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Los torturadores también lloran
Pero no entienden o no quieren entender
por Jorge Majfud
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El olvido es una institución central en la creación de todo
tipo de mitos. Sobre el olvido se levantan estatuas y monumentos que el tiempo
petrifica y hace intocables. Bajo la sombra de estas estatuas agoniza la
reivindicación de las víctimas. Un ejemplo viejo en nuestro país es el genocidio
indígena, que para muchos es políticamente inconveniente reconocer. Por razones
obvias de la mitología nacional. Tampoco se ha escuchado el arrepentimiento
público de aquellos altos sacerdotes que bendecían las armas del dictador Videla
antes de aplastar a su pueblo; o de aquellos otros sacerdotes que legitimaron de
forma diversa y abundante las dictaduras de este lado y del otro del Río de la
Plata. Ni de aquellos médicos que colaboraron en sistemáticas sesiones de
tortura.
No esperamos un arrepentimiento de los criminales para humillarlos.
Ellos se humillaron solos. Pero no reclamen olvido ni perdón si ni siquiera han
tenido la valentía de arrepentirse de los crímenes más bajos que conoce la
humanidad.
En 1979, Mario Benedetti publicó en México la breve obra de teatro
Pedro y el capitán. Si bien no puedo decir que sea lo mejor de Mario, desde
un punto de vista estrictamente literario —suponiendo que en literatura puede
existir algo «estrictamente literario»—, nos sirve como testimonio político y
cultural de una época: el torturador de guantes blancos le saca la capucha a su
víctima y le confiesa: «Hay algunos colegas que no quieren que el detenido los
vea. Y alguna razón tienen. El castigo genera
rencores, y uno
nunca sabe qué puede traernos el futuro. ¿Quién te dice que algún día esta
situación se invierta y seas vos quien me interrogue?». Existen otras
pre-dicciones en la obra de Benedetti, pero me las reservo por pudor ante el
reciente suicidio de uno de los militares citados por la justicia. No obstante,
el torturador de Pedro reconocía que semejante posibilidad era improbable: los
terroristas de estado habían tomado sus medidas.
Sin embargo, en dos cosas se equivocaron quienes pensaron así:
primero, no es posible la impunidad perfecta; segundo, quienes hoy interrogan a
estos monstruos de nuestra civilización lo hacen en un estado de derecho; estos
monstruos gozan de todas las garantías de un juicio con defensa, sin apremios
físico y sin amenazas a sus familiares —el punto más flaco de aquellos que
soportaron la tortura hasta la muerte.
La única tortura de hombres —por llamarlos de alguna forma— como el
teniente coronel José Nino Gavazzo, como el coronel Jorge «Pajarito» Silveira,
como el coronel Gilberto Vázquez, como el coronel Ernesto Ramas, como el coronel
Luis Maurente, y como los ex policías Ricardo «Conejo» Medina y José Sande Lima,
es la exposición pública de su falta de dignidad, ya que descartamos algún tipo
de remordimiento. Otra obra de teatro expresó esta condición. En La Muerte y
la Doncella (1992), Ariel Dorfman reflexiona en voz de uno de sus
personajes. Paulina, la mujer violada que reconoce en un médico a su torturador,
planea un juicio clandestino y en un momento lo amenaza: «Pero no lo voy a matar
porque sea culpable, Doctor. Lo voy a matar porque no se ha arrepentido un
carajo. Sólo puedo perdonar a alguien que se arrepiente de verdad, que se
levanta ante sus semejantes y dice esto yo lo hice, lo hice y nunca más lo voy a
hacer». El supuesto torturador finalmente es liberado para convivir entre sus
víctimas. No pongo un ejemplo real; pongo un ejemplo verosímil que incluye a
miles de ejemplos reales.
Esta obscena convivencia de víctimas y victimarios ha contaminado el
alma de nuestras sociedades. Ni la muerte ni el encierro de los pocos asesinos
ancianos que quedan resuelven nada por sí mismo. Pero el valor de la justicia es
siempre absoluto. En nuestro caso, al menos, bastarían cualquiera de dos
razones: primero, la impunidad es una afrenta moral para las víctimas y el peor
ejemplo para el resto de la sociedad; segundo, sin verdad, la sospecha y el
prejuicio se arroga el derecho de (pre)juzgar por igual a todos los que parecen
iguales, por alguna arbitraria o circunstancial condición, como puede serlo el
simple hecho de pertenecer o haber pertenecido al ejército. Quienes están libres
de culpa deberían ser los primeros en sumarse al reclamo universalmente legítimo
del resto de la sociedad. O resignarse a la vergüenza propia y ajena.
Seis militares y dos policías uruguayos han sido enviados a prisión
por la desaparición de una sola persona en un país vecino. Sin duda es una
muestra desproporcionada. Pero algo es algo y si las leyes del pasado deben
pesar a las nuevas generaciones, deberán ser los historiadores que se pongan al
hombro el trabajo que nunca pudieron realizar los jueces en cualquier democracia
mínima. Como bien ha sugerido el gobierno actual de Tabaré Vázquez, no habrá una
«historia oficial». Este acierto de una democracia madura, es una posibilidad
que no es considerada por la imaginación de aquellos que se indignan cada vez
que un profesor da su versión de los hechos históricos más recientes. ¿Qué
prefieren, el silencio cómplice? ¿O tal vez la versión única, «oficial», de
viejos terroristas de estado? ¿O la ingenua y maquiavélica dialéctica del «yo sé
lo que digo porque lo viví?» (como si no hubieran tantas experiencias opuestas
de un mismo hecho, tantos «yo sé lo que digo» contradictorios de personas que
vivieron en un mismo tiempo).
Aunque los nuevos historiadores —considerados en toda su diversidad
social— no tengan el poder de administrar el castigo, con la verdad ya tendremos
casi toda la justicia que reclamamos aquellos que perdimos en 1989 la lucha
contra la Ley de Impunidad; la verdad que reclaman las nuevas generaciones que
deben sufrir de nuestros antiguos traumas, porque la historia no es eso que está
en los «textos únicos» sino las ideas y las pasiones de los muertos que
sobreviven, inevitablemente, para bien y para mal, en los vivos.
Aunque los autores de un terrorismo organizado en todo un continente
paguen por la desaparición de una sola persona y no la muerte y la tortura de
miles, algo es algo. Porque de esa forma, al menos, derogamos la vieja costumbre
según la cual un ladrón de gallinas iba irremediablemente a la cárcel mientras
que los genocidas siempre resultaban absueltos —como si en el mercado del crimen
hubiese siempre descuento para mayoristas. Algunos militares deberían agradecer
que todavía pueden hacer discursos públicos en protesta contra quienes reclaman
la verdad. La valentía que la mayoría de ellos nunca pudo poner a prueba en
ninguna guerra —excepto en sesiones de tortura y violaciones de mujeres—,
resurge con todo el orgullo de la impunidad. Disfrutan de un derecho que le
negaron violentamente a un país durante más de una década; y estratégicamente se
lo siguieron negando veinticinco años más. Hasta hoy. Un derecho que les sirve
para protestar por lo que entienden es una «provocación», un peligroso
«revisionismo», una incómoda recordación, una afrenta a la Institución. Un
derecho que les sirve para demostrar que todavía no entienden nada, o no quieren
entender. No entienden que en una democracia mínima no se puede vivir sin
revisar el pasado, sin exigir la verdad y la justicia —según una justicia
mínima. Todavía no entienden o no quieren entender.
Se equivocan, por otro lado, quienes creen que estos horrores no
volverán a repetirse. Eso ha creído la humanidad desde mucho antes de los
césares. Desde entonces, la impunidad no los ha impedido: los ha promovido,
cómplice con la cobardía o la complacencia de un presente aparentemente estable
y una moral aparentemente confortable.
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Jorge
Majfud. Escritor uruguayo (1969). Graduado arquitecto de
la Universidad de la República del Uruguay, fue profesor de diseño y matemáticas
en distintas instituciones de su país y en el exterior. En el 2003 abandonó sus
profesiones anteriores para dedicarse exclusivamente a la escritura y a la
investigación. En la actualidad enseña Literatura Latinoamericana en The
University of Georgia, Estados Unidos. Ha publicado Hacia qué patrias del
silencio (novela, 1996), Crítica de la pasión pura (ensayos 1998),
La reina de América (novela. 2001), El tiempo que me tocó vivir
(ensayos, 2004). Es colaborador de La República, El País, La Vanguardia,
Rebelión, Resource Center of The Americas, Revista Iberoamericana, Eco Latino,
Jornada, Centre des Médias Alternatifs du Québec, etc. Es miembro del Comité
Científico de la revista Araucaria, de España. Ha colaborado en la redacción de
Enciclopedia de Pensamiento Alternativo, a editarse en Buenos Aires. Sus
ensayos y artículos han sido traducidos al inglés, francés, portugués y alemán.
En 2001 recibió mención del Premio Casa de las Américas, Cuba, por la novela
La reina de América. Ha obtenido recientemente el Premio Excellence in
Research Award in humanities & letters, UGA, Estados Unidos, 2006.
PÁGINA WEB DEL AUTOR:
http://majfud.50megs.com/

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