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Cómo ser un pésimo escritor
(y estar a punto de morir
en el intento)
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Juan J. Sandoval Zapata
Ante todo, para ser escritor hay que tener «los
huevos bien puestos». Digo esto no por mencionar un par de objetos ovalados
incrustados entre las piernas. Porque ya en estas épocas de igualdad de género,
cualquier mujer tiene más «huevos» que un hombre común en el Perú, lo que podría
generar la idea que las peruanas tienen más cojones que los peruanos, tema que
se ha demostrado a lo largo de la historia.
Entonces, después de verificar que uno tiene los
cojones necesarios para asumir la responsabilidad, es necesario consultarlo por
uno o dos años con la almohada (puede que nos podamos extender hasta el
quinquenio sin obtener respuesta). Luego, cuando uno es consciente en sí mismo
que podrá soportar todo el peso de la gravedad, necesitamos contárselo a los
padres. Porque, ojo,
estamos
hablando del descubrimiento de una vocación, a temprana edad, claro. No como yo
y muchos otros que comenzaron a leer libros pasado los veinte años, cosa que es
algo vergonzoso aceptar, pero que debemos recalcar porque, ante todo, para ser
un pésimo escritor es necesario rechazar todo tipo de libro. Peor si estamos
hablando de los libros de los amigos, pues ellos no están embarcados en el serio
proyecto de sumergirse en la mediocridad de la literatura.
Tras haber convencido a los padres de que uno se
hará escritor, también debemos explicarles que uno prescindirá de ingresos
monetarios por una década. Quizá más, según sea el caso de escritor que se desee
asumir por el resto de la vida. Pero debe quedar en claro que los padres tendrán
que correr con los gastos vitales del joven artista hasta que éste se consolide:
aprenda a cobrar honorarios, establecer tarifas de propiedad intelectual,
ofrecer conferencias de alto impacto y manejar las controversias públicas con la
mejor sonrisa.
Con el pasar de los años, uno se dará cuenta que
el oficio del escritor no está escrito en ningún lado. Así uno recorra
facultades, escuelas, escritores consagrados (al alcohol), lleve maestrías,
diplomados, tertulias financiadas con la chequera de algún tío intelectual. Así
uno compre colecciones completas de teoría narrativa, todo será en vano: el ser
un pésimo escritor involucra un compromiso con la ociosidad, con el desgano y un
amor pasionero por el control remoto de la tv, con el cine y el vídeo, con la
música, el rock, el jazz y la salsa dura. Ser un mal escritor nace de la
posibilidad del fracaso, pero un pésimo escritor encarna el fracaso completo, la
senda del perdedor es un don de Dios, y como todo don es único.
El socializar en la comunidad literaria también es
un paso obligatorio. Un mal escritor frecuenta los bares más fétidos de la
ciudad, los pésimos nadan en los urinarios (un buen escritor se va a su casa a
dormir). Conocer a los escritores de la misma edad es una estación inmediata.
Algunos tendrán envidia, otros se enamorarán con gracia de cómo un pésimo
escritor lleva tan bien sus uñas. Otros querrán solamente no sentirse tan solos
y son capaces de pagar la edición completa de tu libro. Es necesario conocer a
todos, uno por uno, descubrir sus bajezas, sus adicciones, tomar el nombre
completo de sus hijos, de sus ex parejas y a la vez registrar a sus amantes,
para luego denunciarlos en recitales poéticos.
Ya habiendo conocido la fauna de una generación,
cualquiera que sea, preservar el bajo nivel narrativo sólo se logra con la
distancia total del circuito público. Antes de esto, será necesario ensuciar las
actividades literarias con abruptas participaciones en mesas intelectuales,
apelando al estado de ebriedad como bandera discursiva. Insul-tar a los que no
están, soltar todos los nombres que uno sabe. Y luego huir antes de que lo maten
a uno.
Si la ciudad es demasiado pequeña para soportar la
presencia de la competencia, ya sea por el mal aspecto, o por repudio, lo mejor
sería abandonarla. El Perú ofrece una variedad de escondites por todo el
territorio. Si uno está intoxicado de la mala noche, el clima serrano ayuda. Si
uno, más bien, es puro y santo, pero está dispuesto a malograrse por una
temporada, la selva es lo mejor. Luego están las playas, incluso los desiertos.
Todo es bueno para el autoexilio.
Publicar el primer libro también es imprescindible
para tentar el fracaso. Uno puede juntar un poco de dinero y mandar a imprimir
en cualquier imprenta pequeña del centro de la ciudad. Consumado el acto, mucho
más fácil será buscar dónde presentarlo. Hay muchos bares y cafés en la ciudad
dispuestos a cobijar veinte minutos de fama. Los reciben con los brazos abiertos
y les ponen a disposición pequeñas campañas publicitarias para celebrar la
salida de la obra debut. Si falta presentador, saldrá todo tipo de intelectual
con su currículo bajo el brazo, dispuestos a lanzar palabras de elogio a cambio
de unas monedas y una buena borrachera. El ingreso libre del local garantizará
un lleno total siempre y cuando el trago de honor sea gratis.
La prensa también juega un rol importante. En
necesario buscarlos a sus redacciones, sacarlos del estrés e invitarles un café.
Si la charla se acompaña con alcohol, incluso alguna droga fina, mejor aún. La
inversión garantizará una reseña mesurada e informativa, dando presagios de que
una futura estrella está por brillar. Cuestión de tiempo, dirán. Pronto, pronto
habrá poesía.
Si después de agotar la edición del primer libro a
uno le quedan ahorros, lo mejor será improvisar un segundo título. Si no alcanza
el tiempo para corregirlo no importa. Priorice la fotografía de solapa. No hay
peor escritor que el que muestra la mejor foto. Algunos se darán cuenta que fue
una decisión apresurada, pero el grueso que acudió a la primera presentación, y
que nunca olvidarán la
descomunal
borrachera que se tiraron, sabrán defenderlo entre los co-mentarios urbanos.
Ahora, si los ahorros nunca existieron, los libros
del primer hablar van siendo almorzados por las polillas debajo de la cama, lo
mejor será regalarlos en peso. Las bibliotecas pú-blicas son los mejores
cementerios. Llene su formulario y done unos cinco ejemplares. Las musarañas del
olvido se lo agradecerán.
Otra forma de agotar la edición es visitando
colegios, presentarse en los salones de secundaria y hablarles de todos los
autores que nunca se ha leído. Mientras más desconocidos para ellos, será mejor.
Cautivará más a su público y finalmente logrará vender no más de treinta libros
en una sola tarde. Negocio redondo. Eso sí, prometa nunca más volver a la misma
escuela, pues el truco funciona más que una sola vez.
Si es que ya se han agotado las posibilidades de
volver a publicar, ya sea porque los padres quebraron financieramente, ya sea
porque ningún editor estaría dispuesto a manchar su nombre junto al de uno, ya
sea porque el ambiente literario lo detesta, repudia e ignora deportivamente, o
porque los problemas con la legalidad se hacen cada vez más evidentes, lo mejor
será buscar una beca. Las oportunidades de escapar están botadas en las
embajadas. Entonces, ya es cuestión de definir una postura política y ver si a
uno le conviene el socialismo brasilero, o el libertinaje de Tijuana, o si el
viejo continente es el mejor camino al desarrollo, aunque uno, lo único que
quiera, es seguir aferrado a ver televisión y escuchar música fuera de época.
Obtenida la beca, lo mejor será salir cuanto
antes. Llevar pocas maletas y recuerdos. Dejar todo lo hecho o arrojarlo al
tacho: la poesía, los cuentos, lo vivido. Disfrute de su estancia lejos de esta
herida llamada Perú, no busque a ningún compatriota, ni menos compartir penas
con algún colega de la misma edad. Vaya por el mundo, pensando que todo lo
hecho, hecho está, y siga para delante.
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JUAN JOSÉ
SANDOVAL ZAPATA
(Lima, 1976);
escritor y músico por afición. Ha publicado el volumen de cuentos Barrunto
(edición independiente, 2001).
PÁGINA DEL AUTOR:
http://barrunto.blogspot.com/
De este autor puedes leer, también, los relatos:
Un día de combi y
Mi hermano, el infeliz

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