Imágenes de mujeres fantásticas:
La afectada
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Carolina Aguirre
El mejor lugar para
reconocer a una afectada es la cocina. Es la única persona que corta medio
tomate y guarda la otra mitad en un tapercito adentro de la heladera, le pone un
broche al paquete de yerba, usa una bandita elástica para cerrar el paquete de
galletitas y huele absolutamente todo lo que va a comer.
Además, revisa puntillosamente la fecha de vencimiento
de todos los productos, va al supermercado con una lista, descarga los productos
en orden sobre la cinta de la caja registradora (primero carnes y lácteos, luego
verdulería, después perecederos, bebidas y limpieza) y pone los pollos y las
bandejitas de carne en otra bolsita de nylon de la verdulería para evitar que
alguna gota de sangre salpique la mercadería.
La afectada nunca cocina sin receta. Es incapaz de
innovar o modificar la los condimentos de acuerdo a su gusto personal. No
improvisa ni una ensalada. Su cocina se parece a una gran cadena de franquicias:
es siempre la misma tarta, con la misma cantidad de queso y el tomate puesto en
el mismo lugar. Si aprendió a hacer un plato que lleva doscientos setenta y
cinco gramos de queso rallado y sólo tiene doscientos cincuenta, el menú se
frustra hasta nuevo aviso.
Pero aparte de obsesiva, la afectada es supersticiosa y
obediente como un empleado estatal. Tanto, que es la última mujer del mundo que
todavía cumple con ciertos mitos de la gastronomía hogareña. Es la única que
pone a leudar una masa todo el tiempo que indica la receta, la que deja en
remojo las legumbres durante toda la noche (los demás nos olvidamos y las
cocemos directamente o las ponemos en agua dos horas antes), la que espera que
una torta se enfríe para probarla (las personas normales le cortamos un pedacito
apenas sale del horno, nos quemamos vivas, la destrozamos y después la
emparchamos con relleno), la que cree que hay bolsas especiales para freezer, y
la típica ama de casa que trasvasa fideos, arroz y azúcar en frascos
individuales que vuelve a llenar con el paquete original a medida que va
consumiendo el contenido.
Por otro lado, la afectada lee las etiquetas de lavado
de todas las prendas, refuerza la costura de los botones antes de que se caigan,
repone el cepillo de dientes cada seis meses, jamás se sienta en un inodoro
ajeno (incluso abre la puerta con papel higiénico en la mano), lee el manual de
instrucciones antes de armar un mueble y todas las noches gira la almohada una
veintena de veces hasta encontrar la mejor posición.
Cree en las ceramidas, en la placenta de tortuga, en
los oligoelementos, en los productos fortificados con hierro, en el triángulo de
las bermudas, en San Expedito, en las propiedades sanadoras del germen de trigo,
la fórmula secreta de coca cola, y en todo lo que dicen en la televisión.
En la escuela secundaria, es muy fácil reconocer a la
afectada porque tiene colores para subrayar y siempre sabe qué hay que hacer
para el otro día. Pero desgraciadamente para ella, sus rituales no se mezclan
nunca con la inteligencia. De hecho, en la mayoría de los casos es una burra
infernal que memoriza las lecciones como un grabador de mano y pregunta —por las
dudas, para estar segura— cuarenta veces por clase si ese tema va a estar en el
examen, si es lo mismo comprar flauta Melos que Yamaha, y si puede usar el
manual de geografía que usó su hermana el año anterior.
En la universidad, la afectada toma minuciosos y
estériles apuntes de obsesiva. No escribe palabras clave ni hace cuadritos con
flechas. Como una secretaria antigua, copia hasta el último artículo y la última
conjunción de la lección. Es la víctima número uno de los rumores académicos
sobre profesores incorruptibles y burocracia descabellada sobre el porcentaje de
asistencia y otras pavadas. Se cree todo. Si le dicen que no puede entrar
pasados cinco minutos de clase, piensa que de verdad le van a cerrar la puerta.
Cuando tiene un hijo, la afectada no hace nada que no
haya dicho el pediatra. Lo llama cuarenta veces por día para preguntarle si
puede reemplazar la zanahoria con zapallo, la manzana por banana o el yogur de
vainilla por uno sin sabor. Sin embargo, su taradez no está asociada a un
trastorno obsesivo. No se enferma de angustia si el nene tiene tos o llora por
la noche. Simplemente no sabe ni puede imaginarse qué hacer para curarlo. No
entiende. No sabe en dónde buscar. Se queda clavada en el piso.
Cada vez que sucede algo nuevo, la afectada se para
como un juguete sin pilas. Para ella, todo lo que no tenga instrucciones es un
agujero negro. Cada suceso, cada noticia, cada variación, es como una angustiosa
caja de sorpresas que hay que mantener cerrada a cualquier precio. No vaya a ser
cosa de que se abra y ella no tenga ni un tapercito, ni un broche, ni una
gomita, ni una bolsita de freezer, para meterlo todo adentro de nuevo.
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Carolina Aguirre
tiene 29 años, es guionista y está obsesionada con las comedias, la estructura narrativa, los gatos mullidos y las dietas para adelgazar.
Sus guiones de cortometrajes y mediometrajes fueron premiados en diversos festivales y concursos alrededor de todo el mundo (Festival de Rosario, Festival Internacional de nuevo cine latinoamericano de La Habana, San Diego Latino Film Festival, SAVI, Festival independiente de Barcelona, San Francisco Film Festival, Concurso de cortometrajes TVE Versión Española).
Su primer blog, Bestiaria, un inventario de estereotipos de mujeres, fue finalista por dos años consecutivos del Weblog Awards (2006 y 2007) en Estados Unidos, finalista como mejor blog en español del mundo en BOBs THE BEST OF BLOGS 2007 organizado por el diario Deustche Welle en Alemania, ganador del premio Intel por Mejor Blog de Arte y Cultura de Latinoamérica, y premiado por la revista Todas por mejor artículo femenino, en España.
Este año, esos textos y otros nuevos serán parte de una antología bajo el sello Emecé, y de su primer libro, que acaba de salir a la venta bajo el sello Alfaguara.
Actualmente colabora con diversas revistas y publicaciones de Argentina y administra La peleadora, en el diario Crítica.
Foto
de la autora: Elena Paoloni - elenapaoloni@gmail.com
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