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Lo que ha quedado sin decidir
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Óscar Portela
Que la paz en el planeta y las recetas para
administrarlo según el tratado para La Paz Perfecta, de Kant puedan ser
expuestas hoy como fuentes de ingenuidad y los tres estadios de la razón
positiva de Comte más las humillaciones sufridas por el dedo de dios sobre la
tierra desde Hegel a Kojeve y desde este a Fukuyama hablan sólo de lo que ha
quedado «sin decidir» sobre la tierra en terminología heideggeriana.
Fundamentalmente las catástrofes mundiales tipo la
segunda guerra no «decidieron» nada acerca del futuro de una humanidad que
confía en la razón «instrumental» y los actos emanados de la libertad volitiva
para poner en orden lo que aquí ha salido de gozne.
No cabe la menor duda de que un genocidio más —y
el de la extinción de la raza y el planeta anunciada por Nietzsche en 1878 en
La Verdad y la Mentira en Sentido Extramoral— están siendo puestos aún en
nuestro continente.
Lo que ha quedado sin decidir es aquel aserto que
dice: «la bomba atómica comenzó a estallar en el poema de Parmenides», que habla
de la constitución y el desarrollo de las técnicas modernas sobre la base de la
constitución ontoteologica de la metafísica.
El tan traído y llevado nihilismo es aquella etapa
que Heidegger definió en 1944 como «la del invierno que ha venido para
quedarse». Si aún creemos que los organismos mundiales y la ratio bien
administrada pueden llevar a nuestra ingrata raza hacia un domicilio postal
fijo, erramos el diagnostico: la deriva metafísica y su consecuencia
adentrándonos en un desierto que impide toda construcción.
Estas
son las realidades de una humanidad que como tal no puede mirarse ya en ningún
espejo.
Los humanismos y los conceptos de fuerza y
justicia —los organismos internacionales— hablan de la impotencia del pensar
para sacudir lo que impide todo crecimiento (la devastación) y aquello que
definitivamente aquí se ha salido de gozne.
¿Puede responder hoy alguien acerca de qué es eso
del «nazismo como voluntad de exterminio de todo ente»?...
Resulta evidente que aquella categoría histórico
política puesta en evidencia en la Alemania de la segunda guerra queda
absolutamente corta frente al abismo a que se ve lanzada la humanidad del
presente.
Mucho me temo que la posibilidad de una invasión a
Irán no contradiga en nada la marcha de la historia Universal hacia su propio
holocausto. Y quizá no sea éste el último episodio.
A lo que debemos agregar la inmediata posibilidad
de que Latinoamérica se convierta, como lo advertimos en el 2001, en un nuevo
Vietnam donde las búsquedas de las hegemonías son tan primitivas como los
ideologemas que dan sustento a los Estados del Siglo XXI.
La palabra Justicia —no la Ley— lleva
consigo una enorme carga de ambigüedad y ha sido utilizada desde el punto de
vista político o religioso como soporte de dominio de grupos y etnias o clanes
sobre otros.
Desde el punto de vista religioso nadie
puede asegurar que las leyes de ningún Dios único sean justas para con el mortal
acechado por el abismo de la libertad.
La ley disuelve lo meramente jurídico en lo
metafísico. Esto es en la base teleológica de la moral y a partir de aquí la ley
se aplica en función de los instintos gregarios hoy consumados como modo de
domesticar el rebaño y ordenar la polis.
Los televidentes que contemplaron extasiados
y arrobados por el horror la aplicación de la ley conforme a Justicia de Saddam
Husseim repitieron sin saberlo un protocolo por el cual la crueldad constituye
desde siempre el sostén con que la violencia impone sus objetivos.
Todas las formas de torturas y crueldad
ensayadas a lo largo de los siglos permanecen en el imaginario colectivo
domesticado por la imagen del horror a nivel de imagen. Ya la sangre de la
guillotina no salpica.
Los leños de las hogueras donde se queman a
las brujas no expanden sus chispas. Saddam pudo ser contemplado como «lo otro
absoluto» desde una pantalla pequeña y además ser juzgado por otros tribunales
que no los propuestos por los poderosos de turno.
Saddam era un criminal más en la larga lista
que ofrece —unos ocultos tras el ropaje de la justicia divina o no— que nunca
debió haber pactado intereses con una potencia Occidental.
La guerra contra Irak patrocinada por Bush
padre fue su trampa fatal.
Este Simulacro de Justicia no cambió nada.
Esta es la guerra que —como lo anunciamos hace una década— ha venido para
quedarse.
Y con ella quienes saben sacar partido de un
incendio que compromete ya no la existencia de la especie sino de su estatura
espiritual cada día más degradada y ya hundida en lo sub-humano
Las nuevas formas de la esclavitud
Los artistas e intelectuales del mundo han
reaccionado tarde y sin demasiada sutileza frente al conflicto de Irak y
seguramente lo harán si algo sucede en Latinoamérica. Ésta como aquella no será
sólo una guerra de intereses en la cual lo que se discutirá será qué poderes
trasnacionales triunfan o no.
Se equivoca también la
iglesia cuando se refiere a lo que puede derivar en una guerra religiosa. Este
es el signo más evidente del nihilismo que ha invadido el mundo primero como
globalización y luego como fragmentación en aras de un poder (la voluntad de
poder) obscena que necesita del desnudo de un striper sangriento para
mostrar a la humanidad que existen razas o pueblos llamados a conducir los
destinos del género humano.
Para nuestro continente se trata hoy de la
Revolución Bolivariana.
Cierto es que la post-Irak es aún sobrevolada por
los poderes que estallaron con la globalización. Las Naciones Unidas y el
Consejo de Seguridad deberían ser presididos por los polichinelas de la
Jurisprudencia Internacional.
Resulta evidente que el nazismo fue algo así —sin
similitudes obvias— en el sentido del nihilismo extremo: es decir la muerte de
los trasmundos sobre todo en Occidente.
Pero existen escatologías para quienes existen
Dioses vivos aún: los que se pueden inmolar por esa fe fundamentalista como los
primitivos cristianos que se dejaban crucificar por Jesús o los primitivos
mártires de la razón como Miguel de Servet, Galileo Gailei, Giordano Bruno,
cuando aún se creía que la ratio no iba a culminar en el subjetivismo
absoluto de una voluntad de poder que puede —y de hecho lo está haciendo—
transformar el mundo como sentido en esta aldea global aparentemente homogénea
donde millones de esclavos al servicio de otras formas de trabajo y fe —las
parodias ideológicas— encuentran nuevas formas de sobrevivir al servicio de la
violencia política, del trafico del poder del dinero.
Y del desprecio de la vida humana que es el común
patrón de todos los despotismos ideocráticos que manejan la lucha por el poder
en este u otros continentes.
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ÓSCAR
PORTELA,
nacido en la provincia de Corrientes (Argentina), es
escritor y ensayista. Ha publicado, entre otros títulos, Senderos en
el bosque; Los nuevos asilos; Memorial de Corrientes y La memoria
de Láquesis.
PÁGINA WEB DEL AUTOR: http://www.universoportela.com.ar/

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