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Madrid se hace inmenso delante de los ojos. A diferencia de las fotos, las
calles son largas y rectas, pero siempre terminan en curvas envolventes
que no se dejan condicionar por mi pensamiento lineal.
Otras se bifurcan
en raros ángulos agudos, pero se dejan conocer hasta el último milímetro.
Cuando menos se espera, Madrid se vuelve íntimo como una sala de estar.
Así es que me dispongo a observarla desde mi amplia ventana. Me gustan las
plazas, los patios que se forman aprovechando el espacio. Es increíble
eso. Los automóviles siempre estacionados. Madrid no duerme. Ni yo quiero
dormir delante de tanta belleza. Por las mañanas, la alegría orilla el
provincianismo, y es contagiosa. De noche, las luces se encienden,
multiplicándose las posibilidades y las emociones. En algún momento, Jorge
Luis Borges dijo:
«Ahora los europeos somos nosotros». No sé en qué
contexto hizo esa afirmación, ni quiénes eran los «nosotros», pero comprendo lo que él quiso decir, y a modo de paráfrasis
digo que ahora los españoles somos nosotros. Nosotros los brasileños, los
argentinos, los latinoamericanos, chinos o personas que, por casualidad,
por suerte, o esfuerzo, han llegado a Madrid.
Somos fácilmente reconocidos por fotografiar todos los rincones de las
calles como si tuviésemos miedo de ser traicionados por la memoria. Otra
característica es la lentitud con que nos movemos en una ciudad que vive
al ritmo de las castañuelas para poder acompañar el progreso del mundo. Un
lugar que se pauta por la modernidad impiadosa del crecimiento diario,
pero que es lo bastante humana para ofrecer arte al pueblo. El cante
flamenco, por ejemplo, es una voz que toda España entiende. Ese zapateo en
un lenguaje que el hombre entiende, que la mujer entiende, y que el niño
comienza a entender, incluso sin palabras.
También estoy aprendiendo. Aprendo a cada día una cosa nueva. Descubro
bosques cerrados sobre sí que dejan pasar apenas la luz filtrada de las
sombras por entre las ramas de los pinares. Descubro nuevos colores: un
tono de amarillo crudo en la tierra y un verde salvaje en los árboles. Una
explosión de ocres y ladrillos desvaídos por las paredes enmarcadas de
arte. A cada esquina, un monumento. En cada monumento, una historia
demostrando el coraje y la bravura de un pueblo. Casi me escandalizo con
la literatura de las agencias de turismo que insisten en vender una ciudad
de toreros y bailarinas. Madrid no es nada de eso y es también eso. Es,
sobre todo, una ciudad inundada de luz. Una luz dulce descubriéndonos los
caminos oblicuos. Una ciudad de gente bonita y mujeres sensuales de
cabellos despeinados. La moda actual determina cabellos medio despeinados
y bikinis de tamaños mínimos debajo de pantalones transparentes. Algo que
las brasileñas todavía no han osado...
Por otra parte, hay muchas informaciones desencontradas sobre nosotros que
tengo que deshacer de vez en cuando. Nuestra historia no fue bien contada
en territorio español. Pero ese es otro asunto. El problema ahora es cómo
despedirme de Madrid, donde hice gratas amistades. Cómo olvidar la visión
de los álamos blancos rodeando mi ventanal? No hay cámaras fotográficas
que puedan archivar todo ese paisaje. Para mí, el único lugar donde las
imágenes caben enteras es el corazón. Y es en el corazón que la luz de
Madrid quedará prendida hasta que yo vuelva.
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LUCILENE MACHADO
es una autora brasileña.

De esta autora puedes leer también los relatos:
«Rosas
rojas», «Crónica
para un ángel» y «Del
corazón de una mujer»
FOTOGRAFÍAS: Pedro M. Martínez Corada © 2006
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