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Elio
Aprile nació el 20 de marzo de 1949 y vive en Mar del Plata desde 1960.
Poeta, ensayista, filosofo y
narrador. Profesor de Filosofía en diversas escuelas e institutos
argentinos así como en la Universidad Nacional de Mar del Plata.
Autor de 16 libros de
aforismos, poesía, humor, ensayo y filosofía,
es creador de varias revistas literarias en Argentina.
Ha dictado numerosas
conferencias sobre temas afines a su formación,
particularmente en el terreno de la educación y la política.
Desempeñó el cargo de Secretario de
Educación y Cultura de la Municipalidad de General Pueyrredón en 1983. Fue
designado Intendente mediante el voto popular en el año 1995 y reelecto en
el año 1999.
Entre sus obras se
encuentran; «Espejos rotos», 1980, «Resonancias», 1983; «Poesía
sustantiva», 1987; «Ficcionario», 1989; «A la altura de la gente»,
1991;
«La ciudad posible», 1991; «El campo de la ética», 1997; Ensayo en
colaboración, «Urgencias y cenizas», 1997; «Las causas», 1999; «Poesía
Quieta», 2000; «Sonetos compartidos», 2000; y, con Rafael Beláustegui,
«Humano después de todo, el coraje de vivir», 2004.
Se encuentran en proceso de
edición, en el momento de realizar este reportaje, sus últimos trabajos
literarios en España, «La poética de las cosas sencillas» y «El No Libro».
IL Presidente della
repubblica, Capo Dell´Ordine «Al merito della Repubblica
Italiana», le concedió el premio Cavaliere en Roma, firmado por
Scalfaro y D´Alema.
Asimismo ha recibido el
Diploma d´Onore de la Associazione Ragusani nel Mondo.
Jaro Godoy: «La luna sabe que no todos los ladridos son serenatas». Eso lo
dijiste en una ocasión, ¿sabe la poesía que no todos los versos que se
escriben es poesía?
Elio Aprile: No, yo creo que no. La poesía no escribe con alguna
finalidad, la poesía es en el fondo un intento de supervivencia del poeta,
un salir a cazar duendes y fantasmas según cuadren las circunstancias. Yo
diría que la poesía en su arrebato gestador, en su arrebato original, no
tiene conciencia ni conocimiento ni por lo tanto no tiene finalidad. No,
la poesía no sabe que a veces no se escribe poesía, aunque al final
termine siendo poesía.
JG: Hay una frase muy interesante en uno de tus libros, frase que me
conmovió mucho por su mensaje intrínseco, que de no saber que es tuya se
la adjudicaría a Sócrates, Platón o alguno de esos grandes pensadores:
«Algunos imbéciles suponen que es posible alambrar el cielo. Y hacen del
alambre un dios».
¿Está ocurriendo lo mismo con algunos pensadores y poetas de nuestro
tiempo?
EA: Yo no me atrevería a vincularlo con gente de pensamiento porque me
costaría imaginarlos como imbéciles. La palabra imbécil es sintomática,
deriva de imbecilis, «sin báculo», «sin bastón»; Un imbécil es un
desposeído, un sin sostén.
Para mí la imbecilidad es, en términos de pensamiento, en términos de
contemplación del mundo, una situación de contexto; yo creo que en las
noches oscuras cualquier gusano es estrella y esto es lo que estoy
tratando de observar y transmitir. Creo que en una sociedad consumista,
una sociedad acelerada, una sociedad sin capacidad reflexiva, cualquier
imbécil, como yo sostengo, cualquier idea imbécil incluso, puede hacer de
esto una propuesta y esa propuesta convertirse en la metáfora del cielo y
el alambre, es decir, hay ideas que quedan chicas para el mundo y cuando
esas ideas quedan chicas para el mundo evidentemente queda más grandes aún
el contraste, la desmesura, ese sentido de anonadamiento que llevó a
Kierkegaard a fundar en el siglo XIX las bases del existencialismo.
Lamentablemente, hay mucho alambre convertido en dios de nuestro tiempo.
El antídoto sigue siendo, como siempre, una mayor dosis de pensamiento y
una mayor dosis de poesía.
JG: Y hablando de la literatura actual, cuando vemos tantos escritores
(que los hay a montones e incluso ganan grandes premios) que manejan tan
mal el lenguaje, me refiero a esa falta de respeto por la palabra en la
excusa de una falsa vanguardia o tan sólo por capricho, el uso de
vulgaridades... ¿Qué piensas de esos escritores?
EA: Pienso que traicionan el sentido de la palabra. Y esto no es una
cuestión moral, sino una cuestión estética. La belleza es en sí misma un
valor, un valor sustancial de todo arte. Si la literatura es arte, no
puede traicionar el sentido de lo bello. La vulgaridad no puede ser nunca
argumento literario, se pueden decir las peores cosas de la manera más
bella como se pueden pintar las cosas más atroces de la manera más
sublime; el Guernica, de Picasso, muestra un hecho atroz, muestra un hecho
criminal, muestra genocidio, pero lo muestra desde la belleza. No es
necesaria la vulgaridad para conmover ni denunciar.
JG: No estás en la vereda de esta gente sin dudas...
EA: No, de ninguna manera. Es más, en la ultima editorial de la revista (Transiciones,
Revista de pensamiento, editada desde hace dos años en Mar del Plata)
hago una apelación a propósito de lo que en su momento se dio en llamar
«La amnistía de las malas palabras».
Hago una referencia sobre esto, donde insisto en que la mala palabra, la
vulgaridad, no me molesta desde lo moral, me molesta desde lo estético. Lo
estético para mí no es una categoría de menor valor que la categoría
ética, aunque no desconozco las jerarquías de la escala axiológica..
JG: En ese articulo haces una defensa de la palabra, y le echás la culpa
no a la palabra si no a los que usan las palabras...
EA: Al usuario de la palabra. La palabra es siempre un instrumento, un
medio Si hay cosas que están en el mundo, creadas por el hombre o
impuestas al hombre, hay un hombre que tiene vínculo con esas cosas, para
pensarlas las nombra y para trasmitirlas usa ese modo de nombrarlas. Por
lo tanto, no hay mala palabra, hay cosas más agradables o menos
agradables, hay palabras que las nombran. El sentido de lo malo no está en
la realidad, está en el usuario, está en la actitud, está en la
conciencia. Si el actor literario, el escritor, el poeta, el narrador, el
novelista, aspira a traducir esa realidad desde la especificidad de su
arte debe hacerlo desde la belleza, debe hacerlo con un respeto por las
palabras que no implica traicionar la realidad. Se puede hablar bellamente
de las peores cosas, de las cosas más atroces. Por eso hago referencia en
ese articulo a que la palabra culo no debería escandalizarnos más
que la palabra traición. En definitiva, la traición es más grave
que la existencia del objeto culo. Sin embargo, la vulgaridad puede hacer
que en un lugar publico yo diga la palabra traición y nadie se dé vuelta,
cosa que sí sucederá, con reflejo de escándalo, si digo la palabra culo.
Sospecho que es más escandaloso la traición humana que la parte dorsal del
hombre traicionado.
JG: Dijo Séneca «cuando el timonel de una nave no sabe adónde va todos los
vientos son adversos».
¿Será por esto que la poesía está tan alejada de gente?
EA: Desde lo antiguo, lo poético y lo práctico estuvieron enmarcados en
contraste. El otium y el ne-cotium, es decir, el ocio y el
negocio, la praxis y la póiesis eran la técnica, en el sentido del hacer,
y la visión poética de la realidad. Según avanzó la sociedad fuertemente
economicista, una sociedad basada en el capital como producción y consumo,
el valor de lo útil, el valor de lo práctico, fue subvirtiendo la escala y
por supuesto el valor más importante se ha vuelto el valor de lo útil, por
lo cual estamos en presencia de una auténtica subversión de valores. Es
obvio que en la escala de valores la poseía no cotiza en bolsa, la poesía
no genera divisas. Salvo los poetas consagrados, nadie escribe pensando en
que desde la poesía se puede hacer fortuna. Es patético lo señalado por
aquél escritor: «Quería ser un gran escritor, pero ya era demasiado tarde,
me había convertido en best sellers».
Volviendo a la poesía, me parece que hay culpas compartidas. La escuela
olvidó la poesía, la casa olvidó la poesía, los medios de comunicación
olvidaron la poesía.
Puedo excusar, aunque no justificar, a los medios porque se rigen por la
promoción, por la publicidad, por las ventas. Pero no perdono a la
escuela, ni a la familia. La poesía es, a la postre, el modo lindo de
mirar la vida de todos los días, a pesar de las desgracias y las miserias.
Nada obsta para que la familia y la escuela hagan de la poesía un clima de
formación dentro del cual puedan crecer los más jóvenes. Sin embargo,
hemos logrado un nivel de absurdo donde los jóvenes que escriben poesía,
me pasaba esto como docente, andan con sus poemas ocultos, mostrándolos
como un pecado, sintiendo vergüenza por escribir poesía. Hay una
perversión brutal en esto: aquel que tiene valor, aquel que tiene ángel,
aquel que tiene una visión sensible de la vida, aquel que escribe poesía,
se avergüenza de su producto y aquellos que se burlan de él, los que no
tienen esa sensibilidad, parecen ser los ganadores en esa puja de
intereses sociales.
Me parece que hay una asignatura pendiente en la escuela, particularmente
la primera escuela: ha perdido el sentido estético. Se apunta más a la
técnica que a la estética, me parece que apunta más a la computadora que a
la palabra bella. Me parece que la escuela se equivoca.
JG: Siguiendo con la poesía, me gustaría saber cuál es tu definición sobre
esta dama muchas veces caprichosa y díscola... o qué significó para vos en
tu vida la presencia de la poesía...
EA: La poesía es para mí un intento por alcanzar un plus ultra cuando la
razón enmudece.
Vengo de la filosofía; la reflexión ha sido el argumento de mi oficio,
tanto de docente como de escritor. Sin embargo, siento que hay un momento
en que la razón no basta, siento que hay un momento en que la razón se
agota en sí misma como un silogismo perfecto pero incapaz de abandonar su
propia estructura circular. En ese momento, la poesía es el plus, la
poesía es el más allá; en ese momento, unas pocas palabras, un rapto, una
imagen, una metáfora, una visión, un arrebato pueden dar cuenta de aquello
que una larga reflexión fue incapaz de poner al desnudo.
La poesía es la belleza puesta en palabras con un sentido de
trascendencia.
JG: Y de este sutil entramado de pasiones y variaciones que el ser humano
ha dado en llamar amor, ¿que opinión tenés?
EA: El amor es una suerte de ejercicio frontal. Existe el amor ideal, el
amor de la poesía, el amor perfecto, el amor que hoy llamaríamos
platónico, aunque deberíamos reparar en que, en todo caso, lo que la
cultura de quien mal ha leído a Platón llama amor platónico no es más que
un amor de resignación, hay muchos amores platónicos que si pudieran
encarnarse se olvidarían de Platón y pensarían mas en Aristóteles. En ese
caso, los amores platónicos son amores de resignación. Cuando digo amor
platónico, digo amor ideal, amor inmaculado, amor como referencia, amor
como modelo, como paradigma, la Idea de Amor, con mayúsculas. Es éste el
amor que de algún modo titila en el corazón de cada mortal.
Y existe el otro amor, el menesteroso, el amor como necesidad, el amor
como complementariedad, el amor como antídoto a la soledad; necesitamos
del otro, y en esta necesidad del otro queda en evidencia nuestra propia
incapacidad para autosatisfacernos.
Nadie se basta a sí mismo, por lo tanto desde la perspectiva del amor
ideal, nos enroscamos con el amor real y, en cierto modo, estamos más o
menos felices según acerquemos más o menos ese amor real al amor ideal que
tenemos como referencia.
JG: Estás a punto de cumplir 56 años y sin lugar a dudas has recorrido un
largo camino donde las experiencias fueron moneda corriente, has tenido la
oportunidad de publicar 27 libros, has pasado por la enseñanza y por la
vida publica (Elio Aprile fue intendente de Mar del Plata durante siete
años consecutivos) ¿cuál fue la batalla más dura que te tocó enfrentar en
estos años de tu vida...?
EA: No sé si hubo una batalla más dura. Hubo momentos determinantes en mi
vida, el primero fue cuando a los 17 años decidí ingresar a la Universidad
y explicarle a mi viejo, un albañil con la mentalidad de «M´hijo el Dotor»,
que iba a estudiar filosofía. Fue arduo pero maravilloso, porque cuando se
lo dije el viejo no sólo no se escandalizó sino que dijo que me acompañaba
en la elección. Ese fue un momento determinante.
Otro momento determinante fue político, es decir, cuando tomé la decisión
de renunciar a la Intendencia de Mar del Plata por razones que ya han sido
públicas y que no vale la pena señalar ahora. Siempre creí que había que
hacer política en defensa propia, y no he
cambiado de opinión, aunque de
todas maneras mi experiencia, aún siendo dolorosa, confirma que hay que
hacer política. La otra batalla inefable es la tarea de cerrar un libro,
cada libro. Sólo aquél que ha escrito libros sabe que es una batalla
contra uno mismo, una batalla por encontrar la palabra exacta, la frase
exacta, una batalla por no agotarse en la repetición o en lo vulgar y por
lo tanto una pelea que acompaña toda creación.
Después, en lo demás, mi vida no ha sido muy distinta de lo que pudo ser
la de otros. He sufrido, he gozado, he sabido de las cimas, he sabido de
los valles, he sabido de la pobreza y de nada reniego.
JG: Hoy por dónde pasa tu vida...
EA: Mi vida pasa por los ejes que fueron siempre determinantes en mi
existencia. Siempre dije que mi vida política, mi vida como Intendente,
era un momento tan sólo y que lo definitivo en mi vida eran la poesía, la
enseñanza, la docencia, la escritura, la lectura, la reflexión... y a eso
he vuelto. Por eso pasa hoy mi vida, dichoso de mí, incluso como argumento
de supervivencia: vivo haciendo lo que me gusta, cosa que le deseo a todos
los mortales, porque sé que la mayoría de los mortales no pueden sostener
esta afirmación.
Vivir dignamente haciendo lo que yo creo justo y bello.
JG: Además de esto, diriges una revista de arte y pensamiento (Transiciones)
y muy pronto va a aparecer tu ultimo libro de poesía en España «La poética
de las cosas sencillas». Una cosa es escribir y otra muy distinta es
publicar, ambas vienen cargadas con distintas dosis de magia... ¿Qué tipo
de sensaciones te invaden o qué cuerdas intimas se tensan por tu cuerpo
cuando un nuevo libro tuyo sale a exposición publica? ¿Qué esperas del
libro o del lector que lo reciba?
EA: - Sí, está bien, porque pasan por la cabeza y pasan por el cuerpo, hay
temores y temblores, en términos kierkegaardianos, cada vez que uno lanza
un libro, porque ya ese libro se convierte en criatura sin dueño: somos
los autores, pero el libro que sale de nosotros pasa a ser de todos y en
ese ser de todos, es una criatura a la deriva, lo amarán, lo odiarán, lo
leerán, lo olvidarán, lo rasgarán... Uno quisiera que aquellos que nos
lean, nos entiendan más que nos admiren, nos valoren más que nos aplaudan.
Yo escribo en principio para no morirme de soledad.
Por lo tanto, lo que más espero del otro es que no queme los puentes que
tiro desde la poesía o desde el ensayo.
JG: Si bien algo ya hablamos me gustaría saber ¿cuál es la obligación del
poeta con el lenguaje?, ¿debería cuidarlo, protegerlo, incluso inventar
palabras para aquello que pueda parecer inefable?
EA: Nosotros somos artesanos, Jaro. El que escribe es un artesano de la
palabra, un orfebre. La escritura es un trabajo de respeto al silencio:
cada palabra tiene que dignificar al silencio más que a la palabra misma,
de suerte tal que esa palabra haga del silencio un trasfondo que la
explique y la justifique. Nosotros debemos hacer de la palabra una
obsesión. La palabra es nuestro mayor argumento antropológico, la palabra
es nuestra mayor posibilidad de ser originales y de expresar nuestra
propia identidad. Nada deja testimonio de lo que somos como la palabra.
Por lo tanto, si quiero dar el mejor testimonio, ha de ser la mejor
palabra de vida que me exprese, la poesía, la literatura en su conjunto.
La poesía en particular es un trabajo de orfebrería, dado que manejamos
criaturas lábiles, criaturas maravillosas.
¿Cuántas letras tiene nuestro alfabeto? Veintisiete sencillas letras. Con
veintisiete letras urdimos infinidad de palabras y con infinidad de
palabras multiplicamos infinidad de frases posibles y de poemas posibles.
El infinito de frases posibles nos da la posibilidad de ser originales,
siempre. Y siempre debemos ser originales, porque originales somos por
humana condición..
Desde el momento que entendemos esta maravilla que es la lengua encriptada
en veintisiete modestos signos, deberíamos empezar a valorar cada palabra
como una criatura única. En cada texto elegimos unas pocas y dejamos
afuera unas muchas. Este proceso de selección es un proceso de pesca
selectiva, de pesca artesanal, sabiendo que debajo de esas frases
engarzadas, debajo de esas palabras que están delicadamente trabajadas
estamos nosotros mismos dando testimonio de vida, dando testimonio de lo
que somos. Un poeta que no respete este sentido de la palabra, pierde la
oportunidad de dignificar la poesía y de dignificarse a sí mismo.
JG: Estaría traicionándose a sí mismo entonces...
EA: Es que la mala poesía es traición consigo mismo. No se debiera
escribir por vanidad, no se debiera escribir por cuestiones de orden
económico, no se debiera prostituir la poesía. La poesía es emanación de
sangre vital; por ello, no puedo vaciarme las venas para ver qué me dan a
cambio.
JG: Recién relacionaste la palabra prostituir con la poesía, ¿qué opinión
tenés de los escándalos que rondan la literatura en estos días? Caparros
con «Valfierro», Piglia con «Plata quemada», concursos acusados de
parciales, etc.
EA: Es un incesto. Cuando la cultura se mezcla con la empresa, el valor
literario deja de ser tal, la palabra pasa a ser dinero y el dinero
siempre es argumento de conflicto. Es escandaloso ponerle precio a lo
cultural. Cuando el precio termina desplazando al valor (no me extraña,
esto seguirá sucediendo) las editoriales en general seguirán pensando más
en términos de lucro que en términos de valores. Si un escritor vende, más
allá de sus calidades, esa editorial se sentirá atraída por editarlo, con
prescindencia de valores o talentos. Si un escritor, aún reconociendo los
editores que es mejor que el popular, no vende, difícilmente podrá
publicar su obra.
Hoy la industria editorial se ha convertido, a imagen y semejanza de otras
industrias. Se rige por los mismos parámetros, salvo las excepciones que
honran el oficio, con que se venden pasta dental, profilácticos,
calzoncillos o automóviles. Lo que más vende, es lo que más eco tiene. Los
escándalos a que hacíamos referencia, son paradigmáticos. Aquí hay una
puja no de calidad literaria, es una puja de cuestiones económicas. Se
coloca a un escritor, cuyo oficio es dar testimonio de sí, de su mundo en
nombre de la belleza, a discutir cuestiones económicas. Tristísimo.
El otro libro que yo presento en Barcelona, «El no-libro», es una
reflexión de todo lo que estamos hablando ahora, es decir, contra los
libros tramposos, contra los editores cegados por lo comercial solamente.
Y valoro tanto que este libro no haya sido una idea mía. Este libro me lo
pidió un editor, él pidió que yo escribiera sobre esto, lo cual lo honra,
además de haber sido gustoso para mí haber abordado este tema con
profundidad, hasta donde soy capaz de ser profundo sobre el tema (risas)
de que hablamos : «El no-libro», y por supuesto la implícita valoración de
El libro.
JG: Tus palabras dejan claro que no te llevas nada bien con escritores
como Paulo Coelho, Jorge Bucay, entre otros gurúes de los libros de
auto-ayuda...
EA: Osho, Leo Buscaglia, tantos libros que nos transcriben Los sabios del
como, los comólogos. Cómo ganar amigos, cómo ser feliz, cómo no
morirse nunca, cómo ser libre... La vida no me la pueden prescribir con
libros, la vida no es un conjunto de actos ligados a recetas Necesitamos
escritores, no boticarios.
JG: Esta literatura entonces no ayuda en nada a la gente, sólo se trata de
literatura pasajera...
EA: Es pasajera y, además, tramposa porque medra con la desolación de la
gente. La mayoría de estos libros están destinados a un publico
desamparado, a un publico desorientado. Salvo contadas excepciones, no he
leído nada que no sea más que burdas recetas que pretenden prescribir cómo
se debe vivir, cómo enfrentar los propios fantasmas, los propios miedos,
las propias angustias. No emocionan, no provocan, no despiertan reflexión.
Sólo son un cúmulo de recetas que prescinden, grave error, de la
individualidad de la condición humana.
JG: «...aún los que están solos llevan en sí su pareja encarnizada, en
cada espejo yace un doble, un adversario que nos refleja y nos abisma...»,
dice Octavio Paz. ¿Cuál es tu peor adversario?
EA: Tal vez coincida con Paz en que uno es su propio adversario; lo peor
de cada uno es el adversario más temible. Mis miedos, mis inconstancias,
mis liviandades, mis miserias, que como todos las tengo, esos son mis
adversarios. Por ello, un hombre se vuelve valioso cuando es capaz de
vencer lo peor de sí mismo. No somos ni buenos ni malos, somos buenos y
malos. Escribí en mi ultimo libro, «Humano, después de todo», que el
hombre no es bueno o malo por naturaleza. El hombre por naturaleza puede
ser bueno y puede ser malo, y aquí es donde opera su voluntad: todos somos
buenos, todos somos malos, nos diferencia una cuestión de proporciones.
Y ahí está la puja dialéctica de la adversidad de cada uno con cada uno.
Mis enemigos están en mí más que en los otros, porque a la postre, cuando
me encierro a escribir (me encierro en el sentido literal de volcarme
sobre mí mismo), cuando me encierro a pensar, puedo prescindir del mundo
externo, y ahí ya no tengo más enemigo que mis propias debilidades. Creo
que mi literatura se vulgariza y pierde identidad, cuando escribo contra
alguien. Es una literatura bélica, una literatura de trinchera, que
raramente adquiere trascendencia o valor literario. En cambio, cuando
escribo hacia dentro, cuando me atrevo a desnudar mis propios
desgarramientos, aparece la literatura que conmueve, que emociona. Por
ello, según lo demuestra la historia de la literatura del mundo, los
grandes escritores son los que escriben desde el desgarramiento, desde el
abandono, desde la desolación; los que escriben desde la tristeza, desde
la angustia frente a la muerte. Hay, claro que sí, buena literatura pero
ínfimamente menor, desde el amor, desde la belleza, pero infinitamente
menor. Los grandes escritores, los que más conmueven, o son locos, o son
tristes o son derrotados.
JG: Sos una persona que tuvo y tiene la oportunidad de ser invitado a
distintos lugares de nuestro País, ¿Qué opinión te merecen los jóvenes
poetas de Mar del Plata y del resto del territorio Nacional, alguno que a
tu parecer se destaque del resto?
EA: En general, hay principiantes, hay buenos proyectos, pero hace mucho
que no leo poetas jóvenes vislumbrables como paradigmas de un tiempo.
Y no es casual. Si uno mira en términos de proporción, comparado con la
población de cada tiempo, ¿cuántos escribían poesía en el siglo diecinueve
y cuántos escriben poesía en el siglo veintiuno? La respuesta a esta
pregunta nos permitirá entender que entre los muchos poetas del siglo
diecinueve era dable esperar, por una cuestión de proporciones, mejores
poetas que los pocos que hoy escriben, condicionados por una sociedad que,
en general, no valora la poesía. La poesía no tiene en este siglo que no
tiene el prestigio de 200 años atrás. Hoy no son tantos los que escriben
poesía. En general no hay hoy, en el mundo de la poesía, poetas
trascendentes.
JG: ¿Y del nivel actual de la poesía, estás cómodo con las nuevas
corrientes estéticas, y con el lenguaje que se está usando por algunos
poetas del momento?
EA: Creer que desde lo vulgar, y no es ocioso que lo reiteremos, Jaro, se
puede construir lo bello, la naturaleza de la poesía, es una paradoja
semejante a creer que con 180 grados se pueda construir un circulo. No hay
modo. Lo vulgar no puede ser materia de poesía. Podemos hablar bellamente
de lo vulgar, pero no podemos hablar vulgarmente de lo bello.
JG: -¿Qué palabras usarías para estimular a los jóvenes de hoy que
escriben poesía? ¿Y qué poetas o escritores recomendarías que empezaran
leyendo?
EA: Nulle die sine linea. Ningún día sin una línea, según enseñaban
los latinos.
Asombro, emoción y obstinación. Tomás Alva Edison decía que «el genio es
uno
por ciento de inspiración y noventa y nueve por ciento de transpiración».
En cuanto a los autores, mis autores, al menos los que a mí me
emocionaron,
«El hacedor», de Borges, Pascal, cualquiera de las cosas que Pascal haya
escrito, «Voces» de Antonio Porchia, la segunda etapa, los años setenta de
Mario Beneddetti, algunas cosas de Ernesto Sábato (hablo de literatura, no
necesariamente de poesía)... Uno lee Heterodoxia y hay toda una
conmoción que puede llevar irremediablemente a la poesía. También incito a
leer el libro que ha sido mi permanente compañía: Las Rubaiátas, de Omar
Khéyyam, el gran poeta iraní del siglo trece.
JG: ¿Hablando de premios literarios, crees que hay transparencia en estos
certámenes o sólo responden a los intereses de algunas editoriales que ven
en ellos un buen negocio?
EA: Pueden ser premios, aunque no literarios. Son un juego de vanidades a
los que últimamente se le ha descubierto la veta económica. Creo que
deberíamos desinteresarnos absolutamente de los premios, debiéramos
escribir pensando en que si los premios llegan es una cuestión irrelevante
para la obra. Participar de los concursos viendo si nos salvamos
económicamente, me parece una forma tan burda de traicionar la obra que el
sólo pensamiento me congela la posibilidad de hacerlo.
No, no creo en los premios; en los premios como valor literario, claro.
JG: A la hora de sentarte a escribir unas líneas, olvidándote del mundo
que te rodea, ¿qué te inspira más: el dolor propio, el ajeno, el amor, la
sociedad, la rabia, la muerte?
EA: Borges decía que hay unos pocos temas que se repiten
irremediablemente. Entonces, ya que no somos originales en cuanto a los
temas, seamos originales en cuanto al modo y al tiempo en que cada uno
habla de esos temas: el amor, la muerte, la traición, la angustia, la
soledad, la naturaleza... Desde que se inventó la palabra, a la que luego
se agregó belleza, gestando así la poesía, han sido temas recurrentes y
permanentes. Y, sin embargo, leemos con igual fervor a un grecolatino, que
a un medieval, que a un contemporáneo, hablando del mismo tema. Lo
original no está en el tema elegido, sino en el alma en que acontecen esos
misterios recurrentes para todos los hombres.
En mi caso particular, mi nodriza poética es la soledad.
JG: Muy de cerca de tu nodriza está agazapada otra dama muy recurrente en
textos literarios, la muerte ¿Le tenés miedo, la respetas, qué
pensamientos te vienen a la mente si hablamos de la palabra muerte?
EA: Tengo muchos pensamientos sobre la muerte. Más aún, creo que es el
tema sobre el que más he escrito.
No le temo a la muerte. Soy como los viejos estoicos, «A qué temerle.
Cuando ella está, yo no estoy, cuando yo estoy, ella no está»,. De todas
maneras, la tomo como un telón de fondo, más que nada como una referencia
que me hace valorar la vida. Si no existiera la muerte, esto es, si
fuéramos eternos, el tiempo significaría nada; pero como somos criaturas a
términos tenemos contratos precarios y fugaces, ni siquiera de plazos
fijos, porque el fin puede ser mañana o dentro de cincuenta años. La
muerte hace valiosa la vida.
La vida es valiosa porque nos morimos; precisamente, porque nos morimos,
cada día tiene el valor de un regalo y de una oportunidad para hacer cosas
trascendentes con ella.
No, no le temo. Escribí alguna vez: «Quisiera tener la tranquilidad de
poder decirle a la muerte cuando llegue, que ya esperaba por ella».
JG: Se diría entonces que gracias a la muerte podemos gozar plenamente de
la vida...
EA: Es la paradoja. Una absoluta constatación de la realidad.
JG: ¿Qué opinas de movimientos llamados populares como la Cumbia Villera y
los Piqueteros?
EA: Creo que hay que mirarlos con los parámetros de la realidad social en
que acontecen. No se los puede juzgar desde este lado de la ventana,
creyendo que es contrario al paisaje, ventana adentro. Hay que pensarlo
ventana afuera, mezclarlo con la realidad global.
Por cierto que la cumbia villera no es un lenguaje que a mí me gratifique,
por cierto que no es un lenguaje al que podría encontrarle valor de
belleza. Sin embargo, tiene un profundo valor de comunicación, tiene un
profundo valor de expresión de una realidad social y de una cultura
implícita. Antropológicamente la cumbia villera expresa una sociedad
empobrecida, una sociedad marginada, una sociedad injusta, y por lo tanto
el error es juzgar a la cumbia villera con parámetros de cánones
estéticos. Hay que juzgarla, si debemos juzgarla, desde lo musical y desde
lo estético, sin obviar el doloroso contexto social que expresa. Por
cierto, tengo un juicio de valor absolutamente negativo musical y
poéticamente: no es buena música, no es buena poesía. Pero socialmente es
dolor encarnado.
Y con los piqueteros acontece lo mismo. Más allá de algunos grupos
especuladores, de algunos torvos y turbios manejos políticos y económicos
que se hacen con los piqueteros, la mayoría de las personas que participan
de ellos forman parte de esa misma sociedad que expresa la cumbia villera:
es la Argentina injusta, la Argentina marginadora, la Argentina que camina
hacia la construcción de una sociedad absolutamente enfrentada entre dos
extremos, los pocos que tengan mucho y los muchos que tengan poco.
JG: Volviendo por los pasos de la literatura, hay un fenómeno de moda
editorial que trata de mirar hacia atrás y contar la historia de manera
diferente a la que aprendimos en la escuela, este trabajo de enmendar la
historia o contarla ahora a la luz de otras verdades que nadie se animaba
o estaban ocultas... ¿Qué opinas de esto?
EA: Son dos fenómenos en realidad. La historia oficial fue sacudida por lo
que en su momento se llamaron los movimientos revisionistas, es decir, la
historia escrita tal vez por aquellos que no la ganaron. Estos movimientos
revisionistas pusieron blanco sobre negro en muchas cosas, tanto desde la
izquierda como desde la derecha, por usar estos parámetros conceptualmente
bastante disminuidos. Es cierto que la historia de Mitre es una historia
que necesitaba, la contrahisotria de los Amuchástegui, de los Puigrós, de
los Piglia, o de los Palacios, para enmarcarse en una cuestión menos
ideal, menos conservadora, menos de bronce y más de carne y hueso. El
Belgrano de «Ay, patria mía», es un hombre que sufre y muere como
cualquier mortal. Esto es el revisionismo histórico.
Y lo otro es la confusión histórica que genera mezclar secciones como
historia y novela, como, por ejemplo, muchas de las novelas que se están
escribiendo ahora, Félix Luna, Hebe Clementi, Pacho O'Donell, Maria Ester
de Miguel, o Código da Vinci, donde lo histórico es un pretexto. Me parece
que estos son los grandes temas que la escuela nuestra no entiende; éstas
son las cosas que la escuela tiene que enseñar. La escuela no puede
hacerle leer todo a sus alumnos, pero sí les puede enseñar criterios sobre
qué leer y, más importante, cómo leer. Creo que la escuela,
particularmente la media, debe enseñar al alumno a diferenciar lo que es
la historia oficial de lo que es la historia revisionista
—por izquierda o por
derecha—, o de lo
que es la ficción histórica, géneros absolutamente distintos. Confundir la
ficción histórica con la historia es tan estúpido como creer que la
historia oficial es la única historia.
JG: Estamos dentro de una confusión tremenda al parecer...
EA: Estamos en una confusión atroz. Hay un organismo internacional que
depende de la UNESCO y se llama ICOMOS que tiene como objetivos preservar
los lugares históricos de la humanidad: esa es su tarea. Su lema:
Nessun futuro senza passato. Ningún futuro sin pasado. Volver a la
historia es una manera de entendernos, es leer en lo que fuimos ayer lo
que somos hoy, para poder proyectar lo que seremos mañana. La historia
como maestra de vida no es otra cosa que esto, no para hacer lo que
hicieron o no hacer lo que no hicieron, sino para entender que lo que
ellos hicieron o no hicieron me hace ser lo que soy, y para entender que
lo que haga o no haga, será lo que hayan de ser aquellos que nos hereden.
JG: ¿Qué opinas del poeta, escritor, filósofo y hombre, Elio Aprile?
EA: Me parece que son demasiados títulos para un hombre sólo, al que
quisiera que lo recuerden, si lo han de recordar, como un buen tipo.
JG: ¿Por algún libro en especial quisieras ser recordado o sólo por ser un
buen tipo...?
EA: Preferiría que me recuerden como un buen tipo, si es que en este canje
hipotético debiera sacrificar todo lo que he escrito.
JG: Quiero expresarte mi agradecimiento por tu tiempo y por tus palabras
cargadas de experiencias y el desgranar de tus pensamientos para esta
entrevista...
EA: Fue un tiempo gustoso. Soy yo quien te agradece esta entrevista.
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Elio Aprile (izquierda) y Jaro Godoy
© 2005
Página del autor de esta entrevista
Otros artículos de Jaro Godoy, en Margen
Cero:
La cazadora quebrada
(Alejandra Pizarnik);
Una historia de Quijotes y Cervantes;
Delmira Agustini, el poema
inconcluso;
Thomas
Stearns Eliot o El sermón del fuego. (San Luis, 1888 - Londres, 1965).
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