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Aunque
parezca increíble entregué el primer reportaje de esta serie el 10 de
marzo. Entonces me prometí que me ceñiría a la idea original y no dejaría
que el miedo, el odio, la tristeza se colaran en mi Madrid más de lo
imprescindible. Pero, desgraciadamente, hay un Madrid que llora y que
tiembla, que repasa con la mirada cada mochila del metro, del autobús, del
tren de cercanías... y no creo que sea justo no hablar de ello. Cerrar los
ojos como los niños. Imaginar que nunca pasó.
Pero pasó, y aunque hay testimonios sobrados de ello en Santa Eugenia, en
El Pozo, en Alcalá, Vallecas, Entrevías... prefiero quedarme de momento
con el más obvio: el llamado "santuario" de la estación de Atocha. Que
nadie se lo imagine monumental y grandioso como el sustantivo parece
indicar; recordemos que Madrid es poco dada al espectáculo, como si
prescindiendo de la ostentación ganara en intensidad. El "santuario"
consiste a estas alturas -más de dos meses después- en un cartel de la
Asociación de Víctimas del Terrorismo y un rincón del vestíbulo lleno de
flores y cirios.
Las paredes y las columnas están llenas de dedicatorias, poemas, insultos,
propaganda política, dibujos de niños, banderas de equipos de fútbol,
fotos de los muertos para que dejen de ser una cifra... Hay algo en todo
ello que en principio no me emociona: como buen madrileño no soy dado al
melodrama y los poemas me parecen petulantes, los insultos viciosos, la
propaganda miserable... Pero no puedo dejar de mirarlo. No sé si es el
olor a incienso lo que me obliga a quedarme ahí junto a la valla. En
silencio. De repente, uno se da cuenta de que no está solo, que ahí hay al
menos diez personas más alrededor: callados, impresionados, con un punto
de emoción en el gesto. Ecuatorianos, búlgaros, rumanos, marroquíes,
argentinos, dominicanos... madrileños.
No hay mil cosas que contar sobre Atocha, básicamente es la misma
sensación repetida en mil panfletos. Lo he comentado antes: tengo
dificultad para la emoción. Pero hay un peto verde con una frase
garabateada a rotulador: "Sólo lamento no haber salvado más vidas". Y
entonces me acuerdo de la otra sangre. No es la de los muertos, es la que
hirvió en el corazón de todos los que se jugaron la vida. La que
entregamos en masa aquella mañana en los centros de salud... la sangre de
Madrid corriendo por las venas de la red de Cercanías. No sé lo que es un
héroe, y, si digo la verdad, le tengo algo de miedo a esa palabra. Pero,
aún concediendo que fuera una exageración ¿para cuándo guardamos las
exageraciones si no es para estos momentos? Para los policías, bomberos,
SAMUR, vecinos, ciudadanos en definitiva que lo dieron todo por los demás.
Lo curioso es que la estación de Atocha, pese a todo, permanece erguida,
con la dignidad de una vejez orgullosa, como si la cosa no fuera con ella.
¿Recuerdan lo que decíamos de la Cibeles en el primer capítulo? Así es
Madrid: debió nacer en mayo porque es terca como un Tauro. Quizás por eso
genera tantos odios. Dentro de poco este santuario venido a menos quedará
en nada. Las últimas velas se apagarán, los poemas serán cubiertos por
graffiti y la gente olvidará. Es inevitable: Madrid necesita olvidar. Pero
de momento lo que queda es una enorme herida. La miseria erosiona. Hay
algo que hace recordar la masacre cada día y es la tristeza, y detrás de
la tristeza, el miedo. Y detrás del miedo, otra vez, el orgullo. |