
Litografía de M.C.
Escher (1953)
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La última vez que me ocupé de Filippo Tommaso Marinetti fue para dejarlo
encerrado en un viejo palacio de Venecia (Jardines en el mundo,
1996). Lo dejaba allí con todas las vanguardias, en una exposición como
cualquier otra, como pieza de museo. Al fin y al cabo, pensaba, las
vanguardias habían asumido un signo ambiguo. La carga del Manifiesto
futurista me parecía muy bien entre gruesas paredes por la evidente
contradicción, reforzada sin duda, entre ideal civilizador y progreso
técnico-científico. Aún más, posmodernidad, reflexionaba, nace en el momento
en que la vanguardia (lo moderno) se agota en su proceso de demolición.
Marinetti no podía saber que la concepción del tiempo variaría radicalmente
y que en esto que ahora llamamos «tiempo real», donde el presente y el ahora
son omnímodos, sus deseos de un hombre identificado con un motor nos
obligaría a meter las manos en el polvo que se desprende de aquél documento.
Allí se hablaba de la belleza de la velocidad, de una,
claro está, representada por los medios de transporte, revolución ya
comenzada en el siglo XIX. Lo curioso es que se condenaba la inmovilidad a
la que, pensaban, la literatura había condenado al hombre. En consecuencia,
se exaltaba el movimiento agresivo, el insomnio afiebrado, el salto mortal.
En El manifiesto técnico de la pintura futurista se hablaba del
«dinamismo universal» y de la «sensación dinámica», del concepto de la
energía de la materia cuya esencia no era lo formado sino el continuo
formarse.
Filippo Tommaso encontraría hoy que sí, que más allá de
como él lo quería, la identificación del hombre con la máquina se aproxima a
límites impensados que podrían conllevar a un cambio de la fisonomía misma
del cuerpo humano y también encontraría que la máquina que él asociaba a
velocidad impone hoy la inmovilidad. Tal vez deberíamos cerrar la referencia
y devolver el futurismo al museo donde lo vi por última vez y de donde lo
hemos sacado para partir de él con relación a la identificación entre
belleza y velocidad. Sin embargo, ir a una de las vanguardias de mayor carga
destructiva, es decir, ir a la modernidad, es quizás elemental hoy para
entrar en la posmodernidad.
¿Qué es belleza? ¿Qué será belleza? Dentro del mundo
que viene de la ruptura de la doble visión del ojo, de una humanidad
disléxica, de la pérdida absoluta de distancia y de los relieves, de la
desaparición del aquí, el arte abandonará la perspectiva del espacio para
asumir la perspectiva del tiempo. En cualquier caso, como lo quería
Marinetti, belleza estará asociada a velocidad, pero no puedo concebir como
será esta «belleza», si es que no llegamos a concluir que ambas palabras se
harán sinónimas. Entre otras cosas, el mundo postindustrial ya no fabricará
grandes objetos, pues bien se sabe que estamos ante una miniaturización del
producto tecnológico. Hace pocas horas he visto en la televisión francesa a
un paralítico alzarse de la silla de ruedas movidas sus piernas por un
aparato que suplanta los impulsos eléctricos de su cerebro sacándolos de un
artefacto adherido a su estómago. Bien por todos los paralíticos que podrán
andar, pero allí está el anuncio de la conversión del hombre en un
ensamblado de prótesis. Mañana nos tragaremos micromáquinas que recorrerán
nuestro cuerpo, micro robots que andarán nuestras arterias y píldoras
inteligentes que transmitirán información sobre los restos de carne que nos
queden. Paul Virilio lo sabe y por eso acuñó la palabra «anímatas» para
describir a esos extraños visitantes que a la larga se irán integrando a
nosotros como nuevos órganos sustitutivos de aquellos atrofiados o
inservibles o, simplemente, para cubrir otras necesidades, unas no propias
de la evolución de la especie, dado que el caso parece ser que esa evolución
ha terminado. Sí, el sueño dislocador de Marinetti de una identificación
plena del hombre y el motor se asoma. Esa será la nueva salud, anunciada por
el propio Nietzsche y convertida ahora en un espacio reducido y
circunscrito, dado que lo exterior se anula. Es por ello demodé la novela
que siga girando sobre un exterior inexistente. El texto literario debe ir
hacia adentro, en una especie de nekya permanente. Si el hombre es ahora el
espacio a conquistar debemos tener en cuenta que la metafísica reaparece en
la forma más insospechada, puesto que este hombre postevolucionista
intervenido por los objetos de la biotécnica se convertirá, literalmente, en
un hombre metafísico.
El futurismo asociaba velocidad a automóvil. Con él a
tren y a todo lo que se moviera por motor. Hoy la velocidad está en las
ondas electromagnéticas. Dentro de poco Internet entrará por la vía de la
electricidad, no del teléfono. Bien podemos decir que la velocidad de la luz
es el nuevo límite, uno en que nos paralizamos. Ya no hay interpretación
subjetiva o disociación de apariencias objetivas. Ya no sabemos bien que es
realidad. Está rota la unidad de percepción del hombre y su relación con lo
real, si es que a algo podemos seguir llamando así. El ojo humano ha sido
superado por la imagen de síntesis. En los tiempos de Marinetti la velocidad
equivalía a disminución de tiempo, a un ahorro entre llegada y partida.
Ahora sólo llegamos y no es necesario partir. Velocidad se ha convertido así
en absoluta inmovilidad. Virilio nos lo recuerda al hablarnos del hombre
inicialmente móvil, luego automóvil y finalmente mótil, es decir, uno que ha
limitado sus movimientos y en cuyas casas pronto no existirán ventanas,
ventanas como las de Shakespeare y Pessoa en sus sonetos, más sólo pantallas
y cables que ocupan los antiguos lugares de ellas. Ya no puede decirse que
estar signifique aquí. La transmisión entra directa convirtiendo a este
pobre planeta en uno sin espacio y distancia. No necesitamos desplazarnos,
el violento aire removido por la máquina que ha podido conmover a los
futuristas ha sido sustituido por la paradoja de que todo acontece en este
lugar en ninguna parte donde estamos fijos o clavados nosotros receptores de
las ondas electromagnéticas.
Al desaparecer la distancia lo lejano es lo que tenemos
«cerca» y lo cercano se hace intolerable. El hombre queda contraído, por la
velocidad, en un mismo sitio, en uno que ya no se llama «aquí» sino «ahora».
Las consecuencias son previsibles. En el campo de la literatura la
eliminación de las distancias ha conllevado a la aparición de una sin
distancia; es lo que se denomina literatura light. Sólo podremos
derrotarla viajando hacia el interior del hombre, pues hacia fuera todo está
comprimido. Si queremos escribir sobre lo planetario hay que ir a buscarlo
en el único planeta que todavía subsiste, el hombre. Él está inmovilizándose
y llegará a un sedentarismo total, a una parálisis que hace de su cuerpo un
ghetto. En ese ghetto debemos introducirnos y buscar lo intermitente, que
será lo único que quede. Así, deberemos aprender a manejarnos en el tiempo,
no en uno histórico desaparecido, sino en el «real» de la onda
electromagnética y hacer tomar a la literatura su papel de alimento del alma
en sustitución del narcótico del vacío llamado light. La tecnología
paralizará al humano, pero podemos los escritores combatir la atrofia de los
miembros que esto traerá impidiendo que las ondas electromagnéticas de la
transmisión en vivo nos hagan meros receptores de una «luz» aséptica
alimenticia en sí misma, suministrando la otra luminosidad, la que siempre
ha anidado en aquello que está por ser paralizado.
La clonación puede hacerse, ya está visto, pero aparte
de la oveja y de los cochinillos que ya han sido duplicados, existe otra, la
del «doble», uno electroergonómico, la proyección de una «imagen» a la que
podemos dotar de los «sentimientos» de aquél que la origina. Ya está
planteado que el astronauta viaje desde su casa siguiendo una proyección
virtual a partir de una sonda espacial. ¿«Velocidad es belleza» como lo
planteaba el viejo furor futurista? Los pintores deberán aprender a pintar
la perspectiva del tiempo, los poetas deberán comprender de una vez por
todas que están colocados en el espacio en blanco entre las palabras, los
escultores deberán tomar en cuenta la existencia de otra materia (el tiempo
ya lo es) y cambiar el humano rostro desfigurado. Nuestra labor deberá ser
la de inferirnos de la luz, comprender el lugar del no-lugar.
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