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Paul Desmond y Chet
Baker en el aire. Algo de jazz para bien hallar a la mañana y dejar atrás
la idea de que no visita el sol estas afueras. Me propongo comenzar una
novela, una historia de putas y políticos. Pero la única puta que se me
ocurre se parece sospechosamente a mí. O sea, puta callejera y respondona.
Lo cual no anima a la clientela a pasar por caja, a dejar al aire su pene
erguido ante mi boca desdentada. Y una puta sin clientes no es puta
respetable, más bien es una obrera retirada sin derecho a la jubilación. Y
en cuanto a los políticos reconozco que son personajes literariamente
atractivos y muy agradecidos. Pero, ya veis, la realidad supera a la
ficción en este campo. Así que abandono la idea algo pesaroso aunque el
ánimo intacto.
Escucho ahora “You can´t go home again” y me dejo
llevar. Imagino la barra de un bar y una camarera que se niega a servirme
otra copa. Imagino mi cara ante el espejo y no me veo yo parecido a James
Dean. Nos hemos acostumbrado tanto al cine que olvidamos que en el noventa
por ciento de las ocasiones nuestra vida no tiene banda sonora, ni la
posibilidad de un segundo visionado. Pero volvamos a la escena del bar.
Hay cuatro tipos hablando de un crimen, cuatro tipos, esta vez sí, con
cara de Bogart.
Y me extraña que en esa escena no aparezca el
cinematográfico humo del tabaco. Y se me antoja que no es posible que
cuatro tipos se conjuren para cometer un asesinato serio sin que ninguno
de ellos apure una última calada y expulse el mismo con un mínimo gesto
conspirativo. Y no hay novela negra sin tabaco, lo mismo que para la
justicia no hay crimen sin cadáver. Miserias de la nueva Ley Seca que no
encierra tanta literatura como su antecesora de los años veinte.
“Autumn leaves” soñando por la casa. Jazz etéreo y
fascinante. Melodía para desayunar una taza de café cargado después de una
madrugada de sexo. Aunque confieso que no es mi caso a pesar de que la
taza de café pudiera confundir a más de un despistado.
Está la mañana fría. Y el cielo plomizo presagia lluvia
en breve. Y aquí sí que podría haber un buen comienzo. Mañana fría y
lluviosa. Excelente paisaje para una fechoría. Gabardina y paraguas
combinan bien con un disparo a bocajarro o mejor con un estilete afilado
rasgando mortalmente el corazón de una victima cualquiera. Y sabiamente
combinado con una calle desierta y un coche que escapa a gran velocidad
con la matrícula embarrada el tema promete.
Pero el único movimiento sospechoso que he observado
desde la ventana es el del cartero entrando en la casa de al lado. Y digo
sospechoso con conocimiento de causa pues creo que cuarenta y cinco
minutos es un tiempo más que excesivo para firmar un certificado con acuse
de recibo.
Dicen los que saben de esto que los escritores de raza
antes de empezar han atado y bien atado la historia y sus subterráneos en
su cabeza y que después sólo tiran del hilo y salen las páginas y
capítulos del libro como las longanizas o las morcillas del frigorífico.
Pero cómo diablos puede uno planear las hazañas de un asesino en serie
mientras suena el “Concierto de Aranjuez” por los altavoces. O dicho de una
manera menos prosaica, cómo dar encarnadura y fuste a un homicida después
de haberse lavado los dientes con listerine mentolado. No sé. No me veo.
Me falta talento. Eso seguro.
Hace unos días alguien me preguntó: ¿qué significa para
ti la dulzura? Y admito que me pilló con el calzón bajado y sin
erección. Lo que deja al macho siempre con un aire de castillo asediado.
Sin posibilidad de darle credibilidad a su hombría.
Y le he estado dando vueltas a esa pregunta desde
entonces. ¿Qué es para ti la dulzura? Se esperaba de mí una respuesta
poética, lírica, nerudiana. Una respuesta de envergadura.
Lo cierto es que no contesté, que no he contestado
todavía. Que se me ha escapado el concepto de ternura entre los dedos, que
uno se resume en un corredor solitario contra el tiempo, improvisando su
cosmogonía con más errores que acierto.
Releo los viejos libros, aquellos que me acompañaron en
largas noches de domingo adolescentes y atisbo en ese acto un algo de
dulzura, un gesto de ternura, de amor desapegado. Sobre todo porque
algunos libros ya no provocan en su nueva lectura la misma magia de
antaño. Y a pesar de ello uno no los deja abandonados, no corta las
amarras sino que se ase a ellos como a un salvavidas en mitad del océano.
La memoria necesita de todo aquello que le evoca el paraíso perdido, las
emociones que quedaron como volátiles cenizas en los pulmones del ayer.
Porque en el fondo todos tenemos nuestro Caballo de Troya que desarma las
defensas, nuestra particular Finca Vigía donde contemplar con Ernest
Hemingway la descomposición de los ideales.
Y tal vez sea eso la dulzura, o una parte de ella. El
afecto imposible e irrenunciable a las cosas que se fueron y ya no son.
Cambian los días. Llegan las inevitables tareas de lo
cotidiano. Aspiramos a la trascendencia en medio de un mundo repleto de
gestos fríos. Caminamos y la mayoría aparenta una seguridad que yo no
tengo, que no he tenido nunca. Sólo hay una cosa en la que mi espíritu
palpa su contorno sin el maridaje del miedo ni la duda: la escritura.
Pero gracias a dios uno pierde cualquier resquicio de
grandilocuencia, cualquier desmán del ego evocando el nombre de la
escritora Iréne Nemirovsky.
Confesiones a destiempo. Confesiones que dan fe de un
esqueleto con falta de calcio. Pero que quiere hacer el esfuerzo de asumir
sus detritus. Salvador Pániker escribió que si la música ha sido capaz de
llegar al jazz la literatura no puede quedarse atrás en esa búsqueda. Y
creo en ello, en la necesidad de poder bailar a través del texto, de hacer
jugar al abecedario al pairo de la improvisación creativa.
Nos van quedando cada vez menos posibilidades para la
lectura. Hasta el punto que el metro y los autobuses urbanos se han
convertido en bibliotecas ambulantes, en lugares donde lectores solitarios
se abandonan por un momento de los trajines de su historia y sus ciudades.
Territorios literarios y apresurados, pendientes de la siguiente parada
para volver de nuevo a las aceras donde libra la prisa y gana siempre su
batalla diaria. Se ha abierto pues un nuevo escenario, una nueva realidad
que el escritor debe tener muy en cuenta. Un escenario donde el lector
dispone de un tiempo limitado para adentrarse en el texto. El reto es
lograr que en esos veinte minutos entre parada y parada el lector se
olvide de ese trayecto cien veces repetido y hagamos de cada viaje un
viaje a lo desconocido.

Danzan las nubes y cae su sudor sobre los tejados. Mi
ciudad se parapeta bajo los paraguas de la melancolía. Escribe la lluvia
las mejores notas musicales en el asfalto. Y desciende la memoria al
pleistoceno de la infancia, a la taza de chocolate caliente de mi abuela,
a la evocación de la dulzura gastronómica del cacao.
El requinto de la soledad asola los almanaques de
noviembre, vuelve la tortuga a su caparazón y dejo resbalar la lluvia por
el rostro. Definitivamente la libertad no se conjuga en horario laboral.
Necesito un blues en esta hora o la voz de Billie Holiday para asumir el
riesgo de vivir.
Tiende mi espíritu hacia la desolación. Y hago
esfuerzos para combatir esa tendencia. Y sospecho que todo se debe a una
mala combinación de enzimas en el cerebro. Y tiene gracia que sea la
bioquímica quien juegue finalmente con los dados de la creatividad.
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RODOLFO CARMONA
nació el 26 de diciembre de 1967 en Torrevieja, España.
Desde siempre ha sentido un fuerte vocación literaria.
Su estilo se nutre de la observación de lo cotidiano. Autor de poesía,
novela, artículos periodísticos se encuentra a gusto en todos los
terrenos. La mayoría de su obra está inédita en formato libro.
Ha publicado en revistas internacionales como el
semestral Universidades editada por la Unión de Universidades de América
Latina (Udual), el semanario latino de la ciudad de Filadelfia Focus/Enfoque,
así como en publicaciones de ámbito local como los semanarios Vistalegre,
Torrevieja Semanal, el mensual Siglo XXI, y aparece en la I antología
del Foro Sensibilidades del año 2001 y en Un siglo de Torrevieja editado
por el Instituto Municipal de Cultura "Joaquín Chapaprieta Torregrosa". 
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