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DE AMICITIA
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Ana Herrera
Hace unos días cayó entre mis manos un
libro que contenía los diálogos sobre la vejez y sobre la amistad, Laelius o
De Amicitia, de Marco Tulio Cicerón, el primer humanista de Roma, maestro de
la oratoria, defensor de la justicia, de la ley y de la república romana. Nació
en el año 106 a J.C. en Arpiño, pequeña ciudad de La Campania italiana. De
Amicitia fue escrita en el año 44 a J.C. cuando Cicerón contaba 62. Fue el
año de su vida de mayor fecundidad, ciertamente asombrosa, en cuanto a
producción literaria-filosófica. Tal era el respeto y la admiración que
despertaba que César, pese a sus desavenencias políticas, lo trataba de
Cicerón imperator y fue apodado pater patriae, padre de la patria.
Tras el asesinato de César, se firmó uno de los pactos más
ignominiosos para la historia de Roma: Antonio, Lépido y César Octavio acordaron
repartirse el imperio y asesinar a dos mil hombres de entre los más poderosos
de la ciudad. El final de la lista lo cerraba el nombre de Cicerón. Cuenta
Stefan Zweig en Los momentos estelares de la humanidad que, tras su
muerte, le cortaron las manos y la cabeza y que ésta fue expuesta en la tribuna
de los oradores, la misma desde la que Cicerón pronunciara sus inmortales
discursos en vida. Continúa Pedro Font Puig, en su prólogo a la obra que
referimos, que la cabeza fue enviada a Fulvia, esposa de Antonio, la cual la
coge en sus manos, la pone entre sus rodillas, le estira la lengua y la
atraviesa con una aguja. Pobres necios sus asesinos y Fulvia, pobre necia, si
con ello creyeron que matarían la libertad de pensamiento. Seguramente
consiguieron sus fines inmediatos, pero nunca conseguirían borrar al clásico, lo
esencial humano de un filósofo, de un escritor que, aún hoy y siempre, seguirá
proyectando un hálito de actualidad sobre sus palabras bimilenarias.
Sólo César Octavio se hizo al final con el poder cambiando el curso
de la historia de Roma al nombrarse emperador. Muchos años después encontró a un
nieto suyo leyendo una obra de Cicerón. El niño, al verse sorprendido por el
abuelo, rápidamente la ocultó. Y Octavio se la devolvió al muchacho diciendo:
«Era un hombre docto, hijo mío, docto y buen patriota».
Para que podamos hacernos un alcance de la grandeza de este hombre,
sólo bastaría leer la citada obra, en la que el propio Cicerón, bajo el nombre
de Lelio, dialoga con sus yernos, Fanio y Escévola, sobre el valor de la
amistad. En ella nos exhorta a que antepongamos la amistad a todas las cosas
humanas. Insiste en que sólo puede haber amistad entre los buenos y manifiesta
su superioridad sobre el parentesco. ¿Qué cosa más dulce que tener con quien te
atrevas a hablar de todo igualmente que contigo? ¿Cómo disfrutarías tanto en las
prosperidades si no tuvieras quien de ellas se alegrase igual que tú mismo?
También comunicando las adversidades al amigo se hacen éstas más llevaderas.
Nunca debe uno pretender de un amigo algo que no sea recto, ni concederlo.
Expone su deseo de servir y dar consejos al amigo. Que sean comunes entre amigos
las costumbres, pareceres y voluntades. Entre las amistades hay que elegir a las
firmes, estables y constantes. Hay también cierta desventura a veces necesaria
en tener que deshacer una amistad, pero nada es más vergonzoso que hacer guerra
a aquel con quien se vivió amistosamente y, por tanto, hay que evitar que las
amistades se conviertan en enemistades de las cuales nacen querellas, injurias y
ultrajes. Primero hay que ser bueno antes de pretender la bondad en los amigos.
La amistad no ha de ser compañera de vicios, sino auxiliadora de virtudes. La
amistad es la única cosa entre los humanos acerca de cuya utilidad todos a una
voz consienten. Entre amigos hay que decir aún aquella verdad que amonesta y
reprende: que el que amonesta lo haga con libertad, no con aspereza, y que el
otro lo reciba con paciencia, no con disgusto. La adulación y la lisonja son
vicios de hombres falaces que todo lo dicen para complacer y nada para decir la
verdad.
En conclusión, la amistad está expuesta a muchos peligros —riquezas,
poder, placeres, honores— y no deriva de la necesidad o la utilidad, sino de la
naturaleza. La virtud es la que concilia amistades y las conserva y cuando se
descubre su luz y se ve y se reconoce en otro, se recibe el resplandor que otro
posee, con lo cual se enciende el amor y la amistad, pues una y otra palabra son
derivadas de amar: tener dilección por aquel a quien ames sin buscar utilidad;
la cual, sin embargo, florece de la amistad aunque tú no la hayas buscado.
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Ana Herrera Barba.
Nacida en Campillos
(Málaga). Diplomada en Magisterio y licenciada en
Filología Hispánica por la Universidad de Málaga. Es
profesora de Lengua Castellana y Literatura. Dirige
obras teatrales y recitales poéticos con sus alumnos.
Realiza actividades de prensa-escuela y biblioteca
escolar. Ha participado en numerosos seminarios
permanentes y proyectos de innovación educativa. Desde
2001 ha recibido premios de poesía y relato siendo
publicada su obra a través de certámenes literarios, la
Delegación de Educación y las asociaciones Firmana y
Alas. Es coautora de Breviario, Herotiko’s
y Walläda 6, de Alas. Imparte conferencias y
recitales. Ha participado en simposios y congresos
universitarios de la AEHM, siendo publicada su obra en
Atenea y por la Diputación de Málaga. Ha colaborado con
las revistas Liberlect.com, Mujeres al día y Almenara.
Foro Social y Cultural. Colabora con la Cadena Ser Radio
Costa del Sol en el espacio La Firma y Amicam radio
Campillos. También ha colaborado con la prensa en Las
Noticias, de San Pedro de Alcántara. Ha sido Secretaria
de la Federación Provincial de Asociaciones de Mujeres
de Málaga, Ágora. Escribe ensayos, artículos, cartas
literarias, poemas, relatos, biografías noveladas… Está
incluida en la Antología de escritores docentes de la
Consejería de Educación en el 80 Aniversario de la
Generación del 27. Con el viento de frente es su
primera novela.
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