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Las virtudes secretas
de un militante obrero
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Víctor Montoya
Don Dionicio Coca no está hecho para trazar los
grandes lineamientos estratégicos ni teóricos de la lucha obrera, sino para
resolver los problemas prácticos y concretos. Posee el don de la paciencia y la
rara costumbre de escuchar callado. En él, más que en nadie, «hablar es plata y
callar es oro». Luego surge la pregunta: con ese silencio, ¿cómo pudo haber sido
dirigente de la Federación Sindical de Trabajadores Mineros de Bolivia, una
organización donde hace falta ser la voz de los sin voz?
Don Dionicio vive
soñando con la revolución proletaria, con esa causa que no figura como utopía en
el prontuario de su vida, pues desde cuando creció entre dinamitas y mineros,
entre cocas que adormecen el hambre y alcoholes que envenenan la sangre, conoció
la explotación del hombre por el hombre, trabajando en la estación de
ferrocarriles de Cancañiri, en las cosechas argentinas y en las minas
bolivianas.
Sufrió la
persecución y el destierro, pero nunca dejó de ser todero: fontanero,
albañil y carpintero; zapatero, sastre, perforista y tornero... Es maestro de
más de siete oficios, no en vano en sus documentos de juventud figura como
«artesano», tan artesano que, apenas aprendió a dominar el secreto de los
números, ascendió a la categoría de obrero calificado, con especialidad en
tornos computarizados; oficio que desempeñó hasta que se peleó con el capataz de
la fábrica, con quien jamás concilió por no faltarle el respeto a sus principios
ni a su convicción revolucionaria.
Don Dionicio, con
las mismas manos que levantaron paredes y derrumbaron barandas, con las mismas
energías que reventaron rocas y tornearon metales, construyó escritorios,
sillas, vitrinas, camas y una hermosa mesa de maderas nobles, ante el asombro de
los carpinteros profesionales, quienes se tomaron fotografías junto al mueble,
mientras imaginaban que con esa habilidad cualquiera podía llenarse de dinero,
ya que las mesas construidas a golpes de mano tienen su recompensa tarde o
temprano.
Cuando le pregunté
si la mesa fue calada y pulida para que dure una eternidad, me miró a los ojos y
contestó: «La hice para que mis hijos me recuerden cada vez que se sienten a
comer». Por un instante pensé en sus hijos que, como en toda familia de
extracción minera, parecían los peldaños de una grada. Después insistí: ¿Pero
esta mesa no es muy común, verdad? «Así es —replicó—. El modelo fue tomado de un
libro de muebles del siglo XVII».
Entonces comprendí
que la construcción de la mesa fue un desafío contra sí mismo, contra su
capacidad de imaginación y de trabajo, o por la simple aventura de hacer algo
concreto con las manos, con esas manos acostumbradas a los trabajos rudos de la
mina y los talleres de mecánica, donde trabajó para no perder la costumbre de
ganarse el pan con el sudor de la frente y para evitar que la fuerza de su
creación se le escape por la boca, pues don Dionicio es un hombre de pocas
palabras pero de muchas acciones, a veces, proclives al terrorismo individual,
como cuando se dio la misión de quemar una urna, con el propósito de sabotear el
proceso electoral en 1964. No obstante, como suele ocurrir en estos casos, el
sobre de ácido fulmínico y azúcar que llevaba escondido, en lugar de quemar las
papeletas depositadas en la urna, ardió entre sus manos, chamuscándole los
cabellos, las pestañas y las cejas; noticia insólita que se propagó como reguero
de pólvora a través de las emisoras mineras en cadena nacional.
Don Dionicio,
recordando ese suceso y esbozando una sonrisa, dijo: «Por ese entonces era muy
joven y no sabía medir las consecuencias». Claro está, no supo medir las
consecuencias de su actitud rebelde e incendiaria. Durante el golpe militar de
1971, a la sazón delegado de la Sección Beza y comandante del piquete de obreros
armados con dinamitas, se enfrentó a las tropas del ejército en las pampas
áridas de Machacamarca, donde los soldados, parapetados en un vagón, abrieron
fuego desde todos los ángulos, dejando fuera de combate a varios mineros
comandados por don Dionicio, quien, dinamita en mano, ordenó la retirada para
evitar un baño de sangre.
Así transcurrió el
tiempo, hasta que en 1974, tras la huelga general decretada por la Federación de
Mineros, fue apresado y exiliado al Paraguay durante la dictadura de Stroessner,
donde permaneció bajo estricta vigilancia policial, hasta que se fugó con
documentos falsificados rumbo a Bolivia. Años después, luego de ser reelegido
dirigente de la Federación de Mineros en el congreso de Corocoro y encabezar la
huelga nacional en 1976, volvió a caer en manos de las fuerzas represivas del
régimen militar de Hugo Banzer y, como es de suponer, fue exiliado a Chile,
donde le confinaron a una guarnición de la región sureña de Temuco, de donde no
tardó en huir hacia Santiago, burlando la vigilancia de los gorilas de Pinochet
y siguiendo los rieles del ferrocarril con la ayuda de un mapa que todavía
conserva entre sus documentos como uno de los mejores recuerdos de su pasado.

Actualmente reside
en Estocolmo, alejado de los socavones del altiplano boliviano, donde dejó una
parte de sus pulmones y la mitad de su vida, y resignado a vivir como refugiado
en un nuevo país, donde culminará la otra mitad de su vida, consciente de que la
frase: «¡Proletarios de todos los países unidos!», hizo carne de su carne y
sangre de su sangre.
Don Dionicio Coca, como pocos latinoamericanos en
Suecia, jamás dejó de sorprenderme con sus comentarios y habilidades, pues
cuando lo visité la última vez, me enseñó una hermosa pérgola que construyó en
la parte posterior de su casa; una suerte de biombo que, al desplegarse de un
extremo a otro, parecía un enorme bandoneón hecho de vidrio y madera.
—¿Y
esto qué es? —le
pregunté, mientras miraba la mampara, compuesta por seis bastidores que, unidos
por medio de goznes y colocados en un carril metálico, soportaban un complejo de
cincuenta y seis vidrios que daban la sensación de que toda la casa estaba
expuesta a la luz y el aire.
—Es
mi vergüenza —contestó—.
Me salió más lujosa de lo previsto. Ahora me temo que despierte la envidia de
los vecinos o que algún peatón malintencionado repita aquí «la noche de los
cristales rotos».
Lo cierto es que esta construcción, cuya cara
frontal da hacia un bosque y un sendero abierto por los peatones, es un objeto
que llama la atención a primera vista. Por eso los vecinos, sin el menor reparo
de ser sorprendidos con la curiosidad en los ojos, se detienen en el camino para
admirar esta sinfonía de cristales que, en realidad, es un himno a la habilidad
manual del hombre, aunque don Dionicio, con la humildad que lo caracteriza, no
hace alarde de esa construcción que le consumió gran parte de su tiempo libre,
pues todos los fines de semana y todos los días después de su faena en la SL
(Tráfico Local de Estocolmo), se dedicó a medir y cortar los listones, a pulir y
colar las piezas en el taller improvisado que instaló en el patio de su casa,
donde trabajó sin que nadie lo apremiara, con la pasión de quienes depositan su
amor y su alma en las obras de su creación. Según me contó después, a veces
combinó su oficio de carpintero con la lectura de los clásicos del marxismo, un
tema que lo apasiona y conoce con un lujo de detalles de tanto haber releído los
pocos pero doctos libros que luce en el estante de su dormitorio.
—Mi
mujer está contenta —dijo—,
pero todavía no sale de su asombro. Es como si recién ahora, a muchos años de
matrimonio y a mi avanzada edad, hubiese descubierto al carpintero que había en
mí...
Su esposa se quedó mirándolo y no dijo nada. Hizo
un ademán de orgullo y se frotó las menudas manos, consciente de que ese armazón
de vidrios y listones, lujosamente ornamentados a fuerza de punzones y formón,
es una prueba de que su marido es uno de esos hombres prácticos con quienes
sueñan las mujeres de vida hogareña.
Don Dionicio, por su parte, se refirió a la
paciencia irresistible de su esposa, quien, como toda mujer acostumbrada a la
limpieza, la disciplina y la vida austera, tuvo que soportar las virutas por
doquier, el ruido estridente de las sierras y el barullo que le supone cada
ocurrencia de su marido. Pero, en fin, ella sabe que la casa es el reflejo del
alma y que la creatividad de un hombre es como una riada que no conoce cauces ni
diques de contención.

Sus hijos y nietos, que de cuando en cuando le
echaron una mano en los inicios del proyecto, tampoco cesan de admirar el
ingenio y la habilidad del carpintero innato que hay en este hombre de actitud
afable; y que, sin embargo, debido a las necesidades existenciales y los
caprichos del destino, se mantuvo latente por mucho tiempo, prácticamente hasta
que llegó a Suecia en calidad de refugiado político. Desde entonces han
transcurrido tres décadas, y don Dionicio, como muchos latinoamericanos en el
exilio, ha perdido las esperanzas de retornar a la tierra que lo vio nacer. Aquí
va realizando sus aspiraciones poquito a poco y aquí quedarán sus recuerdos
estampados en las mesas, sillas, vitrinas, camas y escritorios que construyó
pensando en sus descendientes, como todo padre que no prueba un bocado sin antes
llenar el estómago de sus hijos.
—Este
trabajito me ha salido casi a la perfección
—dijo,
paseando la mirada por esa enorme caja transparente, que en verano se inunda de
luz como un solario y en invierno se cubre de nieve dando la sensación de ser un
invernadero hecho de hilo.
—Has
hecho un excelente trabajo —le halagué,
echándole una mano sobre el hombro, a modo de manifestarle mi admiración y
respeto.
Don Dionicio se dio la vuelta y entró en el
comedor, de seguro, sin dejar de pensar en la crisis de la moder Svea,
que cada vez está menos tolerante y dadivosa. Ni modo, él llegó en una época en
que la solidaridad con los países del llamado Tercer Mundo crecía como la espuma
y la acogida de los refugiados era digna. En cambio ahora, que el «modelo sueco»
se va derrumbando como un castillo de naipes, saltan a la luz pública los
escándalos en torno a los militantes de izquierda que fueron registrados por la
SÄPO (Policía Secreta Sueca), las esterilizaciones forzadas entre 1934 y 1976,
las claudicaciones de los partidos tradicionales de la clase obrera, la
creciente xenofobia contra el extranjero y otros casos deplorables de la
historia reciente, que don Dionicio resume en pocas palabras: «Estos fenómenos
sociales son la última expresión de la crisis del sistema capitalista...».
Al abandonar su casa,
que fue renovada una y otra vez con su talento de arquitecto empírico, me asaltó
la idea de volver a visitarlo otro día, quizás no tanto para que me cuente si
una piedra rompió o no la construcción que levantó con sus prodigiosas manos,
sino para que me aporte más datos sobre la revolución bolchevique, cuyos
protagonistas son los únicos héroes de este hombre que vive soñando con la
justicia social y la revolución proletaria.
En lo que a mí
respecta, le llevaré una botella de aguardiente para brindar por su salud y
ch’allar (‘celebrar’) esa magnífica construcción de cristales, cuya
transparencia evoca el dicho popular que advierte: «En casa donde entra el sol,
no entra el médico».
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VÍCTOR MONTOYA
nació en La Paz (Bolivia), en 1958. Su infancia y primera juventud discurrieron
en el pueblo minero de Siglo XX-Llallagua, al norte de Potosí, donde se
descubrió la veta de estaño más grande del mundo. En 1976 fue perseguido,
torturado y encarcelado. Permaneció en el campo de concentración de Chonchocoro-Viacha
hasta que, en 1977, fue liberado tras una campaña de Amnistía Internacional.
Desde entonces reside en Suecia donde se dedica profesionalmente a la escritura.

FOTOGRAFÍAS ARTÍCULO: Carlos Decker-Molina
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