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El capricho se
viste de moda. Ahora toca que las agendas de nuestros escolares se
europeícen de una Europa que parece condenada a la decadencia, vaciada por
dentro, sin fuerza espiritual alguna, forzada a someterse a unos
trasplantes y empastes que anulan su identidad y fisonomía. Por narices,
durante el curso 2006/2007, se van a repartir unos pomposos dietarios
europeos, entre alumnos de Cuarto de Enseñanza Secundaria Obligatoria.
Sólo ellos van a ser los privilegiados o predilectos a ser educados. Como
si fueran los únicos consumidores irresponsables. Al parecer, la formadora
e informadora agenda, opta a ser un breviario educador. Dicen que la
edición española ha sido adaptada por la Escuela Europea de Consumidores y
el Instituto Nacional de Consumo, con ayuda de la RED de Educación al
Consumidor. Otra cosa es que sea adoptada para el uso debido por el
colegial en exclusiva y la use como manual de confesor donde dibujar los
pecados.
El docente
cartapacio ofrece información básica sobre gestión de dinero, publicidad,
simbología del etiquetado, publicidad, derechos de los consumidores, cómo
gestionar un crédito y presentar una reclamación, así como nociones sobre
seguridad en Internet con el objetivo de actuar como «herramienta práctica
que los jóvenes pueden utilizar para conocer sus obligaciones y derechos
como consumidores». O sea, todo un memorando de buenas proposiciones.
Palabritas del niño Jesús. Porque nuestros adolescentes están más
enganchados que nunca a la llamada «sociedad de consumo». El caldo de
cultivo es propicio. Desde todos los frentes de la comunicación y desde
todas las fuentes del poder se reciben los parabienes. El «bienestar»
materialísticamente entendido tiende a imponerse como único ideal de vida,
un bienestar que hay que lograr como sea, a cualquier condición y precio.
En el lote se puede vender de todo, incluido el cuerpo y hasta el alma.
Lo insaciable de
esa sociedad de consumo es que no hace a las personas felices. Sus
resortes son tan fuertes que los cebos son irresistibles. La gran
tentación está ahí. Sólo si consumo, existo en ese estatus social en el
que puedo demostrar el poder. Todo para poder más y
más…
A un deseo ilimitado de posesión y disfrute se añade otro más. Esto hay
que decirlo así de claro a los adolescentes y no darle, por un lado, baños
de publicidad donde se estimulen los apetitos y, por el otro, dietarios
que predican lamentos por la pérdida de virtudes. Esta forma de predicar
es como querer cegar de un ojo para que el vecino ciegue de los dos.
Por eso, estará muy
bien lo de las agendas, no seré yo el que lo ponga en duda, ni le ponga
grilletes, pero el mejor medio para conseguir una sociedad de consumidores
responsables y conscientes de sus derechos, pasa por otras visiones
educativas de humanización muy distintas a las actuales. Tener, poseer,
disfrutar, ganar, alcanzar éxito, deslumbrar a los que me rodean, son los
valores que molan en los libros escolares y en la atmósfera de la vida
diaria. La austeridad no cotiza. Nadie quiere ser menos que el otro. Y el
otro quiere ser más que uno. Y el uno quiere ser el rey de la selva. Es el
romance de la envidia brutal lo que toma cuerpo. Por consiguiente, y
volviendo al catecismo de las agendas, por muy escolares y europeas que
las etiqueten, pienso que van a quedar en papel mojado, porque el corazón
del adolescente está poseído por las cosas. Lo que el adulto le siembra
por decreto a su vista y a diario. Por cierto, este diario de estupideces
sí que marca.
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Víctor
Corcoba es un escritor que vive en Granada; licenciado en
Derecho y Diplomado en Profesorado de E.G.B, tiene varios libros publicados.

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