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Carísimos hermanos, me
es imperativo y categórico al mismo tiempo intentar, aunque no sin riesgos,
la apología y por qué no, hasta el encomio del fraude, tan malogrado por la
propaganda adversa que con sospechosa mala voluntad le dedican todos los
códigos civiles habidos y por haber en este mundo injusto.
Empezaremos por desnudar el concepto, tan vapuleado por
epítetos y denuestos que no se hallará en él valor alguno que merezca el
resarcimiento de un premio. Mi Diccionario de Latín, aunque vetusto (si no
defrauda la fecha de impresión) recoge los sintagmas:
Fraudo, as, avi, atum, are: Defraudar, engañar, usurpar, despojar, burlar
con fraude. // Hurtar, privar, quitar, robar. Fraudare stipendium miliatum:
retener la paga de los soldados. Plaut: Negarse, no concederse el menor
placer.
Fraudátio, onis: Defraudación.
Fraudátor: Defraudador.
Fraudátrix: La que defrauda y engaña.
Fraudátus: Defraudado, engañado.
Ya vemos que existe un
«fraudare»
en cuanto a los estipendios militares, siempre pródigos a la hora de restar
en los balances del Estado. ¿No empiezan a intuir algo bueno en esta forma
sutil de escatimarle ganancias al clan castrense, en un país tan
militarizado que ya parece un fortín de artillería? Tampoco habrán dejado de
observar que
«no
concederse el menor placer»
nos insta a cierto estoicismo tan injuriado en estos tiempos de consumismo y
culto al hedonismo de la peor calaña. Ya hay quienes, víctimas de esa
epidemia que ha dado en llamarse
«mercadeo
compulsivo»,
atiborran los carritos del supermercado, arrasan con góndolas y mesas de
ofertas llenándose de chucherías superfluas siguiendo quién sabe qué oscuros
designios de la mente, que pretende llenar con cosas su vacío de casos. ¿Y
qué me dicen de
«fraudátrix»?
¿No constituye cierta forma de justicia de parte de las mujeres,
históricamente defraudadas por el hombre a través de los siglos?
Los años, que todo lo perjudican, fueron deslizando un
matiz inicuo sobre el concepto del fraude. Miríadas de homilías dominicales,
cardúmenes de catequistas de toda laya, montañas, qué digo ¡cordilleras!,
Alpes, Apeninos y Andes de escritos no cejaron de amontonar cargos contra el
fraude y el pobre, arrinconado por este corifeo de difamadores no pudo sino
callar y seguir obrando pacientemente en el silencio.
Podríamos enumerar una ristra tan larga de sus
detractores que la guía telefónica resultaría una sinopsis a su lado. Sin
embargo, creo fervientemente que hay dos popes en esta cruzada punitiva:
Santo Tomás de Aquino, que engordó hasta el límite de los 160 kilogramos
escribiendo una Summa para restar prestigio al fraude, y Dante
Aliguieri su entenado literario. El uno, como
«causa
prima»
el otro como consecuencia. Usted dirá
«Pero,
¿quién los lee?»
No se engañe, estimado lector. ¿Ha leído usted las obras completas de Adam
Smith, David Ricardo, Menger y Keynes? Vaya al supermercado y verá cómo se
aplican implacablemente sin que la cajera, el repositor y a veces hasta el
mismo gerente hayan escrutado los jeroglíficos econométricos que estos
digestos contienen.
No, mi querida señora, no, mi estimado señor. La letra
perdura más allá de la idea; como decía don Poncio
«lo que
está escrito, queda escrito».
No habrán leído la Summa ni la Commedia, pero ¿cuántas
iconografías no mostraron impúdicamente a través de los siglos a los
tentadores, aduladores, simoníacos, barateros, hipócritas, timadores,
difamadores, traidores, malos consejeros y falsificadores sufriendo en el
octavo círculo del Infierno? ¿Cree usted por ventura que sale de un museo
siendo el mismo que entró? Jamás. La imagen ha operado su cuerpo calloso,
amputó aquí un núcleo acumbens y allá un sector aunque minúsculo,
imprescindible de su tálamo para razonar debidamente. No hay en este mundo
cosa tan peligrosa como una imagen. Ni qué decir si ésta orna un retablo de
catedral. Y todo un ejército de Giottos, Fra Angélicos, Michelángelos,
Cimabués se encargaron de retratar las palabras de Dante aleccionadas por el
obeso Aquinate.
Creo, estimados amigos, que es hora de reivindicar la
ética del fraude. Ya hemos sido testigos etimológicos de dos virtudes casi
cardinales: el boicot a las finanzas militares y la venganza de siglos de
sumisión femenina. Todavía nos resta agradecerle nada más ni nada menos que
la existencia de la clase política del siglo XXI. ¿Qué sería de esta raza de
organizadores sociales si tuviesen que atenerse estrictamente a la rígida
dieta de Santo Tomás, dieta que él jamás acató en cuanto a su condumio.
«La verdad
es la correspondencia del pensamiento con su objeto».
Imagínense si un excelentísimo senador vitalicio decidiera hacer
corresponder en un discurso su pensamiento con un cohecho, por inocente
ejemplo. ¡Dejaría ipso facto su excelencia a merced de la plebe y el hampa!
Ni hablar de señores presidentes, ministros, subsecretarios de Estado, jefes
de gabinete, fiscales, jueces de segunda instancia, ediles, candidatos en
campaña. La política, ciencia de lo posible, se volvería sencillamente
imposible sin la salvadora fórmula del buen fraude. Vaya al destierro de
nuevo el florentino. Huya a la Tebaida el Aquinate (de paso, viviendo de
hierbas, adelgaza) y los Savonarolas y todo fanático de la verdad: ya
sabemos que todo fanatismo no es más que una fe tambaleante.
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