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La pantalla rosa en
la era de la insatisfacción
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Gabriel Cocimano
Los medios reflejan una certeza que impera cada vez más en la vida cotidiana: lo
superfluo suele ser más adictivo que lo sustancial. Lo cual parece un
contrasentido, en un mundo que se autodestruye por la mano impasible del hombre:
cuanto más la sociedad debe priorizar la acción a la inercia —por la emergencia
ante los cambios climáticos, la urgencia por participar y exigir determinación
política ante la escalada planetaria de insensatez y la obscena desigualdad
social— más el sujeto se sume en su propio nicho de indiferencia, esquizofrénico
y paranoico, empeñado en la inutilidad por satisfacer su propia ilusión, la del
consumo liberador, y en sobrevolar el paraíso en un mundo en que el placer es
cada vez más una figura borrosa y distante.
La proliferación y saturación de productos
mediáticos del «género rosa» —que registran los cimientos de personajes del
mundo artístico, divulgan asuntos de alcoba entre las estrellas del espectáculo,
el deporte y la política, y alimentan pseudo escándalos redoblando la apuesta
hacia lo erótico y sexual— se inscribe dentro de aquella certeza. Productos
concebidos con el fin de generar audiencia y éxito comercial —la regla de oro de
los medios— invaden a cualquier hora todos los medios: televisión, revistas,
radio, Internet, etc. La religión de la sociedad actual es la mediatización de
la «intimidad».
Romances secretos, rumores sobre
infidelidades de personajes reconocidos por el público, confesiones efectistas,
fotos y videos hot de artistas —algunos famosos, la mayoría ignotos—,
pseudo-estrellas de la farándula que se vanaglorian
de sus hazañas
sexuales, acompa-ñantes arribistas dispuestos a todo para conseguir minutos de
fama, disputas entre conductores de diferentes programas por una primicia
insignificante, discusiones acerca de las conductas de los participantes de los
reality-shows, etc. Horas de televisión, páginas y revistas enteras con
dedicación exclusiva, el género rosa ha multiplicado su presencia en los medios,
y cada vez más apuesta a redoblar el morbo, a «transgredir» los códigos y a
duplicar el factor escándalo: la competencia es fuerte y feroz, y por todas
partes proliferan consumidores ávidos por explorar vidas ajenas y espiar lo que
le sucede a los demás. Verdaderos voyeurs, cuya actitud constituye la
paradoja del sujeto-espectador actual: en su afán por espiar intimidades ajenas,
ese sujeto —al propugnar el aislamiento y la distancia— inmoviliza y excluye su
propia intimidad.
Para entender este fenómeno hay que hacer
referencia a la prensa del corazón: «sus orígenes se asocian a la necesidad
del ser humano de mostrar su éxito tras la aparición de la propiedad privada,
fenómeno que transformó la sociedad» (Mercado Sáez, 1999). Esta prensa
participa de rasgos que definen al sensacionalismo —énfasis en las noticias
triviales, en los personajes y lo personal, utilización de un lenguaje
coloquial—, pero su tono es más amable y relajado que el de la prensa rosa, que
persigue sin escrúpulos el morbo y el impacto. Por otra parte, el desinterés por
la información y la participación política —propios de la sociedad del
espectáculo y de la inercia del sujeto sujetado por el consumo— ha sido clave en
el auge del género, en donde el glamour fascina y distrae —paraliza— al
espectador.
Se ha dicho que el género rosa alcanzó el
cenit en una sociedad cada vez más solitaria, aislada e incomunicada: frente a
esto, conocer la intimidad ajena aparece como un paliativo de integración. Pero,
además, el escándalo, el morbo y las humillaciones en vivo y en directo provocan
en el espectador un doble juego de catarsis y vergüenza ajena que lo contiene y,
a la vez, justifica su insatisfecha existencia.
En cualquier hora y lugar, los sexólogos
han nutrido las filas de los productos del género. Solemnes algunos, relajados
otros, representan la seriedad y el punto de vista científico. Consejos,
respuestas a cuestionarios de televidentes y panelistas, ellos simbolizan el
equilibrio, la medida. Oráculos del sexo, son maestros en el doble juego de la
trasgresión: saben dónde ir y cuál es el límite al que deben llegar como
especialistas. Espectáculo puro. Un juego en el que la ilusión se debate en su
propia magnificencia.
Las estrellas de la pantalla, los ídolos
del cine y la TV, conviven en el mundo rosa con personajes anónimos, de efímera
trascendencia: algunos de ellos consiguen perdurar hasta convertirse en
estrellas; otros van y vienen con menor éxito. Así como el mercado acelera y
multiplica la rotación de objetos de consumo, así también los medios masivos y
la industria cultural explotan una cantidad cada vez mayor de «revelaciones» de
fama fugaz. Una democra-tización de lo ilusorio y lo superfluo, junto en momentos
en que el mundo necesita democratizar y horizontalizar las decisiones sociales y
políticas —a través de la participación— para sostenerlo.
La llamada «globalización emocional» ha
dejado fuera del banquete mediático a la reflexión, al periodismo con ideas
(Díaz, 2004). Acaso ya no lo necesite, porque la sociedad despolitizada y
desencantada se acostumbró a consumir sueños, fascinada por las imágenes
catárticas en donde priman los sentimientos y la ilusión.
Del mismo modo que han aparecido nuevos
personajes —criaturas siliconadas con imagen de porno-stars, seres de
sexualidad y personalidad ambiguas, maratonistas del sexo y el escándalo—
también una fauna de periodistas especializados, antes desconocidos para la
mayoría, han saltado a la fama y son estrellas del mundo mediático. Comentarios
mordaces, estilo desenfadado, persecuciones callejeras, abordajes imprevistos a
esquivos famosos o ignotos arribistas, fiebre por conseguir una exclusividad
intrascendente, todo parece válido para alimentar la atracción de audiencias.
Pero, además, el espectador gusta de ver que hay alguien que hace lo que tal vez
él desearía hacer: ahondar en detalles, acosar al entrevistado para arrancarle
una confesión que todos desean oír y, desde sus fobias o filias personales,
destruirlo o ensalzarlo. Una confesión que puede resultar intrascendente
o módica, en la que no hay absolución ni penitencia, en aras de una «verdad»
igualmente inútil y sin consecuencias (Cáceres, 2000).
Pero el síntoma de la insatisfacción habrá
que descubrirlo en el receptor más que en el emisor. En efecto, el género rosa
apunta a un consumidor que, ávido de reconocerse en el otro, descubre en él sus
propias miserias, egoísmos y vanidades. Pero también apela a un espectador cada
vez más obstinado en satisfacer el deseo audiovisual. En la era del consumo, el
género rosa funciona como un ansiolítico que acentúa el des-compromiso, y que
crea hábitos e inercias.
Vivir la vida ajena es un índice altamente
eficaz para medir el grado de subestimación y vacío social en la era de la
insatisfacción.
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Fuentes:
- CÁCERES, María Dolores: La «crónica rosa» en
televisión o el espectáculo de la intimidad, en Cuadernos de Información y
Comunicación (CIC) Nº 5, de la Universidad Complutense de Madrid, 2000
http://www.ucm.es/info/per3/cic/cic5ar17.htm
- DÍAZ, Lorenzo: Autopsia a la caja sucia,
Diario El Mundo, Suplemento Crónica, Madrid, 12/09/2004.
- MERCADO SÁEZ, Maite: La información del
corazón en televisión, en Revista Latina de Comunicación Social, Nº 21,
set. 1999, La Laguna (Tenerife), en
http://www.ull.es/publicaciones/latina
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GABRIEL COCIMANO
nació en Buenos Aires el 10 de diciembre de 1961. Licenciado en Periodismo
(Universidad Nacional de Lomas de Zamora),
ensayista e investigador en áreas culturales, ha publicado numerosos
artículos en medios gráficos nacionales e internacionales (Todo es
Historia, Sumario, Gaceta de Antropología de España, entre otros) y
expuesto algunas teorías en eventos educativos (VI Congreso
Latinoamericano de Folklore del Mercosur). Productor de radio, participó
en espacios independientes (Radio Cultura FM 97.9 y FM 95.5 Patricios)
abordando diversas temáticas: arte, salud, música ciudadana y
espectáculos. En abril de 2003 publicó El Fin del Secreto. Ensayos sobre
la privacidad contemporánea (Editorial Dunken).
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