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Algo más que palabras
por Víctor Corcoba Herrero

Para que yo me llame
Ángel González
Muere
el hombre, una crisis respiratoria dicen que fue la causante. Vive el poeta, una
permanencia en la poesía como actitud de vida y un equilibrio en el dominio de
sí como manera de vivir, le hicieron grande y eterno, aunque él no creía en
perpetuidades. «No creo en la Eternidad. /Mas si algo ha de quedar de lo que
fuimos /es el amor que pasa» —dice uno de sus poemas. En ese ancho espacio y en
ese largo tiempo, cultivado para llegar a la esencia de las cosas, entregó la
vida al verso y pudo abrazar al mundo con los acordes de la poesía. Quiso
refrendar su nombre con el poema de la vida, para que todos le llamásemos Ángel
González, incluido él mismo, y procuró estar por encima del ocaso, en la
autenticidad de la luz, luchando contra viento y marea, huyendo de la
enloquecida fuerza del desaliento.
Consiguió Ángel González, en este caminar por la
existencia de los muertos porque la vida es lo que nos queda por vivir, ser lo
que quiso ser, en este trajinar donde nada es igual. He aquí la lucidez de su
receta poética que nos lega para los que seguimos la ruta de la navegación
terrícola, y aún no hemos alcanzado cielo: «Olvidemos/ el llanto/ y empecemos de
nuevo, / con paciencia, / observando las cosas…». Sin duda, observar alrededor y
observarse —como dice el poeta en las citadas estrofas—, lejos de las rabietas
del presente, injerta otros puntos de vista que iluminan el muro de las
sombras.
Para que el poeta se llamase Ángel
González, y no admitiese confusión la poética desnuda que albergó el verbo
conjugado para todas las edades y mundos, se vistió de palabras nuevas en sus
andares, viajó por la tierra a pecho descubierto, puso el acento en resucitar la
palabra con viva paciencia, y se sirvió un destello de amor en cada paso. Logró
un lenguaje claro y clarividente, poniendo voz a sus transparentes latidos, y,
así, hasta pudo hacer inventario de lugares propicios para el amor. Denunció
que eran pocos los espacios para hacer el corazón, sobre todo para lo grandioso
que es el ser humano, y se halló que precisaba huir de la realidad, siendo
necesario, aunque injusto sea, vaciar el alma de ternura, porque el odio se
sirve a diario y la amenaza se desenfunda a la primera contradicción del
pensamiento único.
Llamarse Ángel González es una
brillante ironía de un poeta con ángel, comprometido con lo humano, que no puede
llorar «frente al áspero mundo» (frase que da título al libro que obtiene el
Accésit Adonais en 1956) y que sonríe a pesar de las inciviles contiendas;
porque sonreír, es un saludable «tratado de urbanismo», haciéndome eco de otro
de sus volúmenes. En cualquier caso, tomar como bandera lo irónico, vestimenta
que formó parte de sus raíces parnasianas, aparte de que jamás sea inmoral,
también ayuda a sobrellevar los tragos de la vida. En su poética, pues, germina
el dolor que el poeta lleva muy dentro, exteriorizándolo en verso, a causa de
horrendas estampas vividas de niño, con una guerra civil, luego la posguerra y
más tarde la dictadura.
La poesía le sirvió para alcanzar horizontes y explicar el mundo,
para responder y responderse a esa necesidad inherente al hombre de entender la
vida.
Ahora, ya ausente su cuerpo, nos queda el legado
de una obra literaria creciente en sabiduría que, con su lectura, cuando menos
nos hará despertar del letargo, mirar a los extrarradios marginales ubicados en
las lujosas aldeas globales, y pensar que el verso aún es necesario para
transformar el mundo y hacerlo más habitable a la poesía. El haz de poemas que
Ángel González nos ha donado, en un abrazo inmenso al mundo, puede servirnos
para tomar ese primer impulso, para romper frialdades, ya que nos evoca a esa
viva estrella que nos revive por dentro, a pesar de los amargos zumos de la
existencia.
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Víctor
Corcoba es un escritor que vive en Granada; licenciado en
Derecho y Diplomado en Profesorado de E.G.B, tiene varios libros publicados. 

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