Carnaval de Oruro (febrero de 2008)

Bordadores y mascareros de Oruro

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Javier Claure C.
(Fotografías del autor)
 

        

       La calle La Paz de la ciudad de Oruro (Bolivia), es la calle de los artesanos del Carnaval. En este sitio se han concentrado muchas familias que, de generación en generación, han ido desarrollando un arte nativo, cuya belleza se luce en los diferentes conjuntos folklóricos.

       Estos artesanos de manos prodigiosas, como veremos más adelante, han trabajado desde muy jóvenes ayudando a sus abuelos, padres y otros familiares con gran experiencia en el oficio. Por eso han adquirido mucho conocimiento para crear diferentes tipos de trajes y máscaras que representan a personajes míticos del Carnaval orureño. Cada familia o taller tiene su propio secreto y estilo de trabajo. Han creado una especie de «hogar-taller» y podemos mencionar a familias conocidas como «los Flores», «los Molina», «los Quiroga», «los López», «los Crispín», «los Cruz», «los Churqui», «los Aguilar», etc. 

       Se cree que los primeros artesanos empezaron haciendo imágenes de santos para las iglesias y los pueblos. Otros se dedicaban a bordar estandartes para los colegios y las cofradías religiosas. Pero con el correr de los años, se creó la danza de la diablada, en 1904, en Paria (un pueblo situado a 23 Km. al noreste de Oruro) y desde entonces empezaron a componer caretas o máscaras de diablo como hoy en día se llaman. O sea, podríamos decir que se pasó de un arte español, a un arte nativo cada vez más perfecto y estilizado.  

       Los bordadores y mascareros de Oruro, van creando hora tras hora, día a día, año tras año hermosas máscaras, trajes y figuras que pertenecen a un mundo oculto. Historia y misticismo se van mezclando en esas verdaderas obras de arte, con las cuales se rendirá culto a la Virgen del Socavón.


René López, del Taller de Bordados Bolivia. Al fondo, una capa de diablo.


       Las máscaras de diablo son, por ejemplo, una belleza alucinante. Tienen un sistema interno de iluminación para lucir por las noches, y están hechas de yeso con un decorado multicolor que impresiona al espectador. Pero, al mismo tiempo, representan a un personaje horrible del infierno. A un ser diabólico con los ojos grandes y desorbitados, la boca semiabierta con enormes dientes puntiagudos, colmillos sobresalientes y cruzados, nariz desfigurada, astas largas y orejas extra terrestres.

       Estas máscaras se hacen a medida, y los artesanos son diestros para tantear las facciones del rostro de una persona. El danzarín debe llevarla cómodamente  y sin que le cause daño. Además, llevan ya sea lagartos, sapos, víboras o dragones de tres, cuatro y hasta de siete cabezas.  

       Los animales andinos relacionados con el Carnaval son: el lagarto (jararanqa), la víbora (asiru), el oso andino (jukumari), el sapo (jamp’atu), el cóndor, el quirquincho, el mono (k`usillo) y las hormigas; pero no así el dragón. Entonces surge la pregunta: ¿De dónde vino ese animal que está representado en todas las máscaras de diablo? Ricardo López García en su libro, Anata (‘Juego’) Andino, escribe: «Es muy probable que en los años 30 del siglo pasado, habría una influencia de trabajadores asiáticos, quienes vinieron de las guaneras del norte de Chile para buscar trabajo en las minas de Oruro. Ellos además de traer mano de obra, trajeron danzas y símbolos chinos, como el dragón, que influyen en el Carnaval»

       Otra versión cuenta que los mineros solían sacar té de las pulperías. Un té sabroso de marca «Hornimans», en cuyo paquete venía, como decoración, la figura de un dragón. Se enamoraron de ese reptil y pues pidieron a los artesanos  incluir a este animal en las máscaras de diablo. En efecto, la interacción entre danzarines y careteros ha desatado una creatividad sin límites; y ha contribuido a la evolución de las caretas de diablo. 

       Para entender la iconografía de animales (víbora, sapo, lagarto y hormigas) en las máscaras y las capas de diablo, es necesario citar la leyenda de Wari, deidad de la mitología altiplánica.

       Los Urus fueron los pobladores más antiguos del Continente, cuya formación data de los años 1000 a 1500 a. C. Estos hombres adoraban a Wari. Pero cuando llegaron los españoles, con la cruz y la espada, los Urus empezaron a olvidar a su dios nativo. Entonces Wari, que dormía profundamente en las montañas, se despertó enojado como un monstruo y envío cuatro plagas para exterminar a los Urus. Un enorme sapo amenazaba por el norte, una víbora se arrastraba por el sur, un lagarto hambriento de largas patas caminaba por las montañas del este y miles de hormigas atacaban por el oeste. De pronto, apareció una hermosa Ñusta (princesa indígena) o la Virgen del Socavón y petrificó al sapo, al lagarto y a la víbora. A las hormigas las convirtió en arena. Así pudieron sobrevivir los Urus en las montañas, en sus cuevas y morando lagunas en sus balsas de totora.  

       En el Museo Nacional Antropológico de Oruro, Eduardo López Rivas, existe una bella colección de caretas y máscaras de diablo. Ahí pude observar, el proceso de su evolución. Las primeras caretas no eran tan voluminosas y predominaba el color rojo y negro. Si se utilizaban más colores no eran tan llamativos que digamos. Las orejas eran pequeñas, la nariz puntiaguda, los dientes macabros. Los ojos no eran grandes y desorbitados. Las astas no eran curvilíneas. En algunas caretas posa un sapo, un lagarto o víbora en la parte superior entre las astas. El dragón, como animal andino, no aparece por ningún lado en las primeras caretas. 

       La danza de la diablada representa la lucha entre el Arcángel Miguel, traído por los españoles, y Wari que posteriormente se convirtió en el Tío y calificado como «diablo» también por los españoles. Por lo tanto, es una lucha entre el bien y el mal. El diablo es vencido por el Arcángel Miguel y, por consiguiente, los siete pecados capitales: la pereza, lujuria, gula, envidia, ira, avaricia y soberbia. A partir de este hecho, los diablos muestran una devoción a su jefe celestial. Por eso el Arcángel Miguel, vestido de blanco, con enormes alas, una espada en la mano, un escudo y un casco metálico; dirige a una tropa jerárquica e infernal. El lucifer, los diablos, satanases, diablezas, y china supays van siguiendo las instrucciones del milagroso ángel.  

       Otro personaje singular, en el Carnaval de Oruro, es el moreno, cuya danza es una sátira a los españoles de la Colonia que llegaron para explotar las minas con la Biblia en una mano y con un látigo en la otra.

       Las máscaras de morenos son de yeso, y representan a los esclavos que trabajaban en las minas y en la agricultura, bajo el dominio de un capataz español. Los ojos de estas máscaras no son saltones, llevan barba espesa, cejas pronunciadas, la nariz ñata, la boca semiabierta con una pipa entre los dientes, orejas pequeñas y un sombrero con tres plumas de adorno. Además, llevan una matraca que cuando la utilizan provoca un ruido «trac, trac, trac...» simulando el sonido de las herramientas cuando trabajaban como esclavos.

       En cambio, las máscaras de Achachi moreno, son de hojalata niquelada. Existen en diferentes tamaños y, a veces, varían en las facciones de la máscara. El Achachi es un capataz, un bonachón calvo de aspecto español que a latigazos hace obedecer su palabra. Los morenos esclavos le siguen, por detrás. 

       El bordado es también un importante aporte al Carnaval de Oruro. Al igual que en otras culturas del mundo, en este lugar andino, se han ido desarrollando diferentes tipos de bordados que son relacionados con el contexto mitológico orureño. Figuras de sapos, lagartos, víboras, dragones y hormigas son bellamente bordados en las capas, pollerines y pecheras de los diablos. Los bordadores dan rienda suelta a su imaginación para crear, milímetro a milímetro, un hermoso mosaico simbólico de la identidad cultural boliviana. Hilos de diferentes colores van simétricamente entrelazados  y configuran contornos, líneas, formas, círculos y figuras geométricas del universo andino.  

       Para conocer el trabajo y demás detalles de los artesanos de Oruro, dejemos que sean ellos mismos los que nos expliquen a cerca de su arte. Esta entrevista fue realizada  a principios de este año, junto a mi hija Alicia Martha. Entrevistamos a dos careteros.

       Nuestro primer entrevistado, proviene de una de las familias más eminentes en el arte de hacer máscaras de diablo. Fernando Flores pertenece a la cuarta generación y tiene su taller en la calle Soria Galvarro y Velzu. Su  tienda se llama «El Quirquincho» y las máscaras que hace esta familia, suelen ser, las que están imprimidas  en los afiches que saca La Prefectura cada año. 

Javier Claure: He leído en el periódico que tu abuelo, Pánfilo Flores, fue uno de los que modernizó las caretas de diablo, ¿verdad? 

Fernando Flores: Sí es cierto, este proceso fue más bien para la comodidad del danzarín. Las primeras caretas no eran muy grandes y no había mucho espacio para decorarlas con los animales de las 4 plagas. Esas caretas, solamente cubrían el rostro y mi abuelo fue la persona que le dio un toque más certero. Introdujo nuevos materiales como el cartón, espejos, focos y pequeñas planchas de termo que se utiliza para mantener caliente algún líquido. Además, añadió la nuca a la careta y se convirtió en máscara. Así se creo más espacio para la decoración. Hemos logrado, la transformación de la careta; pero sin tergiversar su origen. 

J.C: ¿Cómo plasmas, en las máscaras de diablo, los siete pecados capitales?

F. F: En realidad, no existen adornos, en las máscaras de diablo, que estén relacionados con los siete pecados capitales. Esto se refleja en los colores. El amarillo representa, por ejemplo, la pereza, el negro, la ira, etc.

En el relato de estos pecados, convoca el Arcángel Miguel al Lucifer, al satanás y a toda su corte del infierno. Con las máscaras, los humanos, ocultamos los siete pecados capitales. 

J.C: ¿Qué diferencia existe entre las máscaras de diablo que llevan 3, 4, 5 y hasta 7 cabezas de dragón?

F. F: La diferencia está en el peso de las máscaras, y lo llamativo que suelen ser cuando estas máscaras llevan cabezas de dragón. Cuanto más cabezas, más espectacular es la máscara. El danzarín, entonces, se siente orgulloso porque todo el mundo lo mira y le saca fotos. Los miembros de la diablada auténtica, empezaron a exigir máscaras grandes y espectaculares para llamar la atención, aunque el danzarín apenas la lleve. 

J.C: ¿Influyen los danzarines en el diseño de las máscaras de diablo?

F. F: Sí, de alguna manera lo hacen. En la Asociación de careteros, se han dictado normas para el trabajo de las máscaras. Pero también es cierto, que han aparecido algunos artesanos que no siguen estas normas. A la gente le gusta impresionar y están haciendo máscaras de diablo con quijada. Han introducido el vampiro y el cóndor.

Nosotros conservamos la máscara de diablo tradicional. Si alguna persona desea un diseño fuera de lugar y lejos de la mitología orureña, le aconsejamos los elementos que deben llevar las máscaras. No hacemos máscaras «a patadas». Somos tradicionalistas en este sentido.

J.C: ¿Cómo y por qué nació la idea de hacer el Carnaval de los artesanos?

F.F: Los artesanos de este sector de la ciudad, somos también devotos de la Virgen del Socavón. Trabajamos duro, muchas veces hasta horas antes que empiece el Carnaval y no tenemos tiempo para rendirle homenaje a la mamita milagrosa. Dando gracias a este trabajo, la juventud de la calle La Paz, los careteros, bordadores y vecinos hemos creado este pequeño Carnaval, precisamente para venerar a la Virgen del Socavón, y pedirle que nos vaya bien el próximo año.
 

 
Eimi Cruz, del Centro Artesanal Berna, mostrando una máscara de achachi

 

       La siguiente entrevistada pertenece al «Centro Artesanal Berna» de la familia Cruz. Especializados en máscaras de morenos y achachis (‘capataz’). Pero también hacen máscaras de diablos, matracas y cetros. Los dueños de este negocio nos hicieron pasear por su taller, y pudimos observar la elaboración de máscaras de moreno. 

Javier Claure: ¿Cuántos años trabajan haciendo caretas?

Eimi Cruz: Bueno, mi padre abrió el taller cuando tenía 20 años. Ahora tiene 78. Estamos hablando de 58 años de trabajo. Somos 7 hermanos y todos trabajamos en este rubro. Es una tradición de familia que se ha ido heredando de generación en generación, me contesta mientras mi hija observa curiosa una vitrina llena de máscaras en miniatura. 

J.C: ¿Cuántas horas trabajan al día?

E.C: Es un trabajo artesanal y pues no tenemos horarios fijos ni feriados. Permanentemente estamos preparando máscaras que los clientes nos piden para Carnaval, pero también para las diferentes fiestas de los pueblos.  

J.C: ¿Qué material utilizas para hacer las máscaras de moreno y achachi?

E.C: Utilizamos hojalatas, salamoniaco, varillas y  pomada para soldar, pinceles, diferentes pinturas, perlas, lentejuelas, espejos etc.

Antes se utilizaba una plancha que era pesada, luego la hojalata de las latas de manteca que también era pesada y gruesa. Ahora utilizamos la hojalata de las latas de alcohol, que es una lata más liviana. Así aliviamos la comodidad al danzarín. Esta hojalata es manejable y se puede niquelar, entonces da la impresión que es de  plata. Nuestro arte no es igual a la de un carpintero o zapatero. Los operarios, en este tipo de trabajos, suelen golpearse o cortarse las manos a menudo. Y no es fácil encontrar trabajadores. 

J.C: ¿Suelen hacer innovaciones cuando diseñan las caretas?

E.C: Sí claro, cuando la UNESCO declaró al Carnaval orureño como «Obra Maestra del Patrimonio Oral e Intangible de la Humanidad», diseñamos nuevas caretas de achachis que llevaban una ave fénix.  

J.C: ¿Cuánto cuesta una máscara de moreno?

E.C: Hay máscaras desde 450 bolivianos (63 dólares). No alquilamos máscaras porque casi siempre se malogran. No es como una tela que se puede planchar.  

J.C: ¿Qué significa para ustedes el Carnaval de Oruro?

E.C: Es una fiesta pagana y se rinde homenaje a la Virgen del Socavón. Es la máxima expresión de la cultura boliviana, donde se muestran diferentes tipos de baile. Y no se baila como sea, todos los conjuntos tienen una coreografía bien estudiada. Los movimientos son armónicos y candenciosos. Oruro se convierte en un lugar que acoge a muchos turistas que vienen a presenciar nuestro folklore.

 

Carnaval de Oruro (febrero de 2008)
Carnaval de Oruro (febrero de 2008)

 

 

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Javier Claure Covarrubias

nació en Oruro, Bolivia, en 1961. Es miembro del Pen-Club Internacional, de la Unión Nacional de Poetas y Escritores de Oruro (UNPE) y de la Sociedad de Escritores Suecos. Ejerce el periodismo cultural. Tiene poemas y artículos dispersos en publicaciones de Suecia y Bolivia. Fue uno de los organizadores del Primer Encuentro de Poetas y Narradores Bolivianos en Europa (Estocolmo, 1991). Ha estudiado matemáticas e informática en la universidad de Estocolmo y de Uppsala. Además, es egresado de Pedagogía en Matemáticas de la Universidad de Estocolmo.
Formó parte de la redacción de las revistas literarias Contraluz y Noche literaria. Algunos de sus poemas han sido seleccionados para las siguientes antologías: El libro de todos (1999), La poesía en Oruro (2005) y Poesía boliviana en Suecia (2005).
Ha publicado Preámbulos y ausencias (2004) y Con el fuego en la palabra (2006).

 
Contacto con el autor: javcla @ yahoo.se

 

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