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Ángeles sin alas
Niños del mundo
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M. Ángeles Bernárdez
Las reglas fundamentales para los derechos
infantiles existen. Uno de estos preceptos manifiesta la necesidad de establecer
principios que protejan a los niños de las diversas maneras en las que pueden
sufrir abandono y abusos, y a los
que
han de enfrentarse cada día en todo el mundo —Convención de Derechos del Niño
(1989), redactada por la Comisión sobre Derechos Humanos de la ONU—, teniendo
presente las diferencias políticas, sociales y culturales, de los países a los
que pertenecen por nacimiento o residencia. Este acuerdo internacional pondera
que la primera responsabilidad de cuidado y protección de los menores está en el
ámbito familiar.
Con el fin de poder defender ellos mismos sus
derechos, a principios del año en curso, en la italiana ciudad de Florencia, 250
niños pertenecientes a diferentes rincones del mundo debatieron la forma de
terminar con la esclavitud del trabajo. Yugo que soportan uno de cada seis niños
menores de edad. Estos niños dispusieron una propuesta para hacer oír sus voces
en los ámbitos del poder. Para ello contaban con el estudio presentado por la
Organización Mundial del Trabajo (OIT) durante la celebración del 1º Congreso
Mundial de niños sobre Trabajo Infantil. Dicho estudio nos dice que es más
productivo enviar los niños a la escuela que a una fábrica. Acabar con el
trabajo infantil supondría un coste de 760.000 millones de dólares, a la vez que
provocaría unos beneficios del 5,1 billones para el año 2020, según información
de Naciones Unidas. Sin embargo, para los organizadores del Congreso el precio
de escolarizar a los niños que trabajan les supone un gasto de 11.000 millones
de dólares —y añaden—, más o menos lo que el mundo desembolsa cada tres días en
armamento, o en el valor anual de los artículos cosméticos que consumen los
europeos.
El trabajo infantil es un mal social mayor. Para
la OIT, erradicar la explotación infantil por el trabajo comprende programas de
educación y de ayuda contra la miseria y el hambre. En América Latina, la
eliminación del empleo costaría alrededor de unos 76.600 millones de dólares; y
un beneficio previsto para el 2020 de 407.200 millones de dólares.
Jazmín Santiago, niña que desde muy temprana
edad tuvo que ganarse la vida vendiendo caramelos y limpiando parabrisas en la
Ciudad de México, participante en el Congreso de Florencia, nos dice: «Este
congreso fue una gran experiencia para mí, porque compartí con otros ideas y
opiniones. Hicimos propuestas y esperamos que ahora los gobiernos las escuchen y
nos tomen en serio, o sea, que no sólo nos prometan cosas que, como siempre, no
cumplen». El investigador Human Rights Watch reveló, en un estudio realizado en
Ecuador en el año 2001, que la contratación de mano de obra infantil en la
industria bananera expone a los pequeños a potentes pesticidas, y a trabajos de
gran peligrosidad. Es un hecho constatado que las economías avanzadas no siempre
garantizan el desarrollo social; paradójico, que algunas de las naciones más
empobrecidas estén gestando mayores progresos en la defensa de los derechos de
la infancia —Informe sobre el Desarrollo de las Naciones de UNICEF (1998)—,
porque «hacen de las necesidades más elementales de los
niños una auténtica prioridad».
Si echamos una mirada atrás en el tiempo a la
Historia, ésta nos relata que los niños han trabajado desde siempre, pero con
una abismal diferencia. Miles de estos niños, por cientos de años, han trabajado
para ellos mismos, para mejorar sus posibilidades de vida, haciéndolo dentro del
ámbito familiar o en su comunidad, unidos por un bien común a sus propios
gremios o asociaciones como sistemas de protección. Existe toda una lógica
perversa para atrapar al menor en las redes de la explotación laboral porque son
imprescindibles allí donde el trabajo que han de ocupar los adultos es bajo o no
existe; para quienes contratan, al cobrar menos y carecer de gastos de
protección social. Todo ser humano, concienciado y angustiado por este drama,
sabe que es necesario y prioritario hacer lo imposible por acabar con él. Y se
ha de hacer desde el más bajo escalón social hasta al más alto peldaño donde los
gobiernos gestan informes y cifras cuando deberían aplicar medidas reales. La
sencilla acción de colocar un distintivo especial en todos los productos
confeccionados por medio del trabajo infantil, removería las conciencias que se
pierden en la rutina del día a día. Una etiqueta de garantía social en la ropa o
el calzado… nos avisaría. Aunque no erradicáramos totalmente esta lacra,
pondríamos individualmente en marcha nuestra particular cruzada… Lo que es
impropio y cruel es que a miles de niños y niñas de todo el mundo se les esté
condenando a una lenta e irremediable muerte, porque son reos sobre patíbulos
que unos adultos construyen y muchos otros, dentro de la impotencia o la
desidia, pretenden ignorar. A diario se consumen en todo el planeta cantidades
cuantiosas de productos fabricados por la mano infantil, por niños a quienes se
les ha robado el tiempo de los sueños…
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MARÍA ÁNGELES BERNÁRDEZ
es directora de la Revista Literaria La
Fuente, en Almería (www.revistalafuente.org).
Relatos, artículos y poemas suyos se publican en el semanario Granada Costa,
de Granada (España), y colabora, así mismo, con páginas web como la de
Alfonso Lavquén (Chile).
De esta autora también puedes leer los relatos:
Aquella otra mujer
y
El regreso
y los artículos
La estrella de Belén; ¿Mito, realidad o milagro? y
Margarita Xirgu
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