Desocupado lector:
Sin juramento me podrás creer que
quisiera que este libro, como hijo del entendimiento, fuera él más
hermoso, él más gallardo y más discreto que pudiera imaginarse. Pero no he
podido yo contravenir la orden de la naturaleza; que en ella cada cosa
engendra su semejante... Todo lo cual te exenta y hace libre de todo
respeto y obligación, y así, puedes decir de la historia todo aquello que
te pareciere, sin temor que te calumnien por el mal ni te premien por el
bien que dijeres de ella...
Y con esto, Dios te dé
salud, y a mí no me olvide. Vale.
Miguel de Cervantes
Sus
orígenes no eran muy claros, estaban los que decían que era un gran señor
y los otros que postulaban que era un mal ladrón que no podría robarse una
manzana en el mercado. Llegó en el año 1575, e inmediatamente fue
bautizado como el manco aunque otros le decían el
padrastro.
El
padrastro se acercó tímidamente a nuestro grupo, por ese entonces era
un hombre de unos 30 años, había sido traído una semana atrás, sólo
conservaba como única esperanza
la de
morir pronto, no tenia ganas de vivir en una cárcel por el resto de su
vida y afuera su vida era tan miserable como la del lugar donde recostaba
sus huesos ahora.
Era
menospreciado por la sociedad que tanto odiaba, sin embargo, guarda en su
corazón una nobleza extraordinaria; para suma de sus males se enamora de
la hija del jefe de presidios y pero aún está convencido de que su amor es
correspondido. Aquel dolor psicológico pronto se transformó en físico para
desmoronar más aquel cadáver andante, aunque sabía de sobra cuál era la
fuente de tanto pesar jamás permitió que tal autoridad dejara de reinar en
su corazón, por lo tanto jamás entraría en su corazón la fresca agua de la
alegría.
“Pues, estando ya con
estos propósitos y deseos, y andando como con dolores de su gozoso parto
su hermano mayor y la gente de su casa fácilmente vinieron a entender
que estaba tocado de Dios y que no era el que solía ser, porque, aunque
él descubría a nadie el secreto de su corazón ni hablaba con la lengua,
pero hablaba con su rostro, y con el semblante demudado y muy ajeno del
que solía. Especialmente viéndole en continua oración y lección, y en
diferentes ejercicios que los pasados, porque no le gustaba ya de
gracias ni donaires, sino que sus palabras eran graves y medidas, y de
cosas espirituales y de mucho peso, y se ocupaba buenos ratos en
escribir” (Vida I, II).
Por
ese entonces ser un preso en la cárcel Argelina, equivalía a la muerte en
vida, nadie volvía a su vida normal después de tan terrible experiencia y
nadie jamás había logrado escapar de aquel infierno terrenal; los
ladrillos de la cárcel eran sólidos como la luna pegada en el cielo.
El
domingo sonaron las campanadas de la iglesia que habían inaugurado unos
años atrás, fue la primera vez que encabezados por Alfonso nos
retiramos hacia los viejos palomares, empezamos con lo que dimos en
llamar “la comunidad de los siete locos”.
Alfonso
era un hombre muy divertido, contaba extrañas aventuras de hidalgos
espadachines que por las noches robaban las mujeres casadas y de día se
daban a duelo con los maridos enojados, era tal la fiebre de aventuras que
cruzaban al galope su sedienta mente, que una noche lo descubrimos
garabateando las paredes de la cárcel.
El
padrastro odiaba a los literatos de quienes siempre hablaba mal, de
los religiosos a quienes no soportaba, de los políticos que siempre le
daban vuelta la cara, de las sentencias de poetas, de los cuales se
burlaba continuamente. Por sobre todo se burlaba de los caballeros y sus
tristes andanzas que según él decía eran divagaciones, producto del mal
tabaco, que acostumbraban fumar los escritores de la época.
No
hacia mucho habían matado al
Brocense, y esto generó más rencor en el padrastro que
acusaba al poder y a los religiosos, le gustaba la libertad y sobre todo
se interesaba por el prójimo y su situación que en estos tiempos era muy
dolorosa.
El
padrastro entabló amistad rápidamente con Alfonso y pasaba
noches enteras escuchando las disparatadas aventuras que emergían de la
encendida imaginación y de la propia experiencia de Alfonso que había
vivido toda su vida al margen de ciertos cánones que la ley imponía, ley
de la cual se burlaba constantemente.
La
belleza de tantas historias radicaba en el cambio permanente del
histriónico don que tenía Alonso para narrar las historias más
triviales dotándolas de alas celestiales. En la cárcel el ser humano se
transforma en una pequeña fogata que cualquier viento azota fácilmente,
somos barcos a la deriva, que han perdido a su capitán y navegan según los
caprichos de las orgullosas aguas, muchos entran en el templo de paredes
lustrosas de la fe, pero salen espantados rápidamente ahuyentados por la
parva de mentiras que arde en los labios de los monjes dados al vino tinto
y a la buena vida.
Un
día se me ocurrió la idea de satirizar al jefe de los carceleros y dos de
sus secuaces que nos tenían a maltraer,
transmití mi idea a
Alonso y este empezó a hilvanar una serie de encuentros que eran la
delicia de todos los que solíamos juntarnos en el fuego nocturno del viejo
palomar.
Dicen
los pensadores que el miedo principal del hombre es el temor de la muerte
pero este temor era un anhelo en el padrastro, deseaba desesperadamente
encontrase con el beso frío y amargo de la dama oscura, ya estaba muerto
en vida al encontrase con el encono de una sociedad que lo marginaba y su
familia que estaba en la ruina por culpa de sus trapisondas.
Sólo
se tenia a él y a su corazón, valiente, decidido y en muchas maneras
justiciero, nos contó de una vez que había prendido fuego una taberna
porque el tabernero se había negado a servirle a unos indios que venían de
las tierras altas donde funcionan las minas.
Solía
visitarnos muy a menudo un religioso llamado Ignacio bautizado
inmediatamente por nosotros como el “peregrino” por sus
inseparables bordón y su esclavina, con cuya punta azuzaba a los perros
que encontraba en su camino, ya que los odiaba, más que a nosotros; era el
centro de las burlas de Alonso y de la comunidad de los siete locos por su
aversión a las armas y a las historias de caballeros.
El
peregrino era la fuente donde bañábamos nuestra imaginación, ya que
nos contaba de los pastores y sus estériles luchas contra el estado, de
los presos nuevos que llegaban y sus historias, de los robos que asolaban
la comarca, y de los nuevos escritores que gozaban de las mieles que
resulta del reconocimiento publico de esos momentos.
El
padrastro lo llamaba “Panza” por su enorme barriga, le cobró una aversión
inmediata y a nadie daba explicación de su actitud, salvo lo que repetía
siempre, que eran todos embaucadores, falsos profetas, engañadores de
masas, aliados de los seudo escritores que escribían de historia como si
contaran la historia del pastor con sus cabras;
la patria es una mujer
envidiosa y altanera y bárbara, toda su escritura está llena de engaños,
herejías, judaísmos, los sabios se llaman a silencio por el terror inmoral
de aferrarse a sus miserables vidas,
y aquel que se atreve a hablar con la verdad es tirado en
este hoyo inmundo.
“La libertad, Sancho, es
uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con
ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar
encubre; por la libertad, así como por la honra, se puede y debe
aventurar la vida, y, por el contrario, el cautiverio es el mayor mal
que puede venir a los hombres” (Quijote, II, 58).
Deberíamos
combatir a todos estos mentecatos con su propia medicina, un caballero de
espada filosa pondría fin a tanta inmoralidad, pero tendría que ser un
loco para enfrentarse a estos gigantes de poder que arrasan con las buenas
costumbres y el libre pensamiento, deberá ser astuto y usar las pieles del
zorro, para arrancar las mismas barbas del tirano en su presencia y no ser
castigado. Deberá usar un lenguaje antiguo y por nadie conocido para
gritar las verdades al viento sin que nadie pueda atraparlas.
Vociferaba
siempre que no lo callaran los guardias, el padrastro, encaramado
sobre la piedra lunar que en medio de la prisión se levantaba, mientras su
compañero Alfonso tomaba notas en su cabeza y trasladaba todo lo
que oía a sus notables relatos que movían a la carcajada general de todos
los presentes.
La
parodia que hicieron sobre el cura dio mucha tela para cortar, estuvieron
hablando de él y sus supuestas aventuras de hijo de gran fortuna y venido
a menos para hacerse hijo de Dios como él se auto titulaba, contaban su
vida como si lo hubieran visto nacer, de allí partían hasta llegar a la
enorme panza que portaba ahora el “panza sancho” como lo llamaban
algunos.
Demás
está decir que esto al cura no le cayó en gracia y no sólo nos retiró el
saludo sino que hizo meter en el pozo al padrastro, a nosotros sólo nos
tocó un leve castigo pero cuando salió su única mano sana levanto gangrena
y tuvieron que amputarla; desde entonces su melancolía se profundizó
tremendamente al grado de caer en un estado muy parecido a la muerte; tan
mal estaba que los carceleros decidieron dejarlo libre para que muriera
lejos del presidio y no contaminara más sus conciencias.
Esto
puso triste al grupo pero no menguó la tristeza del Padrastro que
recibió la noticia como quien escucha llover, preparó en silencio sus
pocos trastos viejos e inútiles y se puso el desteñido saco con el que
había entrado la primera vez y nunca más había usado; se despidió de los
amigos con un ademán que parecía un susurro perdido en el viento, comenzó
a caminar lentamente como quien se dirige a su muerte, con la cabeza
agachada, lentamente, calculando el peso de cada paso, se volvió por
ultima vez y miró las paredes carcomidas, donde había pasado tantas noches
de aventuras prestadas, murmuró algo para sí y se perdió pesadamente.
La
comunidad de los siete locos, había estado trabajando arduamente en la
confección del regalo que todos querían hacerle al padrastro antes de su
partida, habíamos juntado todas las historias que recordábamos haber
compartido bajo las estrellas y las pusimos por escrito bajo la mano de
Alfonso, poniendo de héroe solitario a el padrastro, creímos
que esto mudaría el rostro del hombre y alegraría su alma, pero él lo
recibió con la misma inmutabilidad con que había recibido la noticia de su
libertad, sólo una extraña mueca en sus labios a modo de sonrisa.
Claro,
a quién podría importarle, la triste historia de un loco que sólo tenía
como fuga a su imaginación, quién se tomaría el tiempo para leer algo mal
escrito y sin ningún ton ni son, sería muy probable que en un tiempo
corto, tan mala historia fuera a parar de alimento para un fuego huérfano;
tomó el libro bajo su brazo y empezó a caminar hasta el improvisado
escritorio en medio de la cárcel donde el capitán leyó su libertad y su
nombre y selló el papel que lo liberaba del tan temido infierno.
Su
nombre nos sonó raro, nadie lo había escuchado hasta ese entonces y ahora
nos parecía extraño con esa denominación, el capitán leyó que la libertad
era concedida, a Don Miguel de Cervantes Saavedra, en
realidad a nadie le interesó demasiado, muy pronto nadie se acordará de
él, ni mucho menos de esas aventuras infantiles que el tiempo se ocupará
en borrar definitivamente.
Era en
la víspera de San Juan cuando partió nuestro amigo, más antes de que el
olvido cayera sobre nosotros y nos ocupáramos de la gran fiesta en honor
al degollado mártir, escuchamos la voz que sobre el viento se alzaba en
despedida:
“Tiempo
vendrá, quizá, donde, anudando este roto hilo, diga lo que aquí me
falta, y lo que se convenía. ¡Adiós, gracias; Adiós,
donaires; adiós, regocijados amigos; que yo me voy muriendo, y
deseando veros presto contentos en la otra vida!”
Nunca más volvimos a verlo ni a escuchar
de tan extraño personaje, a la muerte de Alfonso ya nadie llegaba hasta el
palomar, sólo yo a veces, suelo venir a fumar; en ciertas noches puedo
escuchar de las paredes el sonido claro de aquellas voces, el galopar
herido del viento, la lucha contra molinos de vientos, acaso la sórdida
voz de la locura habitando en mí.
Caminante, el
peregrino Cervantes aquí se encierra; su cuerpo cubre la tierra, no su
nombre, que es divino. En fin, hizo su camino; pero su fama no es
muerta, ni sus obras, prenda cierta de que pudo a la partida, desde ésta
a la eterna vida, ir la cara
descubierta.
En los últimos días de diciembre de 1604
salió el Quijote de las prensas de Juan de la Cuesta y a mediados de 1605
ya viene una segunda edición.
Pocas semanas después de su publicación y
dada la demanda, empezaron a salir ediciones piratas, dos de ellas en
Lisboa, Portugal. En 1612, aparece la primera traducción al inglés de la
que hoy es la obra más traducida y editada en el mundo, después de la
Biblia.
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Artículo en exclusiva para Margen Cero.
(Mar del Plata, 13 de abril de 2005)
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La cazadora quebrada
(Alejandra Pizarnik);
Una historia de Quijotes y Cervantes;
Delmira Agustini, el poema
inconcluso.
FOTOGRAFÍA:
Pedro M. Martínez Corada
© 2005
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