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CIVILIZACIÓN Y BARBARIE
¿Incluyen nuestros valores la imposición de nuestros
valores? De cómo presentar el horror propio como una novedad ajena.
por Jorge Majfud
En
un discurso ante el World Affairs Council de Los Ángeles, el primer ministro
inglés, Tony Blair, dijo que todas las luchas que libran los países libres
alrededor del mundo son para defender nuestros valores. «No es sólo sobre
seguridad —dijo el Primer ministro— o sobre tácticas militares; se trata de
mentes y de corazones. Se trata de de inspirar a la gente y persuadirlos sobre
la integridad de nuestros valores […] Se trata de demostrarles que nuestro
sistema de valores es robusto, verdadero y vencerá sobre los suyos» (CNN, 1º de
agosto de 2006).
Como todo discurso, también éste va dirigido a una masa previamente modelada.
Bastaría con observar que diferenciar «tácticas militares» con «mentes y
corazones» no es más que
un
nuevo y falso dilema hecho a la medida del consumidor. ¿Qué sería de los
ejércitos del mundo ultramoderno si no contaran con el apoyo cómplice de las
«mentes y los corazones» de los pueblos? Pero basta con que el Ministro trace
otra línea en el suelo para imponer la nueva dicotomía: no se trata sólo de
tirar bombas; se trata de conquistar los corazones. El público deberá asumir que
nuestra conquista de los corazones se realiza con Amor, mientras la conquista
del fanatismo ajeno se realiza con Odio. Ya en otro ensayo me ocupé de este
punto, de la cultura del odio, que es el principal instrumento de
dominación que comparten hoy en día los supuestos adversarios, las supuestas
civilizaciones en conflicto. Veamos ahora brevemente el problema de «nuestros
valores».
Es
lógico y natural que todos consideremos nuestros valores como superiores a los
valores ajenos; si no fuera así, adoptaríamos otros valores. El problema surge
cuando en nombre de unos valores se materializan realidades opuestas. Como por
ejemplo: en nombre de la tolerancia se suprime al diferente; en nombre de
la compasión se bombardean ciudades; en nombre de la vida se riega
los campos de muerte. En nombre de la «defensa de nuestros valores» —que
incluye la aceptación del otro— se invaden países lejanos para «imponer
nuestros valores».
Creo que la pregunta central aquí sería: ¿Nuestros valores incluyen la
imposición de nuestros valores? El Ministro ha hablado de «persuasión» (It’s
about inspiring people, persuading them). Pero habrá que reconocer que la
guerra como forma de persuasión es un sofisma antiguo que sólo sobrevive gracias
a la inagotable estupidez humana que se renueva con cada generación. ¿No tenemos
aquí un dilema que exige el principio de no-contradicción?: o se persuade
o se impone. La persuasión no es el primer recurso, sino el amable
complemento para quienes sobreviven a la sagrada imposición.
Pero he aquí una nueva muestra de lo que he llamado “la colonización del
lenguaje”. ¿Por qué se llamó «conquista» a la usurpación, robo, esclavización y
masacre de pueblos enteros en América? O hay dos formas de conquistas
(una por seducción; otra por imposición) y no nos aclararon de qué
acepción se trataba, o hay una palabra colonizada: si un asiático conquista, eso
es barbarie; si un occidental conquista, eso es seducción. Y
seguramente lo mismo podemos decir desde la otra perspectiva.
Manuel González Prada, en 1908 observaba la costumbre de los teóricos europeos
al especular sobre las razas. Muchos —decía el intelectual peruano— se refieren
a «la solidaridad entre los hombres civilizados de la raza europea frente a la
Naturaleza y la barbarie humana. Donde se lee barbarie humana tradúzcase
hombre sin pellejo blanco».
No
es mi intención separar de forma absoluta el discurso (la narrativa ideológica
de la realidad) de los «hechos». No obstante, decir y hacer
todavía siguen siendo dos cosas diferentes. Veamos, entonces, algunos hechos
históricos.
En
la antigüedad eran los pueblos «bárbaros» los que solían invadir las
civilizaciones más avanzadas. No obstante, desde las invasiones musulmanas a
España y las turcas en el este de Europa, el proceso ha sido abrumadoramente el
contra-rio. ¿Cuándo en los últimos quinientos años, una tribu africana, un pueblo
suda-mericano, un país asiático ha invadido Europa o Estados Unidos, es decir,
los centros «civilizados» del mundo? A lo sumo la «invasión» ha sido pacífica,
en forma de productiva inmigración, por necesidad y no por des-bordada ambición.
Pero nun-ca militar; ni siquiera ideo-lógica. Las invasiones de «defensa» han
procedido siempre desde el centro a la periferia, del mundo «civilizado» hacia
los pueblos «bárbaros». Así han procedido todos los imperios orgullosamente
llamados «occidentales»: El imperio romano (por no comenzar con Alejandro), el
imperio español, la Francia imperialista, el imperio británico y el imperio
norteamericano. Siempre en nombre de Dios, la Libertad, la Democracia y la
Civilización; todo lo cual se resume en una única bandera: la defensa de los
mejores valores —los nuestros.
Lo
que significa que esos «valores» han sido, principalmente, los valores de la
invasión de territorios ajenos por la fuerza de las armas y del dinero. Por lo
tanto, no invadir a un país más débil es entendido como una forma de traición a
esos «valores occidentales» —tanto como criticarlo.
En
nuestro tiempo, el hecho de que exista la doctrina de la singularidad de
Estados Unidos no tiene nada de singular. La (arbitraria) singularidad justifica
la imposición de los valores propios. Lo mismo han pensado todos o casi todos
los pueblos del mundo primitivo, especialmente aquellos que por alguna razón
material han predominado sobre otros más débiles. La fuerza es el mayor
legitimador de la barbarie, porque el «éxito» siempre procede de «dios». La idea
de singularidad habilita a soslayar las mismas leyes que se les imponen a otros.
Predomino, luego fui elegido por mi alta moral. Incluso los pigmeos —y no hago
alusión al tamaño físico— se consideran «los verdaderos hombres». No tiene nada
de particular, entonces, que en Estados Unidos los líderes religiosos consideren
que este es el nuevo «pueblo elegido». Si cien países votan en la ONU por no
y uno o dos votan por sí, eso no es entendido como una derrota abrumadora
de Uno o Dos. Por el contrario, es una prueba de que el mundo es malo y aún así
es salvado por Uno o Dos pueblos elegidos por Dios. Porque Dios no puede
beneficiar a todos los pueblos por igual y llamar a todos los pueblos «pueblos
elegidos». Esta es la razón lógica de la singularidad. La razón práctica se
demuestra con la superioridad militar de uno o dos sobre cien o doscientos, lo
que hace cualquier votación una muestra irrefutable de la impotencia de cien o
doscientos contra la voluntad de Dios. Cuando un pueblo elegido sufre una
catástrofe (natural, económica o militar), es tan grande su singularidad
y su excepcionalidad, que la tragedia nunca es atribuida a Dios sino a
fenómenos naturales o a la maldad humana. Es el único momento cuando los
fanáticos religiosos se acuerdan de la Naturaleza.
Tampoco tiene nada de singular ni de novedoso para la historia el hecho de que
hoy sea Estados Unidos el país que más influencia tiene en el mundo —para bien y
para mal— y al mismo tiempo sus habitantes sean las personas que más ignoran lo
que pasa más allá de sus fronteras.
Por otra parte, todas estas paradojas —toda esta singularidad—, no es propia de
una raza o de un pueblo en particular o de una religión: es propia del vencedor.
Ángel Gavinet anotaba, a finales del siglo XIX: «Yo quisiera ver —ha escrito
Cobden— un mapa del mundo según la proyección de Mercator, con puntos rojos
marcados en todos aquellos lugares en que los ingleses han dado alguna batalla;
saltaría a la vista que, al contrario de todos los demás pueblos, el pueblo
inglés lucha desde hace siete siglos contra enemigos extranjeros en todas partes
menos en Inglaterra. ¿Será preciso
decir una palabra más para demostrar que
somos el pueblo más agresivo del mundo?». Años antes, en 1866, el ecuatoriano
Juan Montalvo escribía: «Los pueblos más civilizados, aquellos cuya inteligencia
se ha encumbrado hasta el mismo cielo y cuyas prácticas caminan a un paso con la
moral, no renuncian a la guerra: sus pechos están ardiendo siempre, su corazón
celoso salta con ímpetus de exterminación». Y más adelante: «La paz de Europa no
es la paz de Jesucristo, no: la paz de Europa es la paz de Francia e Inglaterra,
la desconfianza, el temor recíproco, la amenaza; la una tiene ejércitos para
sojuzgar el mundo, y sólo así cree en paz; la otra se dilata por los mares, se
apodera de todos los estrechos, domina las fortalezas más importantes de la
tierra, y sólo así cree en paz. Los zuavos, los húsares, los cazadores de Vincennes son la paz de Francia; los buques acorazados, Gibraltar, Malta son la
paz de Inglaterra […] Rusia ahogando a Polonia, ahorcándola, azotándola,
mandándola a los steeps de Siberia, es la paz de Europa. La Gran Puerta
degollando, desterrando, aniquilando a mansalva a los montenegrinos, es la paz
de Europa. Prusia defendiendo el derecho divino, oprimiendo a Dinamarca…». En
1942, Alfonso Reyes recordaba al primer ensayista francés: «Es cierto, se decía
Montagne, que aquellos indígenas [de las Amazonas] son caníbales, pero ¿no es
peor que comerse a sus semejantes el esclavizar y consumir, como lo hace el
europeo, a las nueve décimas partes de la humanidad? América tortura a sus
prisioneros de guerra; Pero Europa, piensa Montagne, se permite mayores torturas
en nombre de la religión y la justicia». El mismo Juan Montalvo había observado:
«el tigre devora al corzo, pero ¿vemos que jamás el tigre devora al tigre, ni el
oso al oso, el buitre al buitre? Sólo el hombre devora al hombre y en esto viene
a ser peor condición que la bestia misma».
Ahora, si las diferencias religiosas fueran tan importantes como lo promueve la
ideología de The Clash of Civilizations, las diferentes comunidades en un
mismo país vivirían en permanente guerra. La razón de los conflictos mundiales
radican en los intereses del poder, y éstos generan las ideologías y los
discursos moralizantes que las sostienen.
La
cultura del odio es el instrumento democrático del cual se sirve el
cálculo del interés, que es el fin aristocrático. La lógica nos dice que la
repetida y saturada invocación a Dios por parte de los fanáticos de un lado,
debería hacer reflexionar a los fanáticos del otro bando que recurren a la misma
invocación divina con la misma insistencia. La locura ajena debería iluminar la
locura propia: secuestrar a Dios es una pretensión arbitraria y criminal. Sin
embargo, observamos que el efecto es estrictamente el contrario: los fanáticos
de un lado y del otro profundizan el mismo recurso sin ver la paja en el ojo
propio. Lo que bastaría para demostrar que no los guía la razón ni la sensatez,
sino el mismo fanatismo. Pero ¿cómo explicarle esto a un fanático que se cree
elegido por Dios?
Aún mantengo la creencia en el progreso de la historia. Pero cuando miro el
repetido horror del cerebro humano, cometidos en nombre de la Verdadera Religión
y de los Mejores Valores, lo único que le pido a Dios es que exista.
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Jorge
Majfud. Escritor uruguayo (1969). Graduado arquitecto de
la Universidad de la República del Uruguay, fue profesor de diseño y matemáticas
en distintas instituciones de su país y en el exterior. En el 2003 abandonó sus
profesiones anteriores para dedicarse exclusivamente a la escritura y a la
investigación. En la actualidad enseña Literatura Latinoamericana en The
University of Georgia, Estados Unidos. Ha publicado Hacia qué patrias del
silencio (novela, 1996), Crítica de la pasión pura (ensayos 1998),
La reina de América (novela. 2001), El tiempo que me tocó vivir
(ensayos, 2004). Es colaborador de La República, El País, La Vanguardia,
Rebelión, Resource Center of The Americas, Revista Iberoamericana, Eco Latino,
Jornada, Centre des Médias Alternatifs du Québec, etc. Es miembro del Comité
Científico de la revista Araucaria, de España. Ha colaborado en la redacción de
Enciclopedia de Pensamiento Alternativo, a editarse en Buenos Aires. Sus
ensayos y artículos han sido traducidas al inglés, francés, portugués y alemán.
En 2001 recibió mención del Premio Casa de las Américas, Cuba, por la novela
La reina de América. Ha obtenido recientemente el Premio Excellence in
Research Award in humanities & letters, UGA, Estados Unidos, 2006.
PÁGINA WEB DEL AUTOR:
http://majfud.50megs.com/
Imágenes: Follow The Drum (detalle), John
Hassall / Le Cardinal Mercier protege La Belgique (detalle), Dominique
Charles Fouqueray / Pour le Drapeau! (detalle), Georges Scott

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