasperante claridad, no le extraña, es lo lógico, todos los espejos se conducen así, con esa ciclópea arrogancia e implacable certeza a la hora de calibrar simetrías y denunciar asimetrías.

Lo mira ya desnudo, y ve reflejado en él, la estantería del fondo del lavabo, también todo aquello que contiene. Escruta temeroso lo infinito de su superficie buscándose. Comprobar que no está le tranquiliza. A la vez que comprende, no sin alivio, que ha encontrado al fin solución al terrible problema con los espejos. Ese que le impedía conciliar el sueño, y luego, ya despierto y ante ellos, conciliar los sueños. Lo que le había llevado a romper uno tras otro todos cuantos había ido comprando en el vano intento de hallarle un digno sustituto.

No puede vivir sin él, tampoco soportar la indolencia de su mirada, sin embargo, hoy consciente del cambio se siente a gusto. No obstante, y tras un inquisitivo vistazo, tuerce el gesto, se da la vuelta y recoloca meticuloso un bote de espuma para el cabello. No soporta el desorden. El espejo delata la perfección, y él suspira satisfecho. Siente que, de algún modo, está de nuevo en su mano torcer su indiscreta voluntad. Como antes, cuando aún podía reinventarse frente a él.

La idea de haberlo situado dos palmos sobre su cabeza, se le revela definitivamente genial. Pues sólo así puede él seguir siendo el cara quemada que es. E implacable guardián del orden el espejo. Sin que medie en tan necesaria transacción la grotesca mueca con que el fuego le esculpiera el rostro.

 

José Romero P.Seguín

 

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UN ESTILETE
Agridulce (De flores y de acero)
 

El agua del lago era un sólido espejo marrón. Nada estremecía la tersa superficie. Sólo la rígida mano que sobresalía cerca de la costa rompía la armonía del paisaje.

Eligió el lugar deliberadamente. Conocía, como ella, los recuerdos agridulces que brotaban espontáneos al acercarse. Fueron tantas las veces que se amaron bajo los sauces. Tantas las caricias. Tantas las promesas. Después, la separación sin un adiós. Apenas, desvanecerse en la bruma. Demasiados años más tarde, el reencuentro ocasional. Las preguntas en catarata. Las respuestas dolidas. Y una esperanza.

Hoy se encontrarían en su escondite preferido. La vio llegar, flotando casi sobre la hierba. Podía oler su aroma a jazmines abriéndose en la mañana. Estaba levantándose para recibirla cuando percibió el destello plateado en la delicada mano femenina. La punta entró con facilidad por debajo del mentón y no se detuvo hasta llegar al cerebro. En un instante, lo que le quedaba de vida, supo cuánto la había herido. Supo que el sabor agrio había sepultado a la dulzura. Supo que no quedaba nada más que el rencor.

Mientras caía al agua que alguna vez refrescó sus cuerpos sudorosos estiró la mano. Esta vez, quería despedirse.
 

Roque Grillo

 

 

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ESE VIEJO TELÉFONO

 

Al pasar por delante de su escaparate, no pude por menos que pararme a contemplar aquel antiguo teléfono negro de grandes dimensiones, igual al que guardaba en mis recuerdos de niña. En aquella tienda había toda clase de muebles, aparatos y trastos viejos, pero a mí, especialmente, me llamaba la atención aquel viejo teléfono, porque era igual al de la vieja tienda de ultramarinos que había, cuando yo era niña, en mi misma calle. Los dueños del establecimiento lo dejaban usar al público por una peseta y nosotros, los niños, lo mirábamos con deseo, como se mira lo prohibido o casi inalcanzable. Porque ni teníamos la peseta, ni a nadie a quien llamar. Y mirábamos embelesados cuando algún cliente lo utilizaba y hacía girar su rueda de números…

Uno, dos, tres… Y yo quería tener esa peseta y hablar con alguien en la distancia. ¡Qué maravilla!

Un día, mi tío Antonio me regaló una peseta y yo corrí hacia la tienda de ultramarinos… ¡Señora Carmen, voy a utilizar el teléfono, tengo la peseta! Descolgué aquel pesado auricular negro y me quedé mirando a la rueda de números… Tenía el dinero, pero no tenía un número para marcar, no pude evitar que las lágrimas asomasen a mis ojos. La señora Carmen me miró y se acercó…

—Anda, marca el número que te voy a decir me dijo.

Al otro lado de la línea alguien dijo… «En estos momentos son las diecisiete horas, diez minutos y catorce segundos…».

Mi cara se iluminó ¡Por fin había alcanzado mi deseo! En aquel momento me sentí importante y durante unos días, todos los niños de la calle se acercaban para preguntarme y saber cómo era eso de hablar por aquél aparato.
 

Lourdes Macías Torrecillas

 

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CACHIVACHES
 

Un quinqué, un dedal de plata, una Singer, una tabaquera de cuero repujado, un tintero de porcelana, un plato limosnero y no sé cuántas fruslerías más se exhibían con la reticencia y la timidez que caracterizan a las cosas y a los seres deformados por el paso del tiempo y desprovistos de su función originaria. Rotos o deteriorados en lo físico, parecían agolparse en un rincón para no deslucir la presencia renovada de un jarrón de Sèvres, de un piano de Schantz y de un hermoso tapiz de Gobelinos.

La capa de polvo de aquellos trastos inútiles, su melancólico abandono y una marca de indiscutible territorialidad traían a la memoria los perfiles difusos de un país lejano, de un país tal vez soñado o visto en la proyección fantasmagórica de una pesadilla.

Aquél era un país cetrino y lúgubre; quizás más negro que cetrino y más pobre que lúgubre. En él hacía tiempo que no se ponía el sol, según decían los libros de Edelvives y las Enciclopedias de ídem, pero de tanto lucir se había ido consumiendo, debilitándose su fuerza y perdiéndose el trasvase de pesetas y de calcio que, ante cualquier despiste, dejaba raquíticos a los chicos o rapazuelos de las calles.

La leche en polvo americana, el lacteol, el aceite de hígado de bacalao, el agua de carabaña y alguna quina santificada eran bebidas más reconocidas por la infancia que las cocacolas, las fantas o kas. No obstante, los chicos fueron saliendo adelante, con sus panecillos de pan blanco y su onza de chocolate o los alternativos bocadillos de pan, tomate, aceite y sal.

No cabe duda de que miseria, lo que es miseria, verdaderamente la había. Los perros pulgosos, los tontos desamparados, los locos apedreados, los borrachos de meada esquinera, los mendigos de iglesia, los exhibicionistas de gabardina, las putas malolientes, acreditaban un panorama sarnoso y pestífero, marcado por la ruta de la escupidera, el orinal, la palangana, el barril, la orza y el brasero con picón y monda de naranja seca.

Gibraltar, Gibraltar... Montañas nevadas... himnos nacionales para abrir el día y Mes de mayo devoto... Como cualquier Vía Crucis, cruzaban las calles las filas interminables de niños incluseros, uniformados con sus guardapolvos grises, rapados y descarnados, con los ojos perdidos en las nucas famélicas de sus compañeros.

Tristeza, lo que es tristeza, también la había. En fechas no muy lejanas habían muerto muchos seres queridos, por causa de esa nefasta enfermedad que enfrentó pueblos contra pueblos, familias contra familias, hermanos contra hermanos.

Ahora, hundidos en el recuerdo, aquellos testigos mudos de la historia, quebrantados en las trincheras del uso diario, avivaban desde un rincón la herrumbre de la memoria y tamizaban con borrosa nostalgia un sentimiento todavía cálido y anegado de afectos.

 

Juan Pedro Gómez

 

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UN VIEJO LIBRO DE CUENTOS
 

El verde de tu piel transmigra el deseo, lo acumula lejos para volver luego centuplicado y por mil, hiriéndome, a pesar de la debilidad de tus labios entreabiertos, de tu inofensiva fuerza 2-dimensional. ¡Ahhh, como me hieres! Congelada en el tiempo. Y la mano que me tiendes eterna y moribunda, tan a mi alcance que yo... ¡Mario a comer! La voz de mamá llegó autoritaria y puntual como cada noche a tus oídos. Bajaste las escaleras pensando qué difícil era crecer, tanto que hasta leer aquel tonto libro de cuentos infantiles heredado de tu hermano, que él a su vez heredó de papá (y él del suyo), ahora se convertía en un ejercicio masturbatorio y psicoanalítico, sobre todo cuando leías el viejo relato de aquella ondina de piel verdusca atrapada en el oscuro bosque y tu mirada y tus manos temblorosas se posaban en su esbelta figura recortada en una noche infinita y de papel. Mamá volvió a llamarte pensando que no la habías escuchado (como si eso fuera posible), pero tú ya estabas sentándote en la mesa. Esta noche había spaghetti, tu favorito.

 

Gerson E.

 

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EL GRAMÓFONO
 

La luz se vuelve tenue al contacto con la sangre derramada sobre el viejo gramófono. En él, un disco gira cansado lanzando al aire un antiguo tango que habla de míseras pasiones. Y mi alma baila por encima de las sombras mientras tú buscas una razón para llorar.

¡Qué triste se me hace este momento!, qué triste y lejano. Una habitación sombría, una cama deshecha y, en el rincón junto a la ventana, el antiguo gramófono canta con sonidos ásperos y sucios. Siempre la misma canción, y siempre esa terrible sensación de que la muerte juega con nosotros. Sé que tú ya no quieres bailar conmigo, porque la noche te ha traído la cruel realidad de una botella demasiado vacía. Y el tango suspiró más triste que nunca, cuando la ira se hizo fuerte en tu corazón y tu mano reventó el cristal de la botella en mi rostro borracho y melancólico. Todo terminó antes de que lo hicieran las notas lentas y arrastradas de esa estúpida canción.

Creo que el viejo gramófono nunca calla.

 

Nieves Jurado Martínez
 

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ALAS DE MARIPOSA
 

«Todavía hoy, cuando abro el pequeño baúl gastado por los años, me tiemblan las manos. Es cierto que no tiene ningún valor material, es de madera oscura y carcomida, tiene un cerrojo oxidado y sin tachuelas que en tiempos guardaba celosamente el mejor de los regalos.

La inocencia.

Me basta con cerrar los ojos para encontrar a la niña que fui, sentada en aquel poyete de ladrillos. Puedo oler de nuevo los geranios y el pan recién hecho, puedo escuchar el tic-tac de aquel reloj con doce horas, y el canto de las chicharras al solitero, puedo volar por encima de las moreras, puedo formar parte del paisaje mirando a través del ventanuco de aquella habitación repleta de misterio.

Esa fantasía vivía encerrada en un baúl que yo contemplaba en el más absoluto silencio, interrumpido sólo por el chirriar de la mecedora que acunaba las siestas...  Puedo oír su voz y su risa... muy bajito, para no espantar a los gorriones que viven en el alero del tejado —decía.

Siempre había una tregua para hacer que la historia despertara mi curiosidad y durmiera su prisa.

¿Cómo decir lo especial que era?, porque hay que ser especial para permanecer en el mejor rincón y no derramarse en el tiempo.

La vida me ha dado sin duda cosas muy hermosas, pero "su lugar" jamás será invadido por ninguna de ellas, porque Ella me dio la fantasía.

...Y fueron pasando los veranos por mi puerta.

Me enseñó mil valores con los que mercadear en la vida, e inesperadamente una tarde me hizo heredera del secreto del baúl.

Me dijo:

"El día que despiertes y la vida no te sorprenda, ábrelo".

Crecí y desperté muchas mañanas porque la vida me seguía sorprendiendo sin necesidad de buscar respuestas. Hasta que la soledad, envoltorio cruel de los días felices, me despojó de ilusiones y no tuve mas remedio que gastar mi herencia.

Toda la luz, todo el color, toda la suavidad, toda la belleza, toda la ternura prisioneras dentro del cofre.

¡Ni tocarlas!

Pues Ella, se apagó tan de repente, que olvidó las instrucciones y ahora no se como volar con estas alas de mariposa...».

París. Boulevard St. Germain. Dudaba frente al escaparate de aquella tienda de antigüedades, donde había adquirido aquel pequeño baúl y en cuyo interior encontró un papel amarillento y cuarteado, envoltorio pobre de una bella historia.   Dudaba si entregar al anticuario dicho escrito…

Pero no. Egoístamente buscaría toda la luz, todo el color, toda la belleza, toda la ternura… para no tener que volver a su realidad fuera de París.

 

Rosa María García


 

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TELÉFONO DE BAQUELITA
   

Encontré ese viejo teléfono de baquelita, un Bell Gurder, de 1939, en un anticuario de la calle 57. Era mi primer fin de semana en Nueva York, apenas conocía a nadie, sólo a mis compañeros de la empresa que me acogieron muy amistosamente, pero me dejaban sola después del horario de trabajo, así que tenía mucho tiempo para pasear por la ciudad. Al verlo en el escaparate pensé que podría ponerlo sobre la mesa de mi despacho, que necesitaba algo que atentara contra la modernidad de ese espacio. Todo allí eran líneas claras, ángulos rectos, materiales ligeros. Ni siquiera los cables de los aparatos conseguían introducir un poco de caos o desorden pues eran domados por guías que los escondían de la vista. Los archivadores desaparecían detrás de puertas de maderas nobles, no había pilas de papeles, los bolígrafos estaban alineados marcialmente en una bandejita de caoba. Incluso las plantas crecían con una simetría que al principio me hizo pensar que pudieran ser artificiales.

El teléfono de baquelita era mi forma de romper con esa disciplina de líneas, la funcionalidad y la transparencia exacerbadas que eran reflejos, como me contó la secretaría que pusieron a mi disposición, de la filosofía de la empresa. Así, cuando los ojos ya se me habían cansado de tanta pureza, cuando mi mente buscaba un punto de escape que no me ofrecían tampoco las vistas desde la ventana, un panorama de rascacielos de paredes acristaladas, fijaba los ojos en el teléfono. Seguía las líneas abombadas observando los reflejos de los halógenos en la baquelita negra, la línea que subía de la base cuadrada y algo panzuda dando un salto a la torreta baja en la que sostenía el disco, la curva sinuosa de la horquilla que sostenía el auricular como el brazo de un forzudo, una pieza que levantaba de vez en cuando sólo para sentir su peso en la mano, vencer la dificultad de levantarlo y voltearlo para acercarlo a la oreja, sentir el frío oscuro de la baquelita sobre la piel. Después volvía reconfortada al trabajo, al escritorio que mi secretaria dejaba cada tarde recogido, como si el simple hecho de que un bolígrafo quedara fuera de su lugar fuera un acto de rebeldía intolerable para ella.

Al abandonar mi despacho mis ojos se despedían sólo del teléfono, que reinaba sobre el escritorio. Era lo único mío en ese espacio que se había convertido en una imagen de mi vida más bien solitaria en esa ciudad. Ese teléfono de baquelita era como yo, un cuerpo extraño en ese entorno y yo era como el teléfono, sin cable, sin conseguir establecer una conexión con la gente que me rodeaba.

Una tarde, después de una reunión muy tensa, me senté a mi mesa para terminar unos informes. Pero no me podía concentrar, lo dicho en esa reunión me seguía rondando por la cabeza, las frases de uno, las respuestas de otro, mis intervenciones..., golpeaban en mí como bolas de un flipper. Entonces busqué el teléfono con la mirada y con las manos. Tomé el auricular, sentí su peso extraordinario que tiraba hacia el suelo, vencí su resistencia, lo levanté. Acerqué el índice de la derecha al disco nacarado, lo metí en uno de los huecos, creo que el tres, empujé y lo llevé hasta el tope de metal, saqué el dedo y dejé que el disco volviera a su posición inicial.

Oí de pronto un crujido, como si alguien estuviera estrujando papel de estraza, después, desde muy lejos, un sonido que al principio no reconocí como una voz humana hasta que distinguí dos sílabas articuladas:

—¿Hello?

 

Rosa Ribas

 

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CARTA ENCONTRADA EN UNA TETERA
   

Querido Max, qué buena es la vida junto a ti. En otro tiempo, cuando aún no sospechaba que pudiera conocerte, me desesperé y creí perder la razón: estaba demasiado enamorada. Amaba a Archie por sobre todas las cosas y aquella traición casi arruina mi salud, ésa que tú dices que es indestructible, a pesar que sé que me paso con las galletas de mantequilla. Ay, Max. Qué bien se está aquí, en este balcón, junto al Tigris, en medio de mi amada Bagdad. Pronto volveremos al yacimiento. Me gusta tanto verte, tan seguro, con esa fe inquebrantable del que sabe que encontrará maravillosos objetos del pasado. Antes, cuando aún no intuía que pudiera existir otra vida más allá de mi hija y Archie, quién me iba a decir que te encontraría y viviría junto a ti en tantos sitios maravillosos, Max.

Gracias por cuidarme como a una de tus antiguas cerámicas. Qué bellas son. He admirado una a una las piezas que encontraste la última temporada y es algo en verdad prodigioso cómo han recuperado la textura y el color que perdieron en el tiempo, querido mío. Ahora estás revisando mis fotos, confío en que serán de tu agrado, las tomé con mucho cuidado, acaricié los bordes de aquel jarrón roto, soplé la hendidura de la vasija, descubrí el maravilloso índigo en el fondo del cuenco. Luego, fotografié una a una las piezas como si fueran los años que llevamos juntos, mi Max.

Una vez me perdí de mí misma y me escondí tras un personaje inventado, Max. Me fui a un balneario, jugué al bridge y tomé innumerables tazas de té con abundantes bollos y pastel de jengibre. Como nadie acudía a visitarme, me angustié y puse un anuncio en un periódico, igual que si estuviese enredada en un misterio en el Orient Express. Parece que alguien me reconoció y me hallaron desconcertada y con buenas ganas de comer. Cómo te burlas de mi gusto por la comida, Max. Ya sabes que he de estar gravemente enferma para que mi legendario apetito me abandone. Luego, todo un revuelo. Archie fue a buscarme y no le reconocí. Apenas me acordaba de mi Rosalind, pobre hijita. El secreto sólo yo lo sé. Me escondí tras un personaje ficticio como había hecho siempre.

En realidad, por eso escribo Max. Tú lo sabes bien. Fabular historias, amores, vidas turbulentas, cadáveres en bibliotecas, tinglados en el tren, detectives infalibles… ah, eso hace que la vida valga la pena, mi amado Max. No es que a tu lado no sea feliz. Si estuviese un poco menos gorda, si fuese más joven. Tú lo eres. Bromeo y digo siempre que las mujeres se han de casar con arqueólogos: cuanto más envejecemos, más nos valoran. Así me parece que ocurre con lo nuestro. Y sin embargo. Me gustaría ser hermosa, con los ojos violeta, rubia y nada convencional y tener la agilidad de un cervatillo para ir tras asesinos por la campiña inglesa. ¿Ves? Ya me estoy enmarañando otra vez en fantasías locas. Me pregunto si te cansarás de mí, Max, cuando esté tan vieja que los años se me precipiten de golpe y tú empieces a notar la diferencia cuando visites a tus amigos arqueólogos y a sus jóvenes esposas. Ay. Pero… no quiero pensar en ello. Está fabulosa la tarta de zanahoria, la receta que me dio la señora Woodrooch es exquisita, he de escribirle una carta. Ya estarás terminando de mirar mis fotos, mi Max. El desayuno estaba exquisito. Qué buena es la vida junto a ti, Max. Voy a sacar la mesa con la máquina portátil y voy a continuar la historia de la que te hablé el otro día. Transcurre en Petra (qué momentos vivimos allí) y hay una malvada y dominante bruja a la que todo el mundo desearía ver muerta. También habrá amor, eso gusta a mis lectoras. Y aventura. Ay, qué bien he desayunado, qué dulce la tarta, qué dulce tu amor por mí, Max. Cómo te quiero. Bueno, basta ya, Ágatha, deja de enredarte en fantasías y a escribir. Ay, así. Ya estoy levantada. La máquina, aquí. La mesa con el desayuno allí. Estoy tan cómoda. Y el sol, y el Tigris que presiento. Y tú, adentro de casa, con mis fotos en tus manos, como si fuesen mis manos, Max.

Querido Max, qué dulce la vida junto a ti. Quién lo hubiera imaginado.

 

María Antonia Moreno Mulas
(www.cuantoscuentoscuentastu.blogspot.com)


 

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LA RADIONOVELA

         

—Shh, calla, que va a empezar —decía mi madre, sin levantar los ojos de la cremallera que arreglaba a la luz circular del flexo, cuya luz compartíamos en nuestros quehaceres.

Y esas palabras eran suficientes para que yo siguiera haciendo mis deberes en un completo mutismo, hasta que terminase el capitulo de la radionovela. Porque si algo la importaba en esos momentos, era el viejo aparato de radio, ubicado en una de las esquinas bajas del mueble del comedor, donde por diciembre solíamos poner el nacimiento. Recuerdo su ambarina luz iluminando las distintas frecuencias, ese mar de números incomprensibles, casi solapándose unos a otros, junto a los nombres de las ciudades: Paris, London, Stuttgart, Viena, Lisbon.

Sintonizada siempre en la misma emisora, rara vez se cambió para poner otra diferente, sobre todo a aquellas horas de la tarde. Porque si había algo absoluto, era el devenir de la historia de José Armando, que luchaba contra la incomprensión de los padres de Maria Isabel, agraciada señorita madrileña de la alta sociedad, poniéndole trabas de continuo para hacerle desistir de su intención.

Ella arreglaba su cremallera; yo seguía con los ejercicios de Matemáticas. Cada uno con su tarea, y los dos en silencio, a la luz del flexo, mientras el sonido electromagnético de la radio hacia de nexo entre ambos, salpicado de alguna que otra molesta interferencia. Si persistía demasiado, era yo quien me levantaba para mover la rueda sintonizadora y subsanar el error.

—Mamá... ¿puedes...?

—Luego, hijo, luego. Ahora a callar —me decía, retrasando la explicación que yo le pedía para ayuda de mis ejercicios.

La había interrumpido en uno de los momentos cumbre de la radionovela, cuando José Armando protagonizaba una encendida declaración de amor a María Isabel, perjurándole que se casaría con ella a pesar de la sempiterna oposición de sus padres. Entonces mi madre paraba su quehacer, y escuchaba atenta, mirando a la cremallera, con los ojos ausentes de ella. Yo la observaba expectante, después de haber abierto el cuaderno de los ejercicios de Lengua, en vista de que no podía proseguir con los números.

Sin lugar a dudas, aquella radio ocupaba una parte importante en la vida de mi madre, y por ende, en la mía. Era el telón de fondo de los quehaceres de mi madre, de las comidas en familia, de mis ejercicios escolares, la mayoría de las veces, inacabados. Porque despertaba en mí la capacidad de ensoñación de tal forma que abandonaba el desarrollo de alguna raíz cuadrada o el análisis de alguna oración, traduciéndose después aquella dejadez en un par de sonoros suspensos.

También yo me abandoné a su radioescucha. José Armando, mientras se declaraba a Isabel, había sido sorprendido in fraganti en los aledaños del jardín que rodeaba la casa por el padre de ésta, viéndose obligada a emprender el camino a casa, mientras José Armando se retiraba desconsolado entre los arbustos, huyendo como un conejo despavorido, entre las amenazas del padre de Isabel, que le gritaba que nunca más volvería a verla.

Acto seguido, sonaba la sintonía de despedida, y parejo a ello, el aislamiento voluntario de mi madre, que me decía:

—¿Qué me decías, hijo?

—Nada, madre, nada —le respondía yo, levantándome de la mesa, con los deberes, como siempre, inacabados.

 

Rafael Prieto Quirós

 

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GRAMOLA
   

Acordes, y cadencias de solitarias voces,
palabras en retorno constante,
repetibles recuerdos:
huellas que dejaron otros
en la oscura mirada de una pupila ciega.

 

 

Pilar Moreno Wallace

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LA RADIO
 

La vi en el escaparate, y la reconocí en seguida.

Era aquélla vieja radio de mi infancia. La que anunciaba cacaos vigorizantes y jabones que suavizaban el cutis y las manos.

Tenía esa pátina que dan los años y los recuerdos, y no pude evitar rescatarla.

No recuerdo ya el precio, pero en cualquier caso, menos de lo que valía su presencia y su compañía.

Revivió momentos de familia y de esperanza, como una ventana abierta desde el espacio oscuro de la época.

La coloqué en un lugar preferente del salón, y volví a escucharla.

No me extrañó oír los mismos cuentos, los mismos sorteos entrañables de la lotería navideña. Los mismos radio teatros.

La miré con orgullo y con ternura. No había pasado el tiempo, seguía en mi casa, en mi ciudad, con mi gente.

Sólo me sorprendió un pequeño detalle. Cuando quise cambiar de dial, el cable estaba desenchufado.


Mistery
 

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LA CUADRIGA
 

El viento salvaje en tu cabello no hacía más que confirmar tu condición de héroe, de ídolo de la chusma que grita de emoción ante el brío y prestancia de tus mágicos corceles, esclavos de tu temple y el rigor inteligente de tu musculatura perfecta, eres el mismo dios Apolo que nos roba el aliento, que nos hace vibrar en cada vuelta de tu cuadriga en este coliseo romano. Sin embargo, la luz roja del semáforo te detuvo, los mendigos te abordaron, como en cada esquina «una propinita patrón», vendedores ambulantes y mas pedigüeños. Luz verde, por fin, la maniobra fue sensacional, tus cuatro caballos literalmente volaban sobre la arena, ángeles blancos, inalcanzables, culpables de tantas victorias bajo tu yugo divno. ¡Un dios!, ¡un dios!, gritaba la gente y otra vez el semáforo, luz roja. Un posible cliente se acerco a tu taxi, «maestro, cuanto me cobra hasta La Molina», negociaron el precio, pero no se pusieron de acuerdo, mal día, aún no cambiaba la luz roja, otra vez los mendigos, y otra vez tu mirada se posó en aquella efigie, que adornaba tu auto, representando una cuadriga de briosos caballos. ¡Un dios!, ¡un dios!, ululaba la gente. Luz verde.


Mario Santiago

 

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PARA QUÉ...
       

Entré a la tienda buscando tu recuerdo, José Antonio. Estaba segura de que allí quedaría algo de lo que siempre deseábamos cuando ambos éramos demasiado jóvenes… tanto, como para habernos jurado amor eterno y estar seguros de ello.

El lugar estaba casi en penumbras, y un vendedor me miró apenas, con el respeto de los que están frente a alguien que sabe más que ellos acerca de lo que están buscando… y ese era un lugar especial para unos ojos tristes como los que yo lucía sin ninguna vergüenza.

Había varias cosas que te hubiesen gustado, lo supe al instante: una máquina de escribir Olivetti, igual a la que tu tío abuelo jamás quiso regalarte, lámparas art nouveau como las que adornaban el comedor de nuestros vecinos y nosotros envidiábamos en silencio cuando apenas nos casamos… y tantas cosas más.

Tuve ganas de golpear las paredes hasta deshacerme las manos. Si no te hubieras muerto el mes anterior, los dos miraríamos todo aquello con una alegría infinita. Yo acababa de vender un cuadro mío —¡un cuadro pintado por mis propias manos!— en diez mil euros… fue a un inglés que le encantó cuando pasó por Caminito, allí adonde siempre nos instalábamos vos y yo, rezando porque alguien nos hiciera el favor de mirar lo que pintábamos en nuestras interminables tardes de invierno. Vos siempre me decías que llegaría el momento, y que entonces me traerías a esta tienda para comprarme todo lo que me gustara. Yo te contestaba que lo mío no valía nada. Entonces me besabas las manos diciéndome que yo valía todo el oro del mundo… para vos.

Y ahora para qué me sirve este dinero. En esta tienda hay de todo… pero vos no estás para regalarme lo único que me hace falta.

Hace frío. Mejor me voy a llorarte a otro lado.

Me querés decir para qué vine.
 


Mónica M. Volpini Camerlinckx

 

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LA ESTAMPITA   

          

Salía yo de un empingorotado Antiquariat berlinés al que había entrado por pura curiosidad, por si las gangas no más. Quedé agobiado por el precio de las Biblias hebreas, por la total ausencia de viejas gramáticas, esa pasión mía tan incomprensible —sus mágicos paradigmas pautados, su morosa parsimonia tipográfica—, y por el minucioso fichero manuscrito con que aquel dios librero gobernaba su mundo. Pero a la vuelta de la esquina me metí en una tienda de antigüedades: aquel escaparate mínimo y polvoriento lo ocupaban por completo dos altos montones de libros sobre una cómoda monstruosa, y eso sí podía ser un coto de caza. 

Tras la cómoda se agolpaban en un recinto estrecho y penumbroso infumables vejestorios domésticos, floreros pop, cafeteras de los años cincuenta. Sólo un sable y un bastón con puño de plata hincados en un paragüero dignificaban aquellos cachivaches; ni un sólo libro más a la vista. Comencé la cacería. Misales protestantes y católicos, guías Baedeker, unas obras casi completas de Goethe, pero no de Hoffmann; media docena de Reader’s Digest de los sesenta encuadernados como si fueran el Digesto. Pero en la base de la segunda pila encontré un librito machado de humedad, unas Galias, de César en la editio minor teubneriana, 1922, bonitas grecas modernistas en las guardas. Ya tengo a César repe en latín y en español, y aun así evalué la posibilidad de preguntar el precio, siquiera por resarcirme del largo paseo de librería en librería bajo la tarde encapotada y triste. Pasé sus hojas blandas, húmedas, buscando el pasaje sobre los druidas mientras me dirigía hacia el mostrador, un parapeto confuso con cajones llenos de postales, tazas desportilladas y marcos de fotos vacíos. No había dependiente a la vista, y pensé que tras el agrio campanillazo de mi entrada yo había musitado educadamente un saludo, qué cosa tan centroeuropea, pero no estaba seguro de si alguien había respondido. 

Mis dedos tropezaron con una estampita de cartulina metida en el libro. Una vieja postal. Una moza gorda mostraba sus carnes blancas poniendo la rodilla en un diván, y su mirada impostada parecía leer con arrobo el nombre de Diviciaco en las líneas que tenía enfrente. Un enorme liguero satinado abrazaba el muslo generoso; sus pechos rebosaban sobre los antebrazos cruzados con supuesto pudor. Sonreí ante la lascivia del adolescente, a quien sin más imaginé rubio y de nuca rasurada, que marchaba al Gymnasium con aquel libro en el bolsillo de la levita y la secreta y viciosa postal turbando el orden sintáctico de los complementos y los legados y las legiones y los ablativos absolutos. Se podía diseñar de inmediato una historia de amor cursi entre el prometedor bachiller y la corista, a quien el joven sólo habría visto en cuerpo y carne una vez —educación prusiana, puritana incluso en la desmadrada república de Weimar—, saliendo al amanecer del antro de perdición donde impúdica meneaba el trasero. La blandura de aquellas carnes vetaba toda referencia al Ángel Azul, nada que ver con la Dietrich y su Professor

Volví hacia el escaparate para dejar el libro en su montón, y pasó por la calle una anciana achaparrada, gruesa, con un sombrero de fieltro como una ensaladera; la grasienta suciedad del vidrio empañaba su figura como en la postal. Qué mirada alzó entonces hacia la tienda, como si el nombre de Diviciaco estuviera escrito en el cristal. Se detuvo apoyándose con fuerza en el paraguas y suspiró visiblemente, y qué ojos tan iguales, en su cara ajada, abotargada, a los de la pícara foto que tomaron en sus años mozos. En la puerta de la trastienda se recortó un único instante la figura alta del tendero, quizá el muchacho que fue, que no supo o no se atrevió a ser su amante. Dejé el libro con su postal en el lugar de donde lo había tomado, y cuando desapareció la mujer renqueando por la acera dejé cerrarse detrás de mí ese mundo detenido con el mismo campanillazo con que penetré en él.


Francisco J. Rubio Orecilla

 

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LA CAJA DE RECUERDOS  

          

Lo recuerdo perfectamente, aquel día en el que corriendo desesperado, escudriñaba cada rincón de todas las tiendas del centro en busca de algún regalo para su cumpleaños, del que como siempre, me volví a olvidar. Al fin encontré una de estas tiendas de antigüedades que siempre te sacan de un apuro con regalos absolutamente inservibles, pero que hacen bonito. No me costó mucho encontrar lo que quería. Una preciosa caja de madera, con motivos orientales, vino a llamar rápidamente mi atención, así que la compré y se la regalé. Ella la llamó su caja de recuerdos.

También recuerdo una vez que fuimos al cine juntos. Lo pasamos muy bien. Ella me pidió la entrada para conservarla, y la guardó en su caja de recuerdos.

Le escribí una carta. Le decía que la quería, que quería estar con ella, que saliese conmigo, que era mi vida. Ella metió esa carta en la caja de recuerdos para no olvidar ese momento.

En su primer santo le compré una postal y se la dediqué. Le encantó. Le gustaba tanto que sin dudarlo la introdujo en esa caja. Ella no quería olvidar ningún momento pasado conmigo.

Un día de tantos estábamos merendando juntos. Una pegatina de un cerdito estaba escondida en el envoltorio. Inmediatamente la guardó en su caja con todo el cariño que una persona feliz puede encerrar en su corazón. Ella quería recordar constantemente cualquier situación vivida, por muy insignificante que fuese.

Cuando llegó nuestro primer aniversario le regalé un anillo de plata, símbolo de nuestra unión eterna. Ella no se lo puso. Y lo metió en la caja de recuerdos. Prefería ver una pequeña muestra de los momentos a recordarlos en su entera disposición. No quería dejarlos huir. Temía que el olvido le arrebatase algún recuerdo. Necesitaba no inventarse nada para sentirse bien, aunque con ello comprimiese sus recuerdos a una iconografía muy sentimental y bonita.

Un día en el que ya éramos demasiado mayores como para obviar los aniversarios y suponer que llevábamos una vida entera juntos estuvimos a punto de arrojarlo todo a la mierda. Mi conciencia guardó reposo en un acto de desfachatez y miseria humana. La parte más desagradable y vacía de mí anduvo presente en ese instante. Ella se sintió morir. Y guardó todo su odio y rencor que por mi culpa producían un hedor insoportable en la caja de recuerdos.

Ayer ella murió.

Hoy he abierto esa caja de recuerdos, y todos los objetos que en ella dormían como reminiscencia de la dulce relación, estaban deteriorados y olían mal. Todo a causa del odio y el rencor. Todo por mi culpa. Esos objetos ya no se pueden lavar. Porque no es bueno idolatrar a una imagen. Porque no es bueno ceñirte a un momento. Porque la vida es demasiado amplia para condensarla en una simple caja. Porque te quiero.
 


José Manuel Godoy Macías

 


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    ESTA SECCIÓN ESTUVO ABIERTA
HASTA EL DÍA 14.01.2007  

La tienda de antigüedades, es una sección
ideada y coordinada por Carmen López León

(http://mural.uv.es/carlole/)

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ANTERIORES SECCIONES PUBLICADAS DE ESCRITURA COLECTIVA:

PERSONAJES SECUNDARIOS / PINTURA VIVA /
PON COLOR A LAS PALABRAS / CRUZA ESTA PUERTA Y ESCRIBE /
CUÉNTANOS UN VIAJE EN... / PÓQUER LITERARIO /
PÍDELE AL MAR UNA HISTORIA / ESPERANDO EN... / PRETÉRITO FUTURO: TIEMPO PARA ESCRIBIR

Ilustración página: Antiquities store in Hakusan, By Jim Fischer from Portland, Oregon, USA (Hakusan 39-9) [CC-BY-2.0 (http://creativecommons.org/ licenses/by/2.0)], via Wikimedia Commons

 



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