Madrid
y su
sudor
por
Guillermo Ortiz
Reportaje 8
05.05.2004
En la entrada al intercambiador de Moncloa una señora grita con la Biblia en la
mano: "¿queréis el cielo o el infierno?", "¿queréis la salvación o la condena?".
La gente la mira divertida, salvo algunos que parecen interesarse y se van
acercando. Es tiempo de profecías y agoreros: en la planta de los autobuses
urbanos un grupo de guardias-jurado con peto naranja mira con mal ojo a los
inmigrantes que llevan mochila. Son las ocho y media de la mañana y me dejo
arrastrar por la marea de las escaleras mecánicas.
El anden está lleno de periódicos, y, detrás, gente. He
tomado una decisión: hoy no iré a trabajar. Me voy a quedar aquí toda la mañana
esperando. Es algo parecido a lo que vi en una película: "Un banco en el
parque". Sólo quiero mirar lo que los demás hacen, los trenes salir y entrar,
los estudiantes rumbo a la Ciudad Universitaria, los negros con sus "mantas"
cerradas yendo hacia Cuatro Caminos... Pensar qué título se esconde tras las
tapas forradas del libro de aquella señora. Tengo la necesidad de sentirme uno
más y el metro de Madrid es sin duda el mejor sitio. Quizás por eso sea tan
peligroso. Una chica repite cada cinco minutos por los
altavoces:
"juntos mejoramos la seguridad, juntos mejoramos la seguridad...".
Me hace gracia ver los vagones tan llenos y saber que no seré
yo uno de los que se pelee por entrar ahí, aprisionado, respirando sudor y
colonia, un olor muy reconocible en las primeras mañanas de julio. El bebé del
asiento de al lado me hace una mueca y me intenta quitar las gafas. Poco a poco,
la mañana va pasando y las corbatas y los trajes van dejando paso a las canas y
los bastones, y a los que, como yo, se sientan para esperar algo, sin nada mejor
que hacer. No hay muchas conversaciones en el Metro. No es un sitio que se
preste a ello, como por ejemplo un bar. O un autobús, incluso, donde puedes
acercarte a una pareja que habla en inglés y preguntarles adónde van.
En el Metro lo que se respira, sobre todo, es tensión. Y
prisa. Prisa por llegar al colegio, el instituto, la universidad, el trabajo, la
oficina de inmigración, el registro civil, la cita con aquel chico... La gente
mira los relojes y se queja. Madrileños quejosos e impacientes... Quizá, por
eso, la gente no entiende qué hago ahí, perdiendo el tiempo, recordando estos
andenes llenos de skinheads y bakaladeros. En la pantalla gigante que divide las
vías en dos sentidos nos anuncian más calor y moscas, y una señora con una bolsa
del Caprabo abanica el panfleto de una academia de idiomas.
Otra cosa que me gustaría hacer, quizás al final del día, es
meterme en uno de estos trenes de la línea circular y dar vueltas, vueltas,
vueltas: Moncloa, Príncipe Pío, Alto de Extremadura, Lucero, Oporto, Pacífico,
Manuel Becerra, Avenida de América... y otra vez Cuatro Caminos, Metropolitano,
Moncloa...Una vuelta tras otra como un niño en un carrusel. La periferia y el
centro y la periferia. Qué mala idea darle a la línea circular el color gris
cuando es de lejos la más divertida de todas, con nombres de parada como "Opañel".
Pero eso será al final del día. Puede que haga trasbordo en
Diego de León y compruebe si es verdad que ya no quedan trenes de esos que tenía
antes la línea 5, con el hueco para el revisor, las palancas de parada
automática, los bancos y las ventanas siempre un poco bajadas para que entre el
aire rancio del túnel... o quizás vaya hasta Sol para ver si en el camino sigue
oliendo a gofre y palomitas... quizás... de momento me quedo aquí contemplando
la ciudad desde debajo mientras un grupo de gitanos afinan sus trompetas y me
miran sonrientes.
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FOTOGRAFÍA: Juanjo
Barinaga y Pedro M.
Martínez
Derechos reservados
© 2004
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