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La
liberación postergada
por
Jorge Majfud _____________

Jorge Majfud es un escritor
nacido en Tacuarembó, Uruguay, en 1969. Entre las
distinciones que ha recibido su obra resaltemos la Mención de Honor en
el XII Certamen Literario Argenta, Buenos Aires 1999, por los borradores
de "Crítica de la pasión pura", la Mención Premio Casa de las Américas
2001, por la novela "La Reina de América" y la
del concurso Caja Profesional 2001, por el cuento "Mabel Espera".
-Página del autor- |
Con escasas
excepciones, los ejércitos latinoamericanos han sido siempre el brazo
derecho de la oligarquía criolla. Por lo general y con heroicas
excepciones, cada soldado, por humilde que fuese, siempre tuvo un único
discurso ideológico, basado en conceptos como "orden", "patria" y
"honor", que le permitió una acción rápida e irreflexiva, llegando a
matar en "cumplimiento del deber". Su tarea no era la de pensar, claro;
ese sería un grave defecto en un militar de bajo rango, según el sistema
al cual debe someterse y defender incondicionalmente. En un militar de
alto rango el pensamiento está permitido, aunque limitado sólo a
aspectos técnicos; nunca -o rara vez- filosóficos. Pese a todo, sus
acciones siempre estuvieron justificadas en la salvación de la
"verdadera moral" (es el lugar donde se "hacen hombres"), al mejor
estilo de la vieja Inquisición. Esto es lógico: todos sabemos que una
respuesta que no acepta cuestionamientos -por la razón lógica o por las
armas- es siempre la verdad.
Se comprende, entonces, por qué la tradición de los ejércitos
latinoamericanos, como la de la Iglesia Católica -por lo menos hasta
finales del siglo XX-, ha sido conservar los privilegios de una clase
criolla acomodada, en usufructo de una ideología transparente.
Aquí quisiera aclarar que, para mí, toda ideología dominante es
"transparente" (nos rodea de forma invisible), mientras que cualquier
otra ideología que se le oponga tendrá el carácter inevitable de
"visibilidad", con lo cual son definidas, peyorativamente, como
"ideologías", como si la ideología principal no lo fuera, como si
formara parte de la naturaleza, del aire. Por otro lado, las ideologías
dominantes suelen operar a través de falsos "pares de opuestos".
En
nuestra historia más reciente, esos pares fueron orden/desorden, patriota/vendepatria
y luego pacificación/memoria, etc. Una vez
establecida arbitrariamente la dicotomía, se busca identificar al oprimido con el
segundo término: el negativo (Jacques Derrida).
La clase dominante, junto con la Iglesia tradicionalista dictaron el
discurso ideológico legitimador, la moral del terrateniente
latinoamericano. Por ello Phillip Berryman llamó a las dictaduras
latinoamericanas "fascismo dependiente".
Cualquiera que haya salido del continente latinoamericano puede observar
cuáles son las tres instituciones que caracterizan el paisaje social e
histórico de América Latina: el Estado, la Iglesia y el Ejercito. Ésta
es una característica de las sociedades latinoamericanas que la
diferencian de otras regiones del mundo, como pueden serlo Europa y
Estados Unidos. Bien, se podrá decir que el poder del ejército
norteamericano es un elemento de primer orden político e ideológico. Sin
embargo, la manifestación de este poder ha sido, después de la Guerra
Civil del siglo XIX, hacia fuera -característica que la hace más
coherente con la propia concepción histórica de ejercito-, mientras que
en el caso latinoamericano tradicionalmente su acción represiva ha
apuntado hacia dentro, no en beneficio de un país -como siempre se
pretendió con el conocido eslogan "salvaguardia de la patria"- sino en
beneficio de una clase: la clase dominante.

La historia latinoamericana está llena de estos ejemplos. El delito del
sacerdote Romero en El Salvador fue repetir que "ningún soldado está
obligado a obedecer una orden contra la ley de Dios: no matarás" Por
esta prédica "peligrosa" fue asesinado por el ejército mientras decía
una misa. Quienes lo mataron lo hicieron bajo la convicción de "salvar a
la patria del marxismo", aunque ninguno de ellos tenía una vaga idea de
quién había sido Marx (más allá de que se llamaba Groucho y fumaba
habanos, como el Che Guevara). Ninguno de sus asesinos sabía si el
"curita revoltoso" era, de hecho, marxista o no. ¿Pero eso qué importa?
¿Cuándo importó -sinceramente- la razón, el diálogo, la reflexión? ¿Para
qué pensar si eso es peligroso? ¿Para qué cuestionar? A Cristo y a
Sócrates los condenaron a muerte por esa mala costumbre de "remover"
las sólidas verdades donde se asienta el "honor" de una sociedad. Y por
ello todas las universidades de América Latina -y de más allá- están
llenas de idiotas que se dedican a investigar y a pensar. Subversivos,
en una palabra. Rehenes del marxismo, de los terroristas y de Sor Juana
Inés de la Cruz, sin duda, la peor de todas.
Sin embargo, la pureza no ha sido posible a través de la "limpieza". Así
como todos somos freudianos en alguna medida, lo mismo podríamos decir
sobre el marxismo: ¿qué corriente feminista, por ejemplo, podría decir
que sus reivindicaciones no tienen un origen marxista? Por supuesto que
podemos encontrar feministas que vivieron antes del siglo XIX. Sor
Juana, por ejemplo. Murió silenciada por la Santa Iglesia en 1695 (vieja
costumbre de la santidad: pecar y cien años después pedir perdón). Pero
eso es una lectura que podemos hacer desde nuestro tiempo, hacia atrás.
Si quisiéramos, también podríamos interpretar que Cleopatra era
feminista, y entonces no existía eso que llamamos "feminismo". La
diferencia es que el pensamiento marxista hizo consciente un cúmulo de
conceptos y análisis que hoy es moneda común hasta en la derecha más
reaccionaria, por lo menos como discurso. Prácticamente no existe aquel,
por más antimarxista que sea, que no haya defendido algún principio de
origen marxista, ya sea político, económico, metodológico o filosófico.
Sólo que su ignorancia lo salva y lo purifica.
Ahora, veámoslo desde una perspectiva histórica y política. Creo que no
se puede entender la resistencia latinoamericana, en su gran mayoría
"izquierdista" a través de la historia, por una simple influencia cubana
o soviética. Para ello, debemos considerar el insoportable peso de la
clase oligárquica en América Latina desde el nacimiento como naciones
"independientes", apoyada siempre por las grandes instituciones
verticales de la Iglesia Católica tradicional y el ejército. Las grandes
diferencias sociales que ostentó de forma obscena la familia
Latinoamericana es otro elemento de tensión que explican la "reacción"
de las clases desposeídas.
Nuestro país, gracias a Dios, ha sido históricamente el país más laico
de las Américas. Pero su relativo laicismo nunca fue la norma en el
continente. La estrecha relación del Estado y la Iglesia en América
Latina es una herencia de la vieja España que, con agresividad -y
confundiendo, como era costumbre en sus tratados de caballería, la cruz
con la espada-, luchó contra moros y judíos y trasladó la batalla
mesiánica al nuevo continente. Su estructura de dominación, rígida y
vertical, encontró en los nuevos ejércitos los sustitutos de las
antiguas caballerías del renacimiento que se vanagloriaban de cortar mil
cabezas en los campos de batallas para imponer la "sagrada fe católica".
Este proceso no fue el mismo en Norteamérica, donde una visión más
liberal de la sociedad y del individuo la independizaron de las rígidas
estructuras españolas. No sólo la Reforma fue una desestructuración del
poder central (al tiempo que puso el acento en el valor del individuo)
sino que además los colonos de los nuevos Estados Unidos fueron capaces
de una independencia más real que la que obtuvimos en América Latina que
sustituyó -como dice José Luis Gómez-Martínez- la autoridad española por
la oligarquía criolla. Ésta oligarquía, caudillista y dirigente, nunca
fue consciente de que la liberación económica de las clases sumergidas
resultaría en un beneficio general. O tal vez sí fue consciente... Por
lo tanto, nunca hubo una verdadera independencia para el resto de la
población. Razón por la cual siempre estamos hablando de "liberación",
como si en el inconsciente colectivo estuviese presionando, de forma
permanente, el trauma de "no haber sido".
Aún hoy, en América Latina, se da la norma que las instituciones de
enseñanza católicas (ya sean de educación básica como universitaria) se
caracterizan por servir a las clases más ricas -futuras elites de
dirigentes-, en vez de ocuparse de las clases más pobres, como parece
sugerir el Evangelio. Lo cual es una larga tradición que se acepta sin
mayores cuestionamientos.
Sin embargo, y procediendo de una historia diferente, la potencia
económica y militar del siglo XX, Estados Unidos, cuando intervino en
América Latina lo hizo para contrarrestar la insurgencia de las clases
pobres, de las clases obreras que se identificaban con el discurso de la
izquierda, ya que no podían hacerlo con sus tradicionales opresores -la
oligarquía, la iglesia y el ejército-. Esta intervención, según Berryman,
"combinaba la ayuda para el desarrollo con un aumento de los ejércitos y
de la policía para enfrentar el desafío de la insurgencia".
Claro, el escenario nacional e internacional ha cambiado. También
cambiará el escenario político. Sin embargo, las estructuras culturales,
económicas y sociales son prácticamente las mismas. Un cambio político podrá
impulsar grandes cambios personales y simbólicos, pero prácticamente
ninguno en lo que se refiere a la estructura opresiva.
Para ello serían necesarios tres pasos indispensables:
1) Toma de conciencia;
2) Toma de acción;
3) Toma del poder.
Conciencia del individuo y de la sociedad en su conjunto sobre su
opresión y sobre su propia potencialidad deconstructora y creativa.
Acción en tal sentido, individual y colectiva, con el objetivo de
alcanzar el poder necesario para una verdadera liberación. Finalmente,
me refiero al poder civil, aquel que resulte de una unión consciente y
comprometida (desobediente) de cada individuo, del verdadero ciudadano
del mundo, aquel que ha logrado la liberación a través de la
desobediencia moral.
Sólo así se romperá el perverso ciclo que lleva al recambio y a la
renovación de actores y de colores en la misma historia de opresión de
siempre.
FOTOGRAFÍA: Pedro M.
Martínez
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