Madrid
y
sus
matices
por
Guillermo Ortiz

Reportaje 6
19.04.2004
¿Quieren variedad?, ¿se imaginan un psiquiátrico al lado de un colegio?,
¿un geriátrico al lado de una universidad? ¿Se imaginan a un grupo de soldados
marchando por en medio de las facultades mientras los ancianos les miran
absortos desde los bancos? Hay, no demasiado lejos de la capital, un lugar donde
las enfermeras pasean de la mano de los pacientes mientras un catedrático de
metafísica se aprieta más fuerte un zapato: Cantoblanco. El campus elegido para
la Universidad Autónoma.
Y no sólo es el sitio, es el camino.
Sobre todo en el tren de cercanías, que una vez pasado Fuencarral muestra a las
claras dónde estamos: en mitad de ningún sitio. Una especie de oasis, de campos
de tenis junto a picaderos, de pequeñas granjas junto a porterías descolocadas
por los reclutas de El Goloso... De todos estos matices uno se da cuenta, como
siempre, demasiado tarde, es decir, cuando ya no forma parte de ese microcosmos
en el que todo parece normal.
Si la Universidad de Cantoblanco
destaca por algo es por su falta de urgencia. Ofrece lo que Madrid sólo da a
cuentagotas: césped y oxígeno. Los jueves, en primavera, se organizan fiestas y
conciertos a favor de Costa Rica o Guatemala o vete a saber. En la facultad de
psicología la gente entra por las ventanas para salir con un mini de calimocho.
Puede que la Complutense tenga mucho más empaque, pero se ha quedado como la
vetusta abuela de las universidades, igual que la Carlos III o la Rey Juan
Carlos pueden ser las nietas. A la Autónoma le queda aún esa dignidad de madre
joven, con una difícil mezcla de responsabilidad y entusiasmo.
Se permite todavía algunos delirios,
provocados, quizás, por lo atípico del entorno: por ejemplo aquellos carteles
anunciando exámenes para el 29 y el 30 de febrero, la historia del hombre
-entrañable- que perdió una cátedra pero ganó un rectorado, los
barracones propios de la Guerra Civil en los que se morían de frío los
estudiantes de ciencias... o que un día al año se
fabrique un porro gigante, se le ponga un aro encima y lo saquen en procesión
festejando San Canuto... La locomotora gigante que uno se
encuentra nada más salir de la estación en medio del césped, como si alguien se
la hubiera dejado allí, olvidada.
Quedan recuerdos de las antiguas
luchas: las ventanas enrejadas para que nadie escape, las baldosas entresacadas
en los pasillos internos para que nadie pueda correr lo suficientemente
deprisa...
Una vez me quisieron hacer firmar una
hoja para que los de ciencias no entraran en la biblioteca de Humanidades.
"Llevan calculadoras", susurraban indignados como el que descubre a un mercader
en el templo. La convivencia entre veinteañeros es complicada, como cualquier
convivencia, pero en seguida llega la primavera y el sol y las avispas te
obligan a levantarte del césped y buscar un rincón más a la sombra, y parece
como que todo se olvida. En Cantoblanco, como decíamos, la urgencia no existe y
lo que más miedo da, sin duda, es marcharse. Y no me refiero a las cinco de la
tarde, sino un día y para siempre. Coger el tren y cambiar el escenario: por
delante la gris estación de Chamartín y las torres inclinadas de Plaza de
Castilla como anuncio de la normalidad.
Aspiro, en
cualquier caso, a volver. Sé que tendré que estar lo suficientemente viejo o lo
suficientemente loco para merecerlo.
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