
Es 20 de julio...
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Claudio Rizo
Noto el calor de julio rozarme las mejillas. Se despereza el verano, con sus primeros rigores, y presiento que una multitud de hermanos ya me espera a las afueras del Santuario para hablarme de sus cosas. El murmullo exterior acude a mis oídos, como olas intermitentes de una playa, y un febril pálpito de emoción se apodera de mi cuerpo alertándome de que el Día ha llegado. Es 20 de julio. Madrugaré, acicalaré mi cuerpo —siempre fui algo coqueta y… resultona— y os abriré las puertas de mi Casa, para que el aire de la vida y la alegría del reencuentro inunde todas sus estancias...
Ya veo las primeras caras
sonrientes, familias al completo que vienen para acompañarme en romería al
pueblo como cada año. Os veo con cierta inquietud colocarme sobre las andas y
emprender juntos el camino. El sol también se cuela, invitado eterno, con su luz
templada de media tarde, mientras descendemos. Hacemos un descanso: estamos en
La nostálgica calle Mayor —trecho
antiguo y hermoso— me permite bordear el ayuntamiento, mientras contemplo la
imagen remozada, como de postal, de
Me conducen por el pasillo central
de una iglesia cuyos bancos y paredes diría que han desaparecido ante tanta
concurrencia. Espontáneamente se forma a mi paso unos cánticos y unos aplausos
que me ensordecen, que estremecen cada rinconcito de mi cuerpo; hasta el calor
pegajoso de julio que allí se forma, parece desvanecerse ante la fiebre de amor
que me llega. En el Altar Mayor, con cuidado milimétrico, me giran y dejan mi
mirada, por fin, enfocada a la vuestra. De frente, sin barreras, cara a cara,
piel a piel, os vuelvo a encontrar, a cada uno, madres, padres, niños, abuelas…
en la ofrenda de un tributo eterno que no merezco. Y os sigo enviando mensajes
de esperanza y fe desde el Altar, por medio de ese lenguaje que sólo el alma
percibe, un alma limpia y creyente, pues sólo esa es capaz de escuchar mis
palabras… Alrededor de la media noche, se dibuja en el cielo un lienzo de luz,
color y sonido. Es La Alborada, que como el postre de una cena que nunca olvida
la memoria, os invita a salir a las calles del pueblo para encontraros en bares
y comparsas con la fiesta civil que tan respetuosamente convive con la
religiosa. Mientras la noche, regocijada en su logro, va adueñándose de nuestras
vidas…
Aquí, en la parroquia de San
Pedro, permanezco unos días; siempre pocos. Es 22 de julio. Salgo fuera, de
nuevo sobre mis andas y con mi gente cobijándome, por unas calles que he visto
nacer y desarrollarse, y que cada año siguen sorprendiéndome como si se tratara
de un amigo al que de tanto en tanto ves. Mi espíritu abandona por un instante
mi cuerpo en ese desfilar, se eleva, y se marcha, sin pedir permiso, por las
amplitudes de María Cristina, curioseando en sus avenidas de ciudad; por el
corazón de Emilio Castelar, agradecido para el viandante aunque algo enojoso
para el conductor; por las placetas que se acomodan en cada barrio, o por
Es como un tiempo de vacaciones
del que dispones, para recuperar lo tuyo, pero del que ya ves, cuando mejor te
sientes, que sus minutos terminan…
El primer lunes de agosto ya
escucho, antes que al gallo, el ronroneo de mi familia que se dispone a
devolverme al Santuario. Desde las cinco y media de la mañana habéis madrugado
para orarme. Sobre mis andas, ya hecha la muda para mi Casa de invierno, me
despido de San Pedro, por un año. Menos mal que la distancia no interfiere en
los sentimientos ni en las querencias, pienso. Pero salgo feliz... Se vuelve a
formar una nube humana allá por donde voy, ofreciéndoos sin desmayo para
llevarme sobre vuestros hombros y acercándoos para saludarme, tocando mis pies y
mi cuerpo. Bien de mañana, el cielo llora Aleluyas con poemas y frases
nacidas del sentimiento frente a la carismática papelería «El Roget». Me lleváis
en volandas hacia San Roque. Un poco antes, me sobrecojo ante la suelta de unas
palomas que nos indican en su trayectoria el anuncio de que vendrá un «tiempo
mejor». De que confiéis. Fuertes y sanas, también me señalan en su ascenso que
se aproxima el momento de mi partida. Entonces, en Cardenal Cisneros vuelve a
desprenderse de mis ojos una lágrima invisible, una lágrima que, aunque no la
veáis, simboliza mi gratitud y mi afecto. Miro por última vez al pueblo, mi
villa, mi querida Novelda, y antes de que os percatéis de mi dolor, continúo en
la mañana de agosto hacia el Santuario, convencida de que pronto estaré de
vuelta... Una breve parada en
De nuevo estoy aquí, también es mi Casa, en el Santuario de Novelda. Recuerdo, ya en soledad, hace 5 ó 6 décadas, a familias enteras que llegaban a este frontispicio para pasar dos noches seguidas en lo que se conocía como una cambra, dejando descansar sus cuerpos sobre ajados jergones. No les empujaba otro deseo que el de hacerse en el Santuario, a las 12 de la noche, con el número que les aproximaría a mi figura en la procesión de descenso al pueblo al día siguiente. Qué familias...
Los cuadros que visten mi Casa me
arropan y me transmiten seguridad, como vuestras visitas cada veintidós de mes,
tan esperadas siempre. En esos lienzos veo cómo por primera vez escuché a Jesús;
de qué manera resucitó a Lázaro; de la forma en que le lavé los pies con perfume
y se los sequé con mis largos cabellos; cómo comprobé que Nuestro Señor
resucitó, tras acudir a su sepulcro vacío; o incluso cuando le oré por mis
pecados durante 7 años, con una calavera sobre mi mano que representaba mi
destino, mientras un ángel, como vosotros, suspendido en el espacio, se empeñaba
en ofrecerme frutas como alimento. Y donde habrá un órgano de Piedra, en breve,
majestuoso y único, incalculablemente grande, cuyos sonidos se esparcirán por
todos los rincones de este mundo. Para recordar que julio, queridos hermanos,
amado San Pedro…, siempre llega.
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Claudio Rizo
es un escritor alicantino.

Ilustración del artículo:
fotografía de
Pedro M. Martínez ©



