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PLACERES
A BAJO PRECIO (Calpe)
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Claudio Rizo
Este fin de semana he estado en Calpe. Sí, en esa especie de pueblo portuario
que rinde culto divino a la gran Roca adorada: un pedrusco hincado en el fondo
marino y que queda suavemente escoltado por gigantescas moles de cemento,
construidas en formas desiguales, sin guardar apenas línea estética en su
continuidad visual, pero dotado el conjunto de una extraña, casi indefinible,
belleza armónica.
Es cierto que esta tierra guarda las «dos caras» que tienen los
pueblos costeros, y especialmente los turísticos. Pero no es Benidorm, por poner
un caso. Es, a lo más, un hermano
pequeño
que está en formación pero que ya enseña todos sus potenciales brillos a
visitantes y lugareños, sin que haya que reventarse los codos por reservar mesa
junto al mar ni llenarse de mala leche para aparcar el coche en huecos
imposibles. Esa es, entre otras, una de las grandes ventajas de muchos
pueblecitos que duermen junto al mar y que quedan —gracias a Dios— ligeramente
orillados en favor de los grandes monstruos del estío. La masificación, a Calpe,
pues, le es ajena; y si le es propia, lo es en brevedad. Claro que agosto traerá
otros movimientos. Pero julio es acogedor, amplio y hasta la brisa acaricia tu
cara sin molestias ni encontronazos.
Estoy con mi novia en un apartamento de lo más apañado. En primera
línea de mar, como dicen los publicistas como gancho al veraneante. El pisito es
pequeño. Quizás sólo dos personas podrían permanecer un tiempo largo sin
reclamaciones de espacios. Reconozco que yo nunca había estado en eso que llaman
«apartotel», y tenía cierta curiosidad por verlo. Pero no es nada nuevo.
Descubro que casi seguro en ellos se habrían inspirado los próceres urbanísticos
del Estado para idear las famosas ¿viviendas? de 30 metros que tantos
desaguisados han arreglado al mozo español. Al abrir la puerta me encuentro de
sopetón con la cocina: un par de metros a largo y toda ella perfectamente
incrustada como por arte de magia en un espacio tan pequeño que yo no habría
sabido qué hacer con él de haber estado vacío. Doy dos pasitos y ya estoy en el
salón. Tele pequeña y mesa con cuatro sillas a su alrededor. Giro el cuerpo, sin
más, y a mi derecha el aseo y a mi izquierda el dormitorio. ¡Ah!, descubro que
tiene terraza. ¡Y qué terraza! Esa es la terraza del veraneante —pienso—, la que
se cotiza y se coloca en las fotos de internet como reclamo al turista. Da
directamente a la playa. ¡Qué locura! Por cierto: la recepcionista no tiene ni
pajolera idea de español: ¿Sois dos?, me dijo al llegar con dos deditos
elevados, como dudando de que «dos» en sus labios fueran cuatro o cinco en los
oídos de un español. Sí, le contesto en el universal gesto de cabeza de arriba
abajo. Para asegurarme, claro.
Para mí, Calpe tiene principalmente dos atractivos: los paseos
—relajantes y generosos—... ¡y su arroz a banda! Aunque tiene, que voy a ser un
desconsiderado si no lo digo, una variedad riquísima en marisco y todo tipo de
habitante marino que por sus costas pulula. El arroz pedimos que sea servido en
la paella. Agarramos nuestros tenedores, marginamos temporalmente la
conversación, y nos damos a la feliz tarea de arañar y rebañar la paella hasta
que quede casi nueva.
El vino Alcanta, tinto de la casa, barato pero juguetón —no estamos
para dispendios— hace el resto. ¡Qué maravilla! ¡Qué sensación! ¡Qué placidez!
Tras tres cuartos de hora de lenta ingestión, la paella queda alojada por igual
en nuestros vientres, que se ven hinchados pero felices. Finalizamos con un
licor de hierbas, de no baja graduación, que termina de conducirnos a un
agradable sopor vespertino. Nos levantamos con dificultad. Nos enfundamos las
gafas de sol y nos hacemos los remolones paseando por la finísima arena de la
playa, mientras jugueteamos por momentos con las olas más atrevidas que llegan
hasta la costa.
No olvido la Casita Belga. A ella llegamos a media tarde, cuando ni el
sol se va ni la noche se decide a llegar. La temperatura ya se desliza por los
24 grados. Unas cervecitas y un par de croquetas bien dotadas, nos recuerdan que
lo bueno pasa demasiado deprisa. Y que si no estás, ya no lo vives.
Es en ese momento cuando siento que la vida te regala, de continuo,
placeres a bajo precio.
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CLAUDIO RIZO
es un autor que reside en Alicante
(España)

Lee otros textos de este autor: «Correo
sin asunto»; «Aparentemente
solo» (relatos) y «Querido
pitillo» (artículo)

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