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Algo más que palabras
por Víctor Corcoba Herrero
La horca
para nadie
Estoy en contra de cualquier sentencia de muerte,
por muchos crímenes que una persona haya realizado. Ejecutarle me parece una
idea absurda y torpe. Creo que es posible corregir el comportamiento del ser
humano y compensar el desorden introducido, con otro tipo de sanciones.
Considero que nadie puede autorizar la muerte de ningún ser humano. En mi
opinión, pienso que hemos de buscar otras soluciones para defender a la sociedad
de las agresiones de ciudadanos que han perdido todo juicio, lo que no significa
que nosotros hagamos lo mismo. Pasarle al reo la factura del odio y la venganza,
sin pensar en su dignidad, es colocarnos a su misma altura y convertirlo en un
mártir. Además, para en justicia reparar el daño, se precisa que el criminal
viva. En consecuencia, la pena capital dista mucho de ser una sanción
ejemplarizante.
La medida y la calidad de la condena impuesta,
estimo que deben ser valoradas y decididas objetivamente, para huir de
irracionales exterminios. Servidor, no ve la necesidad, por muy criminal que sea
la persona, de eliminarlo. Deben apuntalarse otros caminos, distintos a su
destrucción, para neutralizar las hazañas del malhechor. Desde luego, el recurso
a la pena de muerte, para empezar nos encamina a una pérdida de sensibilidad
moral, cuestión que agrava los valores de la convivencia. Juzgo, pues, que debe
ser lo último de lo último a tener en cuenta. Quitar al penado de la faz de la
tierra, es una acción absolutamente innecesaria y una reacción mezquina, porque
a nada conduce. Más bien nos desautoriza, puesto que el distintivo de la
barbarie no cesa, continúa, en vez de reflejarnos que es posible la paz sin el
ojo por ojo y diente por diente. Sería un buen testimonio para que los asesinos
también abolieran la pena de muerte de su agenda diaria.
Observo que las sanciones han de ser más
reparadoras que vengativas. Si detesto cuando se aplica la máxima pena capital a
la persona, también censuro cuando directa o indirectamente se castiga a
individuos próximos, a poblaciones enteras. Por ejemplo, no me parece equitativo
aplicar sanciones económicas o embargos, sin antes haberlo ponderado y sometido
a criterios éticos, los efectos injustos que estas medidas pueden ocasionar.
Cuando se oprime a los pueblos y se les sentencia con la horca, resulta bastante
difícil poner justicia después en el camino. Así, el reclutamiento de los
criminales, es más fácil en los contextos sociales donde los derechos son
conculcados y las injusticias se toleran. No debemos perder de vista el
principio de humanidad, algo que todos llevamos en el alma, y que hemos de
regenerar. Estimo necesario lograr la abolición total de la pena de muerte en el
mundo, creo que es fundamental para avivar el compromiso de un nuevo consenso
basado en los principios humanitarios, reforzando el lenguaje de la verdad;
única lengua que puede impedir nuevos crímenes contra la humanidad.
Vivimos una época de desprecio total a la vida, lo
que engendra violencia, desconfianza y exclusión. A diario se producen
demasiados crímenes contra la humanidad; conductas tipificadas como asesinato,
exterminio, deportación o desplazamiento obligado, encarcelación, tortura,
violación, prostitución impuesta, esterilización impulsada, persecución por
motivos políticos, religiosos, ideológicos, raciales, étnicos u otros definidos
expresamente, desaparición forzada y tantos otros actos inhumanos que causan
graves sufrimientos o atentan contra la salud mental o física de quien los
sufre. Qué hacemos, ¿le aplicamos a todos la horca? ¿O será mejor buscar las
causas y sus motivos? La búsqueda de soluciones a estos conflictos pasa por
analizar las motivaciones que originan estos comportamientos. Sería una
incorrecta resolución al problema aplicar la pena capital, porque no eliminaría
estas perturbadas conductas. Habría que ver la manera de que cada cual
reconozca, los derechos que le son propios y los deberes que tiene para con los
demás.
Nadie en el mundo se merece la horca como castigo.
Lo entenderíamos mejor si nos moviera el amor de sentir como nuestras las
necesidades de los demás. Mucho más todavía, si aspiramos a vivir unidos, a
convivir en una misma dirección, al bien de todos en un mundo globalizado en el
que para hacer familia hay que dialogar antes. Un diálogo que no significa hacer
la vista gorda ante el diluvio de crímenes contra la humanidad, sino que implica
un compromiso de respeto por la dignidad de cada persona, incluida la de los
criminales. Nos faltan expertos en humanidad capaces de reeducar a los
violadores de los derechos humanos y nos sobran charlatanes de plazuela. Esta
plaga no es un asunto interno de una nación. Todos tenemos el deber y el derecho
de poner orden, porque en el desorden todo el planetario pierde.
Que nadie se haga ilusiones de que con la pena de
muerte se da un escarmiento para acrecentar la paz. La verdadera armonía no se
consigue con la horca. La concordia se desmorona con las injusticias, con la
falta de libertades y solidaridad, con las desigualdades excesivas de carácter
económico o social que existen entre los seres humanos y las naciones. Se ha
perdido la gramática del espíritu humano y así no es posible dar asistencia
humanitaria al que lo pide, vivir la vocación a ser una sola familia, cambiar el
modo de actuar de los escandalizadores del mundo, reorientar la economía en la
solidaridad… Esto pasa por derogar la ley natural y dejar que se promulgue,
ratifique e implante la maldad humana, como ley de vida.
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Víctor
Corcoba es un escritor que vive en Granada; licenciado en
Derecho y Diplomado en Profesorado de E.G.B, tiene varios libros publicados. 

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