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Algo más que palabras
por Víctor Corcoba Herrero

La lección de Umbral
Comienza la verdadera vida del castizo Paco.
Siempre después de muerto, ¡mecachis!, parece que es el sino de los auténticos
cultivadores de palabras. De momento, se ha ganado un altar de calificativos
como nunca había recogido hasta ahora, a lo que ha de sumarse el caudaloso
anuncio de calles por todos los sitios de la hispánica madre patria.
La verdad que causa cierto esperpento oír la retahíla de flores a Umbral, que no
digo que no las tenga merecidas, sobre todo aquellas rosas puestas en boca de
los que le negaron el agua, o de parte de los que jamás se han bebido un trago
de su obra ni durante la siesta. Lo de beber sus letras todavía están a tiempo,
nunca es tarde para empezar. Los epitafios vertidos lo encumbran como si fuese
un ser alado cervantino. Que si el poeta de la prosa y creador de metáforas, que
hacía literatura de todo lo que pillaba. Que si el padre de la columna
literaria. Que si el amigo Umbral.
Que si el mundo de las letras llora la muerte del «gran escritor». Que si
maestro del periodismo y uno de los escritores más relevantes de las últimas
décadas. Que si no deja heredero y ninguna persona puede ocupar su lugar… Que
sí… ¡ya!, pero a veces le vedaron sillones y tribunas, fue a la tele y quiso
hablar de su libro y de misericordia le dejaron unos minutejos, dicen que creó
escuela y, sin embargo, más de una vez le negaron la pizarra de la libertad,
espero que su cátedra de sufrimiento sirva como ejemplo, también pudo pasear su
semblante por esas avenidas que se anuncian en su nombre y tampoco se las
dejaron disfrutar en vida. ¿Por qué han de sufrir en sus carnes estos
agricultores de aradas verdaderas, el rechazo, cuando no el abandono?
Es cierto que escribió intenso y extenso, lo
expresó bien, generó estilo y puso señorío en el verbo a la hora de conjugarlo.
El mejor homenaje, pues, sería redescubrirlo. Que se agotasen todos sus libros
en las librerías. Que se desempolvasen las bibliotecas con la moda del Umbral.
Me lo imagino con la risa burlona y el corazón hablando, sembrando justicia y
tejiendo rebeldías, haciendo crítica y rehaciendo sueños. Su legado bien vale
una vida digna, cuando menos se haría justicia literaria a quien fue un inventor
de independencias. El inolvidable Umbral vivió enteramente consagrado a las
Letras, se dejó la vida en ellas y se la jugó diciendo lo que pensaba, por eso
no ha muerto, vivió al servicio de la palabra, con la palabra como imperecedero
reloj de su tiempo. Los apóstoles de la metáfora fácil nos han anunciado que
había fallecido con impresionantes titulares, los moradores de este mundo somos
así de hiperbólicos, o lo convertimos en dios o en diablo, y yo pienso que Paco
acaba de ofrecernos su último libro, el de la lección de la vida. Hasta el
último soplo nos ha dejado un testimonio verdaderamente resplandeciente de
luchador, por reconquistar en el mundo un lenguaje de entendimiento que a bien
seguro le sacaba de sus honestas casillas. Nadie le callaba, ni tampoco le
casaba ningún poder, tenía la fuerza del poeta a tiempo completo.
En su decir como en su obrar, había literatura de
combate contra el monstruo de la maldad. Me da la sensación que se liberaba, y a
más de uno nos liberaba en ocasiones, con sus columnas periodísticas. Le llegó
la muerte a Paco, es el final de la vida terrena, algo que nos llegará a todos,
aunque esta sociedad prefiera tenernos entretenidos con cotilleos de poca monta
para que no pensemos en ella, pero quedan muchas hojas impresas de su cultivado
pensamiento, que bien puede ser cuando menos una reflexión. La hondura de sus
ideas, que a mi juicio no están escritas como adoctrinamiento, sino como llamada
a la verdad, como revulsivo de queja, permanecen vivas para lección del tiempo.
Nuestras vidas, realmente, están medidas por ciclos, en el curso del cual
cambiamos, envejecemos y como en todos los seres vivos de la tierra, al final
aparece la muerte como terminación normal de nuestra existencia. De poco sirven
ahora cumplidos al muerto, ya sólo nos puede servir hacer silencio con lo que
nos expresan sus obras, subrayar sentimientos y acordarse de él, convivir
participando de su lenguaje que era, al fin y al cabo, el de entenderse y
atender a los que nadie atiende (no son poder) o entiende por su altura de
autenticidad.
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Víctor
Corcoba es un escritor que vive en Granada; licenciado en
Derecho y Diplomado en Profesorado de E.G.B, tiene varios libros publicados.

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