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Una de las imágenes
más típicas —corrijamos: estereotípicas— de un mexicano ha sido, desde el
siglo pasado, un hombre de poca estatura, borracho y pendenciero que,
cuando no aparecía con una guitarra cantando un corrido, se lo retrataba
sentado en una calle echándose una siesta debajo de su enorme sobrero.
Esta imagen del perfecto holgazán, del vicioso irracional, podemos verla
desde viejas ilustraciones del siglo XIX hasta los souvenirs que los
mismos mexicanos producen en masa para satisfacer la industria turística,
pasando por las tiras cómicas de las revistas y los dibujos animados de
Walt Disney y Warner Bros en el siglo XX. Sabemos que nada es casualidad;
aún los defensores de la «inocencia»
del arte, del valor intrascendente y pasatista del cine, de la música y de
la literatura no pueden impedir que señalemos la trascendencia ética y la
funcionalidad ideológica de los personajes más infantiles y de las
narraciones más «neutrales».
Claro, el arte es mucho más que un mero instrumento ideológico; pero eso
no lo salva de la manipulación que un grupo humano hace de él en beneficio
propio y en perjuicio ajeno. Al menos que no llamemos
«arte»
a esa basura.
Ironías del destino: pocos grupos humanos, como los
mexicanos que viven hoy en Estados Unidos —y, por extensión, los demás
grupos hispanos—, pueden decir que representan mejor el espíritu de
sacrificio y de trabajo de este país. Pocos (norte)americanos podrían
competir con esos millones de abnegados trabajadores que podemos ver por
todas partes, sudando bajo el sol en los más sofocantes días de verano, en
las ciudades y en los campos, desparramando asfalto caliente o quitando la
nieve de los caminos, arriesgando sus vidas en altas torres en
construcción o lavando los cristales de importantes oficinas donde se
decide la suerte de millones de personas que, en el lenguaje posmoderno,
se conocen como «consumidores».
Por no mencionar a sus compañeras que hacen el resto del trabajo difícil
—ya que no podemos llamarlo «sucio»—,
ocupando puestos en los que rara vez veremos a ciudadanos con derechos
plenos. Nada de lo cual justifica el discurso racista que el presidente de
México, Vicente Fox, hiciera recientemente, declarando que los mexicanos
hacían en Estados Unidos el trabajo que
«ni los negros americanos quieren hacer».
La presidencia nunca se retractó, nunca reconoció este
«error»
sino que, por el contrario, acusó al resto de la humanidad de haber
«malinterpretado»
sus palabras. Luego procedió a invitar a un par de líderes
«afroamericanos»
(algún día me explicarán qué tienen estos americanos de africanos),
haciendo ejercicio de una vieja táctica: al rebelde, al disconforme se lo
neutraliza con flores, a las fieras con música y a los esclavos
asalariados con cine y con prostíbulos. Claro, hubiese bastado con evitar
el adjetivo «negro»
cambiándolo por el de «pobre».
En el fondo, este maquillaje semántico hubiese sido más inteligente aunque
nunca del todo libre de sospecha. La ética capitalista condena el racismo,
ya que su lógica productiva es indiferente a las razas y, como lo
demuestra el siglo XIX, el tráfico de esclavos siempre fue contra sus
intereses de producción industrial. Por lo tanto, el humanismo
antirracista ya tiene un lugar ganado en el corazón de los pueblos y ya no
es tan fácil extirparlo si no es a través de prácticas ocultas detrás de
elaborados y convincentes discursos sociales. Sin embargo, la misma ética
capitalista aprueba la existencia de
«pobres»,
por lo cual no hubiese escandalizado a nadie si en lugar de
«negros»,
el presidente mexicano hubiese dicho
«pobres americanos».
Todo lo que demuestra, por otra parte, que no sólo los del norte viven de
los infelices inmigrantes que arriesgan su vida cruzando la frontera, sino
también los políticos y la clase dirigente del sur que obtienen,
millonarias remesas mediante, el segundo ingreso más importante del país
después del petróleo, vía «Wester-Union-madre-pobre»,
de la sangre y del sudor de los expulsados por el mismo sistema que se
enorgullece de ellos y así los premia, con tan brillantes discursos que
sólo sirven para sumarles un problema más a sus desesperadas vidas de
prófugos productivos.
La violencia no es sólo física; también es moral. Luego
de contribuir con una parte imprescindible de la economía de este país y
de los países de los cuales
proceden —de aquellos países de los que fueron
expulsados por el hambre, la desocupación y el desprivilegio de la
corrupción—, los hombres sin nombre, los No-identificados, deben volverse
a sus hacinadas habitaciones con el temor de ser descubiertos en la
ilegalidad. Cuando se enferman, simplemente resisten, hasta que están al
borde de la muerte y acuden a un hospital donde suelen recibir el servicio
y la comprensión de una parte consciente de la población mientras otra
parte pretende negársela. Es este último el caso de varias organizaciones
anti-inmigrantes que, con la excusa de proteger las fronteras o defender
la legalidad, ha promovido leyes y actitudes hostiles que, de forma
creciente, les niega el derecho humano a la salud o a la tranquilidad a
todos aquellos trabajadores que han caído en la ilegalidad por la fuerza
de la necesidad, por el imperio de la lógica del mismo sistema que no los
reconoce, que traduce sus contradicciones en muertos y reventados. Por
supuesto que no podemos ni debemos estar a favor de algún tipo de
ilegalidad. Una democracia es aquel sistema donde las reglas se cambian;
no se quiebran. Pero las leyes son producto de una realidad y de un
pueblo, se cambian o se conservan según los intereses de quienes tienen el
poder de hacerlo y a veces este interés puede pasar por encima de los más
elementales Derechos Humanos. Los trabajadores indocumentados nunca
tendrán el más mínimo derecho de participar siquiera en algún simulacro
electoral, ni de este ni del otro lado de la frontera: han nacido sin
tiempo y sin espacio propio, con la única función de dejar su sangre en el
proceso productivo, en el mantenimiento del orden de privilegios que
repetidamente los excluye y, al mismo tiempo, se sirve de ellos. Todos
saben que existen, todos saben dónde están, todos saben de dónde vienen y
hacia dónde van; pero nadie quiere verlos. Tal vez sus hijos dejen de ser
esclavos asalariados, mal nacidos, pero para entonces los esclavos habrán
muerto. Y si no hay cielo se habrán jodido del todo. Y si lo hay y no
tuvieron tiempo de repetir cien veces las palabras correctas, peor, porque
se irán al Infierno, el reconocimiento póstumo en lugar de alcanzar el
olvido y la paz tan anhelada.
Mientras los ciudadanos, los
«verdaderos humanos»,
mantengan los beneficios de sus sirvientes con salarios mínimos y
prácticamente sin derechos, día y noche amenazados por todo tipo de
fantasmas, no tendrían ninguna necesidad de cambiar las leyes para
reconocer una realidad instaurada a posteriori. Lo cual hasta parece
lógico. Sin embargo, lo que deja de ser
«lógico»
—si descartamos algún tipo de ideología racista— son los argumentos de
aquellos que acusan a los trabajadores inmigrantes de perjudicar la
economía del país haciendo uso de servicios como los de hospitalización.
Por supuesto que estos grupos anti-inmigrantes ignoran que el Social
Security de Estados Unidos recibe la nada despreciable suma de siete
billones de dólares anuales por parte de las contribuciones que hacen los
inmigrantes ilegales [1] y que, de morirse el
trabajador antes de alcanzar la legalidad, nunca recibirán beneficio
alguno. Lo que significa menos comensales para un mismo banquete. Tampoco
pueden entender, claro está, que si un empresario tiene una flota de
camiones debe destinar un porcentaje de sus beneficios para reparar el
desgaste, los imperfectos y los accidentes que de dicha actividad se
derivan. Sería un razonamiento interesante, sobre todo para un empresario
capitalista, no enviar esos camiones al servicio para ahorrarse la
erogación del mantenimiento; o enviarlo y echarle luego la culpa al
mecánico de estar aprovechándose de su negocio. No obstante, esta es la
clase y la altura de los argumentos que se leen en los periódicos y se
escucha en la televisión, casi a diario, por parte de estos grupos de
enardecidos «patriotas»
que, aunque lo reclamen, no representan a un pueblo mucho más heterogéneo
de lo que puede verse desde afuera —millones de hombres y mujeres,
olvidados por la simplista retórica anti-americana, sienten y actúan de
otra forma, de forma más humana—.
Claro que no sólo les falla la dialéctica. También
sufren de desmemoria. Olvidaron, de súbito, de dónde descendían sus
abuelos. Salvo un reducidísimo grupo étnico de americanos-americanos —me
refiero a los indígenas que llegaron antes de Colón y del Mayflower, y que
son los únicos que nunca se los ve dentro de estos grupos de anti-inmigrantes,
ya que entre los xenófobos abundan los mismos hispanos, no por casualidad
ciudadanos recientemente «naturalizados»—.
El resto de los habitantes de este país ha venido de alguna parte del
mundo que no es, precisamente, donde están parados aquellos con sus
perros, sus banderas, sus mandíbulas adelantadas y sus binoculares de
cazadores, salvaguardando las fronteras de malolientes descamisados que
pretenden hacerles algún mal atacando la pureza de la identidad ajena.
Olvidan, de súbito, de dónde procede gran parte de los alimentos y las
materias primas y en qué condiciones se producen. De súbito olvidan que no
están solos en este mundo y que este mundo no les debe más de los que
ellos le deben al mundo.
En otro momento he mencionado los ignorados esclavos de
África, que si son pobres por su culpa no son menos infelices por culpa
ajena; aquellos que proveen al mundo de los chocolates más finos o de las
maderas más caras sin las retribuciones mínimas que el orgulloso mercado
reclama como Ley Sagrada, estratégica fantasía ésta que sólo procura
enmascarar la única Ley que rige al mundo: la ley del poder y de los
intereses bajo el ropaje de la moral, la libertad y el derecho. Tengo en
la memoria, grabada a fuego, aquellos jóvenes aldeanos de un rincón remoto
de Mozambique que cargaban toneladas de troncos, quebrados y enfermos, por
una paga inexistente o por una cajilla de cigarrillos. Cargas millonarias
que luego aparecían en los puertos para enriquecer a algunos empresarios
blancos que llegaban del extranjero, mientras en los bosques quedaban
algunos muertos, nada importante, aplastados por los troncos e ignorados
por la ley de su propio país.
De súbito olvidan o no quieren recordar. No les pidamos
más de lo que pueden. Recordemos brevemente, para nosotros, el efecto de
la inmigración en la historia. Desde la prehistoria, a cada paso
encontraremos movimientos de seres humanos, no de un valle al otro sino
atravesando océanos y continentes enteros. La
«raza pura»
reclamada por Hitler no había surgido por generación espontánea o de
alguna semilla plantada en el fango de la Selva Negra sino que había
atravesado media Asia y seguramente era el resultado de incontables
mestizajes y de una negada e inconveniente evolución (que emparenta rubios
con negros) que aclaró los originales rostros oscuros y puso oro en sus
cabellos y esmeralda en sus ojos. Luego de la caída de Constantinopla en
manos de los turcos, en 1453, la oleada de griegos hacia Italia provocó
una gran parte de ese movimiento económico y espiritual que luego
conocimos como el Renacimiento. Aunque generalmente se eche al olvido,
también las inmigraciones de los pueblos árabes y judíos provocaron, en la
adormecida Europa de la Edad Media, diferentes movimientos sociales,
económicos y culturales que la inmovilidad de la
«pureza»
había prevenido durante siglos. De hecho, la vocación de
«pureza»
—racial, religiosa y cultural— que hundió al imperio Español y lo llevó a
la quiebra varias veces, a pesar de todo el oro americano, fue la
responsable de la persecución y expulsión de los judíos (españoles) en
1492 y de los árabes (españoles) un siglo después. Expulsión que,
paradójicamente, benefició a los Países Bajos y a Inglaterra en un proceso
progresista que culminaría con la Revolución Industrial. Y lo mismo
podemos decir de nuestros países latinoamericanos. Si me limitara sólo a
mi país, Uruguay, podría recordar los
«años dorados»
—si alguna vez existieron años de este color— de su desarrollo económico y
cultural, coincidentes, no por casualidad, con una efervescencia
inmigratoria que tuvo sus efectos desde finales del siglo XIX hasta
mediados del siglo XX. Nuestro país no sólo desarrolló uno de los sistemas
de educación más avanzados y democráticos de la época, sino que,
comparativamente, su población no tenía mucho que envidiarle al progreso
de los países más desarrollados del mundo, aunque careciera, por su
escala, del peso geopolítico que podían tener otros países de entonces.
Actualmente la inmovilidad cultural ha provocado una migración inversa,
del país de sus hijos y nietos al país de sus abuelos. La diferencia
radica en que los europeos que huían del hambre y de la violencia
encontraron en el Río de la Plata (y en tantos otros puertos de América
Latina) las puertas abiertas de par en par; sus descendientes, o los hijos
y nietos de aquellos que les abrieron las puertas, entran ahora a Europa
por la puerta de atrás, aunque en apariencia caigan del cielo. Y si bien
es necesario recordar que una gran parte de la población europea los
recibe de buena gana, en el trato, ni las leyes ni las prácticas se
corresponden con esta voluntad. Ni siquiera son ciudadanos de tercera; no
son nada y la casa se reserva el derecho de admisión, lo que puede
significar una patada en el traste y la deportación como criminales.
Para ocultar la vieja e insustituible Ley de los
intereses, se argumenta —como lo ha hecho con tantas sinrazones Oriana
Fallaci— que éstos no son los tiempos de la Primera o de la Segunda Guerra
y, por lo tanto, no se puede comparar una inmigración con la otra. De
hecho, sabemos que nunca un tiempo es asimilable a otro, pero sí que
pueden ser comparados. O la historia y la memoria no sirven para nada. Si
en Europa se repitieran mañana las mismas condiciones de necesidad
económica que llevara a sus ciudadanos a emigrar, rápidamente olvidarían
el argumento de que estos tiempos no son comparables a otros tiempos de la
historia y, por lo tanto, es lícito olvidar.
Entiendo que, diferente a dos esferas en un
laboratorio, en una sociedad cada causa es un efecto y viceversa —una
causa no puede modificar un orden social sin convertirse en el efecto de
sí misma o de algo diferente—. Por la misma razón, entiendo que tanto la
cultura (el mundo de las costumbres y de las ideas) influye en un
determinado orden económico y material tanto como su relación inversa. La
idea de la infraestructura determinante es la base del código de lectura
marxista, mientras que su inversa (la cultura como determinante de la
realidad socio-económica) lo es de aquellos que reaccionaron ante la fama
del materialismo. Por lo antes expuesto, entiendo que el problema aquí
radica en la idea de «determinismo»,
ya sea en un sentido como en el otro. A su vez, cada cultura promueve un
código de lectura según sus propios Intereses y, de hecho, lo hace en la
medida de su propio Poder. Una síntesis de ambas lecturas es necesaria
también en nuestro problema. Si la pobreza de México, por ejemplo, fuese
resultado sólo de una «deformación»
cultural —tal como lo proponen actualmente los especialistas y teóricos de
la Idiotez latinoamericana—, las nuevas necesidades económicas de los
inmigrantes mexicanos en Estados Unidos no producirían los trabajadores
más estoicos y sufridos que conoce este país: simplemente produciría
«holgazanes inmigrados».
Y la realidad parece mostrarnos otra cosa. Claro que, como dijo Jesús,
«no hay peor ciego que el que no quiere
ver».
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The New York Times, 5 de abril de 2005.
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Jorge Majfud
es un escritor
nacido en Tacuarembó, Uruguay, en 1969. Entre las
distinciones que ha recibido su obra resaltemos la Mención de Honor en
el XII Certamen Literario Argenta, Buenos Aires 1999, por los borradores
de "Crítica de la pasión pura", la Mención Premio Casa de las Américas
2001, por la novela "La Reina de América" y la
del concurso Caja Profesional 2001, por el cuento "Mabel Espera".
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