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Algo más que palabras
por Víctor Corcoba Herrero

ESPINAS EN LA
ESPIRAL EUROPEA:
PURA MATEMÁTICA
Dicen que el espíritu humano avanza de continuo,
pero siempre en espiral. Los auténticos matemáticos, pioneros en descifrar el
lenguaje del universo mediante fórmulas algebraicas y de cifrar caracteres como
un visionario poeta que navega por el espacio del aire, saben que es una curva
iniciada en un punto central y que se va alejando progresivamente del centro a
la vez que gira alrededor de él. Suelen definirla con una función que depende de
dos valores: el ángulo del punto respecto a un eje de referencia, y la distancia
desde este punto al punto central en base al ángulo. En las matemáticas, sin
duda, es donde el pensamiento encuentra los elementos que más ansía: la
continuidad y la perseverancia.
Hoy como ayer, nos sorprenden nuevas formas
geométricas en el cosmos y también nuevos signos de lógica matemática en un
mundo globalizado que no deja de moverse en los cuadrantes de la espiral.
Europa, que tiene su espacio y su punto en la constelación de la vida, precisa
de mentes propicias para enfrentarse a los nuevos retos, como son: la
mundialización de la economía, la evolución demográfica, el cambio climático, el
abastecimiento de energía y hasta las nuevas amenazas para la seguridad. No es
posible que la espiral retroceda si queremos seguir sintiéndonos vivos; y,
pensar volver al punto prehistórico, sería el mayor de los absurdos.
El no irlandés no es un fracaso, salvo cuando se
tirase la toalla. Y si lo fuera, es una gran oportunidad para visionar el ángulo
del punto respecto en el que nos encontramos y extraer conclusiones precisas
como lo haría un verdadero matemático. A veces, en la espiral de esta contada y
cantada existencia, te asaltan púas que no pueden ser muros, hay que sortearlos
y saltarlos, y proseguir la curva. Está visto que, tanto la victoria como el
fracaso, son dos imposibles en la sucesión de puntos que nos injerta la vida, a
los que hay que recibir con la matemática cautela y también con el saludable
grado lógico de desdén.
Europa sigue estando en la
ruleta de Arquímedes (también espiral aritmética), pero lo que no se puede es
pretender instalarse en la pasividad y muchos menos seguir viviendo en el
ancestral siglo del matemático y geómetra griego. La geométrica europeísta tiene
identidad propia, lo que hay que buscar es moverse todos, sin exclusión alguna,
a velocidad
tenaz,
resistente e insistente, sostenida y asegurada, firme y decidida, sobre una
recta que gira y no se para, sobre un punto de origen singular, a velocidad que
ha de ser solidaria. Los Estados, que forman y conforman esa recta antedicha, no
pueden afrontar en solitario lo que se ha globalizado. Sólo desde el esfuerzo
colectivo se puede responder a ese giratorio de preocupaciones ciudadanas.
Evidentemente, para ello, Europa ha de crecerse en esa espiral hasta
modernizarse y embellecerse de valores. Precisa instrumentos eficaces y
coherentes adaptados a la matemática moderna, es decir, a la matemática de la
integración y de la fidelidad, del amor y de la lealtad. Hay que renovar las
fórmulas matemáticas de la vida en común. Dejemos que pensadores justos den sus
pautas en los Tratados.
Bajo estas
premisas matemáticas, debe ir el objetivo del
Tratado firmado en Lisboa el 13 de diciembre de 2007, teniendo en cuenta los
cambios de la espiral política, económica y social. Pedirle a un paciente que
dibuje una espiral de Arquímedes es una manera de cuantificar el temblor humano,
esta información ayuda en el diagnóstico de enfermedades neurológicas. Pues eso,
que si el Tratado de Lisboa se encuentra enfermo habrá que diagnosticar la
enfermedad, siempre es tiempo propicio para hacerlo, y cuantificar el tembleque
de los veintisiete. Puede que el sobresalto, virus que atemoriza a un león,
resida en las mismísimas instituciones europeas que, no acaban de adoptar para
sí, el adaptarse. Hay arraigos que cuestan sangre, sudor y métodos de trabajo.
En cualquier caso, consolidar la espiral europeísta democrática de la Unión y el
cimiento de los valores fundamentales, se alcanza convirtiendo cada paso en una
meta y cada meta en un paso.
Al principio vienen necesariamente a la mente el
sueño y la leyenda. Después se cae uno de ese mundo y, en vena, desfilan las
ecuaciones matemáticas. Al final, la ejecución corona las ideas. Es cierto que
hubo una fábula en el Tratado de Lisboa. Luego, fruto de las negociaciones entre
los Estados miembros reunidos en la Conferencia Intergubernamental, en la que
participaron también la Comisión y el Parlamento Europeo, también se puso a buen
recaudo exactos pensamientos. Ahora, en buena hora lo eleve a la espiral del
avance, han de subirse los veintisiete Estados miembros a la curva de la
felicidad. Unos lo han probado y aprobado. Otros no se fían y lo reprueban. Cada
uno de los veintisiete Estados, (dígito que me trae gratos pensamientos de una
memorable generación literaria legionaria del verbo), de acuerdo con sus normas
constitucionales, debe hacer sus cábalas. Fijaron como objetivo llevar a Europa
al siglo XXI, pusieron la entrada en vigor el 1 de enero de 2009, es decir, unos
meses antes de las elecciones al Parlamento Europeo. Sólo un Galileo puede
despejar el alfabeto común europeísta, ayudado por un Arquímedes, lúcido en
demostraciones posibles, a pesar de que pueda parecer un imposible, de que el
área de uniones es la fuerza de un círculo donde nadie apesta y todos aportan.
Se plantea una Europa más democrática
y transparente. La escucha ciudadana y el reparto de tareas ha de ser la guinda
de la espiral. También se replantea una Europa más eficaz. Mejorar la vida de
los europeos debe ser la rueda en movimiento.
Asimismo, se planta el árbol de una Europa de derechos y valores,
libertad, solidaridad y seguridad. Qué no se seque. Hay que regarlo todos los
días. En cuanto a los deberes diarios propios del nacer de la vida, hacer de
Europa un actor en la escena global tiene su punto. Si me permiten, un consejo
último: busquen a un buen matemático para que de la espiral se arranquen las
espinas y podamos abrazar, todos juntos, la rosa de estrellas sin miedo a los
picos.
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Víctor
Corcoba es un escritor que vive en Granada; licenciado en
Derecho y Diplomado en Profesorado de E.G.B, tiene varios libros publicados. 

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