Un hombre
en la oscuridad:
La genialidad del verdadero contador de historias
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María Aixa Sanz
Para muchos lectores en todo el mundo la aparición de una nueva novela de Paul
Auster es un acontecimiento que requiere todo un ritual, una vez se posee el
ejemplar entre las manos, que viene a ser como esos pequeños tesoros que en los
primeros momentos desconciertan a uno y no se sabe qué hacer con ellos: si
volverlos a esconder o dejarlos a la luz para que todos puedan verlo y sientan
una especie de envidia, porque nos pertenece a nosotros, y no a otros.
Es en ese momento y no en otro cuando
el lector de Paul Auster un segundo antes de abrir la novela, por leer, siente
lo más parecido a la felicidad y en voz baja se persigna o musita un sortilegio
para que ésta dure, luego busca con los ojos su rincón preferido de lectura, se
sienta en él, se descalza los pies y los acopla encima de un sillón, de un
almohadón, de un respaldo de un sofá o del lomo de su animal de compañía,
comprueba que el silencio está presente y sabe al abrir la novela y leer las
primeras frases que Paul Auster sigue siendo su mejor aliado:
«Estoy solo en la oscuridad, dándole vueltas al mundo en la cabeza mientras paso otra noche de insomnio, otra noche en blanco en la gran desolación americana. Arriba, mi hija y mi nieta están cada una en su habitación, también solas: mi hija única, Miriam, de cuarenta y siete años, que se acuesta sola desde hace cinco, y Katya, de veintitrés, única hija de Miriam, que antes dormía con un joven llamado Titus Small, pero ahora Titus ha muerto, y mi nieta duerme sola con el corazón destrozado. Luz radiante, y luego oscuridad».
El lector se queda sin respiración y cierra la novela, para abrirla seguidamente
de nuevo, conocedor de que tiene delante de él una buena historia y ese
principio es la cuenta atrás, entonces, se suceden las frases, los fragmentos
geniales, que pertenecen a Un hombre en la oscuridad (Editorial
Anagrama). De nuevo Paul Auster, otra vez, fabulando, donde todo es posible, sus
historias, unas dentro de otras, componiendo un mosaico único.
Otra vez el viejo conocido, el viejo
amigo...
Sólo a quien verdaderamente se ama se
puede guardarle tanta lealtad.
Alguien debería escribir un tratado
sobre el amor que sienten los lectores por algunos escritores, sí, hablo de ese
amor que conquista a través de la palabra, un amor que sólo son capaces de
ofrecer los contadores de historias.
Historias como Un hombre en la oscuridad. ¿August Brill y Owen
Brick: dónde empieza uno y dónde acaba el otro? Esa es la verdadera
singladura del lector, descubrirlo, entrar en el juego, formar parte de él...
Esa es la magia.
Quizás
parecida a la de El Gran Zavello, sí, el mago de esta historia,
pero es Paul Auster quien maneja los hilos de la sensibilidad y utiliza trucos
que parecen fáciles, como los que realizan los magos, para contarnos una guerra
que no ha sucedido, unas torres gemelas que nadie destruyó, una nueva guerra de
secesión, un mundo que no es el que es pero que podría ser, ¿tal vez una
historia de mundos paralelos?, es él quien pone en el límite al lector, quien
planta en el cerebro de éste una posibilidad: la de preguntarse y si no fuese un
cuento qué...
Silencio, sigo leyendo, no me molesten. Es asunto de todos entrar en el juego.
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María Aixa Sanz
(España, 1973) Escritora valenciana. Tiene publicadas las novelas El pasado es un regalo (2000), La escena (2001), Antes del último suspiro (2006) y Fragmentos de Carlota G. (2008). En mayo de 2008 publica el ensayo El peligro de releer, recopilatorio de los artículos literarios, con los que colabora en diversas revistas de España y Latinoamérica. En junio también de 2008 la Editorial Séneca publica el libro La escritura del no que recoge sus artículos más importantes junto a los de una decena más de escritores profesionales. Ganadora de varios premios de narrativa breve, relato y cuento en distintos idiomas.
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