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Hablar de Escocia evoca indefectiblemente relacionarla con guerras, con
caras pintadas, con gaitas, con patriotismo, con mal tiempo y con
subordinación histórica a la vecina Inglaterra. Hablar de Edimburgo (dando
por válidos los tópicos y los estereotipos) viene a ser lo mismo. Algo más
se sabe; por ejemplo que es la capital, que tiene un castillo portentoso y
que es la cuna del actor Sean Connery.
No todos saben, aunque sí muchos, cuáles son los
grandes nombres de la literatura que allí se forjaron. Algunos ejemplos
clarísimos son el de Walter Scott, romántico creador de Ivanhoe y Rob Roy o
el del narrador de aventuras Robert Louis Stevenson, autor, entre otros
títulos, de la Isla del tesoro. En otro ámbito, el de la novela policíaca
—aunque ni es el único género que cultivó ni tampoco el único en el que tuvo
éxito, sino todo lo contrario— destaca sobre cualquier otro el nombre de Sir Arthur Conan Doyle, médico de profesión y a quien debemos la figura de
Sherlock Holmes.
Las historias de este genial detective las crea Conan
Doyle desde la persona de Watson, su fiel y bondadoso ayudante (cual Sancho
Panza). Tal éxito tuvo el escritor escocés con sus textos que pronto dejó la
medicina —por medio de la cual conoció a uno de sus profesores, en cuyo
espíritu deductivo se inspira la figura del larguirucho Holmes— para
dedicarse en cuerpo y alma a la escritura. Con este autor es difícil hacer
una lectura de su obra dejando al margen o simplemente dotando de menor
interés a sus relatos detectivescos, así que... ¿por qué no rendirse a la
tentación y hablar en exclusiva de Holmes y su entorno?
Incluso para aquellos que no logran engancharse con la
literatura policíaca (muchas veces considerada un género menor) es innegable
que el estilo narrativo del autor trasciende más allá de la propia historia.
Los relatos de este genial detective están creados desde la persona de
Watson. Las distintas figuras son claros ejemplos de arquetipos de
comportamiento de la época victoriana en la Upper-middle-class británica.
Esas formas, siempre elegantes, con que se expresan los personajes
—incluso
cuando insultan o reprochan— son de un gusto exquisito. Esos ases
interminables que siempre se esconden en la manga del detective y esa
fascinación continua que Watson muestra por su «superior» son clara muestra
de que Conan Doyle logra con sus relatos crear unos mundos que en escasas
diez páginas ya han logrado hacerse dueños y señores de la curiosidad del
lector, al que no soltarán hasta terminada la historia.
Toda palabra tiene una razón de ser, cada término
implica un esfuerzo voluntario que el lector de buen grado acepta para sacar
sus propias conjeturas sobre el devenir y el esclarecimiento de la historia.
Quizá Tolkien, a su modo, sea otro de los autores que
consiga dotar de una vida tan palpable a sus personajes. Pero aun así y con
todo, por lo que sé, sólo Doyle ha sido quién de lograr un personaje alabado
indistintamente por unos y otros lectores. Nadie se atreve hoy en día a
discutir la condición de maestro de los detectives de Sherlock Holmes. Y
tanto es así que en la actualidad hay, entre otros muchos movimientos
creados en torno a su figura, incluso un museo, el Sherlock Holmes Museum,
que, por si a alguno le interesa, sita en 221b Baker Street.
Asimismo Londres, con ese ambiente tan proclive a la
pesquisa y la reflexión, se muestra como escenario indispensable para todas
estas tramas en las que el autor con frecuencia alude a calles y áreas tan
conocidas como Oxford St., Regent St., Charing Cross, Trafalgar Square, el
barrio de Borough o la estación de Waterloo.
En conclusión, lo cierto es que poder leer los relatos
de Holmes creados por el escocés Conan Doyle es uno de los mayores tesoros
que nos ha dejado la literatura. Se puede decir con total tranquilidad que
Conan Doyle es una de las plumas que más trascendencia han tenido en la
historia de las letras británicas, y ello con un mérito añadido, ya que
Doyle cedió a menudo a las demandas de su publico, detalle que la gran
mayoría de escritores tenidos en alta consideración no asume. Una de las
razones es que de igual manera es una lectura recomendada para un niño que
para un erudito de biblioteca.
Tal vez sea un exceso de confianza el recomendar un
libro sobre otros dada la especial característica de cada uno. Pese a ello,
y asumiendo el riesgo del error, me inclino por destacar una de las cuatro
novelas denominadas sherlockianas, la de El sabueso de los Baskerville, en
donde el lector puede apreciar claramente las características que aquí se
han citado.
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Alejandro
Tobar Salazar
(Lugo - España, 1983), Ganador del concurso de Relatos de Verano 2005 de la
Voz de Galicia. Accésit en el IV certamen de poesía Lucus Augusti
2006. Un 2º Premio en el Contacontos 2003, organizado por la Xunta de
Galicia, por su guión Nin tanto nin tan pouco, 6º premio en el I
certamen Ribeira Sacra literaria 2006, mención de honor Cuentos de
navidad, de la revista Emol; ha publicado poemas, reseñas y artículos en
revistas literarias y diarios como Arteliteral, Literaturas.com, El Progreso
de Lugo o la editorial Galaxia. Tras cinco años de estancia en Madrid,
actualmente residiendo en Marsella, Francia. Colaborador habitual de la
Revista Almiar / Margencero.

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por
Alejandro Tobar

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