Arden
lágrimas de cornalina en las mejillas tensas de mi ciudad
paroxismos del demonio que masturba sueños faraónicos con estelas de seda.
Cornalinas
lacrimógenas que brotan de los ojos de la Ciudad de México, el laberinto
piramidal de sacrificios y sangre
Ciudad de México, el indomable jaguar con lengua de manatí
Ciudad de México, el azul lagarto mestizado a fuerza de estacas
Ciudad de México, la madre monstruo que ama a sus hijos a latigazos
Ciudad de México, loca encarnada a los besos que dan los ladrones a sus mujeres
Ciudad de México, donde mi lengua de alce midió centímetro a centímetro,
cada píe y cada sombra intentando con credos y oraciones, acalambrar el
pensamiento en un contenedor de lunas, opacadas por el humo que sudan los
escarabajos motorizados, transeúntes sobre la piel asfáltica que envenena el
mar del aire y que a la vez, da vida a las palomas que jamás, jamás, jamás
emigran de este ardor que ahora son tus calles.
Una lágrima perfecta cae de tu ojo de dragón, sentenciando a la policía que mata el tiempo matando pájaros que transportan la fe de esquina a esquina; donde las putas pintan las noches de rojo, como la sangre que te colma desde siempre, desde antes de todos los tiempos, desde antes de tanta conquista. Por eso el corazón se te ha convertido en bruma urbana, para así, poder sanar una y otra vez los labios de tus muros y curar tus heridas con poemas y canciones, genuinas y duras, como hijas de calamar taoísta sin bautismo, sin votos, sin maestro.
Arde la ciudad en sacrilegios, en osamentas olvidadas, en ríos de motores supersónicos, retacando de peróxidos azufrosos la nariz del pasado que afortunadamente para él, pasado es, y que no olvida el sacrificio de doncellas libres y llenas de nubes o de lluvia, en pos de alcanzar la gloria acerada en edificios y encementada en catedrales que alzan sus torres a un abismo de neón, donde el amor sabe a tabaco uniendo a blancos con morenos, a mugre con envidia, a lémures con ballenas, a ojos con billetes, a vírgenes con pordioseros, a peces con fuego, a hombres con dinosaurios.
Arde la ciudad y arde su gloria apócrifa. La gloria que se entrega por dos palabras al primer hombre que le suelte una sonrisa de metal, donde arroje su rostro de filamento pálido, pidiendo a gritos ¡Por el amor de Dios, que alguien me llene de amor, aunque sea mentira!
Gloria de esta ciudad que arde, metida a empujones de aliento en mi plexo lunar, donde el alma vive tratando de no ser una amante más en la historia y en la histeria del circo de tu vida.
Porque me amaste a medias gloriosa ciudad de gloria, me diste un beso tramposo después de besar a otros, que jurabas, besaban como si las cordilleras de tus tobillos fuera un pedazo de hielo.
Me hablaste tibiamente con los mares de tu cuerpo, al mismo tiempo que te entregabas, con el mismo cuerpo, con el mismo miedo, a otros hombres, libélulas cuadriculadas que viajaron en tus venas negras y que igual que yo, rompieron en llanto endémico cuando en el fondo de tu vientre, hallaron el manojo de recuerdos de obsidiana, que tienes reservado a los poetas.
Me mentiste madrastra, me colmaste de besos falsos, me dijiste que tu piernas sólo estarían abiertas a mis ojos y que tus golpes, sólo estarían dispuestos a mi espalda.
Me mentiste madrastra, lavaste con tus aguas negras y malolientes mis pecados, para darme luego, sin odio siquiera, una patada en el culo y echarme de tu guetto de ladrones.
Pero
ese amor de madre regañona es una ofrenda, ese golpe es una iniciación al
sendero eterno de necesitarte, porque ahora que ardes, sufro y gozo, por tus
muertos
ahora que ardes, se tensan las piernas de tus putitas preguntonas
ahora que ardes, hieres las estrellas y los montes
ahora que ardes, se cuecen los animales de tus barrios
ahora que ardes, arden también mis ilusiones y mi sombra
ahora que ardes, yo ardo en ti.
Estás
harta de tanta conquista urbe intensa
máquina de matar gatos
hiena cuidadora de hijos ajenos
Estás ¡hasta la madre! de tanta sangre y tanto manoseo
¡hasta la madre! de que dedos extraños te toquen el huequito tímido de entre
las piernas
¡hasta la madre! de que te vendan a cachos
¡hasta la madre! de demagogias y conquistas
¡hasta la madre! de estúpidos políticos del tercer mundo, que te rascan las
heridas metiéndose en tu carne para sacarte el barro con el que huyen a otro
abismo. Por eso ardes mala madre, ardes en las banquetas insalubres, en la
polución de tus aires, en la mierda de tu burguesía. Ardes en asaltos a mano
armado, en violaciones, en atracos, en suicidios, en broncas, en drogas, en
estridencia, en choques, en violencia, en crimen, en mugre, en histeria.
Te
hiere la vasca que escupen tus gobernante en forma de besitos hipócritas en la
espalda de las sombras
Te hieren los eclécticos que viajan en la vena más honda de tu cuerpo,
llenando de maldiciones suicidas tus pulmones y alabando el símbolo corrosivo
del hambre
Te hiere la roja culpa, que obliga a hombres a buscar un agujero donde poner el
cuerpo a reposar, sabiendo de antemano, que mañana volverá la realidad, con
toda su contundencia.
Sin
embargo
tu muerte no es en vano
Tu
muerte será el incienso sacado del laberinto de cenizas de tu cuerpo, donde las
cosas giran por sí, creando fantasmas que se dan como besos, diferentes a los
besos que me diste en forma de hada, de jaguar, de ceiba, de nutria. Besos
terribles y dolorosos que hoy desquician las ansias mías, de la leche tuya.
Tu
muerte señala la evolución de tus venas, el fenómeno estelar de tus células
que se reacomodan sin descanso.
Tu
muerte son las muertes cosmopolitas de la gente que hace que gires:
mujeres
guerreras que no le temen al hambre
hombres
de eucalipto que sudan frijol
niños
tocados por el diablo durmiendo en las alcantarillas
todas
las putas del mundo que en ti viven y venden amor que cura a los solitarios
extranjeros
bienvenidos en tus huesos
ladrones
de colmenas sin miel
y
toda tu arca urbana de Noé, donde caben todas las cosas, todas las ideas.
Tu
muerte es madre, el transcurso de tu sangre
El
inicio de tu resurrección.
Has
de saber que te amé ciudad ardiente de gloria de montaña, te ame y te amo hoy
lejos pero prendida a mis venas de exiliado
Te
amé cuando tocaste mis huesos en la azotea del sur del universo, y con un
rosario de cuentas de tu corazón enrojecido, vaciaste el alma de mi alma, para
llenarme con tu saliva de monstruo de gila, sentenciando mi carne y mi palabra
a, como hasta hoy, esperarte
Te amé cuando juntos matamos con caricias cada poro de tu cuerpo de sombras
Te
amé cuando mezclamos mi semen y tu sangre en una inmolación teotihuacana,
donde ofreciste en sacrificio tu ombligo azteca y tus tobillos
Te
amé cuando a hurtadillas te desnudaste frente a mi ventana, haciéndome pensar
que mi ojo boyerista te acechaba; cuando en realidad tus pasos estaban
calculados para meterte en mi cama la siguiente noche de luna llena
Te
amé cuando de tus venas llenas de música, tomaste un ruido andino y lo
enredaste a mi voz que suena al rasguño de las tres últimas cuerdas de tu
guitarra
Te
amé cuando soltaste tu lluvia dorada en mis caderas, haciendo de tu orgasmo, el
orgasmo más traicionero de la historia
Te
amé confundido en tus aguas Europeas, pensando que eran las mismas aguas del
océano
Te
amé pese a tus engaños y al hijo que jamás tuvimos
Te
amé cuando un invierno te metiste en mi selva, soltando poco a poco, tus
músculos y llenándome de besos hondos al lado del fuego y del río
Te
amé cuando a oscuras pusiste un rosario asiático en mi mano, como símbolo de
eternidad del ruido de lluvia que tiene tu cabello, cuando lo sueltas
Te
amé cuando una noche, traicionamos a caricias desesperadas, al hombre con quien
dormías desde el día de tu boda
Te
amé en habitaciones prohibidas, en horas prohibidas, en situaciones prohibidas
Te
amé entre palmeras y soltaste tus pechos a mi boca sedienta de un pezón
adolorido
Te
amé y fuiste la primera mujer que yo amaba
Te
amé pese a tus orgasmos fingidos
Te
amé una sola vez, aun recuerdo el sudor de tus manos.
Te
amé con todas tus mañas y amé también tus delgadas piernas.
Te
amé y tu, colibrí, conociste mis delirios
Te
amé piel de crematorio de mariposas.
Ahora
sin remedio
ardes
con todo y bares y puentes y edificios y niños de la calle
Ardes
ciudad que veo con ojos de cuervo desde lo alto de las nubes, en el vientre de
un avión
Ardes
ciudad empequeñecida por el fuego y la distancia, vista con mis ojos de
serpiente galáctica, mientras, allá abajo, arde los edificios haciendo de sus
músculos, alacranes púrpuras divinos, bestiales.
Ardes
sudando fuego, te calcinas de dolor, sufres, lloras, mueres, pero no te
arrepientes.

Y yo qué soy para ti traidora
Yo qué pitos toco
qué vela tengo en el entierro de tus abortos
¿Soy acaso un pobre loco empedernido por tu aliento?
¿Soy un simple camello funambulista que no sabe amar?
¿Qué soy para ti madre-dragón?
¿Qué significo? ¿Qué represento?
Soy tal vez, un soplo mojado de poluciones
o un misionero reticente y parco
o un poeta eléctrico con peces en vez de ojos
un parásito en los ríos de cemento
un experimento de los edificios y los montes
una eclosión
un suspiro
una gota
una calle
rasguño
banqueta
punto
Di que no me olvidarás ciudad de lumbre, que cuando mis piernas vuelvan a tus calles, tendrás aun llena la boca de mentiras y tus arañazos seguirán ávidos de mi nostalgia
¡Di
que me quieres, puta ciudad de lamentos!
¡Madre
de mis hijos!
¡Di
que me amas y que por mi fuga,
hoy
irremediablemente ardes!
Edson Lechuga
vive en Barcelona. Poeta, escritor, corrector,
ensayista y reseñista ha colaborado con los diarios La jornada y Cuestión.
Tiene publicados los libros de poesía El
canto de los búhos y
Reloj de arena,
participando en otros y
colaborando, así mismo, con diversas revistas entre
ellas ésta de ALMIAR, a través de la que hemos difundido recientemente
dos composiciones del disco CE
grabado por POÉTICA
SHAKTI, ensamble
que interpreta los poemas de este autor.
Fotografías: Pedro M. Martínez