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Nacido en Puerto Montt —Chile— en el año 1941, Raúl Ruiz
constituye uno de los puntos más alto alcanzado por la creación
cinematográfica latinoamericana. Intelectual erudito e incansable, en un
comienzo desarrolla estudios de Derecho y Teología; el contexto
universitario de fines de la década del cincuenta genera en él una sed
expresiva que Ruiz canaliza en lo que será hasta hoy una de sus pasiones
fundamentales; la dramaturgia. Así, con un prolífico trabajo teatral, al que
se suman una gran cantidad de creaciones en el ámbito de la novela y la
poesía, Ruiz estructuraba las bases culturales que nutrirán en forma
permanente su principal pasión, el cine.
Entre los años 1969 y
1972 tiene a su cargo la Cátedra de Cine del Instituto de Arte de la
Universidad Católica de Valparaíso.
A comienzos de 1974 se instala en Francia,
convirtiéndose muy luego en algo así como l’enfant terrible de la vanguardia
parisina; la mítica revista «Cahiers du Cinema» le dedica un número
exclusivo y elige su obra «La hipótesis del cuadro robado» entre las diez
mejores del mundo en la década del setenta.
Finalmente, el aplauso de la crítica europea reunida en
el festival de Rótterdam en el año 1986, reconoció en Ruiz a uno de los
veinte cineastas del futuro. Único realizador latinoamericano en esta lista.
La retórica ruiziana es bella, cultivada, irónica.
Chile, o mejor, su ausencia está presente en todos sus filmes desde «Diálogo
de Exiliados» (1974), hasta «Las Tres Coronas del Marinero» (1982).
Entre sus últimos filmes se cuentan «Tres vidas y una
sola muerte», elogiado en el penúltimo Festival de Cannes y que marcó la
última interpretación de Marcelo Mastroianni. Premiado y admirado como un
autor de culto por el Círculo de Críticos de Nueva York. Este año fue figura
distinguida en el prestigioso Festival de Berlín, donde recibió el Oso de
Plata a su trayectoria, el argumento del premio fue por su «Aporte al arte
cinematográfico de nuestro tiempo».
«CAHIERS DU CINEMA» Y
EL RECONOCIMIENTO DE LA CRITICA EUROPEA
Por todo lo anterior, para
nadie en el ambiente cinematográfico fue sorpresa cuando Raúl Ruiz, radicado
en París, a fines de la década del ochenta acababa de ser galardonado con un
«premio» especial, recibido por pocos cineastas en la historia del cine
mundial: Cahiers du Cinéma, la mítica revista de cine francesa,
representativa del nivel más avanzado entre la crítica europea, venía a
dedicar un número entero a Ruiz. Homenaje sin duda, al cineasta «francés»
más importante del momento, el único que está planteando líneas renovadoras
en un arte reducido a un grupo de grandes clásicos (Rohmer, Bresson, Godard),
pero que ha sido escaso en nuevos autores.
A
manera de homenaje a Raúl Ruiz, y con el objeto de difundir su obra entre
los aficionados chilenos, he querido incluir la traducción del prefacio del
número especial de la revista Cahiers, escrito por el redactor en
jefe, Serge Toubiana, y titulado «El caso Ruiz»; el texto es el siguiente:
«Un número entero consagrado a un cineasta, eso no se veía desde hacía
tiempo en los 'Cahiers'. Recordamos sí el especial Eisenstein en 1971, el
número 300 de Godard y los 'fuera de serie': Welles, Pasolini, o Hitchcock.
Ahora es el turno de Raúl Ruiz, el cineasta más prolífico de nuestro tiempo,
aquel cuya filmografía es casi imposible establecer, por lo diversa y
multiforme que resulta ser su producción desde hace más de veinte años. Raúl
Ruiz, un cineasta que navega entre Lisboa, Rótterdam y París, lejos de su
lugar de partida, Santiago de Chile, donde no se siente a gusto para vivir.
Es un cineasta cuya manera de producir es de una elasticidad sin igual desde
un pedido para televisión a pequeñas producciones regionales o locales (en
el extranjero o en Francia), siempre manteniendo una actividad casi regular
en el INA (Instituto Nacional Audiovisual), donde él hace funcionar un
mini-laboratorio de ‘nuevas imágenes’, como lo hacía Mélies, por ejemplo; a
esto debe agregarse su actividad académica, como Profesor visitante de Cine
en la Universidad de Harvard y como conferencista en las más importantes
universidades de Europa y los Estados Unidos.
Todo el cine de Ruiz es un cine ‘torcido’, porque es visto a través de
curiosos prismas, siempre desnaturalizando la perspectiva clásica: un cine
de ’tuerto’ (que es el título de una de sus películas). Así como cada plano
ruiziano lleva una marca, una cifra, o un secreto (un poco como Welles, y
los más grandes), una torsión, él propone ejes de toma de vista imposibles,
utiliza todos los trucos; la banda sonora a su vez es polifónica,
multilingüe, resuena con tantos acentos diferentes como co-producciones o
personajes hay en la ficción.»
PLAN
SECRETO, SINFONÍA DRAMÁTICA
Y LÓGICA NARRATIVA
Raúl
Ruiz ha configurado con su filmografía un universo poético de sensibilidad
barroca.
Su cine nace de una continua reflexión acerca del
lenguaje y los modos narrativos del cine, así como de su gusto por la
experimentación.
Aquí cabe una advertencia inicial, el lenguaje de Ruiz
ha sido tomado con excesiva seriedad, tal vez debido a que en sus películas
poca gente ríe. Pero no nos engañemos, son obras cargadas de un humor
corrosivo que desafía las convenciones más persistentes.
Detrás de la lógica narrativa y la Poética que me
propongo analizar subyacen algunas bromas. Esto no debe sorprendernos dado
que autores como Buñuel o Welles, que trataron de enunciar los problemas de
los que ocuparemos, fueron considerados como bromistas. Ahora bien, se sabe
no obstante que toda broma enmascara un problema serio.
Tal vez por ello Wittgenstein filósofo paradigmático de
los juegos de lenguaje y los nuevos contextualismos a los que Ruiz es tan
cercano, propone, con toda seriedad, que un tratado de Filosofía bien puede
estar constituido sólo por chistes o sólo por preguntas.
Expongamos el primer enunciado de esta teoría: «Una
historia tiene lugar cuando alguien quiere algo y otro no quiere que lo
obtenga. A partir de ese momento, a través de diferentes digresiones, todos
los elementos de la historia se ordenan alrededor del conflicto central».
Para decirlo sumariamente y de paso develar uno de los supuestos ideológicos
en los que se funda la teoría del conflicto central. Digamos desde ya que el
cine de Ruiz refuta o si se quiere deconstruye (en una maniobra de
desmantelamiento) algunas tesis epistemológicas, como la creencia en un
mundo armónico y en una sola historia posible para el universo —al modo
determinista—. El cine de Ruiz, sin ser un cine de tesis, según intentaré
mostrar, es un cine postmoderno. En sincronía con este «momento
postmoderno», que implica articular relatos que podrían ser excelentes
ilustraciones de las más contemporáneas teorías semánticas, como la de
Kripke acerca de los mundos posibles, el cine de Ruiz se emancipa de las
pretensiones de los «grandes relatos», de las ideologías totalizadoras
derivadas de la voluntad de sistema. En su cine, subyace más bien una
fascinación por las aparentes «pequeñas historias»; un rechazo del
racionalismo de la modernidad en favor de un juego de signos y fragmentos,
de una síntesis de lo dispar, de dobles codificaciones. En el cine de Ruiz
se deja entrever la transformación estética de la sensibilidad de la
Ilustración por la del Cinismo contemporáneo. Donde la ironía —pensemos en
Rorty1— es una de las claves hermenéuticas para
aproximarse al cine de Ruiz y entender los constantes «guiños» que está
haciendo al espectador. Donde había una moral de la linealidad y univocidad
—esto, en el marco de la lógica narrativa— Ruiz introduce pluralidad,
multiplicidad y contradicción, duplicidad de sentidos y tensión en lugar de
inerciales códigos narrativos, tiranizados por el principio de identidad y
de no contradicción (preconizados por la Lógica de Aristóteles), el cine de
Ruiz se abre al «así y también asá» en lugar del unívoco «o lo uno o lo
otro» , elementos con doble funcionalidad, cruces de lugar en vez de
unicidad clara. Para decirlo con un artefacto de Parra «Ni sí ni no, sino
todo lo contrario. El último reducto posible para la filosofía»2, en este
caso para el cine, después de la decretada muerte del cine.
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RUIZ Y LA
DECONSTRUCCIÓN DE
LA TEORÍA DEL CONFLICTO CENTRAL.
Volvamos al curso, de nuestro desarrollo; habíamos tomado un cruce.
La teoría del conflicto central tiende a hacernos creer
que el mundo tiene una cierta armonía y que esta armonía es alterada por la
violencia de la voluntad de atacar a otro para conseguir algo.
Yo quiero algo, si quiero algo trato de hacerlo,
siempre alguien se opondrá, yo me llamo protagonista, el que se opone se
llama antagonista; luchamos, esta lucha se agudiza, mientras más se agudiza
todo lo que pasa en torno a la película u obra de teatro se va concentrando.
Uno se va interesando en esto, uno quiere saber si ganará uno u otro (como
en un partido) y finalmente gana uno; para esto, claro está, hay un complejo
sistema de normas acerca de curvas de crisis, de clímax, etc.
Ahora bien ¿dónde esta el origen de todo esto? El
origen ideológico-estético de la teoría del conflicto central puede
encontrarse a fines del siglo XIX en la crítica al teatro antiguo y la
defensa del teatro moderno hecho por Bernard Shaw y por Ibsen.
Esta teoría se convierte no sólo en el esquema de toda
narración teatral, sino también en el esquema que impera todas las formas de
ser del hombre moderno, y aquí ocurre algo curioso, se ha llegado al punto
en que los sistemas narrativos están influyendo en la manera de ser y de
actuar de la gente, la gente se inspira en las películas para hacer cosas.
Hemos llegado a un punto en el que el arte, y en
particular el cine, ha vuelto a cumplir la función que alguna vez tuvo, la
de engendrar formas de vida, no sólo individuales sino colectivas e
institucionales en tanto configura no sólo un discurso, sino también una
fuerza productora de «realidades» o al menos de relatos. Lo que en el marco
constructivista es más o menos lo mismo: «La realidad es una narrativa
exitosa».
Ortega, por su parte, en «El Origen Deportivo del
Estado» señala que los hombres jóvenes, que son activos y enérgicos luchan,
compiten; de esto surge un cierto interés por el deporte; luego, una vez
cuando los hombres fijan ciertas reglas de esos deportes y esos deportes son
todos el mismo y a la misma hora eso se llama obra de teatro, cuadro, se
llama música; y de ahí cuando se retira el placer —lo lúdico— el sentido de
la fiesta, ahí aparecen las Instituciones jurídicas y aparece el Estado. Hoy
frente a cierta decadencia de los estamentos del Estado podríamos decir, que
si bien, al parecer nuestras instituciones han nacido de ciertas películas,
de seguro que estas no han sido las mejores.
Por ahí se comienzan a entender las razones por las
cuales Ruiz ha militado queriendo cambiar la estructura narrativa del cine
—su lucha contra la teoría del conflicto central—. La primera razón es que
éste no es un problema trivial y tiene directa relación con el ethos del
hombre que vive en una cultura y que se nutre de cierto cine —de paso
digamos, si es que no se ha advertido, que la teoría del conflicto central
se corresponde con la ideología norteamericana— y con el modo como surge o
se producen las instituciones que dan forma a nuestra sociedad occidental. |
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Lo que he querido
mostrar hasta ahora —sin estar seguro de haberlo logrado— es que el cine de
Ruiz, cuyo conflicto central es su lucha con la teoría del conflicto
central, supone una mirada sobre la alienación, mirada que no sólo asume la
forma de profunda crítica social, sino que también revisa, en vistas a
desmantelar, las bases epistemológicas en que se funda el proyecto
racionalista de la modernidad.
La teoría del conflicto central, podemos agregar,
excluye de igual modo, las así llamadas escenas mixtas: una comida ordinaria
interrumpida por un incidente incomprensible —sin razón ni rima, sin
consecuencia— y que terminará en algo desconcertantemente trivial. Peor aún,
no hay ahí lugar para escenas compuestas de sucesos «en serie» varias
escenas de acción se suceden, sin por ello continuarse en la misma
dirección.
Los orígenes de esta teoría —la del Conflicto Central—
se hallan en Henrik Ibsen y Bernard Shaw, aunque en rigor es posible
rastrearla hasta el mismo Aristóteles. Los alcances de la misma nos
aproximan a dos concepciones filosóficas, a las que Ruiz llama ficciones. La
una es la concepción en la que el mundo se construye a fuerza de choques que
afectan al sujeto cognoscente, y en la que el mundo no es sino un conjunto
de colisiones. La otra ficción filosófica implícita en la teoría del
conflicto central remite a la dialéctica de Engels según el cual el mundo es
un campo de batalla en el que se enfrentan tesis y antítesis en busca de una
síntesis común.
Como se ve ambas teorías van en el mismo sentido y
apuntan a lo que se podría llamar una «presunción de hostilidad»3.
Del principio de hostilidad constante en las historias cinematográficas
resulta una dificultad suplementaria: la de obligarnos a tomar partido.
La teoría del conflicto central produce una ficción
deportiva y se propone embarcarnos en un viaje en el que, prisioneros de la
voluntad del protagonista, estamos sometidos a las diferentes etapas del
conflicto en el cual el héroe es a la vez guardián y cautivo. Al final,
somos puestos en libertad, entregados a nosotros mismos, sólo que algo más
tristes que antes y sin otra idea en la cabeza que la de embarcarnos lo
antes posible en otro crucero.
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LA
TEORÍA DEL CONFLICTO CENTRAL
Y LAS NORMAS DEL CINE NORTEAMERICANO.
La
teoría del conflicto central y lo que de ella se deriva, está, según Ruiz,
relacionado con ciertas discusiones sobre el determinismo y la libertad, la
posibilidad de un individuo de escoger su propio destino. El mundo no es un
puro conjunto de hechos de voluntad. Siempre hay un juego entre lo que uno
quiere y los accidentes. El que tiene en cuenta el azar y es capaz de
equilibrarlo con la voluntad, puede dar un cine muy distinto del
norteamericano, en el que sólo juega la voluntad. Hay un cine, también, que
hace exactamente lo contrario del cine norteamericano: viene del folletín
del siglo diecinueve que conocemos pervertido en las telenovelas que
constituyen una lógica narrativa alternativa. Allí en el folletín dada una
situación se hacen las inferencias, se sacan las consecuencias. La gente
debe interesarse en cómo van a pasar las cosas pero ya conoce el final.
Kafka, que es la versión abstracta de este sistema, es
lo mismo, se sabe ya que el agrimensor nunca llegará al castillo.
Si volvemos al cine, en
particular al género del melodrama, donde Fassbinder, aún siguiendo a los
maestros como Douglas Sirk, supo imponer su sistema narrativo, sus
obsesiones y sus demonios, podemos decir que encontramos un esquema similar,
por cierto propio del melodrama, el sentimiento de fatalidad, que convierte
en vana agitación la lucha de sus personajes para evitar desenlaces que ya
están decididos. Desenlaces de un drama previamente inmovilizado: donde el
conflicto es mera ilusión.
Ahora bien, el feroz apetito de este concepto
depredador va mucho más allá y constituye un sistema normativo. Una lógica
como moral de la realidad o en último término de la narratividad. Sus
conceptos han invadido la mayor parte de los centros audiovisuales; posee
sus propios teólogos e inquisidores, así como su policía del pensamiento y
la creación. Desde hace algún tiempo toda ficción que contravenga aquellas
reglas será juzgada como condenable. Sin embargo no hay equivalencia entre
la teoría del conflicto y la vida cotidiana.
Es cierto que las gentes se baten en pugnas y entran en
competencia; pero la competencia no tiene la capacidad de concentrar en
torno a ella la totalidad de los sucesos que le conciernen, no posee tal
peso gravitatorio.
Examinemos la cuestión, veamos el tema de la elección;
se trata de escoger —la paradoja de la libertad en Sartre—. No nos queda más
que escoger; actuar; el personaje no puede cancelarse y volver a su casa, en
cuyo caso no habría historia.
Pero el problema es más complejo, no es sólo como se
constituye la historia a partir de la elección, sino si hay más de una
historia posible para el universo, en este caso. (Cuestión que también —si
seguimos a Schopenhauer— es una ficción, dado que la pregunta decisiva que
aquí se impone es si podemos querer, en el sentido de elegir lo que
queremos).
Pero antes de terminar, una última consideración en
torno al tema de la decisión, y una confesión.
Parafraseando a Ruiz cabe decir que cada decisión
esconde otras más pequeñas —puede ser cínico o irresponsable— pero no puedo
dejar de pensar que al tomar una decisión —por ejemplo, la de encontrarme
aquí frente a ustedes— esta misma esconde una serie de otras decisiones que
nada tienen que ver con ella. Mi decisión es un disfraz y tras ella reina la
indeterminación, lo aleatorio y azaroso. Para ser franco, había decidido no
venir hoy y, sin embargo, ya me ven, me encuentro entre ustedes.
POLISEMIA VISUAL, APELACIÓN
CHAMÁNICA Y FÍSICA CUÁNTICA.
El universo narrativo
ruiziano que me he propuesto analizar está hecho de historias que se
entrelazan y se cruzan reingresando sobre sí mismas, al modo de las
paradojas auto referenciales tan propias de la lógica contemporánea —donde
se pone en entredicho el principio de no contradicción, que como he señalado
tiranizó durante siglos la lógica de Occidente—, dando, de este modo, lugar
a una especie de polisemia visual3 donde se
explora —por ejemplo— la idea, tan cara para la física cuántica, de que no
existe simplemente una historia para el universo, sino una colección de
historias posibles para el universo, todas igualmente reales. A esta
posibilidad, la de internarse en los zigzagueos de estas historias, que se
van armando a la manera de una urdiembre ontológica que entrelaza las
diversas dimensiones de una realidad que en último término, y en una
apelación chamánica, Ruiz dirá que obedece a un plan secreto, plan que al
modo de un enigma siguen todas sus películas.
La forma de polisemia visual que quiero tratar consiste
en mirar una película cuya lógica narrativa aparente sigue siempre más o
menos una historia, y cuyos vagabundeos, fallas, recorridos en zig-zag, se
explican por su plan secreto. Este plan sólo puede ser otra película no
explicita cuyos puntos fuertes se ubican en los momentos débiles de la
película aparente. Imaginemos que todos estos momentos de relajo o
distracción narren otra historia, formen una obra que juegue con la película
aparente, que la contradiga y especule sobre ella.
Descubrir el plan secreto, descubrir la retórica de
Ruiz, unir poéticamente la película fuerte con la débil. Reflexionar acerca
de las paradojas, la lógica recursiva como medio narrativo y estético, ha
sido el objetivo de este artículo, el cual debe ser considerado sólo como la
primera aproximación a un proyecto editorial mayor ya en marcha.
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NOTAS
(*)
Raúl Ruiz, el director de cine chileno más
prolífico y reconocido en el extranjero, premio Nacional de Artes de la
Representación y Audiovisuales 1997. Un reconocimiento a su larga y fecunda
trayectoria como cineasta.
Este texto
corresponde a la Conferencia de igual título dictada por el profesor Adolfo
Vásquez Rocca, en el marco de un Simposio Interestamental en torno a la
figura de Raúl Ruiz organizado por las universidades de Valparaíso.
Dado que en su Conferencia el profesor Vásquez contó
con el realce de la presencia del mismo Raúl Ruiz, con quien sostuvo una
críptica, aunque no por ello menos interesante y amena conversación, se ha
decidido incorporar al texto definitivo las valiosas puntualizaciones que el
cineasta fue realizando bajo la forma de diálogo durante la ponencia.
Sólo, por razones de estilo, no se incorporaron la serie de anécdotas y
eruditas observaciones que Ruiz empleó para ilustrar su original y lúcido
pensamiento sobre el arte cinematográfico y sobre la cultura en general,
quedando estas cuestiones reservadas para una posterior publicación, esta
vez bajo la forma de libro.
1
RORTY, Richard, Ironía, continencia y solidaridad, Editorial Paidós,
Barcelona, 1996.
2
PARRA, Nicanor,
DISCURSO DE GUADALAJARA, en «Nicanor
Parra tiene la palabra»,
Compilación de Jaime Quezada, Editorial Alfaguara, Santiago, 1999.
3
RUIZ, Raúl,
Poética del cine, Capítulo VII «El
Cine como viaje clandestino»,
Editorial Sudamericana, 2000.
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